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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

Lengua Materna: Voz y sentir de las entrañas / Lengua de Diosas, Adriana Alonso Sámano

Lengua Materna: Voz y sentir de las entrañas / Lengua de Diosas

A mi querida Maestra y Amiga, Andrea Franulic Depix

Adriana Alonso Sámano

29/04/21

Nacer y hablar son hechos que van unidos de manera indisoluble: respirar y emitir sonidos. El aire es tan indispensable para la fonación como para la vida; comunicarnos y vivir; estar en relación y vivir. Cuerpo y palabra constituyen una unidad, cuya autora es la madre.”




Andrea Franulic Depix1
 

Deseo agradecer infinitamente a mi escritora favorita, después de leerla tantos años ahora tengo la gran fortuna de sentir que es mi amiga favorita, la preciosa Maestra de Lengua Materna, Andrea Franulic Depix, por abrirme las puertas de su hermoso espacio de relaciones fértiles con sus queridas alumnas y alumnos que yo sé que ella ama profundamente.

Tener a la Doctora Andrea como Profesora de Lengua es de verdad una gran fortuna en este mundo, porque Andrea es una mujer y maestra infinita y maravillosa que siempre habla en Lengua Materna. Habla en lengua materna porque habla siempre desde sí misma, desde la experiencia de sus entrañas, y se nombra y enuncia en femenina libre, no habla desde el supuesto “sujeto masculino neutro” de la academia. La autenticidad de su sentir trae al mundo la verdad en su presencia y en sus palabras mágicas que nos encantan y despiertan al deseo original y libre de hablar y nombrar/se en nuestra lengua original, la lengua de la madre. Lo que nos hace amarla es la magia y misterio de la lengua materna de Andrea, lo que nos hace disfrutar tanto de sus lecciones, textos y conversaciones.

Habrán notado que los discursos académicos o de partidos “políticos”, de los medios etc. están en un lenguaje desalmado, desencarnado, sin misterio, aburrido, teórico e ideológico de las ideas, que repite el pensamiento del pensamiento de otros, siempre en masculino, incluso de mujeres que intentan incluirse en un masculino supuestamente “neutro y universal” que repite el canon oficial patriarcalizado; este es el lenguaje del poder, no es lengua materna. La lengua materna no hace copias falsas de la experiencia.

Cito las palabras de la Maestra Andrea:

“Pensemos en la mujer clitórica, la mujer clitórica que tiene independencia simbólica de lo masculino, es aquella que recontrata o contrata más bien con la madre, la mujer clitórica contrata con el origen, es la mujer que busca su autenticidad. Entonces, esa independencia simbólica que andamos anhelando aparece solamente en este caso con la contratación con la madre. La llamada independencia simbólica que sucede en la sociedad del padre es la que nos trae como costo el desorden simbólico, esto es lo que nos cuesta esta independencia en la sociedad del padre, nuestro desorden simbólico y finalmente nuestra mudez.”

Andrea Franulic Depix 2

El costo de la supuesta independencia patriarcal del “sujeto neutro universal”, independencia del origen materno, es la inautenticidad.

La mujer clitórica, visión genial de Carla Lonzi, es la forma auténtica de concebir, dice María-Milagros Rivera Garretas, no sólo criaturas humanas, de concebir al mundo, concebirse y concebir conceptos en Lengua Materna. Son mujeres que conciben libremente. Están unidas con los hilos indestructibles de femenino libre que trascienden tiempo y espacio. Tiempo y espacio encarnado y poético de la creación femenina libre y auténtica.

La mujer clitórica es La que sabe. La que nombra. Porta y trae al mundo la medida de la lengua materna original y originaria desde otro mundo, sus entrañas. Porta y trae al mundo la libertad femenina original e infinita.

En su biografía poética y magnífica de la poeta, escribe la Maestra María-Milagros Rivera Garretas sobre Sor Juana Inés de la Cruz y la Lengua Materna: “Le bastó, y nunca la corrompió, la lengua materna, “recurso natural, innata ciencia”, por tomar de un verso de su Sueño.” 3

Destaca cómo Sor Juana trae al mundo la concepción femenina y mística original con el Misterio clitórico de la Concepción Inmaculada de la Virgen. Concepción Inmaculada de sus criaturas y del verbo: La Lengua Materna. Cómo, Sor Juana, la gran escritora, fuera de este mundo, fue una gran mujer clitórica, artista de las entrañas, mística, científica y política que siempre concibió, habló, escribió y vivió en Lengua Materna.

La Mujer clitórica concibe inmaculada a la Lengua Materna. Concibe a la Diosa Lengua Materna dentro de sí, volviendo a Ella. Las Diosas Madre conciben criaturas sin coito y conceptos sin falo, dice María-Milagros Rivera. Conciben la Lengua Materna, la lengua del sentir de las entrañas que enseñan a sus criaturas. La lengua del sentir original.

La madre y su lengua son usurpadas durante el patriarcado, negando el origen materno y la lengua del sentir las entrañas. Producen el lenguaje del poder reglado que ya no coincide con el sentir sino con el poder masculino y sus instituciones que intentan apropiarse de la lengua y obras de la madre, aunque nunca puedan lograrlo.

Lengua Materna porque cuerpo y palabra son dones y obras de la madre.

Voz y sentir de las entrañas, porque dicen fielmente el sentir original de la experiencia que nace en las entrañas. Lengua con la que se aprende a nombrar lo que nace, lo que siento y lo que soy, y que está unida a mi voz propia y mi esencia original, única y misteriosa en el mundo.

Lengua de Diosas, porque Ella está siempre antes, como lo nombra constantemente María-Milagros Rivera. El origen de la humanidad es femenino. Son las Diosas Madre, alegoría en lengua materna de la excelencia de la experiencia femenina y su potencia creadora infinita, origen de la civilización humana y la Lengua Materna. Ellas conciben la lengua y conciben siempre en lengua materna.

Para no confundirnos con los lenguajes del poder, que son falsos y posteriores, que no son lengua materna, porque no nombran el sentir sino la imposición de la ficción del poder, repiten el mensaje violento que niega la precedencia materna y la experiencia de las entrañas como fuente del saber.

