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Escritos de Feministas Lúcidas

Notas sobre Feminismo Radical de la Diferencia, Jessica Gamboa Valdés

Texto presentado en un foro sobre corrientes del feminismo. Organizado por la Universidad Mayor, noviembre de 2016. En esa oportunidad asistimos con Camila Antonia Sandivari.

“La radicalidad aporta la agudeza del análisis, cuestionando la institucionalidad patriarcal desde sus fundamentos; y la diferencia, el desprendimiento necesario para no quedarnos enganchadas en la guerra contra el patriarcado y, así, ser libres para significar el sentido de ser mujeres, abandonando como punto de referencia a los hombres y su cultura. Cada feminismo es un contrapeso para el otro con el fin de lograr el equilibrio”. Andrea Franulic

El feminismo en occidente ha sido comúnmente interpretado como un movimiento social y político vinculado, principalmente, a demandas por condiciones sociales de igualdad entre hombres y mujeres. Sin embargo, una de las tensiones importantes en  la política feminista –dentro y fuera- es, precisamente, qué queremos las mujeres.

El Feminismo Radical de la Diferencia me ha invitado, por un lado, al cuestionamiento profundo del sistema social patriarcal, que con ello implica develar todo lo que constriñe a las mujeres y, por otro, que ha sido lo más importante, recuperar un sentido libre para ser (mujeres y mujeres lesbianas). En ese sentido, ha significado poder encontrar una genealogía de pensamiento de las mujeres que se ha ido gestando desde hace siglos y, que hoy, podemos reconocer como pensamiento feminista que, desde el último tercio del siglo XX, se fue articulando como un proceso de construcción de conocimiento y actuancia política desde espacios autónomos entre mujeres o los llamados grupos de autoconciencia, como por ejemplo, en Italia y Francia[1] DEMAU, Rivolta Femminile, Librería de Mujeres de Milán o en los EE.UU el grupo Radicales de Nueva York o Redstockings [2]. En Chile, las feministas del Movimiento Autónomo y los  talleres de Margarita Pisano.

El término feminismo radical de la diferencia es acuñado, por la feminista chilena Andrea Franulic, en la biografía política de Margarita Pisano, desde donde se nos invita, precisamente, a recuperar una genealogía y pensamiento propio de las mujeres,  a partir de su experiencia sexuada, y que, la política masculina ha querido borrar, sobre todo, con la idea de emancipación femenina. Por ello, resulta tan relevante sacar a la luz a las mujeres rebeldes que nunca se acomodaron a las imposiciones de los hombres y sus poderes.

Una de las grandes dificultades que, como mujeres, hemos tenido que sortear es, justamente, la de no contar con referentes visibles y con valor en la cultura patriarcal, pues, todas las mujeres, las de antes y hoy nosotras, independiente de nuestra clase social o de nuestra raza, hemos vivido como extranjeras de la civilización construida por el hombre y para su dominio.


Carla Lonzi, nos dijo que aprovechásemos esa ajenidad para construir una cultura y política otra, la de las mujeres[3], porque el sistema social y cultural patriarcal se sostiene a condición de que, no solo los varones, sino que también las mujeres nos reflejemos en lo masculino y sus valores , es decir, la forma de entender la vida y las relaciones. En efecto, la mediación masculina y sus codificaciones es internalizada a través de una serie de instituciones e ideologías que se imponen en el orden social, fundamentalmente, la sexualidad masculina mediante la política sexual basada en la heterosexualidad obligatoria, al igual que, la razón androcéntrica dotada de un poder institucionalizado. A esto último, Virginia Woolf, le ha llamado “falsas lealtades o libertades irreales”, representadas en la idea de patria y bandera, el orgullo del apellido y la familia, la institución de la escuela con su sistema de grados y  condecoraciones. Todas invenciones patriarcales para justificar su dominio y superioridad.

La ensayista y poeta Adrienne Rich en su ensayo ¿Qué necesita saber una mujer? analiza cómo el patriarcado ha coaptado la energía creativa de las mujeres, creando divisiones entre ellas, a las que Rich llama “mujeres excepcionales” o “mujeres especiales” (Margarita Pisano les llama “regalona del patriarcado”), de esto resulta el  destacar a unas de otras, de modo que, las mujeres asuman una distancia hacia sus semejantas, adoptando para sí los valores de la masculinidad, aunque, se tenga que pagar un alto precio por ello. Solo pensemos en Michelle Bachelet o Dilma Rousseff que, al perder funcionalidad para las instituciones patriarcales, fueron apabulladas o bien desechadas.

“Ninguna mujer es verdaderamente una privilegiada en las instituciones apadrinadas por la conciencia masculina. Cuando nos permitimos creer que lo somos, perdemos el contacto con esa parte de nosotras que aquella conciencia define como inaceptable” (A. Rich)

Desde mi punto de vista, el feminismo radical de la diferencia, rompe con el esquema de pensamiento utilitarista y monolítico porque apuesta por un cambio profundo en el modo de relacionarnos en el mundo y, sobre todo, entre las mujeres. Fuerza creadora cuya potencialidad es la construcción de lazos próximos y confiados entre semejantas, basados en el intercambio genuino y con reconocimiento íntimo y público, de este modo, acercarnos a una cultura diferente que alguna vez Carla Lonzi nos quiso convidar – la autenticidad– es decir, relaciones que ya no recurran a la fuerza y la instrumentalización, menos aún, a la crueldad y la destrucción de todo lo vivo.


[1] En Francia se conformaron los grupos de política y psicoanálisis que utilizaron la  herramienta de psicoanalítica para dar comprensión y resignificación al orden simbólico femenino. En Italia Carla Lonzi con Rivolta Femminile, profundizan en cuestiones como el aborto y la dialéctica de lucha, cuya propuesta es la desculturización y la autenticidad. También la “Librería de Mujeres de Milán” elaboran conceptos como autoridad, affidamento, el hablar a partir de sí, entre otros. Esto lo podemos encontrar en su libro “No creas tener derechos” y las revistas Sottosopra.

[2] En este contexto surge el documento “lo personal es político” escrito por Carol Hanisch (1969) integrante del grupo de Mujeres Radicales de Nueva York. El texto es una respuesta a los juicios que se les hacían a las mujeres que se reunían a conversar en el pequeño grupo. Otras y otros veían en esta práctica algo “poco político”, ya que se reunían a conversar de sus «problemas personales». En este sentido, fueron  descalificadas por no estar en la actividad de masas del movimiento de liberación.

[3] Para profundizar recomiendo los textos de Andrea Franulic. Consultar en www.andreafranulic.cl

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Enraizada, Jessica Gamboa Valdés

A Cecilia, mi madre. (2019)

En el agua del vientre una semilla flota

Revuelve la vertiente donde germina y crece.

Entre las raíces busco la lengua materna

Como la luz del primer día

Esa huella imborrable de nacer de mujer.

Sé que no estás en los cielos

Sentada al lado de ningún dios todopoderoso

Estás en la carne que soy, de origen femenino

La medida del mundo entre la tierra y el cielo.

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Virginia Woolf desde una mirada lúcida, Anita Quintana

Comentario

Escribí este texto para el primer evento público realizado por Feministas Lúcidas, el que se llamó “Genealogía del Feminismo Radical de la Diferencia”, en octubre del 2017. Fue mi primera vez hablando en público sobre feminismo y la primera vez que pude compartir mis sentires en voz alta, a través de una de las autoras que amo. El texto a continuación ha sufrido varias modificaciones desde su composición; ha pasado bastante tiempo, y a lo largo de estos años yo he cambiado, crecido y aprendido más aún de lo que habría imaginado en ese entonces. Sigo creyendo fuertemente que seguiré aprendiendo, de las mujeres que me rodean y de las relaciones que mantengo con ellas.

Virginia Woolf desde una mirada lúcida

Hola a todas. Estoy aquí. Estoy aquí junto a ustedes y cada fibra de mi ser tiembla. Estoy nerviosa porque nunca he sido buena hablando en público. Lo más probable es que tartamudee, me quede en blanco y mis pensamientos se nublen. Tal vez me sienta paralizada.

¿Por qué me pasa esto? Quizás si fuera un hombre, desde pequeña me habrían enseñado a hablar más fuerte que el de al lado. Quizás, no tendría un miedo tan grande al rechazo, quizás tendría referentes en todas las bibliotecas. Quizás, en el colegio me habrían hablado las grandes exponentes de la literatura, y quizás, tendría palabras para expresar cómo me siento, sin sentirme extranjera de la lengua que habito. 

Pero soy mujer. Soy mujer, y siento miedo porque temo no ser escuchada, temo que opinión sea desestimada, temo ser invalidada. Siento miedo porque en esta esta sociedad, la búsqueda de la libertad y las manifestaciones de libertad femenina tienen costos que los patriarcas no están dispuestos a tranzar. Siento miedo porque ningún espacio cohabitado por hombres, público o privado nos garantiza una vida digna y segura. Quizás, de haber encontrado a las mujeres que me precedieron en las bibliotecas, el miedo que me abunda disminuiría, o quizás no tendría miedos, ninguno de ellos. Quizás, hurgando en mi genealogía, habría encontrado a Virginia Woolf, y habría entendido que, tal como ella nos diría “Como mujeres, no tenemos patria”.

Virginia Stephen, más conocida como Virginia Woolf fue novelista, ensayista, periodista, editora y feminista; y una de las figuras más destacadas del modernismo literario del siglo XX, vanguardia que ha sido caracterizada por la crítica literaria masculina. Desde su niñez en la biblioteca de su padre, hasta el día en que decidió terminar con su vida, Woolf nos cautivó con su pensamiento lúcido y su delicada sensibilidad. A lo largo de sus ensayos, Virginia hacía entrever sutilmente y en base a un sinfín de analogías su entendimiento y sensatez feminista. Hoy, después de vastas reflexiones junto a mis semejantas de Feministas Lúcidas, expondré a esta maravillosa escritora desde una perspectiva feminista radical de la diferencia, ofreciendo un nuevo enfoque para entender cómo Woolf guardó y transformó la tradición que amaba en una fuente de resistencia al patriarcado. Para esto, haré un análisis en base a dos de sus más grandes ensayos Un Cuarto Propio del año 1929, y Tres Guineas del año 1938.

Radical significa perteneciente o relativo a la raíz. Por lo tanto, las pensadoras del feminismo radical se han encargado de crear la teoría precisa para analizar las raíces de los problemas que acomplejan a las mujeres, estableciendo una crítica profunda al sistema social y a las instituciones que lo componen. El feminismo de la diferencia, por otro lado, sitúa su preocupación en la búsqueda de libertad femenina en el fin del patriarcado, problematiza la vida de las mujeres con relación al entorno que vivimos, siempre motivando el entre mujeres, y afirmándose de esto encontrar respuestas al dolor y la rabia de haber nacido en un desorden simbólico. De esta forma, nos invitan a conectarnos con las otras mujeres y tejer entre nosotras un nuevo orden en el que, como diría la poeta Audre Lorde, podamos sentir y luego ser libres. En esta ocasión, situamos a Virginia Woolf dentro de esta convergencia, la insertamos en el feminismo radical de la diferencia por ser una autora que refleja e irradia libertad femenina; así, Virginia se transforma en un hilo conductor entre las ideas de las mujeres del siglo XX y nosotras, las mujeres del siglo XXI. 

Virginia Woolf enfatizó aspectos sumamente relevantes para el análisis feminista, desde el imaginario de nuestra libertad, el acceso a la educación, y la extensión del reconocimiento a los logros femeninos, planteando nuevos sistemas que se diferenciarán y desafiarán el orden ya establecido por los hombres. Su sentido de la ironía la llevó a ahondar en los pretextos de la sociedad de la posguerra, para así mostrar cómo las viejas suposiciones sostuvieron corrupciones ocultas y cómo esas corrupciones eran perjudiciales para todos, y especialmente corrosivas para las mujeres.

