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Escritos de Feministas Lúcidas

Cuando el deseo de una hace circular la autoridad femenina, Jessica Gamboa Valdés

Bienvenida la escritura femenina. Lanzamiento de la Biblioteca Itinerante de Feministas Lúcidas

01 de mayo, 2021

Primero que todo, estoy muy emocionada por este lanzamiento de la Biblioteca Itinerante de Feministas Lúcidas, lo siento como un nacer o un hacerse inicio para traer algo nuevo al mundo, ustedes dirán ¿qué de nuevo? si los libros ya están escritos y existen ya en el mundo. Eso es muy cierto. De igual manera como también hay relaciones cotidianas entre las mujeres, entre madres e hijas o entre amigas y,  sin embargo, no las nombramos o no le damos valor porque, justamente, lo que no está presente es el simbólico de la madre mediando estas relaciones, y nosotras, las mujeres, sabemos lo que implica esta ausencia de la madre como dadora de vida y palabra, es decir, de su lengua materna, porque la hemos sufrido  (algunas más, otras menos) bajo la miseria simbólica del orden patriarcal.

Si reconocemos la autoridad materna como origen significa que hacemos principio o inicio en el “aquí y ahora”, ya que la riqueza dada por la madre la podemos restituir en la relación con otras y través de intercambios con nuestras palabras, creaciones, gestos, entre otros,  que traen el sentido genuino de la autoridad (de augere), cuya cualidad es relacional. Ahora bien, los intercambios hay que nombrarlos y eso es un trabajo político precioso porque pone en circulación la autoridad femenina como “mediación viva”[1] con la medida de sí, del propio deseo y en relación con el mundo.

Yo he tenido la fortuna de vivir la experiencia que considero de autoridad femenina, reconociendo la presencia de las figuras de intercambio como la contratación y las ganas de ganar [2] que se ha dado en el grupo de las Feministas Lúcidas, espacio que comenzó en 2014 como un club de lecturas y que, con el pasar de los años, se ha transformado en un lugar fértil, donde encuentro auge porque practico con otras la política de las mujeres -política relacional- que ha sabido de la necesidad de restituir la autoridad de la madre para vivir en libertad, que es relacional.

El año pasado (2020) hice explícito mi deseo: “quiero tener libros físicos para compartir con otras mujeres”, deseo de hacer circular a las autoras que leemos y nos gustan, las que a mí, personalmente, me han dado mucho auge y en su mayoría son autoras que hemos conocido a través del pensamiento de la diferencia sexual. Primero se lo comenté a Andrea, mi compañera de vida y semejanta política, a ella le encantó la idea y me ha dicho que lo comente a las mujeres del grupo para saber qué les parece, con eso me sentí ya muy segura y animada, luego se lo hice saber a las chiquillas siendo mi deseo muy bien acogido, pues solo fue eso, decirlo sin saber cómo y qué resultaría porque primeramente la idea era que cada una comprara y donara un libro. Posteriormente las cosas se fueron dando en la medida del propio deseo, sintiéndome en la completa  libertad y autorización para hacerlo. Así fue que comencé a gestionar algunos libros con Sabina Editorial a través del correo electrónico, recuerdo que Carmen Oliart una de las socias, me respondió muy alegre con la propuesta, luego continuamos con algunos correos más hasta concretar el modesto y preciado pedido. Estamos muy agradecidas del tiempo que se tomaron para hacernos llegar las joyas que colocan en el mundo.

Pasaron varios meses entre medio de la pandemia y sin proponérnoslo fuimos coincidiendo en las redes sociales y compartido algunos encuentros virtuales, entablando una bella relación con las mujeres que conforman la Editorial Sabina, Ana Mañeru, Carmen Oliart y  Eva Sánchez. Esta  relación nos ha traído mucha felicidad, sobre todo y quiero hacer explícito en nombre de Feministas Lúcidas nuestro reconocimiento y afecto por Ana Mañeru Méndez, quien ha apoyado el proyecto de la biblioteca itinerante donando joyas de su biblioteca personal. Su presencia mágica e inesperada nos hizo también sentir y saber que lo que estábamos creando era algo muy grande y nos lo tomamos muy en serio. De esa manera hemos trabajado durante muchos meses, cada una asumiendo una tarea a su gusto. Por ejemplo, creamos la página web de feministas lúcidas, diseñada y pensada por nosotras para colocar en el mundo nuestra política de las mujeres y haciendo registro de la historia del grupo y, por supuesto, allí está el catálogo de la biblioteca. Puedo decir que desde puse mi deseo en palabras me he sentido autorizada por cada una  de mis semejantas que, al igual que yo, deseamos restituir el simbólico de la madre en el mundo.

Este primero de mayo estamos haciendo el lanzamiento oficial de la biblioteca Itinerante de Feministas Lúcidas, la que funcionará, por ahora, en la ciudad de Santiago de Chile de forma gratuita. Es la manera en que queremos convidarlas a hacerse mediación viviente, ya sea  leyendo, hablando, sintiendo, pensando, creando, para que el deseo y la autoridad femenina que hizo posible esta proyecto de biblioteca impregne el deseo de ustedes por amor a la escritura femenina y su existencia libre.


[1] Desarrollada por Clara Jourdan, en intercambio con Luisa Muraro y Lia Cigarini,sobre autoridad femenina.

[2] Figuras de intercambio desarrolladas por Lia Cigarini.


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¿Has sufrido alguna vez violencia hermenéutica? Andrea Franulic

¿Has sufrido alguna vez violencia hermenéutica?[1]

Tengo un recuerdo, de esas imágenes de la memoria de la infancia que si nos piden que detallemos, se esfuman. Yo creo que no tenía más de 3 años. Iba de la mano de mi madre, entrando a su lugar de trabajo. Yo, tomada de su mano, le pregunté por la palabra que nombraba a la cosa que estaba viendo ante mí y que era un lugar: un edificio con bancas, caminos, pasillos y desierto alrededor. Ella me dijo “universidad” y yo repetí “universidad”. Me costó la pronunciación porque es una palabra larga, pero finalmente la pronuncié como mi madre me enseñaba: u-ni-ver-si-dad.

El lugar de trabajo de mi madre era la universidad de Antofagasta, ciudad costera del desierto de Atacama. La universidad de mi madre era un laboratorio con tubos de ensayo y sustancias, un bioterio con ratas blancas y una pizarra gigante para escribir con tizas. Mi madre era bellísima y muy joven. Mientras ella trabajaba, yo rayaba la pizarra y, luego un poco más grande, jugaba a ser profesora. También nos llevaba a casa elementos de laboratorio para que jugáramos con mi hermano. Así, teníamos tubos de ensayo, pipetas, matraces y otros elementos con los que imaginábamos ser científica y científico. Pero a mí me gustaban más las letras y me encantaban las pizarras.

Cuento esta experiencia porque creo que, de alguna manera, me salvó, quizás no totalmente, de la violencia hermenéutica que me tocaría vivir en mi vida adulta también como mujer universitaria. Me salvó porque conocí la palabra que nombraba la cosa desde la lengua materna de mi madre, tomada de la mano de su simbólico, y la vi a ella, la vi concebir conceptos con placer. Sin embargo, ahora pienso, cuánto, la violencia hermenéutica, le habrá matado su ruiseñor. Y me duele pensarlo. Me duele pensar que mi madre sentía placer en lo que hacía, pero cuán sucedáneo era dicho placer, pues permanece en la institución universitaria hasta el día de hoy y a veces la noto cansada y triste. ¿Cómo puedo volver su ruiseñor a mi madre?

¿Y qué pasa conmigo y la violencia hermenéutica? Como decía, siento que mi madre me ha rescatado de ella, sin saberlo. Me ha rescatado porque también me permitió contemplarla desde pequeña y verla, hermosa y concentrada, estudiar. Me animaba la forma rápida en que movía el lápiz para tomar los apuntes que leía de sus libros de bioquímica. Yo sentía placer mirándola y admiración por su letra grande, redonda y manuscrita. Así, siendo niña, sentí y viví el placer de concebir conceptos sin falo, inspirada en mi madre.

Por ejemplo, sentía mucho placer haciendo las caligrafías que mi maestra Cristina, que mediaba con Amor su práctica educativa, nos mandaba a realizar a diario. Sentía placer porque lo pedía ella y yo las escribía pensando en que ella las iba a leer, entonces en lugar de copiar los cuentos de los libros escolares (en esto consistía la tarea de la caligrafía), yo inventaba mis propios cuentos y ella se alegraba mucho, felicitándome. Ese placer de concebir conceptos sin falo siendo niña, lo he sentido en mi práctica de la política de las mujeres siendo adulta, en especial, con la escritura femenina. Y reconozco, reconozco en estas experiencias de niña-vieja [2] “el placer de la concepción de conceptos”.

Mi madré me salvó, aunque cuando yo creciera ella consideraría que mi único destino posible era la universidad. Yo he estudiado, luego de mi carrera de pedagogía en castellano, un magíster y un doctorado en lingüística: pesadilla fálica, pensamiento del pensamiento, violencia hermenéutica. Fui ayudanta de un profesor de gramática o morfosintaxis mientras cursaba el pre-grado: pesadilla fálica que niega la lengua materna para transformarla en sistema de signos abstracto, equivalente a un tablero de ajedrez, al que puedes jugar e incluso entretenerte con inteligencia, pero que es solo eso. Finalmente, decidí abandonar esta ayudantía y seguir mi deseo. Como muchas, y como mi madre, sentía placer por el estudio y, como podía, extraía algo del sucedáneo que me daban y llegaba a sonreír.