La lengua materna es anterior a la falsificación de los lenguajes del poder. La lengua materna no imita la tendencia destructiva y negadora del origen materno del poder, no hace copias oficiales de su falsedad. Dice la verdad de la experiencia y el sentir. Nombra el sentir original del cuerpo, sus entrañas y experiencia sexuadas. Es la lengua con la que aprendemos a hablar, nombrar, concebirnos y concebir al mundo, la que nos enseña nuestra madre, y quien por ella, la lengua que nombra desde el sentir y la experiencia propias.

En mis experiencias poéticas interesantes, por ejemplo, cuando estoy inspirada, a veces nace o viene una voz interna que habla con la voz del misterio, dice cosas inspiradas y locas, que después son una guía en mi vida y en mi investigación sobre las Diosas. Quizá, cada una y cada uno de ustedes haya sentido algo parecido o desee investigar dentro de sí para sentir y escuchar esas voces o visiones poéticas que viven en el interior. Todas tenemos experiencias profundas e inspiradas que pueden ser una voz, una visión, un sentir profundo, un éxtasis, una gran intuición, amor infinita. 

La lengua materna habla siempre desde la experiencia, experiencia que siempre es de las entrañas. ¿Sabían que sentimos y pensamos con las entrañas? Las entrañas están llenas de redes neuronales, todo nuestro cuerpo viviente, sensible y sintiente es quien siente, piensa e imagina, se siente a sí y al mundo desde sí misma, desde la propia experiencia.

La Diosa Ariadna de Creta, Señora del Laberinto: dentro de los labios: las entrañas. Con su hilo de oro recorre el tránsito misterioso dentro del laberinto de las entrañas que originalmente fueron las cuevas: vientre y matriz de la madre. Diosa Madre de las cuevas, del misterio de las entrañas, del interior de los labios, del interior de la Tierra. Con sus Labrys concibe la lengua materna en su camino por las entrañas.

La verdadera vocación en lengua materna es esa voz interna, esa “Llamada” desde lo profundo que te invita a hundirte en la mar infinita de tus entrañas y tu experiencia, en la Mar original de las Diosas Madre y su Lengua Materna.

Cuando una pequeñísima niña, en fase embrionaria, se forma en la matriz de su madre, su boca, labios, garganta, laringe, mandíbulas, y su matriz, vulva y pelvis, se conciben al mismo tiempo, se conciben y nacen unidas. Este misterio femenino es la evidencia de que el sentir original y la voz profunda del sentir, que habla en lengua materna, están original e íntimamente ligadas con nuestras entrañas femeninas. Por supuesto que hablar, escribir, cantar, crear, concebir y vivir en lengua materna nos cura de violencia simbólica y enfermedades dolorosas.

La Maestra y filósofa italiana de la diferencia sexual, Barbara Verzini, en su joya reciente de libro: La Madre en la Mar. El Enigma de Tiamat, revela en Lengua Materna el Enigma de la Diosa Madre sumeria Mummu Tiamat, La Gran Madre de la Mar, de las aguas profundas, el chaos armónico y creativo de las entrañas femeninas, la experiencia y la lengua materna. Madre de la palabra prima y primitiva: Mamá.

Ya en el mito patriarcal, el falso dios Marduk, arrancado de su madre desde su nacimiento, asesina a la Diosa Madre Mummu Tiamat, desmembrando su cuerpo y sus obras, el cuerpo y la lengua. Mutilando la M de Mummu y reduciéndola a Ummu, negando la primera M de Mamá, de Mar, de Misterio de la Gran Madre Mummu Tiamat. Deformando y usurpando el origen materno, la lengua y sus potencias.

En México sucede lo mismo con las Diosas Madre. La Diosa Madre Chalchiuhtlicue: La de las faldas de jade, de aguas, Señora de las aguas, las Mares y la Luna, Madre de México, es asesinada y desmembrada por el falso dios usurpador Tláloc, para intentar arrebatarle sus potencias. Todavía hoy, a muchas representaciones de la Diosa Chalchiuhtlicue se les reconoce falsamente como el dios asesino Tláloc.

Cito a la Maestra, Barbara Verzini, en relación a la esencia infinita de las Diosas Madre:

“Una madre no puede ser medida ni ordenada por la anchura finita de una espada.

Madre es una palabra inviolable.

Mummu nombrando la perfección del sexo femenino abierto a la creación, sin necesidad del falo, nombra, por tanto, la inviolabilidad de la potencia generadora, que no puede nunca ser definitivamente medida y, por tanto, despedazada por una espada.

Mamá es la abertura a lo infinito que no implica necesariamente la apertura a lo otro, a otro cuerpo.

Toda mujer es Tiamat porque a cada mujer lo infinito le pertenece.

Mummu, que no es Ummu, nos anuncia que toda mujer nace hija y madre, porque toda mujer es prefálica, porque toda mujer es inviolable, porque toda mujer genera y crea en sus aguas saladas sin ser tocada por la ley del Padre, por el orden de la espada.”

Barbara Verzini: La Madre en la Mar. El Enigma de TIAMAT 4

Infinitas, la Madre y su Lengua Materna, no pueden ser tocadas, desmembradas ni reducidas por la medida finita y falsa de una espada, como lo nombra magistralmente la Maestra Barbara Verzini.

El Sentir de cada criatura nace en el nacer de su madre, sentir y estar en contacto/tacto con ella, en sus entrañas acuosas, sentir el latido de su corazón y su agua cálida nutritiva. Sentir del sentido del tacto y de sentirse a sí misma.

La lengua materna está hecha para aquellas y aquellos que no saben qué decir, dice Luisa Muraro, en su texto: La alegoría de la lengua materna5, para quienes estamos en el silencio original, sintiendo. Si hacemos silencio, paradójicamente oímos, escuchamos, escuchamos nuestro sentir silencioso corriendo y palpitando como nuestra sangre. Sentir mi cuerpo es la experiencia previa a la lengua, lengua que nuestra madre nos da después de darnos la vida, el cuerpo y su sentir, nos regala como un don mágico para traer al mundo nuestra experiencia propia, única, infinita y misteriosa.