Si bien hay tópicos altamente claves en sus textos y podríamos analizar en extenso a cada uno de los personajes de sus libros, no quiero que esto se convierta en una crítica académica. La academia, así como tantas otras instituciones nos han dejado relegadas a un papel secundario, que en mi opinión nunca nos ha pertenecido. Es por esto que no voy a analizar a Virginia Woolf en relación al paisaje urbano de sus obras, o describir en profundidad sus técnicas discursivas como el monólogo interior o la corriente de la conciencia. Voy a analizar a Virginia Woolf como una mujer. Una mujer que sufría, una mujer que sentía, una mujer que amaba y una mujer que escribía. Voy a analizar a Virginia Woolf a partir de mí misma y de cómo se instauró en mi corazón desde la primera vez que tuve la suerte de leerla.

Las feministas del pensamiento de la diferencia plantean la necesidad de crear un nuevo orden simbólico, ya que en el actual no encontramos las palabras para definirnos a nosotras mismas. Con el pasar del tiempo me he dado cuenta de que muchas veces esas palabras no existen, sin embargo, cuando encuentras buenas amigas, nace una lengua común; la que nos han renegado pero que a pesar de todo sigue ahí, en todas nosotras. Esto sentí la primera vez que leí a Virginia Woolf. Por primera vez en mucho tiempo sentí que alguien podría contarme, no en muchas palabras, lo que yo sentía. Yo en ella leí sus complejidades, frustraciones y amores. Y, también, me refleje en sus dudas: “¿Por qué los hombres bebían vino y las mujeres agua? ¿Por qué era un sexo tan próspero y el otro tan pobre? ¿Qué efecto tiene la pobreza sobre la novela? ¿Qué condiciones son necesarias a la creación de obras de arte?” Fueron algunas de sus preguntas en Un Cuarto Propio

Poco a poco me adentre en estas dudas, las dudas de una mujer del siglo XX en las que yo, una mujer del siglo XXI sentía y siento como mías. A pesar del siglo de distancia que nos separa, nuestras realidades no parecían diferir. La educación para las mujeres es un ejemplo. En Tres Guineas, Woolf le responde a un distinguido abogado su opinión sobre cómo prevenir la guerra. Su respuesta es hilarante y se remonta a las guineas, una moneda de oro -de altísimo valor- destinada como medio de pago a los profesionales del Reino Unido. 

En el siglo XX, sólo las hijas de los hombres educados tenían acceso a la educación. Y por educación, nos referimos únicamente al hecho de estudiar latín. Las oportunidades eran escasas puesto que los hijos de los hombres educados eran la prioridad y los fondos familiares eran destinados a enviar a los varones a la universidad.  Esta es una de las razones por las que Woolf decide destinar una guinea a la construcción de una universidad para mujeres, un lugar que pueda comprender las necesidades y especialidades, un lugar que tenga como objetivo “no segregar ni especializar, sino combinar”, quitando valor a los símbolos masculinos por los que se había caracterizado la época. Entre un realismo oscuro y las ganas de un cambio, Tres Guineas no establece pasos a seguir, o una lista de libros por leer, sin embargo, Woolf sí le pide a las mujeres que “practiquen la profesión de leer y escribir por el interés cultural y la libertad intelectual”. De acuerdo con la ensayista Anne Fernald, Woolf, define esta última frase como “el derecho de decir o escribir lo que piensas en tus propias palabras, y en tu propia forma”. Hecho que las feministas de la diferencia plantearían como un llamado a hablar a partir de sí mismas. Más adelante, Woolf establece las características que diferenciaría esta universidad de una universidad para hombres, siendo el motivo principal que “esta debería explorar las formas en las que la mente y el cuerpo pueden estar hechas para cooperar; descubrir que nuevas combinaciones hacen totalidades en la vida humana” haciendo hincapié en no vender sus intelectualidades, como por siglos habían hecho los hombres. 

Sin embargo, han pasado más de 60 años de esta cita y aún no podemos afirmar esta realidad. En la actualidad, nuestra prioridad es mantenernos con vida, ya que nuestra existencia ha sido olvidada por los gobiernos y pareciera que cada día que pasa más de nosotras mueren. Esta sociedad enferma no nos libra, ni en nuestros espacios educativos, de la exposición bestial al acoso, a la humillación y a la violencia. Virginia Woolf entendía esta realidad y comprendía la diferencia sexual que significa estar en un cuerpo sexuado mujer, así, en Tres Guineas afirmó: “Si los hombres de su profesión se unieran en una solicitud y dijeran “Si no se concede, dejaremos de trabajar”, las leyes de Inglaterra cesarían en ser administradas. Si las mujeres de su profesión dijeran lo mismo, no haría la diferencia en las leyes de Inglaterra, de ninguna forma”. Porque nacer mujer no es ni remotamente parecido a nacer hombre, y porque nuestras experiencias en las universidades se fundamentan en espacios hostiles, en donde nuestra existencia duele. Una de las grandes exponentes del feminismo estadounidense, la escritora y poeta Adrienne Rich dijo en 1979 “No hay, y digo esto con tristeza, ningún colegio universitario femenino que proporcione a las mujeres jóvenes la educación que necesitan para sobrevivir como personas completas en un mundo que niega la totalidad a las mujeres”.

Mientras más leía me daba cuenta de lo difícil que era formar una identidad propia, ya que todo lo que me enseñaron de mí y de las otras mujeres fue, primeramente, dicho por un hombre. Me atrevería a decir que nuestras personalidades son moldeadas por el sistema patriarcal, que cada vez que crecemos van agregando cualidades a nuestras personas, y también, defectos; que seguimos una lógica que no es a la que verdaderamente pertenecemos, que son mentiras para que nos odiemos, a nosotras y entre nosotras. Y todo parte en el simple hecho de no tener referentes femeninos en las bibliotecas, en los planes curriculares y en los hogares. Claramente, este hecho alarmante no es una coincidencia, puesto que la sociedad patriarcal se encargó de una manera brutal en borrarnos del mapa y, en construir a su imagen el ideario de ser mujer. Woolf nos pregunta en Un Cuarto Propio “¿Tienes alguna noción de cuántos libros se escriben al año sobre las mujeres? ¿Tienes alguna noción de cuántos están escritos por hombres? ¿Te das cuenta de que eres quizás el animal más discutido del universo?” En Tres Guineas, vuelve a explicitar cómo a lo largo de la historia las mujeres, en especial las hijas de hombres educados eran invisibilizadas por la sociedad, omitiendo la identidad literaria creada por las mujeres de la época: “Todas esas memorias tienen una característica en común, todas sus páginas están salpicadas con los nombres de los grandes líderes políticos -Pitt, Fox Burke, Sheridan, Peel, Canning, Palmerston, Disraeli, Gladstone-, pero el lector no encontrará en lo alto de la escalinata recibiendo a los invitados, ni en las más recogidas estancias de la casa, a una sola hija de un hombre con educación. Quizá no tuviera el suficiente encanto, ingenio, rango o vestuario. Sea cual fuere la razón, lo cierto es que usted volverá página tras página, leerá volumen tras volumen y, pese a que encontrará los nombres de los hermanos y maridos, no hallará los nombres de Jane Austen, Charlotte Bronte o George Eliot.” 

El análisis social hecho por Woolf, con extrema claridad, demuestra que tanto la falta identitaria como el bajo acceso a la educación para las mujeres, son productos de la violencia ejercida por la sociedad machista, y recalca cómo las mujeres se desmarcan de esta violencia. En Tres Guineas, vuelve a responderle al abogado, la cito: “Sencillamente, contesta usted, que nosotras, las hijas de los hombres con educación, nos encontramos entre la espada y la pared. A nuestra espalda, tenemos el sistema patriarcal; el hogar, con su inanidad, su inmoralidad, su hipocresía, su servilismo. Ante nosotras, tenemos el mundo de la vida pública, el sistema profesional, con su carácter absorbente, sus celos, su competitividad, su codicia. El primero nos encierra como esclavas en un harén; el segundo nos obliga a dar vueltas y vueltas, como la oruga, con la cabeza junto a la cola, alrededor del moral, del sagrado árbol de la propiedad. Es una alternativa en la que tenemos que escoger entre dos males.”

Para terminar, quiero finalizar no con mis palabras, sino con las palabras de la mujer que me ha dado la inspiración y la fuerza necesaria para exponer el día de hoy. En Un Cuarto propio, Virginia Woolf comenta la existencia de la hermana de Shakespeare, y cómo su vida fue omitida debido a su joven muerte. Sobre esto escribió lo siguiente:

“Ahora bien, yo creo que esta poetisa que jamás escribió una palabra y se halla enterrada en esta encrucijada vive todavía. Vive en vosotras y en mí, y en muchas otras mujeres que no están aquí esta noche porque están lavando los platos y poniendo a los niños en la cama. Pero vive; porque los grandes poetas no mueren; son presencias continuas; sólo necesitan la oportunidad de andar entre nosotros hechos carne. Esta oportunidad, creo yo, pronto tendréis el poder de ofrecérsela a esta poetisa. Porque yo creo que si vivimos aproximadamente otro siglo y si cada una de nosotras tiene quinientas libras al año y una habitación propia; si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos; si nos evadimos un poco de la sala de estar común y vemos a los seres humanos no siempre desde el punto de vista de su relación entre ellos, sino de su relación con la realidad; si además vemos el cielo, y los árboles, o lo que sea, en sí mismos; si tratamos de ver más allá del coco de Milton, porque ningún humano debería limitar su visión; si nos enfrentamos con el hecho, porque es un hecho, de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, sino que estamos solas, y de que estamos relacionadas con el mundo de la realidad y no sólo con el mundo de los hombres y las mujeres, entonces, llegará la oportunidad y la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrará el cuerpo del que tan a menudo se ha despojado. Extrayendo su vida de las vidas de las desconocidas que fueron sus antepasadas, como su hermano hizo antes que ella, nacerá. En cuanto a que venga si nosotras no nos preparamos, no nos esforzamos, si no estamos decididas a que, cuando haya vuelto a nacer, pueda vivir y escribir su poesía, esto no lo podemos esperar, porque es imposible. Pero yo sostengo que vendrá si trabajamos por ella, y que hacer este trabajo, aun en la pobreza y la oscuridad, merece la pena.” Por recuperar a la poetisa, a la creadora, a la mujer sin condiciones, y por descubrir el sentido libre de ser mujer. Gracias.

Referencias

Fernald, Anne. Virginia Woolf. Feminism and the reader. 2006.

Woolf, Virginia. Un Cuarto Propio. 1929.

Woolf, Virginia. Tres Guineas. 1938.

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El simbólico de la violencia, Anita Quintana

El simbólico de la violencia

Preparando este escrito, me hice muchas preguntas. Una de ellas fue, ¿qué es la violencia? Las invito a que se hagan la misma pregunta. Mis respuestas fueron principalmente dos: la primera, las acciones violentas, físicas o emocionales a otro ser vivo y, mi segunda respuesta, quizás un poco desconcertante para algunas, los hombres. 

En 1935, Virginia Woolf, gran escritora inglesa, escribe el ensayo Tres Guineas, en donde responde a la siguiente pregunta “¿cómo cree usted que se podría detener la guerra?”. Antes de comenzar siquiera a responder, Virginia aclara a su interlocutor, un señor ilustrado, respondiendo “disparar, ha sido un juguete y deporte de los hombres en la caza y en la guerra (…) para ustedes, en la lucha, hay cierta gloria, cierta necesidad, cierta satisfacción que nosotras jamás hemos sentido ni gozado, para ustedes la guerra es una profesión, una fuente de realización y diversión; y también es causa de viriles cualidades sin las cuales los hombres quedarían menoscabados, lo que nos hace imposible comprender los impulsos que inducen a la guerra”. 

