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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

Sobre el silencio y el amor, Diana González Alzate

Sobre el silencio y el amor (1)

Que sepamos, muchas de las que estamos aquí, que la mudez puede ser fecunda.

Que como una primera operación necesaria para las mujeres en un orden patriarcal está la de romper el silencio, que es la invitación que recibimos de Audre Lorde con tanta pasión (2) y con la razón profunda que nace de la necesidad de decir lo que está mal, lo que nos atropella, lo que nos devuelve en tantos espacios compartidos con hombres, pero también con mujeres, al doloroso silencio de no poder decir por miedo a las consecuencias, pero también por falta de palabras. O la que recibimos de Margarita Pisano con su «estar expresadas», para romper con el hábito femenino de la acumulación de cosas no dichas y de resentimientos, para no sentir que hay una zonas de nuestra existencia y nuestro relacionarnos con las otras y con los otros cuyo ocultamiento nos cause sufrimiento. Idea, la de «estar expresadas», que recoge fecundamente Andrea Franulic para hablarnos del «estar expresadas» para decir lo que tenga que ser dicho por nosotras y para movernos en el mundo en la coincidencia de nuestro sentir con las palabras que lo expresan, es decir, verazmente, coincidencia dada por/en la lengua materna –aprendida por cada una de su madre particular–. Usar la lengua en clave patriarcal, por más que hablemos mucho y nos sintamos ‘expresadas’ es una forma de silencio subrepticio, que no reconocemos pero que duele porque no permite la expresión auténtica de una mujer (Carla Lonzi) que implica estar expresada en lengua materna. (3)

El rompimiento del silencio, entonces, pasa inicialmente por decir al modo que cada una pueda para no callar lo que encuentra mal en el mundo y en ella misma y sus relaciones, y por decir en lengua fiel a su sentir, en lengua materna, después.

Pero una segunda operación es la del retorno de la mudez fecunda, del silencio no impuesto sino del silencio que te salvaguarda de que la parte afirmativa de ti no ocupe de nuevo todo el espacio, como supo decir hermosa y magistralmente Lia Cigarini sobre su propia mudez dentro del movimiento feminista en su texto La objeción de la mujer muda. Mudez que contenía su «objeción» dentro de los grupos feministas donde sentía que el hablar afirmativamente ocupaba en ella de nuevo todo el espacio, su espacio. Una traición a las objeciones que no tienen cómo expresarse en grupos que por su naturaleza exigen estar en permanente diálogo, o quizás, tantas veces, simplemente en permanente hablar. Misma sensación tuvo Carla Lonzi (yo lo entiendo así) cuando deja esta aclaración final en su Escupamos sobre Hegel: «(…) Al presente, esa fase está terminada: la verdadera autoconciencia ha llevado a una expresión estrictamente personal». La expresión estrictamente personal da cabida a los silencios que hacen parte de esa expresión y que en general no tienen espacio en los grupos de mujeres en el movimiento feminista. Y esos grupos necesitan de mujeres que reconozcan la fuente inagotable de sí mismas y de verdad propia que puede ser el silencio. Silencio de no sobre-decir, de no llover sobre mojado, o de no rellenar de tierra espacios que no lo necesitan, como cuando en el texto citado Lia dice «lo no-político excava túneles que no debemos rellenar de tierra», y muchas cosas hay en las relaciones con otras mujeres, y en el existir de una mujer individual, que hoy podemos reconocer, con descanso, como no políticas.

Ese tipo de silencio, el plácido, no el que te duele porque te lo imponen sino el silencio del que eres dueña, guardián del misterio de cada mujer –misterio pisoteado en el permanente hablar–, abre el canal para que cada mujer reconozca, re-vea, re-cree su infinito. El infinito de cada mujer. En este momento hablo de cosas con las que seguramente muchas no están familiarizadas. Yo lo estoy desde hace muy poco, así que dejo solo la palabra en el aire: Infinito, tu infinito de mujer, para que brote en todas o en algunas de ustedes como una semilla dejada no desprevenidamente. Por ahora digo que el infinito no se deja ver en el «somos oprimidas por ser mujeres»; tampoco, y mucho menos, en el «no se nace mujer», ni en el género, o el antigenerismo, o el antitransgenerismo como discursos que acortaron las miras del movimiento feminista, y de las propias mujeres para pensarse. Tampoco en el vano martilleo del «alesbiánate», que es hueco de consigna, que no te dice nada sobre lo complejas –y complejizadas– que son las relaciones entre mujeres, que deja por fuera la profundidad y la riqueza de esa complejidad, que no te explica cómo has de amar a las mujeres, que te carga con el «amarte a ti misma es amar a otras mujeres» pero ni siquiera has resuelto cómo llegas a amarte a ti misma, y, como dice Doménica en su hermoso texto (4), tampoco sucede así, sino que el amor se experimenta con y por medio, o mediante otra mujer. Se pone en circulación. Vas a la otra –o a lo otro– con lo que ya tienes.

El amor es una potencia, o mejor, una sustancia que fluye incesantemente en tu cuerpo. No te la da nadie, no llega alguien y deposita amor en ti, sino que es una sustancia nacida de ti, por tu lado, y en la otra, por su lado, que se intercambia, que se pone en movimiento. No tienes que lograr hazañas para ganártelo o merecerlo, como es la idea del amor, o del respeto o de cualquier valor de intercambio en las relaciones humanas para los hombres. Esta idea de «el respeto se gana». No, tu llegas a alguien anticipadamente en respeto; el respeto es tuyo, no es algo que te dan los hombres ni nadie; el «irrespeto» a ti no es tanto asunto tuyo. Llegas, también, con tu amor, con tu sustancia en tu cuerpo. Y lo pones a fluir entre mujeres. Con hombres, ya sabemos, han tomado el amor de las mujeres y lo han instrumentalizado. La grandeza de la entrega del amor de las mujeres los hombres la han empequeñecido. Han caricaturizado nuestra apertura en modelos de feminidad complacientes con los intereses de los hombres. Dice María Milagros Rivera sobre la prostitución que es una caricatura de la apertura femenina. Que han tomado la capacidad de las mujeres de darse, de dar de sí, de poner en movimiento las relaciones entre los sexos para enjaularla y envilecer así la apertura femenina. No soportan la grandeza femenina, y los frutos de amor de ésta necesitan empequeñecerlos, significarlos a su medida egoísta y violenta.

Entre mujeres, el amor lo descubres. Si estás abierta, si tus procesos de pensamiento no se estancan en las fórmulas ideológicas y las consignas, el amor lo descubres, poco a poco. Un día te descubres admirando la potencia creadora de las mujeres, o sus formas de abundancia y su belleza, con una mirada muy distinta de la mirada pervertida y despreciativa de los hombres, o reconoces en cada mujer a tu par, más allá de la disparidad que a veces nos llega a abismar –y a fascinar–. O cualquier día dices: me enamoré de una mujer, y ni te sorprendes siquiera de lo natural que sientes el movimiento de ese amor. Amor que va y regresa de tu par.

No estoy segura de que el amor sensual entre mujeres sea actualmente una experiencia al alcance de todas después de una buena purga psíquica, que es el primer y fundamental lugar –la psique– de colonización masculina en las mujeres. Pero sí sé, como dice Doménica, que la primera experiencia sensual, cuerpo a cuerpo, de toda criatura humana fue con una mujer, su madre, y que tiene todo el sentido, sentido de experiencia alcanzada o alcanzable, el re-despertar esa sensualidad primera de manos, o mejor, de cuerpo de una mujer, que es una experiencia, cuando se la redescubre en edad adulta, casi, o completamente extática, arrobadora, muy alejada del placer localizado, engañoso del orgasmo vaginal.

Por último quería decir: si tú dices «amo a las mujeres», no lo dices como una idea en tu cabeza. Lo dices, si eres honesta, con el cuerpo, que es el que ama, porque las mujeres no amamos con el cuerpo fragmentado, noción y práctica de amor masculinas, sino que amamos con el cuerpo-unidad. El amor mismo lo experimentamos como una unidad que no excluye la sensualidad, que es amor encarnado y en movimiento, ni el placer, que por María Milagros Rivera podemos expresar hoy que en una mujer es del cuerpo y del alma.

__________

(1) Texto leído como retroalimentación a la exposición «Amor y Relación en femenino libre» de Doménica Francke-Arjel para la 1a. Feminaria Sobre las mujeres y el amor, organizada por las mujeres de Tallercitas Feministas de México, 2021. Empiezo hablando del silencio y sin aparente contexto porque acepté por amor la invitación de Doménica a hacer retroalimentación, pero con la incomodidad que me produce la obligación de hablar de un tema determinado. En ocasiones como esta suele aparecer mi mujer muda con su objeción.

(2) Audre Lorde, La transformación del silencio en lenguaje y acción.

(3) Andrea Franulic Depix, Claridades y aclaraciones sobre Estar Expresada, Incitada, Santiago, Colección Feministas Lúcidas, 2021.

(4) Doménica Francke-Arjel, Amor y Relación en femenino libre. https://feministaslucidas.org/index.php/2021/09/04/amor-y-relacion-en-femenino-libre/

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Amor y Relación en Femenino Libre, Doménica Francke – Arjel

Amor y Relación en Femenino Libre 1

Resumen:

A partir de la consideración de la relación como lo fundante de la existencia humana, y también como lugar donde buscar la respuesta a la pregunta por su sentido, quiero colocar al amor como centro de la experiencia vital femenina, intentando ir un poco más allá de los discursos del individualismo y del colectivismo modernos, también repetidos por mujeres, feministas o no. Para todo esto, considero la relación como originaria e inevitablemente femenina (aún cuando de ella participen criaturas del sexo masculino), y me propongo concentrarme en la relación amorosa entre mujeres, materna y sensual, porque han sido mis propias experiencias vitales las que me han abierto los ojos: reconocer mi diferencia sexual, mi origen femenino, y amar a una mujer.

«Todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay».

Emily Dickinson

En realidad, el título de esta intervención lo es todo, pero lo es con un sentido de apertura, es decir, un todo que no se cierra al ser dicho, sino que se abre, como una espiral, un camino o un campo el cual quiero, acompañada, recorrer, explorar. La apertura se ha transformado en una idea recurrente en mi vida en los últimos años, y es que, hija de mi madre Laura, sé que mi existencia solo es posible gracias a su apertura/abertura creadora.

La relación funda la vida, la humanidad, la existencia entera.

La relación es siempre de a dos, y en su origen hay dos mujeres: madre e hija. La relación tiene variantes, claro, que incluyen también la posibilidad de la existencia masculina, la madre pare hijos, y al hacerlo, humaniza a los hombres.

Sin embargo, el hecho primario de la existencia humana es que las mujeres la fundan, y esa fundación es relacional.

La criatura humana lo es porque ha sido creada y criada por su madre, así como somos traídas al mundo por el empuje de nuestras madres por su canal del parto, y la madre nos entrega el cuerpo -cuerpo tejido en sus entrañas, como dice Gabriela Mistral- nuestra madre nos ofrece el mundo (y al mundo) al dejarnos salir de su cuerpo, expulsándonos a una existencia autónoma. Cuando bebemos de su seno, nos habla y nos entrega su tercer don: la capacidad de nombrar al mundo (se trata de un proceso que puede haber comenzado mucho antes, si la madre nos habla estando nosotras en su vientre, y de todas maneras, con el solo hecho de que la madre hable y nosotras escuchemos su voz, nos ponemos en contacto con el poderoso don que es nombrar el mundo).

La vida, la humanidad misma surge de y en la relación, y, sin embargo, quizás presas de miles de años de olvido patriarcal, hoy hablamos livianamente de cosas como amor propio, auto amor, amarse a sí misma, etc., como fundamentos de nuestra capacidad de amar. Se suele decir: “para saber amar primero hay que saber amarse”.

Pero eso es profundamente problemático, ya que invierte el orden de las cosas que hacen posible incluso nuestras vidas. Por supuesto, invierte el orden, o mejor, la armonía que hace posible al amor mismo.

El amor primero nunca es por sí misma o mismo, este amor es por definición y necesidad lo que sintió otra por una, y lo que se siente por otra (u otro) y se experimenta con y por ella solo es posible después.

También, se afirma que la necesidad de amor, de ser amada, es una debilidad aprendida de las mujeres, cito una frase ampliamente difundida de la escritora Margaret Atwood: “El deseo de ser amada es la última ilusión, renuncia a él y serás libre”. Entonces también la libertad es definida, de paso, como un estado humano en el cual se han deshecho los vínculos y dejado atrás los deseos. El reino de la necesidad ha sido abandonado para entrar en el imperio de la voluntad.

Esto es una mentira, pero se entiende su origen y, sobre todo, su objetivo. Mejor dicho, se trata de un error, y este error surge del error mayor, que es la negación del origen de toda criatura humana en el vínculo materno.

Entiendo que la desconfianza hacia el amor surge de que la mirada esté profundamente heterosexualizada, es decir, que en ese imaginar, sentir y nombrar el amor, se ponga al hombre/los hombres en el centro.

Así, también suele suceder que se nos ponga ante la falsa dicotomía de tener que elegir entre una adhesión sumisa al padre o una orfandad sorora entre hermanas que se aman a sí mismas y entre sí, sin mayor distinción. Esto sucede cuando nos situamos bajo el imperio de las ideologías, también las feministas. Aunque debo recordar que, la ideología en sí misma, como distorsión de la realidad, es masculina (la mayor ideología es el patriarcado).

Retomando la línea de la heterosexualización de nuestro pensamiento-sentir, cuando Kate Millet ha dicho: “el amor es el opio de las mujeres, mientras los hombres gobernaban, las mujeres amaban”, decía una verdad, pero una verdad a medias, quizás porque para Millet, como para tantas otras radicales de su época, la verdad estaba emergiendo. Pero para nosotras, ahora mismo, más de 50 años después, esto ya no es así.

Hoy la verdad está expuesta y solo hace falta abrir los ojos para verla: la verdad de la diferencia sexual, la verdad de la lengua materna que nos permite pronunciarla.

Poner a un hombre en el centro, no es solo distanciarme de la/s otra/s, es instalar un muro entre mí misma y mi origen, entre mí y mí misma. Por eso, pienso que la necesaria crítica a la heterosexualidad tiene que proseguir, pero también cambiar de tono, de color, de palabras. No se trata, pues de “alesbianarse” … Se trata de re-conocer la diferencia sexual.

La fuente de humanidad y de amor es la madre, la madre es siempre una mujer. Ese fue el primer amor que conocimos, nos fue dado junto a la vida, ni más ni menos. Puede incluso que nos haya sido arrebatado o negado, pero la huella de su necesidad y del origen, siguen allí, imborrables.

La primera fuente y objeto de amor de toda criatura es la madre, una mujer. Eso también quiere decir que nuestro origen es el amor, entendido como apertura y abertura, afirmación de la vida y don. Es decir, el amor en femenino.

Como se ha hecho necesario aclarar en tantas ocasiones, esto no significa que tengamos con la madre una relación ideal, o que la maternidad esté siendo objeto de una idealización (la idealización es siempre una maniobra masculina, significa alejarse de la realidad porque se la teme y considera un orden inferior de las cosas, mientras se apuesta por una verdad que estaría más allá del cuerpo, de la vida y de lo perceptible y decible con los sentidos del cuerpo, y que requeriría de complicadas maniobras mentales para ser alcanzada, maniobras cuyo aprendizaje se trasmite entre hombres…).

Como dice Luisa Muraro en su indispensable “El orden simbólico de la madre”, para entender los alcances exactos del origen materno, se trata simplemente de evocar la relación con la madre concreta de cada una. Y es que ésta, más allá de la calidad y dimensiones de la relación que tengamos o hayamos tenido con ella, nos trajo al mundo, nos hizo posibles. Esto vale tanto para una madre que nos crió amorosamente y está presente en nuestras vidas hasta nuestros días, como para una que nos dejó, por diferentes razones, o incluso para la que estuviera presente solo en la distancia, y aún si fuera más un obstáculo que una fuente de nuestra libertad.

Para el simple y llano hecho de que existamos, su amor y su apertura/abertura al mundo fueron necesarias. «La vida humana de este planeta nace de la mujer. La única experiencia unificadora, innegable, compartida por mujeres y hombres, se centra en aquellos meses que pasamos dentro del cuerpo de una mujer, desarrollándonos.» (A. Rich: Nacemos de mujer).

Las nacidas mujeres, las hijas, que somos todas nosotras, compartimos con nuestras madres ser el sexo que da vida, cuerpo y palabra.

Sin determinismo alguno, dice María- Milagros Rivera Garretas, y luego: «Yo puedo perder el hilo de mi propia libertad, y no por eso dejo de ser una mujer, no es obligatorio que te guste la libertad femenina (…) es una propuesta política». (Conferencia: La verdad ausente de la filosofía).

Esto es así, la capacidad de ser dos, que traemos inscrita en nuestros cuerpos, nos sitúa en el mundo, como han señalado las pensadoras del feminismo de la diferencia, con y como una abertura/apertura al mundo primero, y luego a la otra (e incluso al otro). Cito a Andrea Franulic: “Y cuando las olas de una no llegan a las otras, cuando chocan contra las rocas y nos salpican la cara, ¿no es acaso agua de una misma que humedece la piel?, ¿necesito más? El misterio de la gran diosa Muummu Tiamat* es la abertura al infinito antes de la apertura a otra/o: entre las piernas de una mujer, la vulva y su enigma clitórico, el uno que es dos.”

No hablamos acá de “capacidades presuntas”, de “reproducción” ni opresiones e imposiciones, sino de quienes somos, más allá de las interpretaciones, elecciones y temores que nos crucen. Y todo lo que creamos nace de nosotras, es traído al mundo por nuestra apertura, en el único y sexuado sentido de provenir de la parte principal de la humanidad que la crea. Seamos o no madres de hijas e hijos.

Deseamos la libertad, que es amiga íntima de la verdad, y no la emancipación, que busca la ruptura con la realidad, y la cercanía con los hombres y los errores de los hombres. Y esta libertad, va más de reconocer los vínculos, los deseos, las dependencias y las necesidades, que de cortar amarras/cadenas y lanzarse sola a emular la aventura del héroe masculino, el ser sin madre/matricida, que todo lo puede y lo entiende solo: “Ser libres no significa tanto -o no solo- desligarse del poder masculino como ligarse a la autoridad femenina». (I. Dominijiani: La apuesta de la libertad femenina).

Reconocer el lugar central del amor en nuestras vidas no es más que reconocer su lugar como fuerza indispensable de y en la vida.

También decía que aquí está implicada la política. Lo está, porque la política es lo que surge justo y solamente de estar juntas/os en el mundo desde nuestras diferencias, de las cuales la de ser mujer u hombre es la principal y primera.