“Voy ahora a contarte cómo he entrado en lo inexpresivo que siempre ha sido mi búsqueda ciega y secreta. Cómo he entrado en lo que existe entre el numero uno y el número dos, cómo he visto la línea de misterio y fuego, y que es una línea subrepticia. Entre dos notas musicales existe una nota, entre dos hechos existe un hecho, entre los granos de arena, por más juntos que estén, existe un intervalo de espacio, existe un sentir que está entre el sentir; en los intersticios de materia primordial está la línea de misterio y fuego que es la respiración del mundo, y la respiración continua del mundo es lo que oímos y llamamos silencio.”

Clarice Lispector: La pasión según GH

Experiencia: Pasaje hasta el sentir de las entrañas

Cierro los ojos, relajo mi cuerpo, voy recorriéndome con una sensación cálida, suave y luminosa, voy sintiendo y relajando placenteramente mi cabeza, hombros, espalda, pecho, entrañas, caderas y piernas, vuelvo a mis ojos, siento por dentro lo acuoso de mis ojos, mi lengua, garganta, corazón, pulmones y mis entrañas, siento el mundo vivo y misterioso que soy, que son mis entrañas…

Siento mis entrañas profundamente, siento como corre la vida en mis entrañas, como palpitan y se mueven con mi respiración, siento mis pulmones expandiéndose elásticamente y las arterias principales de mi corazón, siento mi garganta y mi lengua suaves y fuertes, mucosas y elásticas…

Voy recorriendo mis entrañas como dentro de un laberinto precioso recubierto de carne viva y sintiente, un laberinto sagrado que comienza dentro de mis labios y mi lengua y me conduce a mis entrañas profundas, voy recorriendo el misterio dentro de mis entrañas y viajo libremente…

En este estado misterioso del sentir viene a mí la voz de mi lengua materna…

Siento mi voz, el murmullo suave de mi esencia original…

¿Qué me dice?…

Una sensación, una palabra, un color, un olor, un sonido, una visión, una gran intuición dentro de mí que me susurra y acaricia generosamente…

Siento libremente…


1. Andrea Franulic Depix retoma de Luisa Muraro en su Incitada, Feminismo Radical de la Diferencia, Antología, Claridades y aclaraciones sobre el estar expresada (2018), Colección Feministas Lúcidas, Santiago de Chile, 2021,p. 151.

2. Andrea Franulic Depix, Comentarios en «La palabra, don de la madre». Capítulo 3 del libro El Orden Simbólico de la Madre, de Luisa Muraro. Primera lectura del Segundo Ciclo de Lecturas en Línea, titulado «Relación entre mujeres: la solución de la disparidad», 24/08/2020, Disponible: https://go.ivoox.com/rf/55580130

3. María-Milagros Rivera Garretas, Sor Juana Inés de la Cruz: Mujeres que no son de este mundo, Madrid, Sabina Editorial, 2019, p.21.

4. Barbara Verzini, La Madre en al Mar, El Enigma de TIAMAT, Traducción de María-Milagros Rivera Garretas, Verona y Madrid, Edición independiente, Colección A Mano, 2021, p. 52.

5. Luisa Muraro, La alegoría de la lengua materna, Duoda: Revista d´estudis feministes, N 14, 1998, p. 17-36. Disponible: https://www.raco.cat/index.php/DUODA/article/download/62299/90572/

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No al borrado de las mujeres: constitución sexuada, no neutra. Jessica Gamboa Valdés y Andrea Franulic Depix

Esta es una propuesta para el debate constituyente en Chile. Sabemos que el proceso está mediado por las políticas identitarias que, a toda costa, quieren borrar la diferencia sexual para reemplazarla por las identidades de género, especialmente, para las mujeres, al querer desplazarnos por categorías como «cuerpo gestante» o «persona menstruante». Nuestro gesto es simbólico y realmente político, pues la verdad de la lengua materna siempre lo es.

Iniciativa Popular de Norma N°55.734

https://plataforma.chileconvencion.cl/m/iniciativa_popular/detalle?id=55734

Problema a Solucionar:
El mecanismo fundacional de las sociedades patriarcales ha sido el de borrar la diferencia sexual femenina y erigir un sujeto que se pretende neutro, genérico, abstracto y universal. Sin embargo, la vida siempre se da en Dos y la existencia humana nunca es neutra, esto quiere decir, que siempre nacemos sexuadas y sexuados, y nacemos de una mujer.
Como consecuencia de lo anterior, la diferencia sexual femenina -la genealogía femenina y materna, la experiencia femenina, la historia de las mujeres, los vínculos entre mujeres, el amor entre mujeres, la maternidad, el placer femenino- no tienen valor social ni inscripción visible en la lengua, en las artes, en las ciencias, en la tradición del pensamiento filosófico-político, en los programas de estudio, en las leyes, en las clases de Historia, en los medios de comunicación masivos, en definitiva, en las representaciones culturales en general. Sin ir tan lejos, la constitución política vigente está escrita en el falso genérico al que le subyace -desde siempre- el sesgo masculino.
Esta desvalorización de las mujeres o de la diferencia sexual femenina no se separa de la violencia contra las mujeres, es decir, de los femicidios, de la desigualdad social entre los sexos, del sistema prostituyente y la trata con fines de explotación sexual de mujeres, niñas y niños, de los vientres de alquiler, de las violaciones grupales, del uso de las mujeres como mercancía de guerra, del incesto, del uso del cuerpo femenino en la industria pornográfica y en la publicidad, de las actuales políticas de identidad que quieren borrar la palabra «mujer» y la existencia material del sexo, entre otras prácticas culturales nocivas. Tampoco se separa de la impunidad en que, en general, quedan todas estas violencias, naturalizadas durante milenios. ¿Seguiremos reproduciendo y perpetrando todo esto?