La guerra, la expresión extrema de la violencia es “desde siempre la actividad específica del varón y su modelo de comportamiento viril”1. El patriarcado, entonces, se alimenta de todas las instituciones que los hombres han creado a su imagen y semejanza, por lo tanto, la guerra, y otras instituciones como la familia, la heterosexualidad obligatoria, el amor romántico, la maternidad no deseada, entre otras, son parte del desorden simbólico en el que las mujeres nos vemos inmersas. Este desastre trae consigo las formas de manifestación más violentas creadas por los hombres, arrastrandonos consigo a círculos de violencia en la mayoría de los espacios que habitamos, nuestros espacios personales, profesionales, de estudio, de distensión, entre otros. 

La violencia de los hombres contra las mujeres es una situación que se arrastra desde el inicio del patriarcado. La familia, como seno principal de la sociedad, ha sido una de las tantas instituciones que ha perpetuado esta violencia, sin embargo, en muy escasas ocasiones se habla de ella. De acuerdo a Kate Millet, “la fuerza patriarcal también depende de una forma de violencia de carácter particularmente sexual y realizada más completamente en el acto de la violación”. Esto se observa con claridad en la imagen del incesto: la usurpación del cuerpo de la mujer por parte de las figuras masculinas de la familia. “El incesto rompe el cuerpo de la niña y resquebraja el orden simbólico de la madre, que es la lengua que hablamos y la voz que tenemos para decir. El incesto silencia el delito originario del patriarcado quebrando la voz de la niña y rompiendo la sintaxis de su lengua materna” dice la historiadora María Milagros Rivera Garretas.

De esta forma, la violencia contra las mujeres cala en lo profundo de nuestras vidas, de todas las formas y con todas las herramientas que los hombres pueden encontrar a su paso. No obstante, ¿cómo entendemos, las mujeres, esta violencia? ¿qué hacemos ante ella? Maria Milagros Rivera Garretas escribe: “La violencia contra las mujeres se propone destruir y destruye la apertura a la relación, la apertura a lo infinito, la apertura a lo otro de sí, que el cuerpo femenino señala: señala, sin determinar nada, pues una mujer es libre de ignorar ese signo. Por eso, porque sólo el cuerpo femenino se abre a lo otro, la violencia contra las mujeres la ejercen típicamente hombres: hombres que no soportan las relaciones y los vínculos que ella tiende y atiende a su alrededor, incluyéndole también a él en la constelación: una constelación amorosa y abierta que parece sacar de quicio a esos hombres”.

Si los hombres son los realizadores de esta violencia incesante, ¿qué armas tomaremos para resistir? ¿es la resistencia una opción? ¿queremos resistir o queremos expresar nuestros deseos libres en tranquilidad? La violencia es una reacción a la libertad de las mujeres, a nuestra creatividad y a la expresión completa de nuestros cuerpos; es la manera en la que reaccionan a nuestra capacidad única de ser dos, a las revelaciones de nuestra lengua y al encuentro del orden simbólico de la madre; es su respuesta al poder dentro de nosotras de realizar nuestras vidas sin ellos sin problemas, y junto a otras mujeres. Selva Almada, escritora argentina, escribió hace un par de años “ser mujer y estar viva es cuestión de suerte”. Ahora bien, ¿qué haremos ante esta fortuna de vivir? ¿cómo vivimos en un desorden que promueve nuestra destrucción? ¿somos capaces de vivir en el orden simbólico de la madre? ¿podemos abandonar por completo nuestras relaciones con los hombres?  ¿cómo estrechamos nuestra relaciones duales, privadas y públicas con lo que aparenta ser nuestro enemigo? Las invito a reflexionar y replantear la forma en la que nos relacionamos, muchas de estas preguntas no tienen respuesta aún en mi cabeza, y puede que las respuestas que tengo aún sean vagas, no obstante, creo que cada minuto que construyo relaciones con otras mujeres, mis miedos y silencios se desvanecen poco a poco, y el mundo me parece menos agobiante. 

1.Manifiesto Rivolta Femminile, 1970

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Justicia para Ámbar (sin misoginia), Jessica Gamboa Valdés

Esta semana hemos oído con espanto sobre el crimen cometido en contra de Ámbar, una joven de 16 años, asesinada por Hugo Bustamante, el conviviente de su madre, muerto viviente del patriarcado y feminicida, que, el año 2005, había ya dado muerte a una ex-pareja con su pequeño hijo. No obstante, por decisión del Sistema de Justicia de los Hombres fue dejado en libertad condicional antes de cumplir la condena.

Este habría sido el motivo que provocó un distanciamiento y, finalmente, la ruptura entre Ámbar y su madre, así lo han expresado amigas y cercanas.

La relación madre-hija ha sido intervenida históricamente por los patriarcas, para trastocar los lazos entre mujeres, en esta cultura falocrática y misógina. Por esta razón, Denisse, la madre de Ámbar, recibe el repudio social que le encara su desnaturalizada maternidad y le reprochan haber “elegido al hombre en vez de su hija”, “a un pico antes que a su hija”.

El régimen de la HETEROSEXUALIDAD OBLIGATORIA, es, precisamente, vivir con y para un hombre, renunciar al placer y sexualidad propias, para ser colonizada psíquica y físicamente, por el modelo sexual masculino, internalizando su dependencia como natural. A las mujeres – todas- se nos exige lealtad con los hombres y su CONTRATO SEXUAL, pacto entre hombres que se sostiene, justamente, en la ruptura con el origen, es decir, con la madre concreta que nos da la vida y la palabra.

Si la madre de Ámbar fue leal a los mandatos sociales del régimen falocéntrico y su política sexual, al descuidar la relación primaria con su hija, cómo no va a ser importante restablecer la relación madre-hija y afianzar los lazos entre mujeres.

Por eso, necesitamos independencia simbólica de los hombres y sus modos de vida, partiendo por cuestionar y abandonar el Contrato Sexual, que incluye, la industria pornográfica y prostituyente, que, pese a los estragos que causa en la vida de las mujeres, siguen intactos, como si no fuesen parte del problema.

Me preocupa que, el caso ocurrido con Ámbar, sea abordado como una situación excepcional que termina por reducir la violencia masculina a una psicopatía de un sujeto que la justicia liberó erróneamente. Acá lo relevante es sacar a la luz una civilización completa que desprecia a las mujeres. Por eso, nuestras vidas, no tienen la valoración social que merecen.

Cómo nos explicamos que sea posible que, en cualquier rincón del mundo, el cuerpo de una mujer (niña, joven o adulta) sea vendido por -cuatro chauchas-para usar su vagina, su ano o su boca, solo para satisfacer el placer de un hombre. En consecuencia, la violencia ejercida hacia nosotras, las mujeres, es producto y efecto de lo mismo.

¿Y la justicia?

Se clama justicia para Ámbar y para todas las mujeres. Sin embargo, el sistema de justicia patriarcal, cada día más insípido, apenas logra mantenerse a flote con sus leyes en franca decadencia, aunque, las leyes androcéntricas jamás serán suficientes y satisfactorias cuando se trata de la vida o el cuerpo de una mujer. Porque estamos más allá de la ley del padre.

La justicia para las mujeres es también del orden simbólico. Las feministas lo vienen haciendo hace mucho tiempo, imprimiendo en las calles los nombres de las mujeres que han hecho resistencia a los patriarcas.

También es de justicia simbólica no dejar que el discurso mediático fomente la misoginia y la ignorancia sobre la violencia hacia las mujeres. En ese sentido, el linchamiento social prometido a la madre, dice Andrea Franulic, transgrede el genuino deseo de Ámbar, que, pese a las desavenencias que tuvo con ella, pensaba en su bienestar y en el de su hermano, lo mismo, ocurre con haber destruido las pertenencias que estaban al interior de la vivienda.

La violencia es de ellos, de los muertos vivientes del patriarcado, no de las mujeres.

Por último, reafirmar una idea que, en este fin de patriarcado, resuena cada día más. La violencia de tantos hombres en contra de las mujeres debe llegar a ser IMPENSABLE, como lo es hoy el canibalismo, dice María-Milagros Rivera Garretas, así lo están expresando las mujeres y las comunidades en Chile y en el mundo entero.

Hagamos la justicia, sin misoginia.

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La educación en el fin del patriarcado, Pía Cajas

La educación en el fin del patriarcado

La educación del patriarcado, al igual que este, está llegando a su fin. El sistema educativo actual es una institución masculina, jerárquica, que busca perpetuar roles, adoctrinar y mantener tradiciones androcéntricas. Educa para entrar en una carrera de competitividad y precariedad espiritual, niega la autoridad de la madre como la primera maestra y, por eso, sigue hablando en neutro, en genérico universal, que ocultan detrás el sesgo masculino… Niega la diferencia sexual, es anti libertad.  La educación necesita nuevas búsquedas, otras formas de aprender, otras cosas que aprender y otras formas de enseñar. Para María Milagros Rivera, el aprendizaje es saber comunicarse, es crear, es expresarse. 

En mis años de experiencia como educadora en primera infancia, he observado a los niños y niñas en sus interacciones y juegos. Los niños manifiestan un juego más estereotipado, sensorio motriz, utilizan los golpes y la competencia, juegan a ser héroes a través de las armas, debido a los fuertes referentes masculinos patriarcales de la sociedad. En cambio, en las niñas, observo expresiones de libertad, veo belleza en la forma en que se relacionan, en calma, con respeto por la otra y el otro, en conexión con la naturaleza, con sus emociones, su idea de ser heroína es a través de la ayuda, lo contrario a lo impuesto en la sociedad del patriarcado, donde quien se impone, con el poder y la competencia, está por sobre los demás… Esta forma de relación, que es diferente entre niñas y niños, tiene su origen en el cuerpo, que es sexuado, un cuerpo que existe y es histórico, un cuerpo que habla de una experiencia. La experiencia de un cuerpo sexuado mujer no es reducible ni comparable a la de un hombre, no obstante, el patriarcado moderno puso todos sus esfuerzos seculares en pretender homologarnos a los hombres y, más atrás en la historia y transversal a esta homologación, ha querido siempre reducirnos a sus estereotipos de género femenino, para atraparnos y ponernos al servicio de la virilidad. Sin embargo, la diferencia sexual significa, en palabras de Lía Cigarini, “la asimetría femenina en el orden falocéntrico”. Y la asimetría no debe entenderse, en esta perspectiva, como sinónimo de desigualdad o inferioridad, sino, como un más. Es decir, las mujeres nacemos en una sociedad que no está pensada para nosotras, saber esto nos ayuda a entender esa rebeldía y libertad que se gesta desde la infancia, en cada mujer que se niega a adaptarse al desorden patriarcal y crea mediaciones distintas desde su diferencia sexual en femenino.

Al observar ambos juegos y sus interacciones, me pregunto: ¿qué hay que aprender?, ¿qué enseñar?, ¿cómo? ¿Seguimos repitiendo conocimientos masculinos con pretensiones de universalidad: ¿la historia de guerras, sus triunfos y derrotas? ¿O mejor hablamos del progreso humano desde la autoridad femenina?, Autoridad que viene de augere, que significa ‘hacer crecer’. Enseñar a las niñas no a ser iguales a los niños, sino a aprender y a crear desde su diferencia femenina, que siempre ha estado allí; y enseñar a los niños a distinguir y acoger lo que sigue siendo valioso desde la diferencia libre de ser hombre y a transformar lo patriarcal, viril, para hacer que la convivencia entre los sexos no sea violenta.