En mi política, que he descubierto relacional, de la experiencia de estar en relación con la otra y las otras, hay amor, y hay apertura y no podría ser de otra forma, sin apertura no hay relación, ni mundo, ni vida…

Esto me lleva a pensar, como un apéndice de mis pensamientos, que el temor milenario de los hombres a ser dominados por el amor a una mujer, castrados (psicoanálisis) o embrujados, quizás proviene de la consciencia, distorsionada, pero presente, de su dependencia originaria respecto a las mujeres, al amor, específico, de una mujer: su madre. Lo he pensado leyendo una entrevista hecha a Patricia Rosas Lopátegui, biógrafa de la escritora mexicana Elena Garro, al hacer un comentario respecto a la relación que tuvo con cierto intelectual misógino (relación que, a juzgar por las preguntas hechas en la entrevista, le parecía al entrevistador central para definir a Garro). En esta, la biógrafa señala: «Hay una obra de teatro de Elena Garro titulada “El rastro” (1957) en la que la dramaturga refutó a Paz. En esta pieza en un acto el protagonista llega a su choza embriagado para asesinar a su esposa embarazada de su hijo porque, al haberse enamorado de ella, ha perdido su hombría, su virilidad; sus amigos machos se burlan de Adrián. Su contraparte aparece personificada por Delfina, su esposa, que no es la mujer abierta, sumisa, “chingada” de Octavio Paz, ni es un “revolcadero de hombres”, como la insulta su marido. Delfina es la personificación de la inteligencia, de la sensibilidad; él no quiere dialogar, mientras que ella propone la comunicación. Paz describe a la mujer en El laberinto de la soledad (1950) como un ser enigmático, cerrado al diálogo, como un signo incomprensible. Garro lo refuta y cambia los papeles. La propuesta de la autora de El rastro es en definitiva más cercana a la realidad en la sociedad falocéntrica mexicana; es decir, el hombre es el estoico, cerrado, irracional, salvaje, “la torre de marfil” y la mujer es brillante, creativa, humana.» (Coincido en todo, menos en aquello de que Delfina no es la apertura, pues si lo es, su existencia lo confirma).

El amor, para la mirada masculina, temerosa y desconfiada de su propia situación originaria de dependencia, puede ser una amenaza. Muy probablemente esto se deba a que esa dependencia los hombres la experimentan como del sexo que no son (y jamás podrán ser), y sepan, odiando saberlo, que ellos nunca podrán ocupar ese lugar.

Pues bien, si los hombres han desatado la desgracia sobre sí mismos (y sobre la humanidad, o lo siguen intentando incansablemente), si han mentido sobre quiénes somos y sobre quiénes son ellos: ¿por qué esto debería arrastrarnos a nosotras? Si aún estuviéramos sumergidas en el relato patriarcal, si camináramos por el mundo lamentando ser “el segundo sexo” y anhelando llegar a ser “el primero”, podríamos temer también, negar y desconfiar. Si no hubiésemos descubierto, experimentado, sabido el amor entre mujeres.

Pero no es así. No es así porque tenemos historia y palabras para nombrarla, y como se ha dicho, siempre hay una mujer primero.

Para nosotras, comprender nuestra diferencia sexual lo cambia todo. Una se sabe mujer y sabe que una mujer está primero, no por jerarquía sino, de hecho, porque así es la vida.

Amar a una mujer, como mujer, lo cambia todo, cambia, por supuesto, la concepción de amor, abre los ojos, si puedo expresarlo así. Esto es siempre una posibilidad, más que una garantía o una inmediatez. Digo esto porque es cierto que no hay determinismos. Como dice Andrea Franulic en su artículo “Existencia lesbiana y diferencia sexual”: en el amor entre mujeres puede presentarse, y se presenta, el mal, si no hay consciencia de la diferencia sexual, si no hay un reconocimiento, como mujeres de ese origen materno… No basta con ser lesbiana, dice Andrea textualmente.

Con todo, en la aventura que se abre cuando una mujer que ama a otra mujer, está contenido un amor que la vincula a su propio origen, un amor conocido, que la antecede, que ya venía con ella, en sus entrañas cuando llegó al mundo. Se trata, para mí, del amor primero, por eso, también es el amor que permite mirarse amorosamente a sí misma.

En este sentido, no es cierto aquello de que para saber amar hay que amarse a una misma primero. Es más bien al revés: ser amada, o al menos, consciente de la necesidad de amor, y de haber surgido del amor, es lo que enseña el amor, lo que enseña a saber amar.

El amor a una mujer se siente como volver a la fuente misma del amor, a una, es apertura, sin importar si se recibe o no como una desea que sea recibido. Recuerdo aquí la cita de mi querida Andrea Franulic, la apertura sigue en una, más allá de como sean recibidas las aguas de su entrega.

Esto es porque la vida es la aventura total, el arrojo y la novedad en el mundo, del mundo… Sin garantías.

El amor sensual entre mujeres ha sido una fuente de libertad, felicidad y creatividad femeninas durante toda la historia, y me atengo a la verdad más estricta si digo que el amor de las mujeres ha traído y mantenido la vida humana desde que la humanidad existe.

Hace poco leí de Fabiola Milán (una contacto de Facebook) señalar que el amor es la medida que nos permite reconocer la verdad y distinguir el mal del bien. Y lo decía frente al equívoco extendido de que el amor “distorsiona” la mirada de las mujeres. Las mujeres que nos reconocemos en nuestra diferencia sexual sabemos medir con la medida del amor. En eso no nos equivocamos. En otras cosas sí. Quizás justamente lo hacemos, equivocarnos, y de la peor forma, cuando perdemos la guía de amor.

Ayer me encontré, por casualidad, con el aviso de la presentación del libro de M.-M. Rivera Garretas: “El placer femenino es clitórico”, y esto es lo que decía respecto al libro: “es una celebración del amor, del amor de las mujeres y del amor entre mujeres que ha nutrido la historia pese a todos los intentos de erradicarlo”.

Así, ¿qué más político en el sentido femenino, abierto, de la política, que cuando hablemos del amor, lo hagamos en lengua materna, dejando atrás la inútil y tramposa carga del relato masculino de la miseria y del dominio?

Levantémonos del suelo, pues, y dejemos de hablar de los hombres y para los hombres, con sus palabras erradas, mentirosas y equívocas.

Palabras finales

He querido decir que el amor de las mujeres es la fuente de nuestro amor, que éste nace de la relación originaria y que, en ese sentido, la relación también lo funda. No se puede amar la nada ni la mismidad. En ese sitio, imposible, sencillamente no hay amor. No hay vida.

Afortunadamente, ese no es nuestro lugar.

Hasta ahora, no he encontrado palabras mejores para expresar todo esto que las que cito a continuación de Luciana Tavernini: “(…) para el ser humano, el origen es siempre dual y dispar; dicho con más precisión, que existe el período de la gestación, en el cual la madre tiene dentro de sí a la criatura, de modo que, en el origen, el dos precede al uno”.

Nuestro amor no es fuente de sufrimiento ni de debilidad, sino una fuerza creadora que nos indica el camino del placer y de la libertad.

Y en el amor, como en todo, entonces, también el dos precederá a la una.


[1] Escribí este texto para la primera Feminaria: Sobre las mujeres y el amor, organizada por las mujeres de Tallercitas Feministas, de México. A ellas agradezco la creación de un espacio para hablar de Amor, tema tan caro para nosotras, y especialmente, a Mag Mantilla, por el acercamiento alegre y abierto que estamos teniendo. Este texto fue hermosamente acompañado por los comentarios de Diana Gé, en la lejos-cerca, para ella mi gratitud y reconocimiento amorosos, en el sentido fuerte de las palabras.

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Las Lunas de Felicia

«Claudia y Javiera hicieron germinar y crecer, en sus estudiantas, algo tan grande y preciado que se transformó en esta obra. Y también las jóvenes supieron ver en sus profesoras un más, una grandeza, que les despertó, en su alma joven, lo fértil que vive en ellas, su propia chispa de la vida, la que pusieron en juego en su escritura femenina con la mediación de sus maestras. Así, desde las entrañas al mundo, hicieron nacer el libro Las lunas de Felicia.«

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Crisálida, Javiera Fernanda González

I

Resolución.

Disolución de nudos

que alivio impregna

sobre los cuerpos envueltos.

La inflexión, el alivio.

Suelta y afloja,

¡no importa si explota!

Quiero encontrar

esa levedad

que aparece

tras alguna

confesión,

tras alguna

trasgresión

a lo que venía ocurriendo

hasta hoy.

Hasta el instante cúlmine

que antecede al orgasmo.

II

Cada quien guarda

un pequeño tesorito,

para compartir

¿con el mundo?

con quien esté dispuesta a recibir.

También hay que saber recibir.

No siempre es fácil coincidir.

Se da cuando una es afín.

Es hermoso,

es radical.

Es la vida misma con su afán.

La energía se complementa,

(¡qué lindo gesto aquel!)

hay espera, hay respuesta.

Es de silencio y apuestas.

Sincronías del ser,

del existir.

Dulce elixir del vivir.

Deseo de compartir.

Amar sin fin,

aunque sea solo

por un instante  fútil.

III

La incertidumbre

se hizo notar

y ya nadie

la pudo ignorar.

Ella nos viene a enseñar

a vivir sin esperar,

sin añorar.