Situación ideal:
Consideramos que el punto de partida básico es NOMBRAR a las mujeres en la Nueva Constitución. Esto es, que la Nueva Constitución no esté escrita en un pseudo-neutro, en un pseudo-universal ni tampoco que las mujeres seamos desplazadas por las identidades de género. Deseamos una Nueva Constitución sexuada. Pensamos que esto es, verdaderamente, no reproducir el sexismo. De esta manera, la diferencia sexual femenina se debe inscribir explícitamente en el lenguaje de la Nueva Constitución, libre de los estereotipos de género, codificados por el Orden Patriarcal. Con otras palabras, queremos que la Nueva Constitución exprese un Sentido Libre de Ser Mujeres, que las mujeres estemos presentes allí no a pesar de nuestro sexo, sino gracias a que somos mujeres, pues no somos la mitad del mundo ni tampoco una cuota en el congreso, somos la medida del mundo. Un hombre no patriarcal es el que se reconoce nacido de mujer. Y un Estado no patriarcal es aquel que reconoce la obra civilizadora histórica que las mujeres realizamos, es decir, el hecho de que milenariamente hemos llevado a cabo las prácticas de creación y recreación de la vida, con amor e inteligencia suprema.

Qué debe contemplar la nueva constitución:
La obtención o ampliación de un derecho sigue siendo un mecanismo insuficiente para garantizar una vida libre de violencia a las mujeres, mientras no se cuestione que estos derechos están construidos en clave androcéntrica o masculina.
Consideramos que si la Nueva Constitución reconoce la diferencia sexual femenina en disparidad con la masculina, es decir, que no sea una simple homologación o inclusión superficial de las mujeres, puede traer consigo cambios sustantivos para entregar seguridad, justicia, buen vivir y armonía con todo lo vivo. Mientras no exista una sexuación de los derechos fundamentales no es posible concebirlos como propios o como factibles de ser aplicados sin violencia hacia nosotras.

¿Con qué argumentos tú o tu organización respaldan esta propuesta?
Las mujeres somos las autoras del cuerpo, siempre sexuado, y de la palabra. Decir las cosas en lengua materna implica nombrar la verdad, llamar la realidad por su nombre, tal como nos enseña la madre, o quien esté en SU lugar, en nuestra primerísima infancia cuando aprendemos, precisamente, la lengua llamada materna. Por ejemplo, decir Violencia contra las Mujeres y no violencia de género; decir Sistema Prostituyente y no trabajo sexual; decir Vientres de Alquiler y no maternidad subrogada; decir Creación y Recreación de la Vida y no trabajo doméstico; decir Procreación y no reproducción; decir Mujeres y no identidad de género; decir Diferencia Sexual y no sexo, porque la diferencia sexual no es solo biología, es naturaleza y cultura juntas, es cuerpo y palabra sin división, es cuerpo y alma sin división, es cuerpo y mente sin división. Todo va unido en la vida, las dicotomías son propias del pensamiento falso patriarcal, que también separa lo privado de lo público, las emociones de la razón, la teoría de la práctica, entre otras antinomias falaces.
El valor social de las mujeres no se mide con los hombres, en nada. Ni viceversa. Somos diferentes, autónomas y autónomos, dispares, no en relación de complementariedad jerárquica. Cada cual con su singularidad y su experiencia encarnada para significarla libremente.
El sentido libre de la diferencia femenina debe estar en el cine, en los medios de comunicación, en la historia que se relate en la calle, en el aula, en la casa. Las esculturas, cuadros, libros, etc., deben impregnarse de femenino libre, de genealogía de mujeres, de madres, hijas, amigas, hermanas, amadas, pensadoras, políticas, activistas, artistas, escritoras.
Inscribir y visibilizar la genealogía materna y las genealogías femeninas no significa llenar la sociedad de representaciones que refuercen los estereotipos femeninos, pues esto el patriarcado lo ha hecho durante siglos. Las representaciones culturales y la lengua deben expresar un femenino libre o sentido libre de ser mujer, es decir, libre de los estereotipos de género codificados por el régimen patriarcal; libre de toda política sexual que fomente una sexualidad reproductivista, anuladora del placer femenino propio.
Deseamos seguir representando las relaciones entre mujeres, en especial, la relación entre la madre y la hija, cancelada por la ley del padre. Restituir el valor social de las mujeres pasa, principalmente, por reconocer a la madre como origen, retornando su autoridad -de augere- que significa ‘hacer crecer, incrementar’. Junto a todo esto, es fundamental reparar en la lengua que usamos, las palabras que decimos para nombrar y definir, las connotaciones que elegimos para referirnos a otra mujer, porque rechazamos el régimen de significados patriarcales en todas las dimensiones de nuestra existencia, y le abrimos los brazos al simbólico de la madre, es decir, elegimos hablar en lengua materna y no usar las palabras androcéntricas que nos aplastan y tergiversan nuestra experiencia, haciéndonos desaparecer simbólica y físicamente.

Propuesta de articulado:
La Nueva Constitución debe garantizar:

  • El uso de la lengua materna y no el uso del lenguaje patriarcal ni la mirada de la miseria sobre las mujeres y sus cuerpos.
  • La inscripción de la diferencia sexual femenina de forma explícita. Por ejemplo, el uso del morfema gramatical A y el uso del femenino como sujeto autónomo de discurso.
  • El reconocimiento de la genealogía materna con su precedencia y su inscripción en todos los ámbitos de la cultura.
  • La visibilización de las genealogías femeninas en las representaciones sociales y culturales, sin estereotipos de género ni como medida compensatoria.
  • Que el cuerpo de las mujeres, niñas y niños sea intocable, intransgredible e inviolable.
  • La no comercialización de la capacidad procreadora de las mujeres.
  • La no comercialización, tráfico o cualquier otra práctica con fines de cosificación y explotación sexual de las mujeres, de las niñas y de los niños.
  • El vivir libre y autónomamente nuestra sexualidad femenina, sin la imposición de un modelo sexual masculino, heterosexista y reproductivista.
  • La maternidad deseada libre y autónomamente por cada mujer.
  • La despenalización del aborto.