Educar como educan las madres, escribió María Milagros Rivera, “dar y enseñar vida, el amor es el signo” … La educación, en su origen, es femenina, sea ejercida por profesores o profesoras, porque ambos hemos aprendido a hablar en relación de confianza con la madre. Esta primera escuela o enseñanza original está en la memoria de todas y todos. 

Educar para alimentar deseos, potenciar intereses, desplazar la fuerza del poder por la libertad relacional. El amor aprendido en la relación con nuestras madres o con quién ocupe ese lugar, nos puede guiar para educar con sentido. Esa primera escuela nos entrega signos de amor. Observando y reconociendo autoridad a la propia experiencia, podemos reconocer estos signos. “El aprendizaje es y debe ser en relación, porque es en relación donde circula y se intercambia el espíritu”, dice también en su libro María Milagros. 

Abrirnos entonces a una nueva forma de educar, salir del androcentrismo, mirar de otra manera, conectarnos con nuestra infancia y recordar esa primera relación con quién nos enseñó la palabra con amor, de forma lúdica, quien fue mediadora entre nosotras y el mundo, que con sus caricias nos mostró los límites de nuestro cuerpo, quien nos enseñó a estar aquí́ en el mundo sin violencia, quien abrazó nuestros dolores y contuvo nuestras rabias, quien a través del juego nos permitió abrirnos al placer de aprender. Volver al principio, acercarnos a la libertad como un movimiento interior que se gesta en esta primera relación de vida y, desde esa libertad, educar, para cuidar que el cuerpo no se separe del pensamiento, de la palabra… Estos aprendizajes primarios se necesitan hoy en este mundo que es diferente, en el fin del patriarcado, armonía entre pensamiento y sentir, disponibilidad y reflexión, goce y calma, fragilidad y fortaleza.

Pía Cajas Maureira

Feministas Lúcidas 

Bibliografía

Cigarini, Lía, (1996), “La Política del deseo, La diferencia femenina se hace historia”. 

Montoya Ramos, María Milagros, (2011), “Alumbrar en el presente: Enseñar teniendo en cuenta a la madre”. Recuperado el 10 de agosto de 2019, de https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=36082

Artículo de Otero Ochaíta, Josefa, Rivera Garretas, María-Milagros, (2012), “Educar como educan las madres, el amor es el sigo”. Recuperado el 15 de agosto de 2019-https://core.ac.uk/download/pdf/39048684.pdf/.Traducción de María-Milagros Rivera Garretas, Sottosopra rosso, enero, (1996), “El final del patriarcado. Ha ocurrido y no por casualidad”. Recuperado el 7 de agosto de 2019-http://www.libreriadelledonne.it/pubblicazioni/el-final-del-patriarcado-ha-ocurrido-y-no-por-casualidad-sottosopra-rosso-enero-1996/.

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Escritos de Feministas Lúcidas

Genealogía de mujeres del Feminismo Radical de la Diferencia, Andrea Franulic

Genealogía de mujeres del Feminismo Radical de la Diferencia

Introducción a la Primera Charla de Feministas Lúcidas, 7 de octubre de 2017

Dedicado a todas mis semejantas de Feministas Lúcidas, por ser cada una quien es, en su diferencia.

Dicen que las casualidades no existen, y me parece que eso le da más libertad al vivir. Cuándo iba yo a pensar que, al dar esa charla sobre feminismo radical en la Facultad de Beauchef de la Universidad de Chile, conoceríamos, con Jessica Gamboa, quien me acompañaba ese día, a las jóvenes de ímpetu rebelde con las que luego formaríamos Feministas Lúcidas. Yo venía de una ruptura política brutal que había removido toda mi existencia de los últimos 16 años. No era ni la primera ni la última mujer que había vivido algo así en un grupo feminista; en efecto, uno de los aprendizajes importantes de toda esta vivencia tiene que ver con las dificultades que experimentamos cuando hacemos política juntas. Pero, al mismo tiempo, conocemos el placer de la relación entre mujeres y la experiencia única de sentirnos parte de la Historia; no hay vuelta atrás para este deseo. Por eso, este encuentro con estas jóvenes y con otras que llegaron después, todas ávidas por saber del feminismo radical, para mí ha significado algo grande y hermoso.

Así, Feministas Lúcidas se formó el año 2014 como grupo de estudio o, como lo hemos denominado, coloquialmente, club de lectura. Cada 15 días nos reunimos, las tardes de sábado, en las casas que rotan según el ofrecimiento que surge en la semana, y las puertas siempre están abiertas para las mujeres que quieran llegar. Acompañadas, muchas veces, de comida vegana, leemos y conversamos lo leído sobre los escritos de las pensadoras del feminismo radical y de la diferencia. No solo dialogamos entre nosotras, sino también, con ellas. De esta manera, han despertado nuestras conciencias las palabras de Adrienne Rich, Virginia Woolf, Kate Millet, Audre Lorde, Sheyla Jeffreys, Carol Hanish, Carla Lonzi, Julieta Kirkwood, Milagros Rivera, Christine de Pizán, las Mujeres de la Librería de Milán, Shulamith Firestone, las autónomas chilenas y latinoamericanas, Andrea Dworkin, entre tantas otras. 

Nuestras reuniones forman parte de la política de las mujeres. Se trata de un hacer política que no tiene nada que ver con la política con poder (María Milagros Rivera, 2005) ni con el llamado a las grandes masas. A lo largo del tiempo, las mujeres se han reunido en pequeños  grupos para pensar e intervenir en el mundo, descubrir a sus predecesoras, tomar conciencia y hablar a partir de sí mismas (María Milagros Rivera, 1994), generando transformaciones importantes en ellas y en la sociedad. Por ejemplo, las mujeres del llamado Movimiento de las Preciosas abrían sus salones, durante el siglo XVII, para realizar tertulias políticas e intelectuales. De ellas, brotaron las ideas más brillantes que impulsaron, un siglo después, la Revolución Francesa (María Milagros Rivera, 2005). O antes, en la Baja Edad Media, hallamos el Movimiento de las Beguinas, conformado por pequeñas comunidades de mujeres célibes, que revolucionaron la espiritualidad en la Europa del siglo XI (María Milagros Rivera, 2014).

Mirando la historia reciente, vemos a las mujeres de los años setenta reuniéndose en los grupos de toma de conciencia, desde donde surge la genuina teoría feminista, esto es, un conocimiento amplio y profundo sobre nuestra experiencia como mujeres en la civilización patriarcal. Esta práctica política también se llevó a cabo en los países latinoamericanos durante las crudas dictaduras de la década de los ochenta. En Chile, Julieta Kirkwood impartió sus Feminarios en el Círculo de Estudios de la Mujer el año 1978. En 1984, formó, junto a Margarita Pisano y otras mujeres, la Casa de la Mujer La Morada, donde se efectuaron muchos talleres, conversatorios y cursos acerca de las necesidades y los deseos que nos afectan. A principio de los noventa, se organizó, en nuestros países, el feminismo autónomo en respuesta a la arrasadora institucionalización de los movimientos sociales. Las feministas autónomas, con exponentes como Sandra Lidid, Ximena Bedregal y otras, combinaron reflexión en el pequeño grupo y denuncia pública. En 1997, yo llegué a las charlas que Margarita Pisano convocaba, como feminista autónoma, en su casa del Barrio Bellavista, para hablar sobre historia de las mujeres, obligatoriedad del amor, autonomía política, maternidad, sexualidad y lesbianismo. En esta instancia, viví, entre otras venideras, mi primera toma de conciencia, que significó algo tan elemental, tan primario, como darme cuenta de que soy una mujer. 

Este breve recorrido da cuenta de que somos parte de la Historia o, con otras palabras, de una genealogía, que nos aclara que las libertades, las rebeldías y las ideas políticas de las mujeres no son expresiones aisladas de algunas pocas audaces y atrevidas, sino que nos las debemos unas a otras, siempre y cuando nos reconozcamos y nombremos como parte de un hilar histórico que es, a la vez, continuo y discontinuo, subterráneo y visible, frágil y firme, pero siempre presente. Como dicen las autoras del Pensamiento de la Diferencia, la Historia es una sola, como es uno solo el mundo, pero los sexos son dos. Por lo tanto, la Historia es también la Historia de las Mujeres y no una que corre en paralelo ni, menos, otra de tipo compensatoria (María Milagros Rivera, 2005). Sin embargo, la Historia que asienta el conocimiento con poder, por ejemplo, en las escuelas y universidades, nos borra. Nuestra presencia en ella no existe o aparece de manera secundaria y, cuando surge protagónica, se debe a que los hombres han elegido a una u otra ‘mujer excepcional’ (Adrienne Rich, 2010), cuya vida tergiversan. Ocurre así, porque esta Historia está relatada desde la unilateralidad que instala el patriarcado como ideología, o sea, desde el punto de vista de un solo sexo que se ha definido, a sí mismo, como todopoderoso.  

Las mujeres hemos vivido bajo la sombra de esta deshistorización. Más todavía, a partir de la modernidad, esto es, desde el siglo XVII en adelante, cuyo auge se expresa en los totalitarismos del siglo XX. Luego del silenciado ginocidio, conocido como la Caza de Brujas, que arrasa, principalmente, con la población femenina durante cuatro siglos (desde el XIV al XVII, aproximadamente), se impone, en la cultura occidental, el principio de la igualdad de los sexos, que acentúa la absorción del femenino por el masculino. La consecuencia más vívida de todo esto es que nos quedamos, más que nunca, sin orden simbólico femenino, esto quiere decir, sin palabras propias, encarnadas en una genealogía reconocible de mujeres, para darles sentido, significados y realidad a nuestras relaciones y experiencias: por más que miramos y buscamos alrededor, no nos encontramos en ninguna parte; chocamos con la imposibilidad de decir el mundo y decirnos a nosotras mismas, porque solo nos dejan a la mano la lengua androcéntrica, ajena, que nos enajena. (1). 

Esta mudez existencial nos ha mantenido sujetas a las fantasías, los miedos y deseos de los hombres, encontrando, en las perversas proyecciones masculinas, referentes vacíos de memoria y pensamiento, de cuerpo y de lenguaje. Expresado de otra manera, no hallamos más que los estereotipos femeninos, codificados por el orden patriarcal (María Milagros Rivera, 1994). Y en resistencia u oposición a estos, se nos ofrece como única salida la homologación con los hombres: la trampa de la igualdad o la equidad, el gran triunfo de la era moderna, que le suma, insisto, más enajenación a nuestras vidas. Como dice Andrea Dworkin (1981: s/p): “Quiero sugerirles que comprometerse a lograr la equidad (…) con los hombres, es decir, a lograr una uniformidad (…) es comprometerse a volverse el rico en lugar de la pobre, el violador en lugar de la violada, el asesino en vez de la asesinada”. 

¿Queremos seguir vagando, confusas, en medio de la oscuridad, la desesperación y una inseguridad sin nombre? ¿Deseamos continuar siendo incluidas en una civilización depredadora de todo lo vivo, nutriéndola con nuestras energías creativas? ¿Podemos vivir perpetuando la negación y el desprecio hacia nosotras mismas? Para dar fin a todo esto, el descubrimiento y la producción de un orden simbólico femenino, que no se puede separar de la recuperación genealógica, constituyen la política fundamental de las mujeres de este siglo; es la única manera que hemos encontrado, y que creemos posible, para decirles ¡basta! a la crueldad y violencia patriarcales. (1).