Nos recuerda

que la vida

se encuentra

en los sutiles placeres

del

ahora.

IV

Yo soy

sensual,

sensualidad intensa

pero ligera.

Curvilínea,

me aparezco

entre las líneas

de las sinuosas

formas que me levantan.

Fuerte,

vulnerable,

creativa.

Mujer creadora

de espacios siderales,

de aprendizajes

y novedades.

Estoy en el camino

del aprendizaje sin fin.

Pido de todo corazón,

que los cabos desatados

al fin se encuentren

en la armonía del amor…

para que así me inspiren

a seguir

en el rumbo

del descubrir.

V

Sinergia

de la materia activa.

¿De dónde es

que viene la poesía?

De un lugar

que te pulsa a hablar.

Hay algo que decir,

quizás una risa

y nada más.

Algo por lo que reír,

por lo que soñar

o por lo que morir.

Es que así me sentí

y lo quise escribir.

VI

Una Diosa

recita suavemente en mis oídos

pequeños versos

que me hacen cantar.

Yo los escucho

y muy tiernamente

comienzo a actuar

con pertinencia total.

Me desenvuelvo

bien ligera,

contacto con lo interno externo,

respirar.

VII

Me baja la sangre

y es alivio espiritual,

soltar la carne

desde mi profundo interior.

Cual globo

que se colmó y explotó.

Me erotiza mi cuerpo,

yo misma

y mis posibilidades,

que infinitas son.

Me siento sensual

con mis curvas y mis formas,

mis olores y sabores.

Mi piel ardiente

atraviesa la acuosidad

de la existencia.

Comienzo a sentir

cómo hago el amor

con el aire.

En mis labios

brotan orgasmos

sólo de sentir

las suaves caricias del viento.

Me libero como la gata que soy,

la animala que soy.

Viviendo en el filo punzante

del sigilo salvaje.

Menstrúo placer.

Mi sangre menstrual

es la conexión con el cosmos.

A través de mi sangre

mis ancestras

vuelven a la vida.

VIII

Agradezco

lo que hoy acontece.

Me lleva

más allá de lo inmenso,

más acá de lo singular.

Pies,

sobre la tierra.

Coronilla,

hacia el cielo.

De la vida al deseo,

del deseo a la vida.

Guía.

Guíame,

que a veces me pierdo.

Ayúdame a ver

lo que se encuentre

por fuera de lo evidente.

IX

Adicción al amor esquizofrénico

que hace recorrer por mis venas

el placer y la nostalgia.

Imágenes saltadas de recuerdo idílico

que llenan mi corazón

con dudas respecto del tiempo pasado.

Tú,

desnuda sobre mi cuerpo,

durmiendo un día de verano

con el aplastante calor de la tarde

después del amor maratónico.

El presente es

mi mano sobre tus nalgas

y tu pecho sobre el mío.

Mi nariz

en tu cuello

y el aroma del amor

recorre hasta el fin de mis canales receptivos.

Me lleva a conectarme

de maneras nunca antes vistas.

Haciendo del deseo,

el único deseo.

Nuestra interacción,

tan única,

arraigada en nuestra primitividad,

recala lo más profundo de nuestras almas.

Conecta a nuestras ancestras hasta el momento presente

para estallar en creación infinita,

en el avistamiento del paraíso.

Tú y yo,

mi paraíso terrenal,

mi pozo profundo

que me aleja de la realidad.

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Nos quieren feministas. No clitóricas. Jessica Gamboa Valdés

Desde que los feminismos[1] han cobrado mayor visibilidad en la escena social y política posterior al movimiento feminista universitario en Chile, el año 2018, percibo una tensión más de parte de las mujeres que de los hombres. Esto ocurre cuando una, como mujer, se afirma en la diferencia sexual femenina y se rehúsa en abandonarla. En mi experiencia como mujer feminista y profesora en la universidad, de una carrera “históricamente femenina”, me he visto algunas veces expuesta a calificaciones como las de «cis»,  «hembrista» o «mujerista», justamente por decir que me hace sentido pensar en la libertad de las mujeres más que en la igualdad con los hombres y, sin duda, me ganaría el título de «transfóbica» si digo que quiero ser nombrada en femenino porque soy una mujer.

Antes o, mejor dicho, hasta hace muy poco tiempo, no sabía explicarme a mí misma un fenómeno que, por lo general, nos ocurre a muchas – si es que no a la mayoría- de las mujeres que ingresamos en la universidad y que guarda relación con una experiencia de ajenidad e inadecuación, pero que no logramos comprender de dónde proviene. Afortunadamente he leído el libro de la historiadora y maestra de la diferencia sexual María-Milagros Rivera Garretas “El placer femenino es clitórico”, publicado el año 2020, libro que me ha estremecido porque ha dado mayor profundidad a la toma de conciencia que había vivido con el feminismo radical de la diferencia.[2] Comprendí la desautorización de la madre como origen y dadora de la lengua materna en la civilización patriarcal y cómo esta desautorización se materializa en el profundo desarraigo en el que una como hija puede llegar a vivir debido a la violencia hermenéutica o clitoridectomía simbólica [3] que, sobre todo, en tiempos de igualdad y emancipación femenina experimentamos.

El desvelamiento de la gran estafa o fraude que ha significado la igualdad ha sido, precisamente, el  hacernos creer que hombres y mujeres somos iguales, en consecuencia, mucha de la violencia en contra de las mujeres es resultado de la política sexual basada en la teoría o principio de la unidad de los sexos que se puede resumir con lo que Simone Weil llama doble tirón o error de epistemología.[4] No es de extrañar entonces que el feminismo reivindicativo vea como un triunfo alcanzar poder social a través de la paridad o que ingresemos en la universidad en clave universal-neutra, pasando por alto que nacemos sexuadas en femenino y que el cuerpo femenino, dado por la madre, trae consigo un más que consiste en la capacidad de ser dos y una clítoris preciosa, fuente inagotable de placer, propia de la diferencia sexual femenina, la que hoy, a toda costa, quiere sustituirse por la identidad de género, o bien, con la figura de “persona menstruante o gestante”, tal como ocurrió en la reciente ley de aborto en Argentina. 

Los feminismos del siglo XXI, afianzados en la política de la identidad, han levantado una batalla por lo simbólico (Diana Sartori), queriendo reinstalar una y otra vez el orden de la espada[5]que rompe el origen femenino-materno y su lengua materna con la que decimos el sentido libre de ser mujer u hombre[6], porque el mundo es uno y los sexos son dos, cada cual con su infinito propio para significarse,[7] y dos son las aguas que se mezclan sin perder su singularidad.

La política de la identidad que va de la mano del poder ha conseguido posicionarse con un discurso inclusivo, el cual, sostenido por la fuerza de las leyes, termina fortaleciendo el doble tirón y profundizando la ignorancia impuesta sobre nuestras existencias como mujeres. De hecho, los últimos dos años, a propósito del movimiento feminista que paralizó a la institución universitaria, al que las académicas feministas llamaron el “Mayo feminista universitario[8]”,  facilitó el ingreso de los feminismos en las aulas, no así a las mujeres que quieren estar con independencia simbólica y su sentido libre para concebir cuerpos sin coito y conceptos sin falo[9]. Por eso afirmo que NOS QUIEREN FEMINISTAS. NO CLITÓRICAS.

La llamada “revolución feminista” a muchas nos gustó e hizo sentido porque sacó a la luz la violencia sexual oculta en las aulas universitarias, sin embargo,  no cruzó el umbral de la violencia hermenéutica, en efecto, fue progresivamente desplazándose hacia el reconocimiento de la multiplicidad de géneros o disidencias más que de la libertad femenina y, finalmente, el conflicto se condujo a una negociación que derivó en la institucionalización de protocolos de denuncia y cuotas de género absorbiendo a las mujeres en las disidencias. La instauración de normativas inclusionistas ponen mucho énfasis en el uso de un lenguaje -el debatido lenguaje inclusivo- que no es otra cosa que borrar la lengua materna, la única que señala sin jerarquía o dicotomía la diferencia sexual.

Sin embargo, en el final del patriarcado, cada vez más mujeres sabemos que no necesitamos del poder o de la fuerza de las leyes para ser y sentir como una mujer libre, menos del sucedáneo del pensamiento del pensamiento. Nada ni nadie puede imponerse sobre la verdad de las mujeres que es siempre femenina, porque el simbólico materno lo es.

La invitación es a sentirlo y decirlo, porque el placer de crear, sentir, hablar, gozar, amar, pensar… va acompañado del tesoro viviente que cada mujer tiene para sí misma: el placer propio del orgasmo clitórico, una pepita de verdad en lengua materna, que ha estado siempre como dice  Andrea Franulic, incólume esperándome/nos[10].


[1] Teorías y discursos provenientes desde los espacios académicos o de la política con poder, hoy parte del repositorio universitario -pensamiento del pensamiento- que abogan por las identidades de géneros, negando la diferencia sexual, principalmente, la diferencia sexual femenina. En Chile, se comienzan a gestar con los incipientes estudios de género post-dictadura y los feminismos queer o post-feministas.

[2] Así lo llama Andrea Franulic. Ver en la biografía política de Margarita Pisano, Una historia fuera de la historia, 2009. Me he reconocido en esta genealogía de pensamiento, pensamiento de la experiencia y práctica política, la de las mujeres, que toma forma en Feministas Lúcidas.

ver en:https://andreafranulic.cl/diferencia-sexual/pensamiento-radical-y-pensamiento-de-la-diferencia-un-contrapeso-necesario/

[3]  María-Milagros Rivera Garretas. El placer femenino es clitórico, 2020. Capítulo 2. Y que Lía Cigarini llama «pesadilla fálica».