Breve reseña sobre quién o quiénes proponen y la historia de la elaboración de la iniciativa:
Hoy, en pleno siglo XXI, muchas mujeres hemos reconocido que el paso por la universidad no fue algo tan placentero, pese a que nos profesionalizamos y obtuvimos independencia económica. Para nosotras la emancipación ha sido aprender a vivir en una sociedad de «la igualdad de los sexos», aceptando el incluirnos en la evolución del Hombre y su pensamiento como medida de lo Humano, expresándonos, a tientas, en clave androcéntrica. Esta experiencia significó desapegarnos del simbólico de la madre y que nuestra diferencia sexual femenina pasase desapercibida, fingiendo que no teníamos cuerpo. Ahora podemos sexuar esa experiencia, nombrándola.
Las mujeres que hemos traído a nuestras vidas el final del patriarcado ya no aceptamos ni queremos más racionalismo griego y europeo ni conceptos fálicos en ningún ámbito de nuestra existencia. Queremos recuperar el sentido común, la sensatez y la apertura, mediadas por la lengua materna que enraíza la experiencia propia femenina.

Jessica Alejandra Gamboa Valdés, hija de Cecilia y nieta de Zoila. Feminista Radical de la Diferencia. Profesora de Trabajo Social.

Andrea Soledad Franulic Depix, hija de María Soledad y Andrés Vicente, nieta de Esperanza y de Elba. Feminista Radical de la Diferencia. Profesora de Lingüística.

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Una mirada a la historia de las mujeres desde el final del patriarcado, Doménica Francke-Arjel

«Consideramos incompleta una historia que se ha constituido sobre huellas no perecederas. Sobre la presencia de la mujer no se nos ha dicho nada, o lo que se ha dicho se ha dicho mal: nosotras debemos redescubrir dicha presencia para saber la verdad».

Carla Lonzi y otras: Primer Manifiesto de Rivolta Femminile, 1970

Hay ciertos descubrimientos que las mujeres hemos hecho, en el feminismo, que nos han tomado por sorpresa.

El más importante de ellos ha sido el de la libertad de las mujeres, libertad como mujeres, esto es, con nuestra diferencia sexual intacta.

Como se trata de descubrimientos, para muchas de nosotras inesperados, de un desplegarse de la realidad cual epifanía, incluso como revelación o buena nueva, a veces nos han descolocado de tal manera que sentimos que nos quitaban el piso, las certezas, las “categorías de análisis”, diríamos hablando en feminista radical clásica.

Y ha resultado que, sin ellas, hemos quedado también sin identidad.

En la opresión, la identidad estaba más o menos asegurada, era clara, se expresaba como hermandad en el sufrimiento, sororidad en la orfandad femenina, asumidas, sufrimiento y orfandad, como certezas de la existencia de las mujeres. La economía de la miseria, ha dicho María-Milagros Rivera Garretas.

Resistir, luchar, denunciar y exigir, armadas de datos, estadísticas, fueron prácticas generalizadas, no del todo estériles, pero insuficientes. Para llevarlas a cabo, la historia fue llamada como informante, como testimonio fiable de las atrocidades (innegables) cometidas por los hombres.

En la academia, en la historia que la academia certifica y hace circular, esto desembocaría en un amplio movimiento de recopilación, estudio y difusión en clave compensatoria, es decir, con el afán de colocar a las mujeres en la historia del hombre, hacerles un lugar en el gran relato: “la primera mujer” o “por primera vez”, se dijo muchas veces, para demostrar que nosotras también teníamos, éramos capaces de tener una historia.

Este afán pronto decantó (no sin maniobras de poder tras ello) en la perspectiva de género, fórmula que, presente hasta nuestros días, enmascara las verdaderas y a los verdaderos responsables de la miseria, que, aún expresada y materializada contra las mujeres, sigue perteneciéndole a ellos: los hombres.

A pesar de esto, hubo un momento muy importante dentro de la historia de las mujeres, y aquí sobre todo hablo influida por mis raíces radicales (valga la redundancia) en el cual, tal como el feminismo radical se propuso, y creo que lo hizo muy bien, fue necesario desenterrar las raíces del sistema de opresión que conocemos (o conocimos) como patriarcado. Pero, ¿cuál sería la fecundidad de esta búsqueda?

El patriarcado, dado que no era un orden natural, surgido como una emanación del cosmos ni como una forma de ser de la especie humana, debía tener una historia, esto quiere decir, un inicio, con sus posteriores transformaciones, y así se podría prefigurar también, la posibilidad de su fin.

De esta manera se estableció, por ejemplo, que el patriarcado era la forma de opresión primigenia, el primero y principal de los sistemas de jerarquías que han existido en la historia humana (Gerda Lerner: “La creación del patriarcado”). También, la teoría radical nos mostró como para las mujeres el amor, “el sexo”, la familia, la educación y los derechos políticos… etc., habían sido moldeados y definidos por el poder masculino, y cómo todo ámbito de nuestra vida lo había sido por el poder que no tuvimos. Este y no otro es el significado de premisas como “lo personal es político”.

Pero en el transcurso de todo el recuento de la opresión, se iluminaron también otras áreas de la historia que se salieron de esa línea del relato.

Este es el significado que tienen para mí, por ejemplo, los aportes de Adrienne Rich, Carla Lonzi o Carole Pateman, viniendo sus voces de lugares tan diferentes, porque, si bien parten de la constatación de qué es el patriarcado, todas apuntan hacia otro lugar, anterior al patriarcado y a sus patriarcas. Aquí, creo que radica la verdadera fecundidad de todo lo descubierto.

La existencia de mujeres castas, vírgenes, frígidas, de las trovadoras, las denominadas solteronas (“spinters” como las rescata Mary Daly) y las brujas, las muradas, así como la de muchas monjas, santas, de las beguinas, nos demuestran que, ni las medidas del castigo y la persecución, ni las de las instituciones de los hombres, pueden medir o dar cuenta de la grandeza y libertad femeninas, ya que justamente los patéticos y lamentables gestos masculinos de violencia contra ellas, solo se pueden explicar porque esa libertad y esa grandeza de las mujeres estaba antes, precedía y excedía, excedió con creces, a los despliegues de los patriarcas.