Las reflexiones que aquí desarrollo, así como las autoras que he nombrado, pertenecen a determinadas corrientes de pensamiento feminista. Decir que el feminismo no es uno solo constituye, a estas alturas, un lugar común; aunque, para mí, el feminismo debiera tener un único desenlace: crear una nueva cultura. Y este propósito lo encuentro en algunas expresiones del radical y la diferencia. A la intersección de ambos, la he llamado feminismo radical de la diferencia (Margarita Pisano & Andrea Franulic, 2009). Ambos surgen en los grupos de toma de conciencia donde se escucha la voz de las mujeres, hablando con sus cuerpos, en primera persona, a partir de sí mismas, en una lengua propia, la que el feminismo radical llamará ‘lengua común’ de las mujeres (Mercedes Bengoechea, 1993), y el feminismo de la diferencia, ‘lengua materna’ (Luisa Muraro, 1994). Asimismo, el amor hacia las mujeres, junto al yo y al nosotras políticos, el feminismo radical lo sintetizará en el concepto de ‘experiencia común’ de las mujeres, mientras que el feminismo de la diferencia lo hará en la idea del ‘entre mujeres’ (María Milagros Rivera, 2001). Estos términos, tanto los referidos a la lengua como los que aluden a la relación entre mujeres, no guardan el mismo contenido entre ellos, pero comparten la necesidad imperiosa de establecer confianzas entre nosotras, tanto para vivir como para hacer política, en lugar de sanciones y competitividades malsanas, que constituyen la forma en que la ideología patriarcal interviene nuestros vínculos. (2).  

Además, a esta fusión, la radicalidad aporta la agudeza del análisis, cuestionando la institucionalidad patriarcal desde sus fundamentos; y la diferencia, el desprendimiento necesario para no quedarnos enganchadas en la guerra contra el patriarcado y, así, ser libres para significar el sentido de ser mujeres, abandonando como punto de referencia a los hombres y su cultura. Cada feminismo es un contrapeso para el otro con el fin de lograr el equilibrio. De lo contrario, a medida de que cada uno se aleja, gradualmente, de esta intersección –hasta el punto de hallar manifestaciones que tergiversan sus sentidos genuinos–, aterriza, tanto el radical como el de la diferencia, en prácticas políticas que reponen las bases de la supremacía masculina: por el lado de la radicalidad, un excesivo anclaje en el enemigo impide hacer feminismo sin tener, como fuerza centrípeta, al patriarcado, quedándonos en la sola denuncia y resistencia. Por el lado de la diferencia, un desprendimiento excesivo, junto a una visión idealizadora de la política de las mujeres, nos hace perder de vista que existe dominación androcéntrica y que, de esta, son los hombres, los principales responsables: autores y actores.

El sentido primario de la radicalidad de la diferencia descansa en la irreductibilidad de nuestra diferencia sexual, esto quiere decir, en el hecho evidente de que tenemos un cuerpo sexuado: un cuerpo sexuado en femenino, en nuestro caso. Este dato irreductible es radical, porque la palabra ‘radical’ significa etimológicamente ‘raíz’, lo que podemos interpretar como ‘origen’. Además, no se trata de un mero dato biológico, sino, principalmente, semiológico –o sea, que permite crear signos–, lo que implica que cuerpo y palabra son inseparables, como el aire que sirve tanto para respirar como para hablar. Expresado de otra forma, es con nuestro cuerpo sexuado que le damos sentidos a la realidad, porque la especie humana es esencialmente animal simbólico, considerando que las palabras constituyen el símbolo más importante. Desde esta perspectiva, la diferencia sexual es riqueza para el mundo, porque cada sexo crea significados diversos con su propio cuerpo, el cual es obra exclusiva de nosotras las mujeres por nuestra capacidad, ejercida o no, de procrear. (3).

No obstante, este cuerpo se configura en una cultura matricida, mortífera, cuyos límites nefastos las feministas conocemos muy bien: la cultura patriarcal, universal y longeva, basada en la supremacía masculina, que proyecta la diferencia sexual, en especial la femenina, como una carencia, como un NO masculino. Es decir, nuestra diferencia es definida por una negación y absorbida como este límite negativo, que se transforma en la condición de existencia de lo masculino, en su complemento en la jerarquía, el que necesita para erigirse como el representante del género humano, el Hombre (Patrizia Violi, 1991). Y la feminidad nos es devuelta de manera tergiversada, o sea, deformada en un estereotipo, muy conveniente a los hombres, porque les sirve para borrar y despreciar nuestros aportes al mundo, al mismo tiempo que nos los usurpan. De esto se desprende el segundo sentido de la radicalidad de la diferencia, el cual consiste en recuperar la potencialidad y la presencia visible y verbalizada de nuestra diferencia sexual para crear una nueva cultura, junto con desechar la vigente, con sus ideologías, instituciones, valores y símbolos, porque la consideramos fracasada (Carla Lonzi, 1978). El fracaso se fundamenta, justamente, en que esconde la diferencia como principio existencial y valida la unilateralidad inclusiva, de la que solo puede resultar desequilibrio y poder.

En este espacio entre los dos conjuntos, el feminismo radical y el feminismo de la diferencia, coloco las ideas-fuerza que configuran esta propuesta o, más bien, esta forma de vida (María Milagros Rivera, 2014). Por eso, una de las ideas-fuerza de este feminismo es rechazar el pedirle derechos y leyes a la política con poder de los hombres, puesto que esto implica legitimarla y reformar su cultura mediante nuestras demandas, dando a entender, junto con esto, que los derechos y las leyes constituyen un lenguaje neutro y no marcado ideológicamente por el sesgo patriarcal. Además, en coherencia con lo radical, la transformación cultural y civilizatoria pasa por cuestionar las raíces de los problemas, por desmontar los cimientos de las estructuras establecidas, las que se relacionan entre sí para dominar, controlar y reprimir nuestras vidas tanto en lo personal como en lo público: la familia, el amor romántico, la heterosexualidad obligatoria, el matrimonio, la pareja, la maternidad, y también el estado, el ejército, la educación, la iglesia, los medios de comunicación, etc., se sirven de nuestra fuerza de trabajo y de nuestras energías sexuales, emocionales y pensantes para el funcionamiento de su orden social.

Asimismo, en coherencia con esta profundidad, la transformación pasa por descolonizarnos a nosotras mismas y nuestros modos de relacionarnos en una continua revisión y autoconciencia, con errores y aciertos, con contradicciones y claridades, en busca más de la libertad que de la liberación, que se distinguen, al decir de María Milagros Rivera (2005: 29), porque la liberación “…trata de erradicar toda constricción histórica sufrida por un ser humano”. En cambio, la libertad consiste en “…la capacidad de transformar la relación con las constricciones históricas que una no puede o no quiere erradicar”. Yo busqué, durante mucho tiempo, la liberación, y no me fue muy bien. Hoy me interesa ser una mujer libre y no, precisamente, una mujer liberada. El movimiento político, entonces, va desde lo interior hacia lo exterior y desde abajo hacia arriba. Por esta razón, también nos hacemos funcionales al desastre civilizatorio si reproducimos, con orgullo, los estereotipos femeninos, diseñados para nosotras con los dispositivos de la literatura, el cine, la publicidad, la filosofía, las religiones, las ciencias, la pornografía, la estética y la moda, etc. La potencialidad de la diferencia sexual como principio de existencia conlleva, como afirma Carla Lonzi en 1970, que ningún individuo o grupo debe ser definido por otro individuo o grupo. De ahí que las feministas radicales de la diferencia –y esta es otra idea-fuerza fundamental– apostemos por un sentido libre de ser mujeres y mujeres lesbianas, abandonando a los hombres, sus ideologías y cultura como nuestro falso reflejo y complemento, y encontrando en las demás mujeres, conscientes de sí mismas, el espejo que necesitamos para que cada una sea quien quiera ser.

Las autoras de nuestra genealogía, que hoy presentamos –Carla Lonzi, Christine de Pizán, Virginia Woolf y Audre Lorde–, nos dan pistas para este sentido libre de ser mujeres, así como para la creación de otra cultura, que va de la mano con la producción de un orden simbólico femenino. A las cuatro pensadoras las situamos en la intersección, puesto que forman parte del feminismo radical de la diferencia: Carla Lonzi (1978) nos invita a aprovecharnos de nuestra diferencia, que se basa, nos dice, en haber estado ausentes del relato de la Historia con poder durante miles de años, por lo tanto, se fundamenta en nuestra exclusión y, en concomitancia con esto, se pregunta cuántos siglos más nos demoraremos en liberarnos del nuevo yugo, conformado por la búsqueda de la igualdad con los hombres, la deseada emancipación. Con otras palabras, la civilización androcéntrica se ha construido a costa de nosotras, pero sin nosotras y, frente a esto, ¿vamos a luchar para ser integradas, incluidas, en su deshumanización? O, como expresa esta lúcida voz, ¿nos aprovecharemos de esta extranjería radical, que tenemos, para crear otro tipo de sociedad más libre y feliz?

Christine de Pizán, en 1405, se libera de las opiniones masculinas para ser ella misma, confiando en lo que su cuerpo sexuado y su experiencia le comunican, fiándose en las demás mujeres, en una genealogía femenina, y no en el pre-juicio ajeno. Así como Lonzi (1978) se da cuenta de que no estamos en la Historia, Pizán (2013) repara en que no existimos en la filosofía, y rechaza toda la tradición de pensamiento, puesto que todos los filósofos, tanto de la antigüedad como de la edad media, hablan mal de nosotras, esto es, sus planteamientos se sostienen en una misoginia recalcitrante. Por su parte, la poeta Audre Lorde (2003: 118) nos hereda la poderosa idea de que “las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo”.  Por lo tanto, si nos quedamos con la igualdad y los derechos, con sus reglas del juego, para hacer política feminista, ni siquiera subvertimos el orden social, al contrario, lo renovamos. Lo mismo sucede si analizamos el sistema desde la perspectiva de género, usada en la academia por el feminismo de la igualdad y también por el posfeminismo y el transfeminismo con sus pretendidas prácticas trasgresoras; o si intentamos generar cambios desde las ideologías de izquierda, que no abandonan la lucha dialéctica amo/esclavo, opresor/oprimido. Asimismo, si usamos las palabras androcéntricas para interpretar lo que vivimos, sobre todo, nuestros miedos y fantasmas, los que necesitamos sacar a la luz, es imposible con una lengua que, para nosotras, constituye el límite de la palabra y una invitación al silencio. En definitiva, todos estos aspectos están muy bien guardados en la caja de herramientas del amo. 

Por último, Virginia Woolf, a principios del siglo XX, tiene muy claro que la sociedad es la sociedad de los hombres y que la experiencia de las mujeres en ella es marginal, y este hecho trasciende las clases sociales, las razas y las edades. Por ejemplo, la guerra es la expresión más horrorosamente fidedigna del tipo de sociedad que los hombres han construido y organizado. Las mujeres no tenemos nada que ver con este afán destructivo y competitivo, ni con sus condecoraciones, medallas y uniformes. Si bien desea que las mujeres accedamos a la educación, a la que ella misma no pudo acceder, siendo hermana e hija de hombres educados –como a ella le gustaba decir–, no le interesa la educación de ellos que, justamente, prepara para la guerra, dada su lógica basada en jerarquías, grados y escalafones. Woolf (2016a) quiere que las mujeres, a partir de su anti-convencionalismo, inventen una nueva educación y, en definitiva, una nueva sociedad. Al meditar Virginia sobre sus antepasadas, expresa acertadamente este desdén por la institucionalidad masculina en la siguiente cita: “Y pensé en el órgano retumbando en la capilla, y en las puertas cerradas de la biblioteca y pensé qué desagradable sería quedarse fuera; y pensé que sería más desagradable quedarse adentro… (Woolf, 2016b: 35). Las feministas radicales de la diferencia, con el mismo y sutil tono de sorna, decimos: no, gracias.