No fui inmune a la violencia hermenéutica universitaria. Es más, podría ahora mismo enumerar algunos ejemplos y ya van siendo varios, pues desde que la sé nombrar, gracias a la visión de María-Milagros Rivera Garretas, también me voy dando cuenta del daño que me ha hecho, considerando todo aquel que no veo o no llegaré a ver porque “la vida del alma queda afectada para siempre”. Por ejemplo, en el doctorado, tuve la experiencia patente de la violencia hermenéutica universitaria en todo su esplendor, la de “presentarse el placer cognitivo masculino como placer cognitivo universal”: el lenguaje árido sin entrañas, el ritmo despiadado de las evaluaciones, la competencia por la nota o el cargo, la obsesión por objetivar, la imposición del método científico, el pensamiento crítico del análisis de discurso, etc.

Sin embargo, al mismo tiempo, siento haberla esquivado bastante y he querido, en este ejercicio, darle algo de luz a este esquivar y redimir el daño sufrido, también por mi madre. He permanecido en la universidad como espacio académico y laboral sin que esto me haya quitado el placer de la escritura femenina libre que, en mi caso, ha ido de la mano de la política de las mujeres. Mis energías creadoras las he puesto y las he descubierto en las relaciones entre mujeres, siendo estas siempre más prioritarias y fundamentales para mi vida que cualquier otra cosa.

Para esto, he equilibrado el tiempo y el dinero, procurando horarios flexibles, sin concursar nunca, hasta ahora, para tener una jornada o un cupo en la universidad que implique permanencia en ella. Me ha guiado Kairós[3]. Esto, en mi país, implica menos dinero y menos estabilidad económica, pero luego de años, donde al principio experimentaba bastante precariedad, he logrado vivir sin que me falte nada, siempre procurando lo necesario materialmente para el placer de la concepción de conceptos.

En los últimos años, en los que el patriarcado ha llegado a su final, he logrado aunar tiempo libre y estabilidad laboral: algo inusitado que no pasa por contrato laboral ni lobbie alguno, sino por el estar en relación y por el reconocimiento de mis aportes y la importancia de mi presencia allí, porque otra vio autoridad en mí. Y me refiero a los últimos años en los que he leído en profundidad a las autoras del pensamiento de la diferencia sexual, abriéndome a integrar los espacios de mi vida y a dejar de existir escindidamente.

Junto a la política de las mujeres y la escritura femenina, he ido haciendo de mi paso por la universidad una experiencia de placer clitórico, porque soy profesora y he aprendido a estar en el aula en femenino [4]. ¿No es acaso esa pizarra grande de fondo negro donde el sonido de la tiza resonaba en mi alma de niña? Mi madre, entonces, así de jovencita, también era profesora en la universidad y lo sigue siendo. Su hermana es profesora de escuela. Mi tía abuela fue profesora normalista. Cuando digo menos escindida, me refiero a que esta genealogía materna y femenina vive dentro mío y, junto con ella, el placer femenino de la concepción de conceptos.


[1] Escritura a partir del ejercicio y tema 6 de la asignatura Sexuar tú la política, impartida por María-Milagros Rivera Garretas
en el máster de Estudios de la diferencia sexual en Duoda, Universidad de Barcelona.

[2] Expresión que me enseñó Adriana Alonso Sámano.

[3] El tiempo de las relaciones. Ver María-Milagros, Rivera Garretas, Mujeres en relación. Feminismo 1970-2000, Barcelona, Icaria, 2001.

[4] María-Milagros, Rivera Garretas, “Estar en el aula en femenino”, El amor es el signo. Educar como educan las madres, Madrid, Sabina, 2012, p. 28.


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Encuentro Sabina Editorial y Feministas Lúcidas

Entrevista a las mujeres de DetransiciónChile (1)

Jessica Gamboa Valdés

17 de abril de 2021

Saludo a todas, especialmente a Sabina editorial, Ana Mañeru Méndez y Carmen Oliart, a mis amigas y semejantas de feministas lúcidas

Quiero también reconocer a Sandra Lidid por la transcripción y colaboración en la edición de la entrevista.

Han y Ariel,  son mujeres que deciden hacer una apuesta política- política de lo simbólico- salir al mundo y poner en palabras su experiencia- su partir de sí –  respecto a su vivencia con la transición y posteriormente su Detransición.

Me quiero referir brevemente con dos reflexiones o comentarios que he destacado de la entrevista, luego abrir la conversación.

Una primera cuestión, es cómo la identidad trans se sostiene desde una política institucionalizada, por ende, dotada de poder social para administrar y representar a grupos o individuos identificados con esta categoría, regulando bajo sus lógicas la relación de los sexos, es decir, el hecho de ser mujer u hombre, pero anclado a una serie de estereotipos preestablecidos y codificados por el régimen de mediación con poder, que conduce en este caso, a estas dos mujeres, cada una en su singularidad a un proceso de identificación con lo ya dado, lo dicho, lo normalizado, es decir, los roles de género – femenino o masculino – propios de una cultura basada en el Uno, negadora del origen materno y canceladora de la alteridad.

Esta violencia que una mujer vive, es lo que Simone Weil llama el doble tirón o error de epistemología que ha traído mucha ajenidad e inadecuación despojándonos de nuestro sentir y placer propio para ser y estar en el mundo, sobre todo, con las políticas de igualdad que han sustituido el orden materno no coactivo  (Diana Sartori) por la libertad individual moderna que te invita a ser un hombre, con la condición de que nuestra diferencia sexual femenina pase desapercibida, fingiendo que no tenemos cuerpo.

En la actualidad no hay novedad, al menos, para las que nos afirmamos en nuestra diferencia sexual y el placer de ser mujeres, cómo la política de la identidad ha ido ganando terreno, lamentablemente también con el apoyo de algunas feministas que, embelesadas por la homologación con los hombres, han contribuido con el régimen de mediación con poder que sobre todo, se sustenta en la negación del origen materno, principio e inicio de toda obra civilizatoria, es decir, la madre concreta dadora de vida y palabra, porque somos traídas y traídos al mundo por una mujer y de ella aprendemos en nuestra primera infancia a hablar con su lengua materna, es decir, traer al mundo el mundo. Y es la diferencia sexual femenina la que tiene la capacidad de ser dos – el más del cuerpo femenino- de por sí dispuesto o abierto a la alteridad porque la alberga y las mujeres somos las depositarias de la lengua materna, porque nacemos con un cuerpo de mujer con su capacidad de ser dos -que no determina a la maternidad- pero allí está, y una clítoris, fuente originaria de nuestro placer – el orgasmo clitórico- al igual que nuestra madre, otra mujer.

Por ejemplo, se logra percibir en el relato de Han y su relación con la madre, la apertura que tuvo para apoyar la transición de su hija y lo hace como un gesto de amor, y luego al  detransicionar la acoge nuevamente, sabiéndolo sin más.

Esta política identitaria ha cobrado una fuerza nunca antes vista, pues precisamente, el final del patriarcado ha precipitado una maquinaria misógina impulsada por lobistas del género que, afín con los intereses políticos del poder homosocial, requiere a toda costa reponer, una y otra vez, su política sexual fálica encasillando la relación de los sexos ahora en una multiplicidad de identidades de género aun cuando, la idea base sobre los roles o estereotipos de género para definir a hombres y mujeres, fueron develados por las mujeres feministas en la década de los setenta del siglo pasado y que, sin embargo, hoy se revitalizan con la oleada posmoderna academicista en rechazo de la libertad femenina que ha descreído del contrato sexual y de la heterosexualidad obligatoria porque, el patriarcado y su miseria, ha caducado en las mentes y en las vidas de muchas mujeres.

Hemos llegado al punto en que, en distintos países del mundo, se han instaurado las políticas que legitiman la existencia de las identidades sexuales, como si efectivamente la diferencia de ser mujer u hombre fuese el problema, por el contrario, la tergiversación consiste precisamente en reducir la diferencia sexual a un mero dato biológico que, mirado desde la miseria masculina, es visto como opresión, dadas las condiciones sociales impuestas por las sociedades patriarcales, que desvaloriza lo femenino y enaltece lo masculino, es decir, la relación jerárquica entre los sexos, sin embargo, la materialidad de los cuerpos existe siempre acompañada de su dimensión simbólica para significarse durante toda la vida, y es justamente lo que la política de la identidad esconde, pues, hace aparecer la diferencia sexual como un cerco para la libertad, la pregunta entonces es ¿qué estamos entendiendo por libertad? Diana Sartori (basada en Arendt) plantea que el ejercicio de la libertad está enraizado a la condición intrínsecamente humana que es el nacimiento y no por una libertad construida que se expresa en el individuo o el sujeto autónomo de la modernidad.  En efecto, ser nacidos y nacidas de mujer, es nuestro principio de libertad dado por nuestra madre. En tanto, la identidad con su tendencia a cerrarse, pues evita la apertura a lo otro, a lo nuevo suele quedar atada a categorías estancas que definen o delimitan lo “que se es”, un expresarse y representarse, algo muy propio de la política de la identidad. En cambio “quien se es”, escapa al dominio o a la representación, porque se corresponde con un orden no coactivo o principio ordenador materno que está siempre abierto porque es irreducible, pues quien se es, parte de sí, de la propia experiencia

En consecuencia, el debate que gira en torno a las  identidades tiene un trasfondo misógino promovido por el gran lobby trans que consiste en borrar a las mujeres y sus experiencias libres para ser, vivir y amar. Además de lo que ya ha dicho Ana, sobre el gran mercado que enriquece a conglomerados farmacéuticos y otros capitales globales, como es la industria médico/psiquiátrica que certifica con su saber científico la ejecución de procedimientos hormonales y quirúrgicos, etc.