[4] Significa verse enfrentada y obligada a creer en dos verdades simultáneas que son contradictorias entre sí.

[5] Barbara Verzini. La madre en la mar, el enigma de Tiamat, 2021

[6] Porque es la lengua que hablamos y aprendemos hablar oyendo a nuestra madre (o quien ocupe su lugar) en la coincidencia de las palabras  con las cosas, de esa forma, “traemos el mundo al mundo”, idea desarrollada por la comunidad filosófica Diótima.

[7] María-Milagros Rivera Garretas, La diferencia sexual en la historia, 2005

[8] Tiene como referencia al mayo estudiantil francés, referente masculino que se impone con el orden de la espada y la clitoridectomía simbólica, promoviendo la vaginalidad progresista. Mismas académicas que, el año 2010, se unieron a la consigna «Por un feminismo sin mujeres»de la disidencia sexual estudiantil CUDS. «por un feminismo sin mujeres» leer crítica de Andrea Franulic.

[9] María-Milagros Rivera Garretas. El placer femenino es clitórico 2020

[10] https://autonomiafeminista.cl/incolume-esperandome/

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Escritos de Feministas Lúcidas

Para Bárbara, Andrea Franulic

Para Bárbara

Las aguas saladas del libro de Bárbara Verzini 1 solo se pueden leer (y uso palabras de ella misma) con la carne abierta sin herida y no con los ojos de la vista; sus olas mecen con su movimiento en espiral y con la anchura de su mar, con la profundidad de los abismos y su oscuridad vetusta. Para leerlo, una necesita hacer tabula rasa, pues su autora lo ha escrito haciendo tabula rasa del Orden de la Espada, sustrayendo su sentido originario2 de la inerte filosofía masculina. Está escrito en y para la Era de la Perla, que no es una Era diacrónica, dice María-Milagros Rivera Garretas. Y como también dice, nos lleva al antes del antes, al origen, que siempre es de andadura femenina y materna, que crea a todos y todas ellas, como recita la cuarta línea del Enuma Elish: Muummu Tiamat crea a todos y todas ellas en la armonía del caos, donde todo se mezcla sin confundirse.

La leo y vuelvo hacia atrás y de nuevo hacia adelante y otra vez hacia atrás en el infinito movimiento de las olas de Tiamat y cada vez se me revela algo. Este libro no puede dejar indiferente a nadie, sales mojada, como la misma autora dice, y siempre distinta, radicalmente distinta.

No hay linealidad entre pasado, presente y futuro; ni entre el antes y el después, ni entre la niña que fui y la mujer que soy: niñas-viejas, dirá Adriana Alonso Sámano… “Es que [dice Bárbara Verzini] el sentir no separa, mantiene unidos adelante y atrás, antes y después, pasado y futuro, en un único movimiento circular…”.

Y así comparezco, y esta palabra resuena de otra manera en mí, como si por primera vez la pronunciara, comparezco ante “el infinito misterio de lo uno que es dos, entre las piernas de una mujer”, la verdad de las mujeres clitóricas en la Era de la Perla, que siempre ha estado aquí, como las aguas de Tiamat, como las aguas de la mar que nunca han dejado de fluir en las entrañas de toda mujer, de cualquier mujer, de una mujer cualquiera como yo…

Hace menos de una semana que Bárbara Verzini me invitó a decir mi experiencia de lectura de su libro, y yo no sabía que era una invitación de más de 4000 años, yo no sabía que al leerla iba a ir y a volver una y otra vez a mi vida toda, a mi infancia, a mi propio origen, que es al mismo tiempo el origen primordial de todo lo vivo. He estado sintiendo, soñando, mirando con la visión de las entrañas, sintiendo a la niña que soy, sintiendo la m de mi madre… La m, que es el sonido m que, con los labios de la boca tocándose, vibra con los de la vulva; no es la p áfona de la ley del Padre, del orden simbólico que puede ser solo patriarcal en tanto Orden…

Comparezco ante la sustancia de la lengua materna3, en los brazos y en la carne de mi madre como criatura recién nacida; lengua materna que la han pretendido arbitraria, que la han querido empequeñecida a la forma, intentando dejar la sustancia fuera, como fuera han aspirado a dejar la diferencia sexual, el mismo origen. Cómo no, si ha sido el Orden de la Espada de la lingüística, espada que, como todas, separa, cercena e intenta doblegar sin éxito la mezcla armoniosa, en el caos, de sonidos, sabores, olores, tacto; lengua siempre motivada y siempre en relación.

Solo puede haber relación en el origen, dice la autora, y solo puede haber sustancia en la lengua materna, y se me han quedado sus palabras, esas que ella dice que “respiran, sudan, se mueven, se persiguen, saltan y juegan”, pegadas a la carnosidad de mi lengua, sus sonidos vibrantes trabajando dentro de mí: una madre solo puede ser clitórica, toda madre es Muummu, todas somos madres y somos únicas, y esta verdad no deja sitio a la envidia entre mujeres porque aquí el Mal no tiene lugar…

Ese Mal de Apsu al que la Diosa le cierra sus aguas, aunque igualmente toca su corazón porque la quiere separar de sus criaturas. El toque del Mal que también es el toque de la tristeza y que siempre está al acecho, a veces, en la figura de la ficticia mujer patriarcal, que se camufla en lo que Bárbara Verzini, en los encuentros mensuales a los que nos convoca, ha llamado el “teatro de la práctica de la relación”. Por eso hago tabula rasa de mi propia vaginalidad 4 … Como su libro enseña, solo el Bien puede ser radical5

Asimismo, enseña que ninguna madre es Ummu, eso es falsedad misógina de la Espada de Marduk que intenta desmembrar las olas de la m y la u que es la clítoris; falsedad es la vagina y el orgasmo vaginal, falsos son los géneros y las identidades, mentiras misóginas ancladas a la gran mentira matricida del Orden patriarcal, que aspira a crear ex nihilo, pero solo reproduce, repite, idéntico a sí mismo, estancado cual Apsu…

La niña que fui corrió el riesgo de ahogarse en la mar a los 9 años de edad, la niña que soy amaba la inmersión6 en las profundidades de la mar, deseaba entrar en sus abismos, amaba permanecer flotando; ama sentir el agua en los pliegos del cuerpo, en los poros, el pelo empapado, la piel escamosa, reseca por la Sol del desierto de Atacama…

Leerte, Bárbara, me ha traído de vuelta esta historia de mi vida y la he sentido con la carne abierta sin herida. Así como has escrito e interpretado libre de patriarcado el Enuma Elish y, junto a este mito mesopotámico, todos los mitos patriarcales han sido desenmascarados, he recordado cómo los hombres de mi familia -mi padre, mis tíos- salieron a mi socorro y no pudieron, la dragona serpiente Muummu Tiamat no dejaba que se acercaran a mí, los absorbía en sus corrientes, mientras me iba llevando cada vez más adentro… Yo no tenía miedo, solo estaba cansada de nadar, entonces me puse de espaldas y dejé que la monstrua me sostuviera…

Ningún hombre me pudo salvar porque ningún hombre puede salvar a una mujer, porque una mujer está siempre antes7. Como enseña tu libro, los héroes son del Orden fálico, solo hay esfinge y hay enigma clitórico… Mi cuerpo inmaculado de niña no fue rescatado por otro cuerpo; en un flotador con una larga soga que alguien jaló, regresé intacta a mi orilla…

Bárbara Verzini, he dejado que tus olas me mojen, y he emprendido el viaje con una mochila ligera como sugieres, y todavía no acaba porque no es finito, aun así, mira dónde me ha llevado: al antes del antes, que, como dices, es abertura al infinito antes de apertura a otro cuerpo, abertura con b que también vibra (traducción del italiano hecha con el placer de María-Milagros Rivera Garretas). Gracias, Bárbara, ojos oscuros de Babau, monstrua preciosa del Lago Ness, labios carnosos que nos y me invitan a nunca más cerrar mi boca ancha de rana para decir la verdad, mi verdad. 


[1]    Bárbara, Verzini, La madre en la mar. El enigma de Tiamat, Verona-Madrid, Colección a Mano, Edición Independiente, 2021. Traducción del italiano de María-Milagros Rivera Garretas.

[2]    Idea de María Zambrano.

[3]    Ver Luisa Muraro, El orden simbólico de la madre.

[4]    Ver “Mujer clitórica y mujer vaginal” de Carla Lonzi.

[5]    Lo dice también María-Milagros Rivera Garretas en su libro El placer femenino es clitórico.

[6]    Inmersión y emersión, así titula partes de su libro, la autora.

[7]    Dice, incansable, María-Milagros Rivera Garretas.

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Escritos de Feministas Lúcidas

Cuando el deseo de una hace circular la autoridad femenina, Jessica Gamboa Valdés

Bienvenida la escritura femenina. Lanzamiento de la Biblioteca Itinerante de Feministas Lúcidas

01 de mayo, 2021

Primero que todo, estoy muy emocionada por este lanzamiento de la Biblioteca Itinerante de Feministas Lúcidas, lo siento como un nacer o un hacerse inicio para traer algo nuevo al mundo, ustedes dirán ¿qué de nuevo? si los libros ya están escritos y existen ya en el mundo. Eso es muy cierto. De igual manera como también hay relaciones cotidianas entre las mujeres, entre madres e hijas o entre amigas y,  sin embargo, no las nombramos o no le damos valor porque, justamente, lo que no está presente es el simbólico de la madre mediando estas relaciones, y nosotras, las mujeres, sabemos lo que implica esta ausencia de la madre como dadora de vida y palabra, es decir, de su lengua materna, porque la hemos sufrido  (algunas más, otras menos) bajo la miseria simbólica del orden patriarcal.