Al volver la mirada sobre los mitos, o la historia llamada comúnmente “prehistoria”, retomando fuentes conocidas hace décadas (si no cientos de años), pero esta vez con la luz de una mirada femenina libre, una mirada de final de patriarcado, confirmó la intuición de que las mujeres siempre estuvimos antes. Es lo que se aprecia en las obras de Marija Gimbutas, Elizabeth Gould-Davis o Barbara Verzini. Ellas no inventaron las estatuillas que representan a figuras femeninas, ni sus símbolos, ni los cánticos de las campesinas eslavas, tampoco a las pinturas rupestres, ni a Tiamat, lo que hicieron fue menos espectacular y más significativo: leyeron estas huellas en femenino. Ese gesto fue suficiente.

Así comprendimos, por ejemplo, por qué todos los mitos fundacionales del patriarcado nos hablan del triunfo del orden sobre el caos, y no es porque el caos sea malo, estéril u hostil, sino porque caos es otro nombre para la armonía materna en la cual todo convivía sin necesidad de separación ni de antinomias… El orden, por su parte, expresión del patriarcado, siempre se impuso por la fuerza, la violencia, siempre despedazando para empequeñecer, y, reduciendo poder producir su retorcida fantasía de control.

Las preciosas y su movimiento político: el preciosismo, hoy pueden ser interpretados como una práctica política ejemplar en la que, tanto mujeres como hombres aceptaban y se ponían a disposición de la mediación femenina (Benedetta Craveri: “La cultura de la conversación”). Única mediación humana posible, la femenina, ya que tanto mujeres como hombres provenimos de nuestras madres, y probablemente se trate de la gran experiencia universal que aúna a la humanidad. Esta mediación podría prefigurar la respuesta a una incógnita que las mujeres podemos plantearnos hoy, abandonando al separatismo como mandato y asumiendo la unicidad del mundo: ¿cómo podría ser la convivencia de los dos sexos? Una cuestión difícil, sí, pero una que no deberíamos seguir eludiendo o ignorando, me parece.

Me parece, sobre todo, que es una pregunta frente a la cual no nos encontramos carentes de intuiciones ni conceptos.

Ni siquiera la historia moderna de los movimientos de mujeres, tradicionalmente difundida, es solo sobre derechos, de acuerdo a Sheila Jeffreys (“Sexología y antifeminismo”), varias de las sufragistas británicas, además de exigir derechos políticos en su sentido tradicional, criticaban explícitamente al coito como una práctica molesta, en ningún caso placentera, y hasta peligrosa para las mujeres.

Algo parecido sucede con la historia de la literatura, con el rescate de figuras como Elena Garro, Clarice Lispector, por ejemplo, o al iluminar con una luz verdadera las vidas de mujeres como Sor Juana Inés o Emily Dickinson, como ha hecho María -Milagros Rivera Garretas: aparece la verdad de su amor, la verdad de sus relaciones con otras mujeres.

Un panorama similar nos muestra, por ejemplo, lo descubierto recientemente por Irene Vallejo con su libro “El infinito en un junco”, señalando la vinculación, tan estrecha como femenina, del textil con el texto, en cuanto ambos funcionan como soportes de la memoria, de la cultura humana. También está surgiendo una nueva visión de la llamada literatura infantil, con la difusión de la figura de Catherine D´Aulnoy, quien publicó los primeros cuentos de hadas de la historia, en el siglo XVII, antes que Perrot o los Grimm), y no solo antes, sino que, con la diferencia sexual en juego, al mostrar un mundo más complejo, en el cual los personajes femeninos presentan múltiples facetas y se alejan de la tradición del canon (masculino). Así también, la propuesta de la historia viviente de la mano de Mariri Martinengo que quiso contar la historia de su abuela exiliada y silenciada por su familia (Comunidad de historia viviente de Milán).

¿Cuánta libertad de mujer pone en movimiento en el mundo este libro: “El placer femenino es clitórico”, de María-Milagros Rivera Garretas? Imposible responderlo. Sé que es mucha. Pensemos simplemente en el título. Como decía mi querida Diana, ya ver la palabra “clitórico” en la vitrina de una librería debería ser suficiente para arrancarme una sonrisa.

Y esto porque la libertad femenina da placer, es placer, así como también es amorosa, al reconocer que solo se da en relación.

En el bellísimo libro “No creas tener derechos”, las mujeres de la Librería de Milán, después de señalar que las mujeres no le debemos nada a los hombres, se preguntan: ¿cuál es el precio de la libertad de las mujeres? La respuesta que encuentran es: el reconocimiento y la gratitud que debemos a las mujeres que nos antecedieron. Sus huellas de libertad femenina son las que nos han llevado al lugar que habitamos hoy: la certeza del mal que es el patriarcado y los patriarcas, la autoconsciencia, que “es la otra”, como dijo Carla Lonzi, saber quiénes somos, y a partir de ello, nuestro deseo de libertad o la experiencia de la misma, que tanto se parecen.

Para nuestra historia esto significa que debemos abandonar la idea de la universalidad del hombre, así como la de que las mujeres podríamos prescindir de nuestra diferencia sexual en este campo. Las mujeres tenemos una historia que es, de hecho, la historia, y no un mero acápite de la historia humana.

Esta aventura se trata no solo de renunciar a escribir la historia del hombre, sino también de abandonar el escribirla como los hombres escriben la historia. Sabemos que la objetividad es un proyecto masculino, e implica arrancarse el corazón y convertirse en una mente racional, carente de sentir, de cuerpo y de alma, es decir, lo imposible por in-humano, y por lo tanto, lo falso, la farsa (y por ello, y porque el pensamiento masculino es ha sido incapaz de salir de la lógica de las antinomias, además del racionalismo a ultranza, el otro gran proyecto intelectual de los hombres es el nihilismo, con sus derivas constructivistas extremas, lo cuir y lo posmoderno: verdad sin sentir o sentir sin verdad).