Hoy que las políticas de la identidad, apoyadas por lOs feminismOs han iniciado una campaña mundial para borrar y eliminar el origen materno  y la libertad femenina, Por ejemplo, que no se diga que somos nacidas y nacidos de mujer, que no se diga leche materna, un gran NO que se vale de la fuerza de la ley para querer callarnos y obligarnos a dar el consentimiento femenino a la identidad. Sin embargo, libertad femenina es relacional y está por encima de la ley, porque es el lugar de la existencia simbólica (Lia Cigarini), es decir, afirmase mujer, sin miseria, sin jaulas patriarcales.

Una segunda cuestión es cómo influye la cancelación del amor entre mujeres o la existencia lesbiana como una experiencia visible y socialmente aceptada. Sobre este punto me quiero detener, pues, el amor entre mujeres es una de las formas más reconocibles de cómo funciona la  institución política de la heterosexualidad obligatoria y Rich nos la ha presentado de forma magistral en los años ochenta, al develar su carácter impositivo, que consiste en colocar el placer sexual masculino como “la sexualidad”, que, legitimada por la ley y otras instituciones dotadas de poder social, la sitúan como eje de la política sexual, mediando, de esta forma, las relaciones entre los sexos, por tanto, la reviste de obligatoriedad. En efecto, el concepto heterosexualidad obligatoria, sirve justamente para reconocer cómo se han intervenido los vínculos de amor entre mujeres.

Esta obligatoriedad de la heterosexualidad ha sido nefasta pues ha implicado que muchas mujeres se han subsumido en una “doble vida” como estrategia de sobrevivencia, o en el caso de Han y Ariel, encuentren refugio en la identidad trans, dada la ausencia de referencias positivas y visibles de amor entre mujeres en el imaginario social y cultural, esto también debido a su silenciamiento y persecución, y justamente, la teoría masculina psicoanalítica, una de las más misóginas ha estigmatizado a la mujer que no desea el coito, etiquetándola como “ desviada”, “frígida”, “histérica” o “envidiosa del pene”. De ahí a que también la transexualidad se presente como una alternativa viable a los ojos de las niñas y mujeres que aman a las mujeres.

Considero que también sobre la identidad lesbiana hay que estar atentas, por la implicancia que tiene colocar la sexualidad como lugar de enunciación, es decir, qué se es, pues corremos el riesgo de retornar de alguna forma, a lo identitario,  por ejemplo, al decir, “feministas heterosexuales y lesbianas”, haciendo de esta identificación una postura política, invitando al mismo tiempo a un partir de sí, iniciado desde la idea de una sexualidad lesbiana que, a la larga, hace la operación de ir sustituyendo la diferencia sexual femenina y su infinito propio para significarse libremente.

Por último y, a modo de cierre, quiero mencionar que el proyecto Detransición, que en la actualidad no está visible, pues recibieron muchas amenazas y violencias por redes. Sin embargo, su palabra y experiencia ya está puesta en el mundo, haciendo simbólico. Ellas, Ariel y Han, hacen simplemente una invitación a la alteridad, “Detransicionar es ser una mujer libre” dice Ariel, y nos abre paso a la interrogación. Para darle sentido he tomado una idea de Clara Jourdan (ella hablando de la maternidad subrogada) que dice:  “si esta realidad que es percibida por muchas como de riesgo o peligrosa, requiere de ser interrogada”  poniendo el acento en las mediaciones femeninas como necesarias para que “no vaya entrando en el sentido común la cancelación de la libertad femenina y de la diferencia sexual” a lo que agrego -con la normalización de las identidades de género o la identidad trans-  sobre todo hoy en que una parte no menor de mujeres está cediendo simbólico para afianzar estas políticas.

(1) http://autonomiafeminista.cl/entrevista-a-detransicionchile/

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Amor entre Hildegarda y Ricarda, Andrea Franulic

Amor entre Hildegarda y Ricarda1

El hondo dolor que siente Hildegarda cuando Ricarda la abandona lo he sentido solo con la amada. Por esto, sé que Hildegarda y Ricarda tienen una relación de amor: un amor profundo, sensual, espiritual, ¿carnal? Esta dimensión carnal, Margareth Von Trotta la sugiere, sutil, en las miradas que se cruzan Hildegarda y Ricarda, dejándola en el misterio de sus ojos. Visión. Vida de Hildegarda de Bingen me podría parecer una película de existencia lesbiana, pero creo que el nombre no se ajusta del todo a la experiencia de la relación entre mujeres que este filme retrata. Intentaré explicar, en las próximas líneas, por qué el nombre no se ajusta del todo a la experiencia.    

Hildegarda y Ricarda se llaman una a la otra “madre” e “hija”, lo que me ha traído de regreso una de las citas más enigmáticas del texto Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana: “Yo percibo la experiencia lesbiana como algo que, al igual que la maternidad, es una experiencia profundamente femenina, con opresiones, significados y potenciales concretos…”. Me resuenan dos cosas, lo de “profundamente femenina” y que aparezca, al lado de la maternidad, la experiencia lesbiana. Desde lo que he aprendido en los últimos años, puedo darles sentido a estas palabras de tal forma que caigo en cuenta de que la madre siempre está antes y que la relación de la madre con su criatura está siempre antes también, en especial la relación nuclear de la madre y la hija. Sin duda, es “profundamente femenina”, pues se trata de una experiencia donde se es dos y se enseña la lengua materna, siendo esta capacidad de ser dos, el más femenino que tienen en común la madre y la hija.

El vínculo entre la madre y su criatura es muy sensual. Una sensualidad que se expresa en el amamantamiento y también en la comunicación riquísima que se da en los primeros meses de vida, cuerpo a cuerpo con la madre, como dice Luce Irigaray, o en el círculo de carne, como lo llama Luisa Muraro. A su vez, en esta comunicación primigenia, descansa el “origen del sentido”, afirma Patrizia Violi. Se trata de una comunicación sobre todo táctil, paralingüística, donde no necesariamente se usa la lengua ya simbolizada, más bien, se trata de un intercambio pre-semiótico, completamente indispensable para la configuración simbólica posterior. En este origen del sentido, encontramos sensaciones, percepciones, pulsiones, emociones, entre otras dimensiones significantes. Según la semióloga italiana, esta forma pre-semiótica de comunicación se actualiza en la vida adulta con determinadas experiencias: con la experiencia poética, por ejemplo, y también en el encuentro sexual.

Me hace sentido todo esto si pienso la existencia lesbiana como este encuentro sensual, además de amoroso, entre dos mujeres, dos cuerpos sexuados semejantes, que remembra la relación de la madre y la hija. Esta remembranza trae de regreso la lengua materna, la comunicación, la sensualidad de las palabras, junto a la sexualidad femenina libre, es decir, inseparables son la sexualidad femenina de la comunicación; equidistantes son los labios de la vulva y los de la boca. Por eso, María-Milagros Rivera Garretas recuerda la sexualidad de las caricias de Carla Lonzi, donde la vida de la carne no se separa de la vida del alma, donde el placer carnal es también placer espiritual, creación abierta al infinito, cuya depositaria es la madre, al ser depositaria de la lengua materna. Hildegarda y Ricarda conforman una relación de amor entre mujeres, plenamente sensual y creadora. El llamarse madre e hija da cuenta de la disparidad del vínculo, de la autoridad primera y anterior de la madre, pues Ricarda se fía en la sabiduría visionaria y en la excelencia femenina de Hildegarda de Bingen y ambas crecen espiritualmente en reciprocidad amorosa y dispar.

Volviendo a Adrienne Rich, quiero citar otra reflexión donde los límites de la existencia lesbiana se disuelven para integrarse en una idea más amplia y profunda que es la de continuum lesbiano. La amplitud del erotismo femenino, no reductible al masculino y más allá de toda genitalidad fragmentaria, se manifiesta en la siguiente cita de la autora: “Pero si profundizamos y ampliamos la gama de lo que definimos como existencia lesbiana, si trazamos un continuum lesbiano, empezaremos a descubrir lo erótico en términos femeninos: como aquello que no está reducido a una única parte del cuerpo o solo al propio cuerpo; como una energía no solo difusa sino, como lo describe Audre Lorde, omnipresente en ‘la alegría compartida, física, emocional o psíquica’ y en el trabajo compartido; como la alegría que nos llena de fuerza…”. Con esta idea más amplia, podría decir que la película Visión. Vida de Hildegarda de Bingen me parece de continuum lesbiano.