Si reconocemos la autoridad materna como origen significa que hacemos principio o inicio en el “aquí y ahora”, ya que la riqueza dada por la madre la podemos restituir en la relación con otras y través de intercambios con nuestras palabras, creaciones, gestos, entre otros,  que traen el sentido genuino de la autoridad (de augere), cuya cualidad es relacional. Ahora bien, los intercambios hay que nombrarlos y eso es un trabajo político precioso porque pone en circulación la autoridad femenina como “mediación viva”[1] con la medida de sí, del propio deseo y en relación con el mundo.

Yo he tenido la fortuna de vivir la experiencia que considero de autoridad femenina, reconociendo la presencia de las figuras de intercambio como la contratación y las ganas de ganar [2] que se ha dado en el grupo de las Feministas Lúcidas, espacio que comenzó en 2014 como un club de lecturas y que, con el pasar de los años, se ha transformado en un lugar fértil, donde encuentro auge porque practico con otras la política de las mujeres -política relacional- que ha sabido de la necesidad de restituir la autoridad de la madre para vivir en libertad, que es relacional.

El año pasado (2020) hice explícito mi deseo: “quiero tener libros físicos para compartir con otras mujeres”, deseo de hacer circular a las autoras que leemos y nos gustan, las que a mí, personalmente, me han dado mucho auge y en su mayoría son autoras que hemos conocido a través del pensamiento de la diferencia sexual. Primero se lo comenté a Andrea, mi compañera de vida y semejanta política, a ella le encantó la idea y me ha dicho que lo comente a las mujeres del grupo para saber qué les parece, con eso me sentí ya muy segura y animada, luego se lo hice saber a las chiquillas siendo mi deseo muy bien acogido, pues solo fue eso, decirlo sin saber cómo y qué resultaría porque primeramente la idea era que cada una comprara y donara un libro. Posteriormente las cosas se fueron dando en la medida del propio deseo, sintiéndome en la completa  libertad y autorización para hacerlo. Así fue que comencé a gestionar algunos libros con Sabina Editorial a través del correo electrónico, recuerdo que Carmen Oliart una de las socias, me respondió muy alegre con la propuesta, luego continuamos con algunos correos más hasta concretar el modesto y preciado pedido. Estamos muy agradecidas del tiempo que se tomaron para hacernos llegar las joyas que colocan en el mundo.

Pasaron varios meses entre medio de la pandemia y sin proponérnoslo fuimos coincidiendo en las redes sociales y compartido algunos encuentros virtuales, entablando una bella relación con las mujeres que conforman la Editorial Sabina, Ana Mañeru, Carmen Oliart y  Eva Sánchez. Esta  relación nos ha traído mucha felicidad, sobre todo y quiero hacer explícito en nombre de Feministas Lúcidas nuestro reconocimiento y afecto por Ana Mañeru Méndez, quien ha apoyado el proyecto de la biblioteca itinerante donando joyas de su biblioteca personal. Su presencia mágica e inesperada nos hizo también sentir y saber que lo que estábamos creando era algo muy grande y nos lo tomamos muy en serio. De esa manera hemos trabajado durante muchos meses, cada una asumiendo una tarea a su gusto. Por ejemplo, creamos la página web de feministas lúcidas, diseñada y pensada por nosotras para colocar en el mundo nuestra política de las mujeres y haciendo registro de la historia del grupo y, por supuesto, allí está el catálogo de la biblioteca. Puedo decir que desde puse mi deseo en palabras me he sentido autorizada por cada una  de mis semejantas que, al igual que yo, deseamos restituir el simbólico de la madre en el mundo.

Este primero de mayo estamos haciendo el lanzamiento oficial de la biblioteca Itinerante de Feministas Lúcidas, la que funcionará, por ahora, en la ciudad de Santiago de Chile de forma gratuita. Es la manera en que queremos convidarlas a hacerse mediación viviente, ya sea  leyendo, hablando, sintiendo, pensando, creando, para que el deseo y la autoridad femenina que hizo posible esta proyecto de biblioteca impregne el deseo de ustedes por amor a la escritura femenina y su existencia libre.


[1] Desarrollada por Clara Jourdan, en intercambio con Luisa Muraro y Lia Cigarini,sobre autoridad femenina.

[2] Figuras de intercambio desarrolladas por Lia Cigarini.


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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

La lengua materna con su alcance infinito, Ana Mañeru

La Lengua materna con su alcance infinito, Ana Mañeru Méndez.

Madrid- Santiago (Universidad de Chile), 13 de mayo de 2021

Gracias Andrea por invitarme a hablar. Es un honor y una alegría para mí poder  compartir esta clase con vosotras y vosotros.

Cuando tenía solo cinco años tuve que aprender un pequeño poema para recitarlo en público en el colegio de monjas al que asistí durante trece años. Iba disfrazada de carmelita descalza y representaba a la mística francesa Santa Teresa  de Lisieux. El poema, que no he olvidado nunca, decía así:

“Encontré un fácil atajo

para llegar a esta cumbre

y ardiendo en divina lumbre

¡aquí me tienes Señor!”

Pasé mucha vergüenza porque era tímida y lo sigo siendo. Pero a pesar  de eso lo recité firme, aunque estaba temblando por dentro como una que obedece (de ob-audire) que oye algo que está fuera y también dentro de sí, su destino, su vida. Desde entonces he tratado de responder a lo que oía lo mejor que he sabido, con temor reverencial pero también con ardor, con pasión. Han sido respuestas a las llamadas que me invitaban a alcanzar cada una de las cumbres que iba encontrando en el camino. La invitación de vuestra profesora Andrea Franulic Depix es una de esas llamadas a la que he respondido sin dudar. Así que ¡aquí me tenéis!

La cumbre de hoy es llegar de nuevo a la lengua materna, recuperar la que aprendimos de nuestra madre en los primeros años de una forma relacional y amorosa, no reglada, cuando ella o quien estuvo en su lugar, nos enseñó a hablar con placer haciéndonos viables en el mundo. Digo llegar de nuevo pues se trata de recuperar la lengua que ya teníamos, la que ella nos regaló. Es decir, se trata de  recuperar el cuerpo con su capacidad inseparable de hablar en lengua materna, que es la lengua en la que las palabras se corresponden con las cosas. Esta no es una tarea pesada ni larga ni difícil, como podrían hacernos creer muchos de los tediosos aprendizajes de reglas y normas gramaticales, que hemos recorrido desde la infancia para lograr lenguajes, que se dicen correctos pero no lo son. La nuestra es una tarea que, de hecho, es instantánea y luminosa cuando ocurre. Nunca termina y requiere comprometerte cada vez en la búsqueda del “fácil atajo” que es el del amor a la verdad. El atajo que permite dar un salto de toma de conciencia en libertad. Los atajos de los que hablaré siempre tienen que ver con el amor y con la libertad.

El salto que supone la toma de conciencia en libertad llega cuando te das cuenta de que, con los años, tu lengua materna se ha ido viendo desplazada por distintos lenguajes, los llamados de prestigio social, que se imponen con violencia desde el poder. Son la mayoría de discursos académicos, científicos, económicos, religiosos, políticos y culturales que tapan lo que es, en lugar de desvelarlo y de nombrarlo sin artificios, porque están en juego otros intereses que no tienen nada que ver con el amor, con el amor al mundo y a la palabra que lo nombra con verdad y belleza.

Los lenguajes artificiales que se superponen a la lengua materna construyen realidades paralelas, pseudolenguas falsas como las que hoy circulan a toda velocidad por las redes. Pero no lo ocupan todo, como ocurría con el patriarcado, que finalmente ha terminado aunque todavía sintamos sus coletazos muy violentos. El antídoto es cultivar la lengua materna con esmero como quien tiene un tesoro que debe custodiar. Justo como ya lo hemos hecho y seguimos haciendo muchas mujeres y algunos hombres. Quizá como ya lo estéis practicando en este curso con vuestra profesora. Y el camino está hecho de movimientos que pueden sonar abstractos, pero luego los aterrizaré con ejemplos de la experiencia, de la mía que es de la que puedo hablar.

El primer movimiento es tomar conciencia y no confrontar con los lenguajes artificiales y artificiosos construidos contra la lengua materna. Se trata de usar la propia lengua sin miedo, junto con otras y otros que te ayuden a no perder el principio de realidad y a no perder tu energía, la que necesitas para conseguir lo que deseas.

El segundo movimiento es sustraerse a esos lenguajes todo lo posible, buscando canales nuevos de comunicación o creándolos cuando no los encuentras. Esto no quiere decir montar una cadena de televisión o una multinacional de la tecnología logística-mediática. Con una interlocutora o interlocutor fiable basta y luego vendrán más, con quienes te transformas  haciendo(te) lugar en el mundo, haciendo mundo, desplazando y repeliendo los no lugares, los lugares vacíos de mundo, que es como llamo a los lugares de destrucción de sentido. Lamentablemente hay muchos y proliferan, por eso hay que estar muy alerta y en relación para avisarnos cuando nos deslizamos hacia el vacío.