Esto dice Luce Irigaray en “El cuerpo a cuerpo con la madre”, ponencia presentada en un coloquio sobre salud mental, en 1980, el mismo año en que nací: “Pienso que también es necesario para no ser cómplices del asesinato de la madre, que afirmemos la existencia de una genealogía de mujeres. Una genealogía de mujeres dentro de nuestra familia: después de todo, tenemos una madre, una abuela, una bisabuela, hijas. Olvidamos demasiado esta genealogía de mujeres puesto que estamos exiliadas (si se me permite decirlo así) en la familia del padre-marido”,

Dar a luz y amamantar, ayudar a parir, tejer, bordar, sembrar, seleccionar semillas, cuidar animales, lavar el rostro de las niñas y niños, enseñar las palabras, desenredar el pelo de ancianos/as, cocinar, elaborar cerámicas, pintar las paredes de cuevas para entretener a los pequeños, escribir diarios, escribir memorias, cartas, experimentar con ingredientes, sabores y tipos de cocciones, crear y preservar recetas de comidas, limpiar la casa, etc., son actividades que pueden o no dejar huellas, pero que no podemos negar que se han llevado a cabo durante toda la historia. La sola existencia de la humanidad bastará para confirmar que esto es verdadero. Mi propia existencia.

Sobre todo, las tareas compartidas, las cosas femeninas como juntarse a cuidar crías o a lavar ropa, actividades por tanto tiempo despreciadas, incluso por el feminismo, que tantas veces se ha jugado su propia existencia en el juego de entrar a las grandes ligas masculinas, seguramente dieron lugar a largas conversaciones, confesiones, risas y conflictos, amistades, complicidades y amores. Y fue en esos murmullos, en esa labor paciente y cotidiana, que surgieron los vínculos que mantuvieron a la humanidad a salvo de la destrucción, o la reconstruyeron tras ella.

En las últimas décadas, estos hechos han tomado cada vez más fuerza, desde el feminismo de la diferencia y desde el femenino libre, y han surgido verdades y apuestas reveladoras, verdades y apuestas que lo han cambiado todo, porque no podría ser de otra forma.

La verdad es femenina, y para encontrarla y decirla, se necesita estar enteras, ser lo que somos: alma corpórea, no negadas ni divididas, en la razón desde las entrañas, está el camino que nos lleva a ella, porque el deseo de verdad y la necesidad de verdad están profundamente unidos en la mujer que la busca.

“Para nombrar el mundo hay que ponerse en juego en primera persona. Ponerse en juego en primera persona quiere decir arriesgarse a juntar, también cuando se habla o se escribe, la razón y la vida, evitando repetir como la ninfa Eco (…)” (María-Milagros Rivera Garretas, Nombrar el mundo en femenino, p. 12).

Así, el fin del patriarcado anunciado en 1996 por las mujeres de la Librería de Milán no es otra cosa que la expresión cabal del descubrimiento de nuestra libertad, es decir, la constatación del generalizado descrédito que ha caído sobre el patriarcado, que lo declara arruinado al mismo tiempo que ve sus ruinas, la miseria tras la máscara de omnipotencia, tras la farsa del control…

Es que para las que nos interpreta, la afirmación del final del patriarcado no es una cuestión de poder (como quisieron hacernos creer que era también la historia, el mero relato del despliegue del poder), porque no todo, o muy poco, casi nada, en la vida de una mujer, en mi propia vida, es sobre el poder. No olvidemos el nombre completo del artículo que lo pone de manifiesto: “El final del patriarcado ha ocurrido. Y no por casualidad”.

Puede que nos haya tomado por sorpresa, pero por supuesto que no fue “casualidad”, lo sabemos, para ello es que millones de mujeres en toda la historia han expresado, cada una a su manera y en su contexto, la libertad en femenino, la fortuna de pertenecer al sexo que está antes, que va primero en el orden mismo de la vida.

Cada vez que una mujer se transforma, es decir, transforma su forma de estar en el mundo, de nombrarlo, lo transforma entero, porque como criatura es parte del mundo, pero también porque una mujer, todas las mujeres, llevamos en nosotras nuestra diferencia sexual, que implica esa abertura amorosa, creadora, y todo lo que en nosotras encarna se vuelve fecundo, irradia a quienes nos rodean, toca a aquellas y aquellos con quienes estamos en relación. Así también interpreto las palabras de Adrienne Rich cuando habla de las posibilidades de decir la verdad que abre para otras, una mujer que dice la verdad.

Hemos excavado tras las raíces de la opresión, y lo que muchas encontramos allá en el fondo, han sido otras raíces, como ha dicho Andrea Franulic: en la raíz más profunda no está el patriarca, ni su miseria y violencia, nuestra raíz, nuestro origen es otra mujer, y antes otra, y otra, en una genealogía femenina que descubrimos intacta… Con ellas, la libertad, la grandeza, el placer de ser mujeres, y es de ellas de quienes venimos.

Verdad y libertad se encuentran estrecha e inseparablemente unidas, una mujer que dice la verdad de sí, que habla en lengua materna, es libre. Creo que hay una verdad necesaria de ser dicha, o, al menos, una que deseo decir, y es esta: la libertad de las mujeres ha sido una revelación que cada una de nosotras puede hoy elegir para sí.

Por eso, para mí, una historia radical, de la diferencia, es una historia de la libertad femenina: porque antes siempre hay una mujer, una que nos precede, que está en el principio de la vida, de la humanidad y también de la historia.

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“Incitada. Feminismo radical de la diferencia. Antología”, Doménica Francke – Arjel

“Incitada. Feminismo radical de la diferencia. Antología”, 2021, de Andrea Franulic Depix: Un precioso hilo que se suma al tejido de la libertad femenina

Este libro, una antología del pensamiento de la feminista radical de la diferencia chilena Andrea Franulic Depix, viene a satisfacer el deseo y la necesidad sentidas por mucho tiempo por quienes leyendo a Andrea hemos encontrado luces, repercusión y palabras para decir mucha de nuestra verdad que necesitaba ser dicha.