Para mí, el continuum de Adrienne Rich atisba el hilo de oro del femenino libre. Entre los ricos y diversos ejemplos que da de este continuum, nombra a las beguinas o beatas, a las místicas, a las brujas, a las spinters, a los matrimonios bostonianos, a Chloe y Olivia de Virginia Woolf, a Emily Dickinson y Susan Gilbert, a Safo y su escuela femenina, entre otros. Los ejemplos expresan diversas relaciones entre mujeres, cuyo común denominador es la creación femenina libre que nace del hecho de que todas se salen del contrato sexual, ya sea viviendo en comunidad, viviendo de a dos, viviendo en los bosques, amurallándose, viajando, etc. Por eso, pienso que el continuum incluye experiencias de mujeres que conciben criaturas sin coito y conceptos sin falo2. Con otras palabras, el continuum contiene experiencias femeninas que forman parte de la política sexual femenina, basada en el propio placer, que es el placer clitórico.

Adrienne Rich introduce el continuum y, en especial, la existencia lesbiana para distinguirla del lesbianismo, porque este último va ligado a la política de la identidad, que se sostiene en el Falo. Es más, Adrienne Rich quiere ir más allá y significar, aunque no lo exprese así, el placer clitórico que viene de la madre, y que es carnal y espiritual al mismo tiempo, como una experiencia profundamente femenina y lesbiana. La autora define la existencia lesbiana como la creación constante de significados de esta experiencia. La identidad lesbiana, en cambio, viene (pre) fijada por los códigos dominantes y absorbe la experiencia del amor entre mujeres en el saco sin fondo de la denominada “diversidad y disidencia sexual”. Sin embargo, pese a que la propuesta de Adrienne Rich se acerca más a nuestro ser y sentir de mujer, la palabra lesbiana se mantiene tanto en la expresión continuum lesbiano como en la expresión existencia lesbiana y, en este sentido, y volviendo a la idea del inicio, sigue nombrándonos con una etiqueta relacionada a la sexualidad, colocando a esta como “lugar de enunciación”.

Ahora bien, con el final del patriarcado, que es el final del régimen del Uno, ¿es necesario visibilizar la palabra lesbiana? A mí me parece que todavía en ciertos contextos sí, pues la inexistencia simbólica del amor entre mujeres aún es muy grande y, además, la batalla por lo simbólico3, que llevan a cabo los poderes agónicos del presente, la quiere hacer más grande, puesto que están permanentemente reforzando las políticas de identidad, encajando el “lesbianismo” donde debe estar: en el arcoiris identitario LGTBI. Por eso, algunas veces, y cuando lo siento necesario, me nombro en la existencia lesbiana o en el sentido libre de ser mujer lesbiana. Aunque, pensándolo mejor, estar más allá de la batalla por lo simbólico en el final del patriarcado implica darle existencia simbólica, sacarla a la luz del sol, cada vez más y mejor, con continuidad y vigencia4, no tanto la palabra lesbiana en sí como la experiencia del amor entre mujeres y toda su dimensión significante abierta al infinito.

El amor entre mujeres descansa solo en saber que somos todas clitóricas; en saber que somos nacidas mujeres y nacidas de mujer y así algunas nos reconocemos, sin más5. La experiencia del amor entre mujeres, erótico, sensual, carnal, creador y espiritual, tiene que ser dicho desde el partir de sí que se abre y salta cualitativamente a la relación, y ya no solo desde aquel que se queda en el “estar expresadas”. En el presente, el significar libre de Falo, el amor intenso, misterioso y profundo entre Hildegarda y Ricarda, o entre Sor Juana y la Condesa de Paredes, nos da una existencia simbólica potente, con referentes de excelencia femenina, donde las mujeres que aman a las mujeres “no quieren ser ni vivir como los hombres son y viven”6, donde entrar al quirófano no es necesario para amar a otra mujer, dando un ejemplo extremo en el que la confusión patriarcal entre sexo y sexualidad llega a un nivel tremendo de destrucción de la obra de la madre al intervenir los cuerpos con heridas y dolor.

Pienso que, en el final del patriarcado, la existencia simbólica del amor entre mujeres toma los hilos de las civilizaciones pre-patriarcales y del pensamiento de las mujeres, más allá de la teoría feminista, significando nuestros vínculos amorosos y eróticos con el misterio y la belleza de la relación sin fin, propia del simbólico de la madre, que trae confianza-libertad, autenticidad, fidelidad, lealtad, compañerismo y Amor, el que es apertura a la otra diferente de mí, apertura al misterio de su unicidad impenetrable7, como la mía: ¿no es esto acaso lo que me hace sentir bien, placentera, confiada, plena y libre en el amor con la otra? Los lenguajes de la duplicación8, (post)modernos e identitarios, que niegan el sentir y traen desorden simbólico al alma femenina, reducen, empequeñecen y empobrecen la potencia creadora de Amor entre mujeres.


[1]Texto escrito para el curso Sexuar tú la política, impartido por la pensadora de la diferencia sexual María-Milagros Rivera Garretas, Duoda, Universidad de Barcelona. Corresponde al tema 7: Lo personal es político y la razón lesbiana. Y responde a la pregunta elegida: ¿Has visto o puedes localizar en Internet la película Visión. Vida de Hildegarda de Bingen de Margareth Von Trotta? ¿Te parece una película lesbiana o de existencia lesbiana? ¿Por qué?

[2]Ver María-Milagros, Rivera Garretas, El placer femenino es clitórico, Madrid-Verona, Edición Independiente, 2020.

[3]Ver Lia, Cigarini, La batalla por el relato, Revista DUODA, 56, 2019.

[4]      Entrevista a María Zambrano (1904-1991), a cargo de Pilar Trenas, emitida por el programa ‘Muy personal’ (1988) de Televisión española.

[5]Ibíd., 2020.

[6]Ver María-Milagros, Rivera Garretas, 8 de marzo 2018: Día internacional de la miseria femenina. En Duoda. Textos políticos: 8 de marzo 2018: Día Internacional de la Miseria Femenina (ub.edu)

[7]Esta idea la he aprendido con la filósofa de la Tabula Rasa Bárbara Verzini y me ha hecho sentido.

[8]Ver María-Milagros, Rivera Garretas, La diferencia sexual en la historia, Valencia, Universitat de Valencia, 2005.

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¿Qué es la política de la identidad? Andrea Franulic

¿Qué es la política de la identidad? (1)

Me acuerdo que una de las cosas que yo solía decir, años atrás, en mis charlas feministas, era que nadie sabía qué significaba ser mujer. En realidad, todas partíamos un poco diciendo que ser mujer no es lo que los hombres han dicho que es y bla bla, pero tampoco sabíamos nosotras qué significaba serlo y nos quedábamos prendidas de ese no saber. Claro, la pregunta cerraba, porque es una pregunta que trae el “qué” reificador de la política de la identidad. Me dejaba atrapada en un suspenso petrificado. Era una pregunta proveniente de la teoría feminista y no del pensamiento de las mujeres. Era una pregunta que colocaba la palabra “mujer” en una categoría. Era la pregunta por la identidad femenina. Era una pregunta que emergía del régimen del Uno, de la teoría humanista -y antes platónica- de la unidad de los sexos: “¿qué significa ser mujer?, nadie sabe qué significa”.


Nadie sabe porque no se trata de un “qué”. Sin embargo, en lugar de responder así y no solo atisbar la salida, sino elegirla con total libertad y confianza, la pregunta retornaba y volvía a dejarme en el vacío, en el círculo vicioso propio de la política de la identidad. La pregunta, entonces, no es qué se es sino quién se es, afirma Diana Sartori inspirándose en Hannah Arendt. En el fondo, aquello que decíamos, en dichos años, sobre el ser mujer nos servía para esquivar la diferencia sexual, que está contenida en el quién se es, abierto al infinito y al riesgo de revelarse ante otras/otros, con las palabras, en la acción política y performativa. Me impresiona darme cuenta de lo imperceptiblemente sumergida que yo estaba en el régimen del Uno, así como en la teoría de la unidad de los sexos y en la política de la identidad. ¿Va al unísono con el desorden simbólico que permea y perturba la vida del alma femenina? Según mi experiencia, sí. Para mí, fueron tiempos donde el desorden simbólico me habitó bastante y, en su extremo, se manifestó en la confusión de mis labios, en los de la boca y en los de la vulva, con la mudez y con errar de orgasmo (2).


Con esta experiencia, puedo corroborar que la política de la identidad aplasta la diferencia sexual y el alma femenina porque es la política que pretende prescindir de la mediación, de la relación, así como pretende suplantar el origen materno: su obra, simbólico y lengua. La política de la identidad replica el mecanismo de la mentira del origen, esa que dice que los padres son propietarios del Logos, de la palabra, y las madres, en cambio, son solo cuerpo, entendido como la Naturaleza que debe ser dominada. Es la mentira que usurpa la verdad originaria, la que llama reproducción a la potencialidad de ser dos, a la capacidad de procrear del cuerpo femenino. Es la mentira que encubre el pacto violento masculino del contrato sexual/social (3), el pacto que usurpa el orden materno (4), que se apropia del cuerpo femenino y sus frutos, que cancela el placer clitórico al apropiarse de la matriz mediante el coito heterosexual (5).