Notas:

  1. Para el desarrollo teórico en torno a la modernidad, la igualdad de los sexos, la pérdida de simbólico femenino y el sentido actual de la política de las mujeres, ver Rivera, M. (1994). Nombrar el mundo en femenino. Barcelona: Icaria; y Rivera, M. (2005). La diferencia sexual en la historia. España: Universidad de Valencia.
  2. Para el análisis de cómo la ideología, instituciones y estratagemas patriarcales intervienen los lazos entre mujeres, ver Rich, A. (2001). Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana. En A. Rich, Sangre, pan y poesía (pp. 41-87). Barcelona: Icaria. 
  3. Para los planteos en torno a la diferencia sexual, su irreductibilidad y potencia, y al cuerpo como obra de la madre, ver los desarrollos teóricos del Pensamiento de la Diferencia en general. En especial, Muraro, L. (1994). El orden simbólico de la madre. Madrid: Horas y Horas. Y Rivera, M. (1994). Nombrar el mundo en femenino. Barcelona: Icaria; también, Rivera, M. (2005). La diferencia sexual en la historia. España: Universidad de Valencia.

Referencias bibliográficas:

Bengoechea, M. (1993). Adrienne Rich: génesis y esbozo de su teoría lingüística. España: Ayuntamiento de Alcalá de Henares.

de Pizán, C. (2013). La ciudad de las damas. Madrid: Siruela.

Dworkin, A. (1981). Nuestra sangre (Our blood). Traducción no oficial del blog Maldita Femrad, 2017.

Lonzi, C. (1978). Escupamos sobre Hegel. Y otros escritos sobre liberación femenina. Buenos Aires: La pléyade.

Lorde, A. (2003). La hermana, la extranjera. Madrid: Horas y Horas.

Muraro, L. (1994). El orden simbólico de la madre. Madrid: Horas y Horas.

Pisano, M. & Franulic, A. (2009). Una historia fuera de la historia. Biografía política de Margarita Pisano. Santiago: Revolucionarias.

Rich, A. (2010). Sobre mentiras, secretos y silencios. Madrid: Horas y Horas.

Rivera, M. (1994). Nombrar el mundo en femenino. Barcelona: Icaria. 

Rivera, M. (2001). Mujeres en relación. Barcelona: Icaria.

Rivera, M. (2005). La diferencia sexual en la historia. España: Universidad de Valencia.

Rivera, M. (2014). Teresa de Jesús. Madrid: Sabina.

Violi, P. (1991). El infinito singular. Madrid: Cátedra.

Woolf, V. (2016a). Tres Guineas. España: Debols!llo.Woolf, V. (2016b). Un cuarto propio. España: Debols!llo.

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Escritos de Feministas Lúcidas

Huellas de los deseos libres, Andrea Franulic

El concepto de género, dice María-Milagros Rivera Garretas, autora en la que encuentro mucha medida en el último tiempo, es un ejemplo del duplicar la realidad, del duplicar la obra materna, para apropiársela, “con el fin de olvidarla, de dejarla sin existencia simbólica”; operación, por lo demás, fundacional del patriarcado. La obra materna es el cuerpo y la palabra de manera indisoluble, aunque no sean lo mismo. Entonces, el concepto de género es un ejemplo del duplicar el cuerpo, la diferencia sexual. Me quedo pensando en este duplicar la realidad que dice la autora. Y creo que así como el concepto de género es un ejemplo del duplicar el cuerpo, el concepto de lengua (a veces le agregamos, las feministas, el adjetivo de androcéntrica) es un ejemplo del duplicar la lengua materna: los conceptos de género y lengua, en el conocimiento con poder, son ejemplos del duplicar y separar la unidad indisoluble, del cuerpo y la palabra, de la que es autora la madre. Me recuerda, espontáneamente, lo que Mary Daly llama “el primer plano superficial de los padres”, habiendo un “trasfondo”. 

Pienso en la política de las mujeres y pienso, también, en la otra política, en la política con poder: cómo se quedan dando vueltas en este duplicar la realidad, en el primer plano superficial de los padres, con las “herramientas del amo”, las ideologías, los cánones de la vaginalidad cuando las mujeres (feministas o no) no abandonan, por nada, el referente masculino. Cómo restauran la obra duplicada, por suerte ya puesta al descubierto a vista y paciencia, y ya no con el grado de peligrosidad de antaño o de hace unas pocas décadas atrás, porque hoy la experiencia clitórica de las mujeres está mucho más presente, visible y decible (2). En cambio, la política de las mujeres, que es la práctica de la relación, recupera la lengua materna y el orden simbólico de la madre, “enfrenta momento a momento (la duplicación de la realidad) para no quedarse atrapada en ella”, porque no hay sentido libre de ser mujeres allí. No es una política sin obstáculos ni dificultades (“nadie dijo que sería fácil”), pero tampoco queremos “la paz de los cementerios”, porque el conflicto relacional le da vida a la política de las mujeres también. Y será relacional mientras exista política de las mujeres, precisamente, pues, si se transforma en un conflicto destructivo, vivido en el sentir crudo, dándole cabida al “mal sagrado” de la envidia entre mujeres, incapaz de hacer simbólico, o sea, a la medida de los hombres, es porque predominan las acciones de la política con poder, de la política masculina, en el espacio. O bien, varias de las mujeres vaginales (mujeres lesbianas o no), que conforman el espacio, no pueden, o no quieren, independizarse simbólicamente de dichas prácticas (3). 

El libro que presentamos hoy las Feministas Lúcidas es resultado de la política de las mujeres, de la práctica de la relación que nosotras realizamos, porque contiene los textos de lo que llamamos la Primera Temporada del Club de Lectura Feministas Lúcidas, correspondiente al segundo semestre del año 2014, además de nuestras propias creaciones; y esta instancia política ha significado encontrarnos, sistemáticamente, para sentir, pensar, hablar y estar en relación entre nosotras y con las autoras a las que les otorgamos autoridad, de augere, que significa “hacer crecer”, “dar auge”. Son autoras que nos dan auge, estructura simbólica, para el hallazgo, finalmente, de nosotras mismas: resorte fundamental para la libertad femenina (4). El libro da cuenta del encuentro con el feminismo radical de la diferencia, y es el primero de la serie que hemos titulado Huellas de los Deseos Libres. Contiene textos de Adrienne Rich, Audre Lorde y Virginia Woolf. Las tres son autoras de las grandes, es decir, cuyo sentido visionario sobre el mundo y las relaciones atraviesa épocas, clases sociales y lugares geográficos. De esto se trata el sentido libre de ser mujer cuando toma existencia simbólica, un sentido que no se deja atrapar por las dicotomías académicas ni sus antinomias del pensamiento. En los años siguientes al 2014, fuimos al encuentro del feminismo radical y el feminismo autónomo latinoamericano. Actualmente, estamos viviendo el encuentro con el pensamiento de la diferencia sexual. Todos, espero, libros aún pendientes. Nuestro deseo es convidarles estas huellas impresas de sentido libre de ser mujeres, que orientan nuestros pasos en el fin del patriarcado, donde la violencia de tantos hombres contra las mujeres pone en evidencia, cada vez más, la miseria masculina. La figura del fin del patriarcado fue descubierta por las mujeres de la Librería de Milán el año 1994, y a mí me gusta mucho por la eficacia política que tiene. 

El fin del patriarcado va de la mano de la independencia simbólica de algunas mujeres, de su libertad femenina, la que se ha recuperado gracias al movimiento de mujeres del último tercio del siglo XX; y consiste en que algunas les dejamos de dar valor y crédito, en nuestras vidas y en nuestras mentes, a los patriarcas, a sus opiniones, a su lenguaje, a sus ideologías e instituciones, y esto los ha dejado al descubierto, sin protección ante nuestras miradas, pudiendo ser nombrados como el prostituyente, el golpeador, el violador, el abusador… Ellos han reaccionado, con más violencia que antes, con más crueldad y descaro, torturando y matando, porque no soportan, la libertad de las mujeres. Es, en definitiva, el fin de su contrato sexual (5), el acuerdo violento y tácito entre hombres que practican la heterosexualidad, que atraviesa latente la civilización, para disponer del cuerpo de las mujeres y sus frutos: acuerdo que le da origen al patriarcado. ¿Por qué es, en definitiva, el fin del contrato sexual?, porque la pérdida de crédito del patriarcado, en la vida de algunas, bastantes, mujeres se concreta en que somos, cada vez más, las que, a la heterosexualidad obligatoria, a la maternidad obligatoria, al matrimonio y a los papeles consagrados de la familia, les decimos no, desde las entrañas, recuperando nuestros cuerpos y sus frutos para nosotras. Por extensión, tampoco les damos crédito al estado, al derecho, al ejército, a la iglesia y a la academia. Esta revolución simbólica llevada a cabo por las mujeres, que ha llevado a su fin el régimen simbólico patriarcal, es urgente que ahora lleve a término su régimen social. Aprovechémonos de este momento histórico de crisis, de fin de civilización, crucial para la radicalidad femenina, para que todas las crueldades e injusticias, que la miseria masculina ha derramado por lo ancho y largo del planeta, lleguen a ser impensables (6).

Este libro, en este sentido, es apenas una huella, pero una huella que dibuja por dentro –como líneas de las manos– la medida del mundo. Audre Lorde invita a explorar la oscuridad vetusta del interior de nosotras mismas para sacar a la luz del sol nuestro sentir vuelto poesía. Las mujeres le debemos a Adrienne Rich el acierto maravilloso de haber puesto en palabras la existencia lesbiana, así como a su contraparte, el régimen político de la heterosexualidad obligatoria, y cómo este reproduce, con múltiples estratagemas y con la colaboración de todas las otras instituciones patriarcales, el contrato sexual. La genia de Virginia Woolf nos revela la gran visión del cuarto propio, la necesaria independencia económica y, sobre todo, simbólica y genealógica, que toda mujer requiere para crear. ¿No son, acaso, medida del mundo? Y, lo más importante, en la huella, también se dibuja nuestras propias voces, en el instante mismo, en que cada una, desde su singularidad y disparidad, realiza sus descubrimientos, hallazgos de sentido y vida. “Recorran las páginas con placer, porque están hechas con amor y lucidez”.

Santiago, 6 de julio de 2019

NOTAS:

  1. Huellas de los deseos libres: al encuentro del Feminismo radical de la diferencia.
  2. La mujer clitórica y la mujer vaginal es un descubrimiento de Carla Lonzi del año 1970. Tiene que ver con experimentar, o no, la independencia simbólica del patriarcado, partiendo por descolonizarnos, las mujeres, física y psíquicamente del coito heterosexual y el placer masculino, asumido como propio.
  3. Los dos primeros párrafos del presente texto están escritos en diálogo con los textos de María Milagros Rivera Garretas, Carla Lonzi, Mary Daly y Audre Lorde. El orden simbólico de la madre se lo debemos a la filósofa italiana Luisa Muraro.
  4. Figura descubierta por la jurista de la diferencia sexual, Lia Cigarini, para referirse a la libertad relacional, experiencia vivida más por mujeres que por hombres.
  5. Tesis doctoral de Carole Pateman en 1984.
  6. “Ayer el Tribunal Supremo español dictó contra los violadores de La Manada (Sanfermines, 2016) una decisiva sentencia condenatoria que sienta jurisprudencia sobre la violencia de tantos hombres contra las mujeres, y que gran parte de la población hemos sentido que hace justicia dentro de los límites de la justicia legal, ya que solo hará Justicia la desaparición de esos delitos cuando los volvamos, por fin, impensables.” (María Milagros Rivera Garretas, 2019: http://www.ub.edu/duoda/web/es/textos/10/244/). 
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Escritos de Feministas Lúcidas

El feminismo radical y la extranjería de las mujeres, Andrea Franulic

El feminismo radical de la diferencia es una corriente que forma parte del pensamiento y la acción libres de las mujeres a lo largo de los siglos. En muchos momentos de la historia, se ha preservado de forma subterránea para sobrevivir, porque el régimen patriarcal se ha esmerado, con la crueldad que lo caracteriza, en borrarlo, tergiversarlo, fragmentarlo y absorberlo, pues siente amenazados los pilares de su civilización. Y con toda razón tiemblan, porque cuando las mujeres establecemos vínculos políticos, creativos, libres y confiados entre nosotras, vínculos lesbianos, algún pilar de la cultura del Hombre se agrieta, o derechamente se desmorona. 