El tercero movimiento es leer autoras y autores que valen la pena porque le dicen algo nuevo a tu vida que te ayuda a entenderte y a entender a otros y a otras. También frecuentar obras de artistas que te tocan el alma y te ayudan a hablar en primera persona, partiendo de ti y dando valor a la experiencia, no a las tonterías que ocupan tanto sin decir nada.

El cuarto es atreverte a hablar como quien eres. El mundo es uno y los sexos son dos, femenino y masculino. Todas y todos Nacemos de mujer, de sexo femenino, como ya escribió Adrienne Rich en los años ochenta en el libro que lleva este título. Cada tiempo histórico tiene sus retos, sus descubrimientos y también sus trampas que nos toca desvelar. Actualmente, yo soy una mujer que quiero ser nombrada y nombrarme como tal en femenino, con todo el respeto hacia quienes no se sientan hombre ni mujer y quieran nombrarse de un modo nuevo, pero nuevo, sin que yo tenga que cambiar mi nombre, cosa que no deseo porque no me siento ni reconozco incluida en los nuevos nombres colectivos que dicen proponerse para no discriminar y discriminan justo a quienes les quitan el suyo con el que están a gusto. Sé que este es un tema muy controvertido pero no tenemos que tener miedo a hablar de él por corrección política que se vuelve incorrección sin más. Por eso me pregunto:

¿Transfobia como oposición a transfília?  ¿Transexclusión frente a transinclusión? Son palabras para categorizar en abstracto que se usan para hacer bandos y como insultos. Yo no las uso porque siento que no me corresponden ni me dan ninguna luz, solo veo odio cuando alguien más que pronunciarlas las arroja como quien tira piedras.

¿Lenguaje inclusivo que de hecho excluye, porque quiere sustituir las palabras que dicen hombre y mujer por otras que borren esa diferencia? No lo entiendo, no me parece que tenga sentido.

¿Feministas históricas como oposición a feministas modernas? Mientras estás en la tierra la edad es un factor evidente pero no determinante para tu vida y tu pensamiento. Hay mucha gente joven envejecida y viceversa. Hay una parte de la juventud que desprecia su genealogía e ignora a quienes han vivido antes y han conseguido grandes logros y también una parte de gente vieja que se cierra a cualquier cambio del tiempo presente porque se ha estancado en el pasado sin actitud crítica. 

He hablado de movimientos que pueden sonar abstractos pero ahora pondré un ejemplo que muestra cómo son posibles y dan felicidad además de orientarte en la vida. Doy fe de ello con mi propia vida en la que he pasado por muchos trances difíciles, pero siento un profundo agradecimiento a lo que se me ha presentado como destino como oportunidad de sacri-ficio, no en el sentido tradicional de sufrimiento en el que ha derivado esta palabra, sino en su sentido  original de sacro-facere, de hacer sagrado algo, en este caso hacer sagrado el propio destino, la propia vida.

Un grupo muy pequeño de profesoras de primaria, en los años setenta del Madrid del siglo XX, hablando simplemente al salir de trabajar en los colegios donde dábamos clase, nos dimos cuenta de que estábamos enseñando una gran mentira repitiendo en el aula lo que decían los libros: que el uso del masculino como si fuera genérico era válido para nombrar a niñas y niños, hombres y mujeres y además era lo correcto.

Primero tomamos conciencia de que esto no era verdad ni para nosotras ni para las alumnas ni para ninguna mujer. Entonces sin discutir ni pedir permiso a nadie, empezamos a hablar en femenino y en masculino, en clase, en las reuniones del claustro y en los movimientos de renovación pedagógica que frecuentábamos. Este gesto tan sencillo que no necesitaba leyes ni presupuestos fue una revolución, solo contestábamos escuetamente a los ataques que recibíamos por nuestra iniciativa, que fueron muchos y disparatados. Algunos compañeros se unieron tímidamente a este cambio y fue muy de agradecer porque ellos también recibieron críticas. A partir de ese momento ya nunca más aceptamos ni volvimos a enseñar el lenguaje masculino usado como si fuera universal, al que, por cierto, llamaban también inclusivo pero con un significado precisamente opuesto a su uso actual.. 

El segundo paso fue seguir la pista a lo que íbamos descubriendo y tratar de escribirlo: en resumen vimos que ese lenguaje lo impregnaba todo, las relaciones de y entre los sexos, las concepciones violentas de la sexualidad, el desprecio por lo femenino, la falsificación de la genealogía femenina, los usos del tiempo y los espacios de alumnas y alumnos, los juegos, los libros de texto, las actividades extraescolares, las relaciones con las madres y los escasos padres, las jerarquías escolares de todo tipo, donde ellos tenían el poder aunque casi nunca la autoridad. Tengo miles de anécdotas de aquellos años en los que vivimos esta revolución simbólica apasionante, nosotras dimos un salto del orden simbólico, un salto del lenguaje establecido para recuperar la lengua materna. Un salto de vértigo para el patriarcado que empezaba a tambalearse. Ahora sé contarlo, pero entonces toda la energía la empleábamos en vivirlo Y está bien porque cada cosa tiene su momento.

El tercer paso fue dedicarnos a leer autoras y algún autor y comentar, concretamente yo leía a San Juan de la Cruz por su poesía amorosa, que ampliaba también el horizonte de libertad  masculina. Nuestras autoras favoritas fueron Adrienne Rich y Emily Dickinson, estas fueron las primeras para mí.  María Zambrano, Clarice Lispector, Luce Irigaray, Luisa Muraro y Milagros Rivera vinieron después junto con colaboradoras de las revistas Via Dogana, editada en Milán, y Duoda, editada en Barcelona. Tratábamos de captar las palabras que resonaban en nosotras con júbilo por expresar con acierto y precisión lo que sentíamos. Luego las repetíamos como mantras, porque nos servían para responder a lo que  queríamos decir pero aún no sabíamos cómo o no nos atrevíamos a decirlo con palabras propias.

El cuarto paso fue cuidar, revisar y recrear la lengua que hablamos, hablar y escribir venciendo el temor a equivocarnos, a no saber bastante, cultivando las relaciones de reconocimiento de autoridad femenina entre mujeres y también con hombres no patriarcales. A pesar de los fracasos, quisimos seguir confiando para fundar lo que deseábamos que existiera y no estaba en el mundo, viendo con tristeza el fin de algunos proyectos pero ilusionadas por el nacimiento de otros, dejando caer con ligereza lo que nos sirvió en su momento pero ya no nos servía más. Se trataba y se trata de cuidar mucho las palabras cada vez, para que no se filtren el poder y la violencia, para no dejarnos deslumbrar por el conocimiento científico y técnico, casi siempre ciego a la vida y las relaciones, para que no nos arrastren la ciencia positivista con su acumulación de datos abstractos que oscurecen el saber concreto de la experiencia y nos dejan sin suelo, sin aire y sin agua. Sin fuego también, ese fuego que nos hace arder en la divina lumbre, de la que hablaba el poema que recité cuando era muy pequeña sin saber todavía su alcance cósmico, fuego de estrellas, de constelaciones, de galaxias, de infinito. Un fuego que nunca he olvidado.

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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

No Somos Vulnerables, Hemos Sido Vulneradas, Sandra Lidid

No Somos Vulnerables, Hemos Sido Vulneradas.

En los años 60, Kate Millet plantea que la cuestión de la jerarquía pone al los nacidos hombres en un plano de superioridad sobre las nacidas mujeres y que esto va más allá de las clases sociales, las diferencias raciales y políticas. Es entonces cuando el movimiento feminista asoma la cabeza desde el feminismo de la igualdad  y pone en cuestión la base histórica política y económica del patriarcado. Esta nueva mirada cuestionará la relación de la civilización con el planeta.

Desde esos tiempos  la política de los acuerdos  entre machos se inmiscuye en el movimiento feminista para volverlo a poner en la política de la igualdad patriarcal. En los años 80, muchas feministas resistimos, pero la intervención de la Cooperación al Desarrollo, sus programas y dineros, concretaron la división del movimiento feminista. Un enjambre de ofertas logró que dejáramos de ser compañeras o hermanas y aparecieron las “expertas” en mujerío.

En Chile, desde el feminismo autónomo denunciamos la intervención de las políticas patriarcales que se apropiaron de la Casa de la Mujer La Morada y de Radio Tierra y Casa Sofía, todas instituciones que fundó Margarita Pisano para que el feminismo creciera como un hecho político autónomo, libertario y digno.   A poco andar, la cooperación al desarrollo recupero esas instituciones para que volvieran al caudal de la ideología de la igualdad patriarcal. En esa misma época, cada partido de la igualdad en el neoliberalismo creó su propia institución de mujeres y desde allí implementaron los programas que la cooperación al desarrollo tenía para las mujeres. Muchas mujeres de esas instituciones se han beneficiado durante 30 años del simulacro de democracia neoliberal.

La autonomía fue invisibilizada, descalificada,  menospreciada y sobre todo, aislada. Frases como “nuevo trato”, o palabras como propositivo, inclusión, conciliación, reconciliación aparecen en el lenguaje cotidiano. El pueblo y básicamente las mujeres son representadas como objeto de beneficencia. Este lenguaje que nos señala como vulnerables, en situación de riesgo, de calle y otros, oculta la responsabilidad de los victimarios.