De esta mentira surge la identidad patriarcal pre-construida, que nos define a las mujeres dentro de una feminidad estereotipada que flota en el éter, para mantener intacta la usurpación/absorción de nuestra potencialidad infinitamente creadora, porque nuestro cuerpo sexuado en femenino trae inscrito el Dos. Así, la identidad, que se pretende original pero que no es originaria, es la duplicación de la diferencia; la identidad de género femenino es la duplicación de la diferencia sexual femenina y la política de la identidad es una duplicación (6) de la política del partir de sí, del quién se es, del nacimiento, del origen materno, de la autoridad, de la política de las mujeres, de la política relacional, de la política abierta (también al conflicto)… usando palabras de Diana Sartori. La política de las mujeres hace simbólico, hace revolución simbólica, no cambiando la realidad, sino cambiando la relación con la realidad (6).


En cambio, la política de la identidad es una política cerrada, muerta y sin voz porque no se dice en singular, es la política de la representación de algo ya dado, la que representa el qué se es y lo incluye/absorbe (transexuales, bisexuales, lesbianas, negras, indígenas, jóvenes, viejas, discapacitadas), reproduciendo el mecanismo del Uno que incluye/absorbe el principio cósmico femenino. La política que uniformiza e instrumentaliza a sujetos y sujetas, sujetados y sujetadas a la falsedad de “ser propietarios/as de sí mismos/as”, a la violencia que trae aparejada el matricidio fundante, para conseguir derechos, cuotas, matrículas, proyectos, puestos, votos, etc. Tiene menos sentido en el final del patriarcado porque el contrato sexual ha caducado, no obstante, los lenguajes del poder o de los distintos ismos siguen defendiendo las políticas de identidad para ocultar el propósito perverso, quienes son más conscientes de ello, de que el contrato sexual siga funcionando, aunque ya las mujeres no creamos en él. De esta manera, tal vez no tan directa y evidente, creo que las políticas de identidad favorecen el llamado “alquiler de úteros”, el sistema prostituidor de mujeres, niñas, niños y el ginocidio (8) del presente.


El partir de sí, sin tergiversaciones, me resuena cada vez más. En Feministas Lúcidas intentamos, cada una intenta, el partir de sí. A medida de que lo comprendo en profundidad también afino mi
práctica. El año pasado, con las condiciones determinadas por la pandemia, nos reunimos virtualmente con otras mujeres y conversamos en torno a las lecturas de las autoras que escriben sobre la disparidad en las relaciones entre mujeres. Creo que todas las que quisimos hablar en estos encuentros nos pusimos en juego en primera persona e intentamos el partir de sí. Ahora he aprendido que trae un doble movimiento y lo hago consciente en mi propia escritura, sabiendo que el segundo movimiento es el más difícil y no siempre me sienta segura de lograrlo.
Asimismo, me aclara su sentido la reflexión de Diana Sartori que dice que partir de sí es “hacer inicio y hacerse inicio”, algo que es solo posible en la relación, con la mediación que necesitamos, en apertura a
la otra/otro, recuperando el punto de vista del nacimiento y de la relación con la madre, quien, en la primerísima infancia cuando su autoridad se siente y se vive sin resistencias, nos enseña la lengua
materna
y aprendemos a “traer al mundo el Mundo” (9). Para esto solo basta, como en el maravilloso pensamiento de las mujeres, y retornando a la pregunta del principio, reconocerse una mujer, mujer.
Solo basta reconocerme mujer, nacida mujer y nacida de mujer (10), más allá de la colocación social de cada una y de las carencias, desigualdades, injusticias y condicionantes históricas impuestas por lo que fue el patriarcado.

1. Ejercicio para el curso impartido por María-Milagros Rivera Garretas, Sexuar tú la política, de la Universidad de Barcelona. Tema 5.
2. Ver María-Milagros, Rivera Garretas, El placer femenino es clitórico, Madrid-Verona, Edición Independiente, 2020.
3. Ver Carole, Pateman, El contrato sexual, Barcelona, Anthropos, 1995.
4. La palabra “orden” es cuestionable. La filósofa Bárbara Verzini prefiere “caos”, la armonía del caos, pues el “orden” es fálico.
5. Ibid, 2020.
6. Para esta reflexión sobre la duplicación, ver María-Milagros, Rivera Garretas, La diferencia sexual en la historia, Valencia: Universitat de Valencia, 2005.
7. Esto lo he aprendido con el tema anterior, el 4.
8. Expresión acuñada por Mary Daly.
9. Para Mundo con mayúscula, ver María-Milagros, Rivera Garretas, Sor Juana Inés de la Cruz. Mujeres que no son de este mundo. Madrid, Sabina, 2019.
10. Tomo estas palabras de María-Milagros Rivera Garretas, de la correspondencia personal a propósito del curso

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Desmistificar el coito para la libertad de las mujeres , Jessica Gamboa Valdés

Estas breves reflexiones surgen a partir de visualizar las tensiones que se producen a propósito de la aprobación de la ley de aborto en Argentina*

Es cierto que el aborto resulta ser una ganancia de libertad civil para una mujer en una civilización sostenida por el contrato sexual-social y, al mismo tiempo, una cuestión de sobrevivencia para todas las niñas y mujeres que, a diario, experimentan la violencia sexual por parte de los hombres en sus hogares, en las calles, en el trabajo, escuelas y universidades … el sistema prostituyente.

Sin embargo, cuando se habla o discute sobre el aborto se omite el hecho concreto que hay un hombre tras esa necesidad de abortar. Me molesta aún más que algunos o muchos hombres hagan una discusión sobre los cuerpos de las mujeres, autoexcluyéndose del problema, cuando están completamente implicados, es más, son la causa del problema.


Mientras se apele solamente al derecho de decisión de las mujeres en el discurso del aborto, sin decir quién (te)embaraza y por qué (te)embaraza si puede evitarlo – cuidado que acá no se trata de píldoras, condones o responsabilidad afectiva- se trata de contrato sexual y heterosexualidad obligatoria, se trata de COITO, práctica sexual penetrativa/reproductiva con los hombres, fundamento de su política sexual, seguirá existiendo el problema, por eso me/nos molesta.

¿Por el placer de quién he quedado embarazada y por el placer de quién estoy abortando? (Revuelta Femenina, julio de 1970).

La política sexual vigente ha sido, precisamente, el uso desmesurado de nuestra vagina para el placer masculino. Ha sido un abuso sistemático de nuestros cuerpos y que se nos ha incrustado como placer – colonización psíquica y sexual – como adoctrinamiento anclado a la visión falocrática que ha impregnado las relaciones entre los sexos, sobre todo, en el último tercio del siglo XX, con la aparente “revolución sexual” que condujo a nuevas formas de sometimiento, disfrazado de libertad sexual o “consentimiento”.

Para este nuevo siglo de fin de patriarcado, es decir, de desnaturalización del contrato sexual y descrédito de la institucionalidad patriarcal, la política sexual es una discusión ineludible para transformar las relaciones entre los sexos y de los sexos. En palabras claras y simples LA PRÁCTICA NATURALIZADA DEL COITO, aunque moleste a las mujeres feministas [que lo viven así tal cual].

Sabemos la necesidad real de abortar para muchas mujeres por embarazos no deseados o previstos o como resultado de una violación, y sabemos que las instituciones no lo cuestionarán, porque es el fundamento para su poder; las leyes no protegen nuestros cuerpos y sus frutos, ni el gobierno, las policías, los tribunales… ninguna lo hará. Nunca lo han hecho, menos aún, con las mujeres que han sido violentadas sexualmente.

Han sido y somos las mujeres y las mujeres lesbianas feministas, en cualquier contexto y condición, quienes sacamos a la luz las violencias de tantos hombres.

Hablar del COITO/PENETRACIÓN, acto sexual que da placer a los hombres, cuyo efecto de eyaculación- ORGASMO MASCULINO- resulta depositado en el interior de la vagina y el cuello uterino, con amplias probabilidades de embarazo para las mujeres, es central en el debate sobre el aborto. Además de ser profundamente esclarecedor para las niñas y mujeres jóvenes que están observando el proceso.

No podemos seguir condescendientes con un “modelo sexual universalizado” -tanto como el sujeto moderno- apoyado por mitologías, rituales y teoremas misóginos que han cancelado y desplazado el placer propio de las mujeres, de TODAS -EL ORGASMO FEMENINO CLITÓRICO- sin necesidad de coito.

DESMISTIFICAR EL COITO es vital para la libertad de las mujeres [no solo el amor romántico que, por cierto, va de mucho coito].

No se trata de apabullar a las mujeres y desalentar la lucha feminista, al contrario, es muy importante contar con las condiciones mínimas de protección y atención ante tanta violencia masculina. Lo importante es no confundirnos entre las reivindicaciones y lo que resulta de las leyes, con el debate de fondo.

Gracias a los análisis de nuestras predecesoras es que hemos aprendido a nombrar esta realidad para reconocer cómo se nos ha impuesto la política sexual masculina, al colocar el coito en el centro de las relaciones entre los sexos. Por ello, creo que quedarnos con “el viejo problema del aborto” (Revuelta Femenina) no da más ancho. La propuesta consiste en la apertura de cada una, en su singularidad, a nuestra única y verdadera revolución femenina: la revolución clitórica.

Quiero mencionar, especialmente, a estas autoras que me inspiran y dan auge:

Carla Lonzi (1970) La mujer clitórica y la mujer vaginal.

Adrienne Rich (1980) La Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana.

Carole Pateman (1988) El Contrato sexual.

María-Milagros Rivera Garretas (2019) Los manifiestos de Rivolta Femminile. La revolución clitórica.