En el contexto de este foro, apenas puedo abarcar una pequeña parte de esta corriente en mi intento por definirla. Cada una después de esto, y si logro provocar el interés suficiente, sentirá la necesidad de profundizar y descubrir a las pensadoras radicales, a nuestras antecesoras y contemporáneas. Y por supuesto que hay mucho que descubrir y profundizar, he dicho que se trata de un pensamiento secular. Por hoy, nos fiaremos de unas predecesoras radicales, relativamente próximas en el tiempo: las pensadoras de los años sesenta / setenta; tergiversadas sus ideas, hasta el día de hoy, por lúcidas y visionarias. A partir de su obra escrita, que comprenderla ha sido parte del trabajo que hemos venido realizando en feministas lúcidas (2), selecciono una de las conceptualizaciones brillantes e imprescindibles para no perder la pista. Me refiero a la experiencia común de las mujeres.

Esta es una idea poderosa por varias razones. Implica identificarse con las mujeres y esto es difícil en una civilización patriarcal donde el mandato consiste en que las mujeres debemos identificarnos con los hombres, quienes se auto-asignaron lo humano por excelencia. Es difícil lograr esta identificación con las mujeres en una civilización misógina que nos define, según Kate Millet, como seres de una “inteligencia inferior, una marcada complacencia instintiva o sensual, una naturaleza emocional primitiva o infantil (…) una insidiosa propensión al engaño y a la ocultación de los sentimientos”. Sin duda, las mujeres querrían diferenciarse del colectivo de las mujeres, no querrían sentirse “igual a todas”. Shulamith Firestone dice que el peor insulto para una mujer es decirle que es “como todas”. Asimismo, “la mujer especial” se enorgullece de no ser igual a las demás, y ese orgullo es legitimado por el reconocimiento de su inteligencia por parte de un varón. Así opera la misoginia entre mujeres: estratagema patriarcal para mantenernos apartadas, aisladas y divididas, ignorantes de nosotras mismas y de nuestra historia.

¿En qué consiste la experiencia común? ¿Qué engloba? Tendríamos, al menos, que re-pensar este concepto. Las mujeres nacemos en una civilización misógina y patriarcal, esta es una realidad para todas. El hecho fundante del dominio consiste en negar la diferencia sexual de las mujeres: diferencia primaria con la que somos arrojadas al mundo concreto. Esto sucede en el régimen del uno, lo llaman así, al régimen patriarcal, las italianas de la diferencia. Esto quiere decir que los hombres nos han definido a su medida (en esto consiste la negación), haciendo desaparecer la diferencia como principio existencial, y el producto es lo que llamamos la feminidad patriarcal. El modelo del eterno femenino está formulado a partir de la experiencia de un cuerpo sexuado que nos es absolutamente ajeno… imaginemos el resultado. Nosotras no nos hemos erigido en la medida de todas las cosas, representantes del género humano, y definido a ellos; al contrario, estamos hartas, asqueadas de cualquier acto de prepotencia, pues sabemos en lo que acaba el mundo.

Cuando no contamos con historia propia, porque silencian nuestras genealogías y al mismo tiempo entorpecen su búsqueda por parte nuestra, cuando nuestra existencia histórica se borra, entonces las mujeres quedamos a la deriva, vagamos confundidas en un desorden simbólico, en una cuerda floja, donde si nos caemos hacia un lado, caemos de bruces en la feminidad patriarcal; y si nos resbalamos hacia el otro, aterrizamos en lo humano. La pérdida de sentido es la misma en los dos casos, pues recordemos que lo humano, en la cultura o civilización hegemónica, es igual a Hombre. E imitar a los hombres ha acarreado experiencias tristes para nuestras vidas. Pero también podemos considerar la feminidad patriarcal como una imitación de los hombres, puesto que se trata de un invento masculino. Nos atrapa el círculo vicioso. Luego todas las otras divisiones socioculturales, fundamentadas en el dominio material y simbólico, y en la lógica y las operaciones del pensamiento androcéntrico, se supeditan a este acto político fundacional, basal. 

Las divisiones de clase social, raza, edad u otras, todas, lo que hacen es reforzar una y mil veces, con un sinfín de experiencias dolorosas, el dominio de una cultura que se cimienta en el desequilibrio fundante de que la mitad de la humanidad ha sido definida por la otra mitad. Las mujeres negras, las mujeres trabajadoras, las mujeres universitarias, las campesinas, las intelectuales, las guerrilleras, todas, a partir de sí, con experiencias unas más dolorosas y terribles que otras, pero también, con libertades y confianzas que unas pueden transmitir a otras, nos podríamos unir en el enriquecimiento de un proyecto de mundo, que eche por tierra los pilares en los que se sustenta el régimen del dominio. 

Virginia Woolf dice: “como mujer no tengo país, mi país es el mundo entero”. Las mujeres estamos al margen de todas las clasificaciones patriarcales. Las clases sociales de los hombres nos han dividido entre nosotras, así como sus luchas políticas para abolirlas. El mito de que la revolución socialista liberará nuestras vidas como mujeres perdió poder simbólico hace mucho tiempo; el feminismo radical desencadenó dicha pérdida. La división del trabajo primigenia que cruza la especie humana es la división sexual. Sabemos que el socialismo, o cualquier ideología libertaria, solo prolonga nuestra posición de inferioridad en la cultura. La obrera y la burguesa tienen las mismas posibilidades de sufrir el destino de ser subordinadas dentro de la familia patriarcal, y también, y esto tiene un fuerte poder, ambas pueden terminar sus vidas sin historia propia conocida. 

La ausencia de referentes para nosotras es abismal. ¿Qué mujeres conocemos que nos puedan guiar en la definición de nuestras vidas?, ¿qué mujeres lúcidas, librepensadoras, valientes? Sin duda, conocemos más de alguna, con cuerpo presente, o a través de la escritura. Cuántas son, y cómo se relacionan unas con otras para hilar un pensamiento, una teoría, una corriente, un movimiento, por dar algunos ejemplos. Lo que hay es una ignorancia impuesta, un manto que cubre todo aquello que es vital para la vida de cada mujer: su cuerpo, su historia, sus relaciones con otras mujeres y con el resto de las especies. En cambio, los arquetipos, los estereotipos y los estigmas de la feminidad patriarcal se refuerzan día a día en la familia, la escuela, la universidad… por nombrar algunas instituciones. ¿Qué sabemos de las feministas que han aportado para que nuestras vidas sean mejores, dónde están, o dónde las encontramos?, ¿las conocemos? En esta misma sala, quién podría nombrármelas y, además, decirme, ¿qué contribuciones a nuestras vidas como mujeres han hecho? Pero estoy segura de que muchas conocemos a Marx o a Foucault. Sin embargo, estos pensadores nos niegan, como muchos de los pensadores del patriarcado, que son misóginos, aunque aparenten, algunos, un paternalismo “progre”. Doy este ejemplo para hacer el contraste entre lo que sabemos y lo que ignoramos.

Las mujeres valientes, que reconocemos en la Historia (y digo “valientes” no en el sentido de lo heroico patriarcal), no han cambiado el rumbo de la humanidad y el planeta en “un estallido de rabia solitario e individual” (Adrienne Rich). Cuando comenzamos a mirar bien, descubrimos que las mujeres siempre han estado vinculadas a sus contemporáneas y a sus antepasadas, y que de estas relaciones han sacado la fuerza para actuar, así como para protegerse y resistir. Muchas veces de a dos, o en pequeños grupos. Tenemos genealogía, un camino trazado con firmeza para encontrar respuestas a nuestras búsquedas, para proyectar otro mundo sin ningún tipo de dominación. Esta genealogía ha sido silenciada. En esta genealogía que, para mí, es el feminismo radical de la diferencia, encontramos las palabras que necesitamos para nombrar aquello que nos cuesta definir, porque si solo tenemos a mano, y muchas veces es así, las palabras del amo, la lengua androcéntrica, quedamos mudas para nombrar las experiencias propias, los sentimientos y pensamientos. Y sin palabras propias, quedamos subsumidas en un desorden simbólico que nos deja vulnerables durante el desarrollo de nuestras vidas. Para que este designio realmente se efectúe y se perpetre, se encarga, esmeradamente, cada una de las instituciones cómplices de la civilización, en especial, la familia, la heterosexualidad obligatoria, la maternidad obligatoria, el modelo sexual genitalista y la estructura del amor/dominio.

¿Seguiremos participando de la gran derrota del Hombre, se pregunta Carla Lonzi? Dejemos que se autodestruya y guardemos algunos vestigios para un museo de lo que fue su cultura anti-todo-lo-vivo, el patriarcado que alguna vez existió. La potencia de nuestra experiencia común es que somos extranjeras de esta cultura androcéntrica, y esto lo afirman casi todas las pensadoras radicales de la diferencia, en el sentido de que no somos las responsables de haber creado una civilización cuya historia es un continuo de crueldades y barbaridades, donde todas las especies corren peligro, la humanidad entera corre peligro. Hemos sido colaboradoras involuntarias, algunas (muchas) han sido y son colaboracionistas, pero el protagonismo en la creación de una sociedad violenta y peligrosa se lo llevan representantes del colectivo masculino, los que durante siglos han estado en los centros de poder, en los centros de producción de cultura, legitimando las matanzas, justificando las exclusiones mediante la ciencia, utilizando a los animales, niños, niñas y mujeres para experimentar con sus cuerpos. La civilización de la tortura ha estado, principalmente, en manos masculinas. Somos extranjeras, y no me siento culpable de la masacre en este mundo, que lo ha llevado al borde de su extinción. De esta extranjería, y esto es lo más importante y hace que lo anterior cobre sentido, surge la potencia de crear otra cultura, un orden simbólico, donde la propuesta, al nacer, sea el placer de la vida, la libertad, la confianza, y no la sobrevivencia, la enajenación y la muerte.

Esta rebelión moral interna en cada mujer, como dice Mary Daly, esta toma de conciencia radical, nos permite experimentar la libertad en el aquí y el ahora, al dejar al descubierto la gran mentira del Hombre, esto es, que existe un ser universal que nos incluye a todos y a todas, y nos iguala. No hay tal universalidad, no hay tal neutralidad, no hay tal objetividad. La inclusión es una mentira peligrosa. Queremos una cultura donde cada quien se auto-defina y defina el sentido de la vida que quiera darse. Las mujeres necesitamos darles libremente sentido a nuestras existencias, nuestra tarea es simbólica, implica la re-significación de todas nuestras experiencias corporales y sociales, y reparar urgentemente el vínculo roto entre nosotras, primariamente con la madre, y luego con las demás, porque este quiebre original lo encarnamos todas. El patriarcado lo necesita para hacer perdurar su civilización de la muerte:

Antes fuimos camaradas Pero ahora os doy órdenes Porque soy un varón Y en mi mano está el cuchillo Y os opero Vuestro clítoris, tan celosamente guardado, Os lo arrancaré y tiraré por tierra Porque hoy soy un varón… (Canto de iniciación de las viejas que practican la escisión del clítoris a las muchachas en África, en Carla Lonzi).