Fueron más de 30 años difíciles. No encontrábamos a nuestras compañeras… hasta que el estallido social  y la explosión de un feminismo desconcertante por sus masividad, variadas formas y contenidos, irrumpe en las calles. Ese feminismo es heredero de la resistencia al neoliberalismo y al patriarcado. Pero no solo el feminismo autónomo está al origen de la revuelta, son múltiples las personas y organizaciones artístico-culturales y políticas que han resistido desde los más recónditos y acorralados lugares del territorio.

Hoy el patriarcado, amenazado en sus raíces, tiembla y dispara para espantar a la bandada. No tiene con quien conversar, con quien dialogar, con quien sentarse como gente “decente” a planificar la gobernabilidad.

Los monstruos de la gobernabilidad desatan sus feroces demonios contra el estallido social.  Sin embargo este los desafía una y otra vez. Los monstruos saben que a la primera de cambio su sistema puede reventar. Los monstruos de la gobernabilidad están despavoridos, perciben el despeñadero que tienen a sus pies.  Los monstruos buscan en el basurero de la historia y se agarran de lo que encuentran a mano para no caer al despeñadero. Balbucean que son  feministas y a falta de convicción sacan a relucir mujeres dispuestas a dar un pasito más en la ignominia. Estas mujeres llaman a la gobernabilidad, la reconciliación, la concordia, la paz, la igualdad, y desde un supuesto feminismo   y  por un puñado de pesos, negocian directamente con la extrema derecha, con la misma que ayer, hoy y mañana violaron, violan y violarán los derechos fundamentales para la sobrevivencia del planeta.

Sandra Lidid

abril 2021

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Escritos de Feministas Lúcidas

¿Has sufrido alguna vez violencia hermenéutica? Andrea Franulic

¿Has sufrido alguna vez violencia hermenéutica?[1]

Tengo un recuerdo, de esas imágenes de la memoria de la infancia que si nos piden que detallemos, se esfuman. Yo creo que no tenía más de 3 años. Iba de la mano de mi madre, entrando a su lugar de trabajo. Yo, tomada de su mano, le pregunté por la palabra que nombraba a la cosa que estaba viendo ante mí y que era un lugar: un edificio con bancas, caminos, pasillos y desierto alrededor. Ella me dijo “universidad” y yo repetí “universidad”. Me costó la pronunciación porque es una palabra larga, pero finalmente la pronuncié como mi madre me enseñaba: u-ni-ver-si-dad.

El lugar de trabajo de mi madre era la universidad de Antofagasta, ciudad costera del desierto de Atacama. La universidad de mi madre era un laboratorio con tubos de ensayo y sustancias, un bioterio con ratas blancas y una pizarra gigante para escribir con tizas. Mi madre era bellísima y muy joven. Mientras ella trabajaba, yo rayaba la pizarra y, luego un poco más grande, jugaba a ser profesora. También nos llevaba a casa elementos de laboratorio para que jugáramos con mi hermano. Así, teníamos tubos de ensayo, pipetas, matraces y otros elementos con los que imaginábamos ser científica y científico. Pero a mí me gustaban más las letras y me encantaban las pizarras.

Cuento esta experiencia porque creo que, de alguna manera, me salvó, quizás no totalmente, de la violencia hermenéutica que me tocaría vivir en mi vida adulta también como mujer universitaria. Me salvó porque conocí la palabra que nombraba la cosa desde la lengua materna de mi madre, tomada de la mano de su simbólico, y la vi a ella, la vi concebir conceptos con placer. Sin embargo, ahora pienso, cuánto, la violencia hermenéutica, le habrá matado su ruiseñor. Y me duele pensarlo. Me duele pensar que mi madre sentía placer en lo que hacía, pero cuán sucedáneo era dicho placer, pues permanece en la institución universitaria hasta el día de hoy y a veces la noto cansada y triste. ¿Cómo puedo volver su ruiseñor a mi madre?

¿Y qué pasa conmigo y la violencia hermenéutica? Como decía, siento que mi madre me ha rescatado de ella, sin saberlo. Me ha rescatado porque también me permitió contemplarla desde pequeña y verla, hermosa y concentrada, estudiar. Me animaba la forma rápida en que movía el lápiz para tomar los apuntes que leía de sus libros de bioquímica. Yo sentía placer mirándola y admiración por su letra grande, redonda y manuscrita. Así, siendo niña, sentí y viví el placer de concebir conceptos sin falo, inspirada en mi madre.

Por ejemplo, sentía mucho placer haciendo las caligrafías que mi maestra Cristina, que mediaba con Amor su práctica educativa, nos mandaba a realizar a diario. Sentía placer porque lo pedía ella y yo las escribía pensando en que ella las iba a leer, entonces en lugar de copiar los cuentos de los libros escolares (en esto consistía la tarea de la caligrafía), yo inventaba mis propios cuentos y ella se alegraba mucho, felicitándome. Ese placer de concebir conceptos sin falo siendo niña, lo he sentido en mi práctica de la política de las mujeres siendo adulta, en especial, con la escritura femenina. Y reconozco, reconozco en estas experiencias de niña-vieja [2] “el placer de la concepción de conceptos”.

Mi madré me salvó, aunque cuando yo creciera ella consideraría que mi único destino posible era la universidad. Yo he estudiado, luego de mi carrera de pedagogía en castellano, un magíster y un doctorado en lingüística: pesadilla fálica, pensamiento del pensamiento, violencia hermenéutica. Fui ayudanta de un profesor de gramática o morfosintaxis mientras cursaba el pre-grado: pesadilla fálica que niega la lengua materna para transformarla en sistema de signos abstracto, equivalente a un tablero de ajedrez, al que puedes jugar e incluso entretenerte con inteligencia, pero que es solo eso. Finalmente, decidí abandonar esta ayudantía y seguir mi deseo. Como muchas, y como mi madre, sentía placer por el estudio y, como podía, extraía algo del sucedáneo que me daban y llegaba a sonreír.

No fui inmune a la violencia hermenéutica universitaria. Es más, podría ahora mismo enumerar algunos ejemplos y ya van siendo varios, pues desde que la sé nombrar, gracias a la visión de María-Milagros Rivera Garretas, también me voy dando cuenta del daño que me ha hecho, considerando todo aquel que no veo o no llegaré a ver porque “la vida del alma queda afectada para siempre”. Por ejemplo, en el doctorado, tuve la experiencia patente de la violencia hermenéutica universitaria en todo su esplendor, la de “presentarse el placer cognitivo masculino como placer cognitivo universal”: el lenguaje árido sin entrañas, el ritmo despiadado de las evaluaciones, la competencia por la nota o el cargo, la obsesión por objetivar, la imposición del método científico, el pensamiento crítico del análisis de discurso, etc.

Sin embargo, al mismo tiempo, siento haberla esquivado bastante y he querido, en este ejercicio, darle algo de luz a este esquivar y redimir el daño sufrido, también por mi madre. He permanecido en la universidad como espacio académico y laboral sin que esto me haya quitado el placer de la escritura femenina libre que, en mi caso, ha ido de la mano de la política de las mujeres. Mis energías creadoras las he puesto y las he descubierto en las relaciones entre mujeres, siendo estas siempre más prioritarias y fundamentales para mi vida que cualquier otra cosa.

Para esto, he equilibrado el tiempo y el dinero, procurando horarios flexibles, sin concursar nunca, hasta ahora, para tener una jornada o un cupo en la universidad que implique permanencia en ella. Me ha guiado Kairós[3]. Esto, en mi país, implica menos dinero y menos estabilidad económica, pero luego de años, donde al principio experimentaba bastante precariedad, he logrado vivir sin que me falte nada, siempre procurando lo necesario materialmente para el placer de la concepción de conceptos.

En los últimos años, en los que el patriarcado ha llegado a su final, he logrado aunar tiempo libre y estabilidad laboral: algo inusitado que no pasa por contrato laboral ni lobbie alguno, sino por el estar en relación y por el reconocimiento de mis aportes y la importancia de mi presencia allí, porque otra vio autoridad en mí. Y me refiero a los últimos años en los que he leído en profundidad a las autoras del pensamiento de la diferencia sexual, abriéndome a integrar los espacios de mi vida y a dejar de existir escindidamente.

Junto a la política de las mujeres y la escritura femenina, he ido haciendo de mi paso por la universidad una experiencia de placer clitórico, porque soy profesora y he aprendido a estar en el aula en femenino [4]. ¿No es acaso esa pizarra grande de fondo negro donde el sonido de la tiza resonaba en mi alma de niña? Mi madre, entonces, así de jovencita, también era profesora en la universidad y lo sigue siendo. Su hermana es profesora de escuela. Mi tía abuela fue profesora normalista. Cuando digo menos escindida, me refiero a que esta genealogía materna y femenina vive dentro mío y, junto con ella, el placer femenino de la concepción de conceptos.


[1] Escritura a partir del ejercicio y tema 6 de la asignatura Sexuar tú la política, impartida por María-Milagros Rivera Garretas
en el máster de Estudios de la diferencia sexual en Duoda, Universidad de Barcelona.

[2] Expresión que me enseñó Adriana Alonso Sámano.

[3] El tiempo de las relaciones. Ver María-Milagros, Rivera Garretas, Mujeres en relación. Feminismo 1970-2000, Barcelona, Icaria, 2001.

[4] María-Milagros, Rivera Garretas, “Estar en el aula en femenino”, El amor es el signo. Educar como educan las madres, Madrid, Sabina, 2012, p. 28.