Andrea Franulic Depix (2019) La revolución será clitórica o no será.

María-Milagros Rivera Garretas (2020) El placer femenino es clitórico.

* que incluye la figura de persona gestante.

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Notas sobre Feminismo Radical de la Diferencia, Jessica Gamboa Valdés

Texto presentado en un foro sobre corrientes del feminismo. Organizado por la Universidad Mayor, noviembre de 2016. En esa oportunidad asistimos con Camila Antonia Sandivari.

“La radicalidad aporta la agudeza del análisis, cuestionando la institucionalidad patriarcal desde sus fundamentos; y la diferencia, el desprendimiento necesario para no quedarnos enganchadas en la guerra contra el patriarcado y, así, ser libres para significar el sentido de ser mujeres, abandonando como punto de referencia a los hombres y su cultura. Cada feminismo es un contrapeso para el otro con el fin de lograr el equilibrio”. Andrea Franulic

El feminismo en occidente ha sido comúnmente interpretado como un movimiento social y político vinculado, principalmente, a demandas por condiciones sociales de igualdad entre hombres y mujeres. Sin embargo, una de las tensiones importantes en  la política feminista –dentro y fuera- es, precisamente, qué queremos las mujeres.

El Feminismo Radical de la Diferencia me ha invitado, por un lado, al cuestionamiento profundo del sistema social patriarcal, que con ello implica develar todo lo que constriñe a las mujeres y, por otro, que ha sido lo más importante, recuperar un sentido libre para ser (mujeres y mujeres lesbianas). En ese sentido, ha significado poder encontrar una genealogía de pensamiento de las mujeres que se ha ido gestando desde hace siglos y, que hoy, podemos reconocer como pensamiento feminista que, desde el último tercio del siglo XX, se fue articulando como un proceso de construcción de conocimiento y actuancia política desde espacios autónomos entre mujeres o los llamados grupos de autoconciencia, como por ejemplo, en Italia y Francia[1] DEMAU, Rivolta Femminile, Librería de Mujeres de Milán o en los EE.UU el grupo Radicales de Nueva York o Redstockings [2]. En Chile, las feministas del Movimiento Autónomo y los  talleres de Margarita Pisano.

El término feminismo radical de la diferencia es acuñado, por la feminista chilena Andrea Franulic, en la biografía política de Margarita Pisano, desde donde se nos invita, precisamente, a recuperar una genealogía y pensamiento propio de las mujeres,  a partir de su experiencia sexuada, y que, la política masculina ha querido borrar, sobre todo, con la idea de emancipación femenina. Por ello, resulta tan relevante sacar a la luz a las mujeres rebeldes que nunca se acomodaron a las imposiciones de los hombres y sus poderes.

Una de las grandes dificultades que, como mujeres, hemos tenido que sortear es, justamente, la de no contar con referentes visibles y con valor en la cultura patriarcal, pues, todas las mujeres, las de antes y hoy nosotras, independiente de nuestra clase social o de nuestra raza, hemos vivido como extranjeras de la civilización construida por el hombre y para su dominio.


Carla Lonzi, nos dijo que aprovechásemos esa ajenidad para construir una cultura y política otra, la de las mujeres[3], porque el sistema social y cultural patriarcal se sostiene a condición de que, no solo los varones, sino que también las mujeres nos reflejemos en lo masculino y sus valores , es decir, la forma de entender la vida y las relaciones. En efecto, la mediación masculina y sus codificaciones es internalizada a través de una serie de instituciones e ideologías que se imponen en el orden social, fundamentalmente, la sexualidad masculina mediante la política sexual basada en la heterosexualidad obligatoria, al igual que, la razón androcéntrica dotada de un poder institucionalizado. A esto último, Virginia Woolf, le ha llamado “falsas lealtades o libertades irreales”, representadas en la idea de patria y bandera, el orgullo del apellido y la familia, la institución de la escuela con su sistema de grados y  condecoraciones. Todas invenciones patriarcales para justificar su dominio y superioridad.

La ensayista y poeta Adrienne Rich en su ensayo ¿Qué necesita saber una mujer? analiza cómo el patriarcado ha coaptado la energía creativa de las mujeres, creando divisiones entre ellas, a las que Rich llama “mujeres excepcionales” o “mujeres especiales” (Margarita Pisano les llama “regalona del patriarcado”), de esto resulta el  destacar a unas de otras, de modo que, las mujeres asuman una distancia hacia sus semejantas, adoptando para sí los valores de la masculinidad, aunque, se tenga que pagar un alto precio por ello. Solo pensemos en Michelle Bachelet o Dilma Rousseff que, al perder funcionalidad para las instituciones patriarcales, fueron apabulladas o bien desechadas.

“Ninguna mujer es verdaderamente una privilegiada en las instituciones apadrinadas por la conciencia masculina. Cuando nos permitimos creer que lo somos, perdemos el contacto con esa parte de nosotras que aquella conciencia define como inaceptable” (A. Rich)

Desde mi punto de vista, el feminismo radical de la diferencia, rompe con el esquema de pensamiento utilitarista y monolítico porque apuesta por un cambio profundo en el modo de relacionarnos en el mundo y, sobre todo, entre las mujeres. Fuerza creadora cuya potencialidad es la construcción de lazos próximos y confiados entre semejantas, basados en el intercambio genuino y con reconocimiento íntimo y público, de este modo, acercarnos a una cultura diferente que alguna vez Carla Lonzi nos quiso convidar – la autenticidad– es decir, relaciones que ya no recurran a la fuerza y la instrumentalización, menos aún, a la crueldad y la destrucción de todo lo vivo.


[1] En Francia se conformaron los grupos de política y psicoanálisis que utilizaron la  herramienta de psicoanalítica para dar comprensión y resignificación al orden simbólico femenino. En Italia Carla Lonzi con Rivolta Femminile, profundizan en cuestiones como el aborto y la dialéctica de lucha, cuya propuesta es la desculturización y la autenticidad. También la “Librería de Mujeres de Milán” elaboran conceptos como autoridad, affidamento, el hablar a partir de sí, entre otros. Esto lo podemos encontrar en su libro “No creas tener derechos” y las revistas Sottosopra.

[2] En este contexto surge el documento “lo personal es político” escrito por Carol Hanisch (1969) integrante del grupo de Mujeres Radicales de Nueva York. El texto es una respuesta a los juicios que se les hacían a las mujeres que se reunían a conversar en el pequeño grupo. Otras y otros veían en esta práctica algo “poco político”, ya que se reunían a conversar de sus «problemas personales». En este sentido, fueron  descalificadas por no estar en la actividad de masas del movimiento de liberación.

[3] Para profundizar recomiendo los textos de Andrea Franulic. Consultar en www.andreafranulic.cl

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Escritos de Feministas Lúcidas

Enraizada, Jessica Gamboa Valdés

A Cecilia, mi madre. (2019)

En el agua del vientre una semilla flota

Revuelve la vertiente donde germina y crece.

Entre las raíces busco la lengua materna

Como la luz del primer día

Esa huella imborrable de nacer de mujer.

Sé que no estás en los cielos

Sentada al lado de ningún dios todopoderoso

Estás en la carne que soy, de origen femenino

La medida del mundo entre la tierra y el cielo.

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Escritos de Feministas Lúcidas

Virginia Woolf desde una mirada lúcida, Anita Quintana

Comentario

Escribí este texto para el primer evento público realizado por Feministas Lúcidas, el que se llamó “Genealogía del Feminismo Radical de la Diferencia”, en octubre del 2017. Fue mi primera vez hablando en público sobre feminismo y la primera vez que pude compartir mis sentires en voz alta, a través de una de las autoras que amo. El texto a continuación ha sufrido varias modificaciones desde su composición; ha pasado bastante tiempo, y a lo largo de estos años yo he cambiado, crecido y aprendido más aún de lo que habría imaginado en ese entonces. Sigo creyendo fuertemente que seguiré aprendiendo, de las mujeres que me rodean y de las relaciones que mantengo con ellas.

Virginia Woolf desde una mirada lúcida

Hola a todas. Estoy aquí. Estoy aquí junto a ustedes y cada fibra de mi ser tiembla. Estoy nerviosa porque nunca he sido buena hablando en público. Lo más probable es que tartamudee, me quede en blanco y mis pensamientos se nublen. Tal vez me sienta paralizada.

¿Por qué me pasa esto? Quizás si fuera un hombre, desde pequeña me habrían enseñado a hablar más fuerte que el de al lado. Quizás, no tendría un miedo tan grande al rechazo, quizás tendría referentes en todas las bibliotecas. Quizás, en el colegio me habrían hablado las grandes exponentes de la literatura, y quizás, tendría palabras para expresar cómo me siento, sin sentirme extranjera de la lengua que habito. 

Pero soy mujer. Soy mujer, y siento miedo porque temo no ser escuchada, temo que opinión sea desestimada, temo ser invalidada. Siento miedo porque en esta esta sociedad, la búsqueda de la libertad y las manifestaciones de libertad femenina tienen costos que los patriarcas no están dispuestos a tranzar. Siento miedo porque ningún espacio cohabitado por hombres, público o privado nos garantiza una vida digna y segura. Quizás, de haber encontrado a las mujeres que me precedieron en las bibliotecas, el miedo que me abunda disminuiría, o quizás no tendría miedos, ninguno de ellos. Quizás, hurgando en mi genealogía, habría encontrado a Virginia Woolf, y habría entendido que, tal como ella nos diría “Como mujeres, no tenemos patria”.