Solo cuando la diferencia primaria se revela, es decir, las mujeres reaccionamos ante la unilateralidad que ha empobrecido nuestras vidas, y recuperamos nuestros cuerpos para nosotras mismas, y nos encontramos cara a cara con nuestras genealogías, entonces en ese momento también abandonamos la imitación burda de los hombres, la que, como dice Shulamith Firestone, solo ha traído pobreza y superficialidad a nuestras vidas, refiriéndose sobre todo a la figura de la mujer moderna y emancipada; por ejemplo, imitarlos en la ciencia, la sexualidad o la política, imitarlos en sus espacios y maneras que ya sabemos derrotadas, en lugar de reírnos, como Virginia Woolf, del culto a sus lealtades irreales, de su sinsentido: la patria, la bandera, los grados, el equipo de fútbol. 

Nos merecemos otra cosa, comencemos por buscar en las palabras de nuestras antepasadas y contemporáneas las pistas, y no nos hagamos cómplices de fomentar la ignorancia patriarcal, que siempre se las arreglará para naturalizar nuestra inferiorización. Nuestras fuerzas creadoras y pensantes debemos retornarlas hacia nosotras, y debemos cuidarlas. No las desperdiciemos en luchas ajenas: dejemos de parchar sus crisis, salvar sus espacios fracasados, demandarles derechos y legitimaciones, empoderándolos en su mirada estrecha sobre la vida. El feminismo radical de la diferencia es una propuesta completa de mundo, que toca en sus análisis lo que las ideologías masculinas han dejado intocado, incluso las más progresistas o libertarias; y toca más allá. Este feminismo no necesita complementos ideológicos intrusos. Tampoco es teoría de género. Para mí y para muchas, es el recorrido del pensamiento y la acción libres de las mujeres a lo largo de los siglos. Las invito. 

(1) Leí este texto en el Foro “Corrientes del feminismo” (26 de septiembre de 2016), organizado por Secretaría de Sexualidades y Género FECH (Federación Estudiantes Universidad de Chile).

(2) Las autoras que inundan estas páginas son las siguientes: Adrienne Rich, Virginia Woolf, Kate Millet, Shulamith Firestone, Audre Lorde, Mary Daly, Carol Hanish, Carla Lonzi, Rivolta Femminile, Sheyla Jeffreys, las Cómplices (autónomas) chilenas y latinoamericanas, Margarita Pisano, María Milagros Rivera, las Mujeres de la Librería de Milán… y nosotras, las feministas lúcidas del siglo XXI.

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Escritos de Feministas Lúcidas

Conjuros de Mujer (Selección de poemas), Camila Antonia

A veces una solo siente dentro tanto caos, tantas contradicciones, tantas inseguridades, que el lenguaje y las interacciones con otras seres humanas no alcanzan para todas las sensaciones que nuestro cuerpo va atravesando.
La intrínseca superficialidad a cada razonamiento tal vez depende de cuanto somos capaces de transmitir.


Las palabras son sonidos, ondas que se propagan en el espacio y repercuten en nosotras de una forma que no alcanzamos a comprender. Cuando salen de nuestras bocas tocan y afectan nuestras emociones, nuestra mente y nuestro cuerpo y el cuerpo de las demás que hay en el espacio. Su significado contiene la selección de una combinación de caracteres dentro de miles de millones de combinaciones, no es una selección azarosa, si lo fuera no tendríamos el tiempo para hacerla.


Las palabras son la materialización de nuestras decisiones y de las decisiones del mundo hacia nosotras. Las palabras son parte de nuestra conciencia humana, las palabras son la parte material de nuestra conciencia humana. ¿Cuánto control tenemos sobre ellas realmente? Cómo saber de dónde vienen las palabras, ¿en qué lugar se transforma qué? tal que aparece una combinación de sonidos en nuestra lengua y se desplaza lentamente hasta que ya no nos pertenece.


¿Cuántas palabras escupe mi boca?
¿Cuándo escupe palabras mi boca?
Usar las palabras como un embrujo
con intención
para compartir
mi mente
no para poseer
bocas que no saben callar
mentes que no les interesa compartir
El silencio
para escuchar
Silencio
Ruido
palabras que no se encuentran
susurros
preguntas afirmaciones
habitarme silenciosa
deseosa de hablar
deseosa de expresar
miradas en silencio
caricias en silencio
beso
Lengua

Tengo una lengua trabajada
trabajada para hablar de forma correcta
para hablar y que ellos me entiendan

Tengo una lengua dictadora
que a veces omite y encierra sonidos
en mi lengua hay pelos
yo si tengo pelos sobre la lengua

Tengo una lengua larga
que me asfixia a veces
cuando quiero gritar
me detiene y me retiene
desde la garganta para adentro

La sociedad
me moldeó la lengua
me trabajó la lengua
pus pelos sobre mi lengua

Tengo una lengua correcta
excepto cuando langüetea
todo eso que me prohibieron
langüetear

Que el patriarcado se vaya

Y me encuentro
caminando hacia la mar
bajando por un cerro
ya un poco depredado
y en la mar
hay verdes
azules blancos
y todos los entremedios
encuentro remedios
para mis ojos
cansados
y mis oídos se repletan
contra mis sienes se aprietan
de los revolcones del agua
Los pájaros se entienden
se elevan
al unísono
se conocen
se saben
no desconfían de sus decisiones
no se ponen de acuerdo
solo se elevan
todas a la vez
todas sobre la mar
me detengo
me sorprendo contemplativa
acá donde no llega el hombre
acá donde no se puede
edificar, institucionalizar, violar
porque hay mucha arena
mucha sal
muchas olas
en este pequeño trozo
en el que no cabe casi nadie

Esto no es una historia
esto es mi mente
transparente
inconmesurable
no hay final
no hay desenlace
hay desnudo
Son solo palabras
son símbolos
significados
escarbados y descubiertos
esto es un momento de calma
y de tormento
Yo quisiera que fuera un escarmiento
y que en algunos cuerpos
arrepentimiento
Que la arena se levante
y lo cubra todo
Que los hombres y su mundo se entierren
Que sean parte de un pasado
de un mito
Que nosotras nazcamos de las olas
Que sea un grito
de placer de querer
Que la sal sazone nuestra piel
Que desnudas nos amemos
nos besemos
Que hagamos lo que no se ha permitido
Pero que si hemos querido
Que el mundo entero se vuelva esta playa
Que el patriarcado se vaya

Yo quería un poema
que a la vez fuera un análisis político
quería un poema crítico
y me siento a veces
demasiado tierna
me falta quizás dureza
y no es que en este sistema no me sienta presa
no es que no tenga rabia
Quiero decir lo que encuentro nefasto
cuan fuerte hablan los hombres
me da asco
cuantos silencios han puesto en mi mente
lo encuentro deprimente
como juegan a tener el poder
Algo TIENE que suceder
alguna estrategia
alguna acción que les haga frente
y destruya este sistema imprudente.

Objeciones Mudas

Inspirada en Wanda Tomasi. “El ser no es neutro”
Filósofos y mujeres de la diferencia sexual

Todas aquellas que quedaron atrapadas
entre mi mente y mi boca
entre lo que soy y lo que están dispuestos a ver

Las mujeres ocupamos ese lugar algo incómodo todo el tiempo, no solo cuando reclamamos, de vez en cuando articulamos algunas palabras que salen desde nuestras vísceras, y en esos momentos osan acallarnos con golpes o a veces con argumentos, con soberbia y prepotencia como queriendo decirnos que ellos entienden, pero que qué se le va a hacer, cuando no saben que no son capaces de entender porque no es solo eso que articulamos lo que nos molesta, es una incomodidad constante de estar donde ellos detentan un poder sobre nosotras, donde fingen entender lo que no entienden, ósea casi en todos lados.

Se enmudecen mis pensamientos
se enmudecen mis sentimientos
y entonces ahí está el patriarcado
y entonces ahí no quiero estar

En el proceso de crear orden simbólico no puedo estar incómoda, en el proceso de crear orden simbólico rescato todas las objeciones mudas, atrapadas entre mi ser y mi boca y desato mi lengua para que tempestiva diga lo que no me dejaban decir y desanudo mis dedos para que furiosos escriban lo que se ha borrado a lo largo de la historia.

Objeciones mudas las de todas las mujeres, las de mi mama y mi abuela, las de mis tías y mi hermana, todas sabemos lo que hemos callado, se siente en la mesa cuando una mujer no dice lo que quiere decir. Nosotras lo sentimos todas juntas, nos recorre la piel ese deseo de decir, entonces no callemos más, creemos las palabras para objetar y objetemos a gritos.

Poema en movimiento número XVIII

La danza
esa gozada
perseguida
anhelada
enjaulada en estos cuerpos
todas deseábamos bailar
la prohibida danza
la danza prohibida
mis movimientos esos
los que persigo
la danza
la que todas querían
la que los aburridos
grises
dineros no compran
la danza
la que me trae lágrimas
de vez en cuando
me siento acorazada y egoísta
a veces
indispuesta a abrir
se me pierde la capacidad de llorar
el misterio de no hablar
queda ahí
mis ojos que te lo digan todo
la danza
la inexplicable
que mi cuerpo te lo diga
que mis movimientos
sean tuyos
de la danza
que se expliquen
y me expliquen
la danza
de que me enamoro
la que me persigue
porque la persigo
nos perseguimos
nos tocamos la piel
nos agitamos
respiro en su suceder
gimo en su aparecer
me sacude y me tienta
con volver a llenarme
desde afuera y hacia dentro
de adentro afuera
la danza
la seducción de la vida
Poemas en movimiento número XI
Hay un pedacito
de mí que se siente
atrapada
dentro de mi cuerpo
y aplastada
que te ama y que te odia
Hay un pedacito
escondido en algún rincón
profundo
que no tiene certeza
de nada
y a veces me relajo y dejo que ese pedacito
dirija mis movimientos

Ser Dos

No sangré más
y se hizo la vida
en mi vientre
crear huesos
músculos y piel
crearlo todo
porque nosotras somos
ese cuerpo
el cuerpo de mujer
cuya boca puede decirse
creadora de todo
y ahí parecieran morir
todas sus banales disputas
y nosotras además
tenemos que defender
esta vida que creamos
de los desastres varoniles
y tenemos que parir revueltas
parir libertad
y en libertad parir
y tratarán de negarnos
que somos diferentes
que nuestro sexo es
ese que crea
que nuestros pechos
son los que alimentan
y tendrán que mentir
porque para nosotras
es evidente
cual es la vida y cual es la muerte
y nuestras sensaciones
serán incapturables
y nuestros sueños serán realidades
porque las pariremos
porque podemos

Todas Madres

La tierra tiene cuerpo de mujer
y en nuestro cuerpo vive la tierra
sus ciclos
su luna que crece y decrece
el caos de ser dos cuerpos
la tranquilidad de ser dos cuerpos
hay un momento durante
el embarazo
en que me di cuenta
que amaba a otra ser humana
que crecía dentro de mí
que su vida otra
sus sensaciones otras
encarnaban en mi vientre
y que mi vínculo con su cuerpo
me vinculaba con toda la tierra
no fue un pensamiento
o idea
fue un sentir
que se hizo agua y piel
que me hizo comprender
amar y crear la misma cosa
vivir y morir la misma cosa
es un momento en que nos separamos
nos diferenciamos
para poder amarnos la una a la otra
Toda mujer estuvo en el vientre de otra mujer
Toda mujer fue otra mujer
y detuvo su sangre
y significó para la madre
descubrir en su cuerpo
que amar es en el vientre
el vínculo madrehija
el vínculo mujermujer
es el vínculo del amor
de la creación
Toda mujer porque es hija fue madre

Te estoy Pariendo desde que nací
Sentir el viento
sus palabras
escucharte
darme cuenta claramente de lo que sientes
te vas separando
yo soy tu tierra
y tu germinas desde mi ombligo
te tocan a través de mi piel
y te miran a través de mis ojos
ya nos haces reír y llorar
estás agarrada
a mí
como nos agarramos los cuerpos a la vida