Virginia Stephen, más conocida como Virginia Woolf fue novelista, ensayista, periodista, editora y feminista; y una de las figuras más destacadas del modernismo literario del siglo XX, vanguardia que ha sido caracterizada por la crítica literaria masculina. Desde su niñez en la biblioteca de su padre, hasta el día en que decidió terminar con su vida, Woolf nos cautivó con su pensamiento lúcido y su delicada sensibilidad. A lo largo de sus ensayos, Virginia hacía entrever sutilmente y en base a un sinfín de analogías su entendimiento y sensatez feminista. Hoy, después de vastas reflexiones junto a mis semejantas de Feministas Lúcidas, expondré a esta maravillosa escritora desde una perspectiva feminista radical de la diferencia, ofreciendo un nuevo enfoque para entender cómo Woolf guardó y transformó la tradición que amaba en una fuente de resistencia al patriarcado. Para esto, haré un análisis en base a dos de sus más grandes ensayos Un Cuarto Propio del año 1929, y Tres Guineas del año 1938.

Radical significa perteneciente o relativo a la raíz. Por lo tanto, las pensadoras del feminismo radical se han encargado de crear la teoría precisa para analizar las raíces de los problemas que acomplejan a las mujeres, estableciendo una crítica profunda al sistema social y a las instituciones que lo componen. El feminismo de la diferencia, por otro lado, sitúa su preocupación en la búsqueda de libertad femenina en el fin del patriarcado, problematiza la vida de las mujeres con relación al entorno que vivimos, siempre motivando el entre mujeres, y afirmándose de esto encontrar respuestas al dolor y la rabia de haber nacido en un desorden simbólico. De esta forma, nos invitan a conectarnos con las otras mujeres y tejer entre nosotras un nuevo orden en el que, como diría la poeta Audre Lorde, podamos sentir y luego ser libres. En esta ocasión, situamos a Virginia Woolf dentro de esta convergencia, la insertamos en el feminismo radical de la diferencia por ser una autora que refleja e irradia libertad femenina; así, Virginia se transforma en un hilo conductor entre las ideas de las mujeres del siglo XX y nosotras, las mujeres del siglo XXI. 

Virginia Woolf enfatizó aspectos sumamente relevantes para el análisis feminista, desde el imaginario de nuestra libertad, el acceso a la educación, y la extensión del reconocimiento a los logros femeninos, planteando nuevos sistemas que se diferenciarán y desafiarán el orden ya establecido por los hombres. Su sentido de la ironía la llevó a ahondar en los pretextos de la sociedad de la posguerra, para así mostrar cómo las viejas suposiciones sostuvieron corrupciones ocultas y cómo esas corrupciones eran perjudiciales para todos, y especialmente corrosivas para las mujeres.

Si bien hay tópicos altamente claves en sus textos y podríamos analizar en extenso a cada uno de los personajes de sus libros, no quiero que esto se convierta en una crítica académica. La academia, así como tantas otras instituciones nos han dejado relegadas a un papel secundario, que en mi opinión nunca nos ha pertenecido. Es por esto que no voy a analizar a Virginia Woolf en relación al paisaje urbano de sus obras, o describir en profundidad sus técnicas discursivas como el monólogo interior o la corriente de la conciencia. Voy a analizar a Virginia Woolf como una mujer. Una mujer que sufría, una mujer que sentía, una mujer que amaba y una mujer que escribía. Voy a analizar a Virginia Woolf a partir de mí misma y de cómo se instauró en mi corazón desde la primera vez que tuve la suerte de leerla.

Las feministas del pensamiento de la diferencia plantean la necesidad de crear un nuevo orden simbólico, ya que en el actual no encontramos las palabras para definirnos a nosotras mismas. Con el pasar del tiempo me he dado cuenta de que muchas veces esas palabras no existen, sin embargo, cuando encuentras buenas amigas, nace una lengua común; la que nos han renegado pero que a pesar de todo sigue ahí, en todas nosotras. Esto sentí la primera vez que leí a Virginia Woolf. Por primera vez en mucho tiempo sentí que alguien podría contarme, no en muchas palabras, lo que yo sentía. Yo en ella leí sus complejidades, frustraciones y amores. Y, también, me refleje en sus dudas: “¿Por qué los hombres bebían vino y las mujeres agua? ¿Por qué era un sexo tan próspero y el otro tan pobre? ¿Qué efecto tiene la pobreza sobre la novela? ¿Qué condiciones son necesarias a la creación de obras de arte?” Fueron algunas de sus preguntas en Un Cuarto Propio

Poco a poco me adentre en estas dudas, las dudas de una mujer del siglo XX en las que yo, una mujer del siglo XXI sentía y siento como mías. A pesar del siglo de distancia que nos separa, nuestras realidades no parecían diferir. La educación para las mujeres es un ejemplo. En Tres Guineas, Woolf le responde a un distinguido abogado su opinión sobre cómo prevenir la guerra. Su respuesta es hilarante y se remonta a las guineas, una moneda de oro -de altísimo valor- destinada como medio de pago a los profesionales del Reino Unido. 

En el siglo XX, sólo las hijas de los hombres educados tenían acceso a la educación. Y por educación, nos referimos únicamente al hecho de estudiar latín. Las oportunidades eran escasas puesto que los hijos de los hombres educados eran la prioridad y los fondos familiares eran destinados a enviar a los varones a la universidad.  Esta es una de las razones por las que Woolf decide destinar una guinea a la construcción de una universidad para mujeres, un lugar que pueda comprender las necesidades y especialidades, un lugar que tenga como objetivo “no segregar ni especializar, sino combinar”, quitando valor a los símbolos masculinos por los que se había caracterizado la época. Entre un realismo oscuro y las ganas de un cambio, Tres Guineas no establece pasos a seguir, o una lista de libros por leer, sin embargo, Woolf sí le pide a las mujeres que “practiquen la profesión de leer y escribir por el interés cultural y la libertad intelectual”. De acuerdo con la ensayista Anne Fernald, Woolf, define esta última frase como “el derecho de decir o escribir lo que piensas en tus propias palabras, y en tu propia forma”. Hecho que las feministas de la diferencia plantearían como un llamado a hablar a partir de sí mismas. Más adelante, Woolf establece las características que diferenciaría esta universidad de una universidad para hombres, siendo el motivo principal que “esta debería explorar las formas en las que la mente y el cuerpo pueden estar hechas para cooperar; descubrir que nuevas combinaciones hacen totalidades en la vida humana” haciendo hincapié en no vender sus intelectualidades, como por siglos habían hecho los hombres. 

Sin embargo, han pasado más de 60 años de esta cita y aún no podemos afirmar esta realidad. En la actualidad, nuestra prioridad es mantenernos con vida, ya que nuestra existencia ha sido olvidada por los gobiernos y pareciera que cada día que pasa más de nosotras mueren. Esta sociedad enferma no nos libra, ni en nuestros espacios educativos, de la exposición bestial al acoso, a la humillación y a la violencia. Virginia Woolf entendía esta realidad y comprendía la diferencia sexual que significa estar en un cuerpo sexuado mujer, así, en Tres Guineas afirmó: “Si los hombres de su profesión se unieran en una solicitud y dijeran “Si no se concede, dejaremos de trabajar”, las leyes de Inglaterra cesarían en ser administradas. Si las mujeres de su profesión dijeran lo mismo, no haría la diferencia en las leyes de Inglaterra, de ninguna forma”. Porque nacer mujer no es ni remotamente parecido a nacer hombre, y porque nuestras experiencias en las universidades se fundamentan en espacios hostiles, en donde nuestra existencia duele. Una de las grandes exponentes del feminismo estadounidense, la escritora y poeta Adrienne Rich dijo en 1979 “No hay, y digo esto con tristeza, ningún colegio universitario femenino que proporcione a las mujeres jóvenes la educación que necesitan para sobrevivir como personas completas en un mundo que niega la totalidad a las mujeres”.

Mientras más leía me daba cuenta de lo difícil que era formar una identidad propia, ya que todo lo que me enseñaron de mí y de las otras mujeres fue, primeramente, dicho por un hombre. Me atrevería a decir que nuestras personalidades son moldeadas por el sistema patriarcal, que cada vez que crecemos van agregando cualidades a nuestras personas, y también, defectos; que seguimos una lógica que no es a la que verdaderamente pertenecemos, que son mentiras para que nos odiemos, a nosotras y entre nosotras. Y todo parte en el simple hecho de no tener referentes femeninos en las bibliotecas, en los planes curriculares y en los hogares. Claramente, este hecho alarmante no es una coincidencia, puesto que la sociedad patriarcal se encargó de una manera brutal en borrarnos del mapa y, en construir a su imagen el ideario de ser mujer. Woolf nos pregunta en Un Cuarto Propio “¿Tienes alguna noción de cuántos libros se escriben al año sobre las mujeres? ¿Tienes alguna noción de cuántos están escritos por hombres? ¿Te das cuenta de que eres quizás el animal más discutido del universo?” En Tres Guineas, vuelve a explicitar cómo a lo largo de la historia las mujeres, en especial las hijas de hombres educados eran invisibilizadas por la sociedad, omitiendo la identidad literaria creada por las mujeres de la época: “Todas esas memorias tienen una característica en común, todas sus páginas están salpicadas con los nombres de los grandes líderes políticos -Pitt, Fox Burke, Sheridan, Peel, Canning, Palmerston, Disraeli, Gladstone-, pero el lector no encontrará en lo alto de la escalinata recibiendo a los invitados, ni en las más recogidas estancias de la casa, a una sola hija de un hombre con educación. Quizá no tuviera el suficiente encanto, ingenio, rango o vestuario. Sea cual fuere la razón, lo cierto es que usted volverá página tras página, leerá volumen tras volumen y, pese a que encontrará los nombres de los hermanos y maridos, no hallará los nombres de Jane Austen, Charlotte Bronte o George Eliot.” 

El análisis social hecho por Woolf, con extrema claridad, demuestra que tanto la falta identitaria como el bajo acceso a la educación para las mujeres, son productos de la violencia ejercida por la sociedad machista, y recalca cómo las mujeres se desmarcan de esta violencia. En Tres Guineas, vuelve a responderle al abogado, la cito: “Sencillamente, contesta usted, que nosotras, las hijas de los hombres con educación, nos encontramos entre la espada y la pared. A nuestra espalda, tenemos el sistema patriarcal; el hogar, con su inanidad, su inmoralidad, su hipocresía, su servilismo. Ante nosotras, tenemos el mundo de la vida pública, el sistema profesional, con su carácter absorbente, sus celos, su competitividad, su codicia. El primero nos encierra como esclavas en un harén; el segundo nos obliga a dar vueltas y vueltas, como la oruga, con la cabeza junto a la cola, alrededor del moral, del sagrado árbol de la propiedad. Es una alternativa en la que tenemos que escoger entre dos males.”

Para terminar, quiero finalizar no con mis palabras, sino con las palabras de la mujer que me ha dado la inspiración y la fuerza necesaria para exponer el día de hoy. En Un Cuarto propio, Virginia Woolf comenta la existencia de la hermana de Shakespeare, y cómo su vida fue omitida debido a su joven muerte. Sobre esto escribió lo siguiente:

“Ahora bien, yo creo que esta poetisa que jamás escribió una palabra y se halla enterrada en esta encrucijada vive todavía. Vive en vosotras y en mí, y en muchas otras mujeres que no están aquí esta noche porque están lavando los platos y poniendo a los niños en la cama. Pero vive; porque los grandes poetas no mueren; son presencias continuas; sólo necesitan la oportunidad de andar entre nosotros hechos carne. Esta oportunidad, creo yo, pronto tendréis el poder de ofrecérsela a esta poetisa. Porque yo creo que si vivimos aproximadamente otro siglo y si cada una de nosotras tiene quinientas libras al año y una habitación propia; si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos; si nos evadimos un poco de la sala de estar común y vemos a los seres humanos no siempre desde el punto de vista de su relación entre ellos, sino de su relación con la realidad; si además vemos el cielo, y los árboles, o lo que sea, en sí mismos; si tratamos de ver más allá del coco de Milton, porque ningún humano debería limitar su visión; si nos enfrentamos con el hecho, porque es un hecho, de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, sino que estamos solas, y de que estamos relacionadas con el mundo de la realidad y no sólo con el mundo de los hombres y las mujeres, entonces, llegará la oportunidad y la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrará el cuerpo del que tan a menudo se ha despojado. Extrayendo su vida de las vidas de las desconocidas que fueron sus antepasadas, como su hermano hizo antes que ella, nacerá. En cuanto a que venga si nosotras no nos preparamos, no nos esforzamos, si no estamos decididas a que, cuando haya vuelto a nacer, pueda vivir y escribir su poesía, esto no lo podemos esperar, porque es imposible. Pero yo sostengo que vendrá si trabajamos por ella, y que hacer este trabajo, aun en la pobreza y la oscuridad, merece la pena.” Por recuperar a la poetisa, a la creadora, a la mujer sin condiciones, y por descubrir el sentido libre de ser mujer. Gracias.

Referencias

Fernald, Anne. Virginia Woolf. Feminism and the reader. 2006.

Woolf, Virginia. Un Cuarto Propio. 1929.

Woolf, Virginia. Tres Guineas. 1938.

Categorías
Escritos de Feministas Lúcidas

El simbólico de la violencia, Anita Quintana

El simbólico de la violencia

Preparando este escrito, me hice muchas preguntas. Una de ellas fue, ¿qué es la violencia? Las invito a que se hagan la misma pregunta. Mis respuestas fueron principalmente dos: la primera, las acciones violentas, físicas o emocionales a otro ser vivo y, mi segunda respuesta, quizás un poco desconcertante para algunas, los hombres. 

En 1935, Virginia Woolf, gran escritora inglesa, escribe el ensayo Tres Guineas, en donde responde a la siguiente pregunta “¿cómo cree usted que se podría detener la guerra?”. Antes de comenzar siquiera a responder, Virginia aclara a su interlocutor, un señor ilustrado, respondiendo “disparar, ha sido un juguete y deporte de los hombres en la caza y en la guerra (…) para ustedes, en la lucha, hay cierta gloria, cierta necesidad, cierta satisfacción que nosotras jamás hemos sentido ni gozado, para ustedes la guerra es una profesión, una fuente de realización y diversión; y también es causa de viriles cualidades sin las cuales los hombres quedarían menoscabados, lo que nos hace imposible comprender los impulsos que inducen a la guerra”. 

La guerra, la expresión extrema de la violencia es “desde siempre la actividad específica del varón y su modelo de comportamiento viril”1. El patriarcado, entonces, se alimenta de todas las instituciones que los hombres han creado a su imagen y semejanza, por lo tanto, la guerra, y otras instituciones como la familia, la heterosexualidad obligatoria, el amor romántico, la maternidad no deseada, entre otras, son parte del desorden simbólico en el que las mujeres nos vemos inmersas. Este desastre trae consigo las formas de manifestación más violentas creadas por los hombres, arrastrandonos consigo a círculos de violencia en la mayoría de los espacios que habitamos, nuestros espacios personales, profesionales, de estudio, de distensión, entre otros. 

La violencia de los hombres contra las mujeres es una situación que se arrastra desde el inicio del patriarcado. La familia, como seno principal de la sociedad, ha sido una de las tantas instituciones que ha perpetuado esta violencia, sin embargo, en muy escasas ocasiones se habla de ella. De acuerdo a Kate Millet, “la fuerza patriarcal también depende de una forma de violencia de carácter particularmente sexual y realizada más completamente en el acto de la violación”. Esto se observa con claridad en la imagen del incesto: la usurpación del cuerpo de la mujer por parte de las figuras masculinas de la familia. “El incesto rompe el cuerpo de la niña y resquebraja el orden simbólico de la madre, que es la lengua que hablamos y la voz que tenemos para decir. El incesto silencia el delito originario del patriarcado quebrando la voz de la niña y rompiendo la sintaxis de su lengua materna” dice la historiadora María Milagros Rivera Garretas.

De esta forma, la violencia contra las mujeres cala en lo profundo de nuestras vidas, de todas las formas y con todas las herramientas que los hombres pueden encontrar a su paso. No obstante, ¿cómo entendemos, las mujeres, esta violencia? ¿qué hacemos ante ella? Maria Milagros Rivera Garretas escribe: “La violencia contra las mujeres se propone destruir y destruye la apertura a la relación, la apertura a lo infinito, la apertura a lo otro de sí, que el cuerpo femenino señala: señala, sin determinar nada, pues una mujer es libre de ignorar ese signo. Por eso, porque sólo el cuerpo femenino se abre a lo otro, la violencia contra las mujeres la ejercen típicamente hombres: hombres que no soportan las relaciones y los vínculos que ella tiende y atiende a su alrededor, incluyéndole también a él en la constelación: una constelación amorosa y abierta que parece sacar de quicio a esos hombres”.

Si los hombres son los realizadores de esta violencia incesante, ¿qué armas tomaremos para resistir? ¿es la resistencia una opción? ¿queremos resistir o queremos expresar nuestros deseos libres en tranquilidad? La violencia es una reacción a la libertad de las mujeres, a nuestra creatividad y a la expresión completa de nuestros cuerpos; es la manera en la que reaccionan a nuestra capacidad única de ser dos, a las revelaciones de nuestra lengua y al encuentro del orden simbólico de la madre; es su respuesta al poder dentro de nosotras de realizar nuestras vidas sin ellos sin problemas, y junto a otras mujeres. Selva Almada, escritora argentina, escribió hace un par de años “ser mujer y estar viva es cuestión de suerte”. Ahora bien, ¿qué haremos ante esta fortuna de vivir? ¿cómo vivimos en un desorden que promueve nuestra destrucción? ¿somos capaces de vivir en el orden simbólico de la madre? ¿podemos abandonar por completo nuestras relaciones con los hombres?  ¿cómo estrechamos nuestra relaciones duales, privadas y públicas con lo que aparenta ser nuestro enemigo? Las invito a reflexionar y replantear la forma en la que nos relacionamos, muchas de estas preguntas no tienen respuesta aún en mi cabeza, y puede que las respuestas que tengo aún sean vagas, no obstante, creo que cada minuto que construyo relaciones con otras mujeres, mis miedos y silencios se desvanecen poco a poco, y el mundo me parece menos agobiante. 

1.Manifiesto Rivolta Femminile, 1970