En ese sentido, se trata de acontecimiento alegre, que celebro y agradezco.

En la lectura, podemos apreciar el derrotero de su propia experiencia como feminista y como mujer implicada en la política de las mujeres, así como el de sus ideas, las que se van transformando y, desde mi punto de vista, enriqueciendo sin renegar de las concepciones pasadas. Se trata de una aventura en la que ha desarrollado y desenrollado cada hilo de pensamiento que le permitió la apertura en algún momento, aunque para ella, algunas de esas madejas ya hayan llegado a su fin.

El orden que Andrea eligió, parece una invitación a recorrer este camino por el pensamiento femenino hecha desde el presente, así lo he sentido, no porque plantee un desarrollo inversamente cronológico de forma estricta, sino porque iniciamos la lectura con el encuentro de la propia autora con el final del patriarcado, y, a partir de la revelación de este alegre acontecimiento, seguimos con la mirada hacia la lengua materna y al descubrimiento del feminismo radical de la diferencia, aporte teórico fundamental de la propia Andrea. Luego, presenta reflexiones en torno a las relaciones entre mujeres, pasando tanto por el amor, la amistad y el reconocimiento, como por los conflictos entre mujeres, que ella misma vivió y la afectaron profundamente. Toda experiencia relatada es transformada en política por la autora, es decir, pasada por el cedazo de la reflexión y de la búsqueda de las palabras para nombrar las cosas como son, esto es, hacer teoría en femenino.

Creo que esto último señala también un importante aspecto del pensamiento de Andrea, que se imbrica con aquello que se nos ha dicho que hace el pensamiento sistemático, aunque a estas alturas dudemos de la mayor parte de éste, al menos del consagrado en masculino, que es la búsqueda de la verdad.

En este caso, se trata de un pensamiento que siempre toma como punto de partida la propia voz, el partir de sí, poniéndose en primera persona en la aventura de la experiencia compartida, así aborde conflictos políticos, el amor entre mujeres o la lingüística y sus problemas y posibilidades. Resulta evidente que nos encontramos ante una mujer que piensa con apertura, con deseo de entender y comunicar, teniendo a la relación como horizonte, tal como nos indica el título (y la breve nota que habla de esta elección tan acertada), pues las voces de las otras ya se encuentran dentro de sí, y han pasado a ser algo más que referentes.

Así, esta búsqueda hecha en femenino nos entrega una pepita de verdad original y femenina. Es la verdad que solo puede encontrar y nombrar una mujer auténtica.

De la escritura de Andrea también debo decir que siempre me ha parecido amable (que se deja amar), aún cuando señala las verdades más estremecedoras, y en ese sentido, leerla me parece encontrar su veta de maestra, de profesora que cuida la relación mientras enseña y se abre también a la posibilidad de aprender del intercambio con la otra.

Así, la lectura de estos artículos permite recorrer el camino del pensamiento de Andrea, entre los años 2008 y 2020, mientras en su propia escritura encarna la propuesta política que va descubriendo, y a la que terminará enriqueciendo con su propio descubrimiento y creación, el ya señalado feminismo radical de la diferencia (concepto que subtitula la obra entregándonos sus coordenadas), una propuesta que poco a poco va encontrando acogida y que explora las coincidencias entre el una buena parte del feminismo radical norteamericano y el de la diferencia (sobre todo, italiano), fundamentalmente relativas a que la libertad de las mujeres se encuentra enraizada en la diferencia sexual, y que en realidad, no hay radicalidad alguna en el orden de los patriarcas.

Aunque hay varios momentos de este recorrido que no deberían dejar indiferente a la mujer que hoy piense al feminismo y a la política de las mujeres como parte de su propio camino, quiero detenerme y profundizar solo en un aspecto de este libro, elección mía que es, a la vez, subjetiva y verdadera.

Se trata de lo que me ha pasado a mí con Andrea desde que comencé a leerla y des-cubrir la red de sus ideas. Llegué a ella por mi intenso interés de hace años por el pensamiento y figura de Margarita Pisano. La primera lectura que me hizo sentirme cercana fue su reflexión sobre el rumor (escrita junto a Jessica Gamboa), porque se trataba de un tema doloroso que yo misma había padecido. El dolor me abrió, puedo decir, y desde ese momento mi caminar espiralado en torno a sus escritos no se detuvo más. Este texto me pareció un bálsamo, francamente, y unió mi deseo a mi necesidad. Dado que estos tristes episodios siguen ocurriendo en el feminismo, pienso que su lectura sigue desatando nudos, y si a esto sumamos sus palabras sobre la envidia entre mujeres, pienso que es posible encontrar luces que sobrepasan con creces los devaneos típicos del feminismo militante sobre los conflictos entre mujeres.

Por eso, cuando Andrea entrega la concepción del feminismo radical de la diferencia a las mujeres, se trata de un gesto de apertura de mundo para nosotras. Nos invita a reconocer nuestras raíces, con su historia y genealogías, incluida la existencia lesbiana, pero solo con y bajo la luz de la diferencia sexual. Nunca olvidaré cuando expuso en Chillán y dijo estas palabras “no basta con ser lesbiana” (yo era una lesbiana militante en esa época, no pude disimular mi expresión de asombro), para pasar a detallar cómo un lesbian-ismo ciego a la diferencia sexual se vuelve ineficaz, insuficiente y hasta contraproducente para la libertad de las mujeres. A partir de este punto, su crítica al identitarismo y a la ideología, presentes en muchos de sus textos posteriores, me permitieron romper con ciertas ataduras autoimpuestas y comenzar a conectar con un sinnúmero de pensadoras, ideas y sentimientos, incluidos entre estos últimos, los míos.

Así, una de las cosas que más me entusiasma de los textos de Andrea cada vez que la leo es la capacidad que tiene para encontrar ella misma y entregar (me) las palabras para decir aquello que más necesita ser dicho, ya se trate de un sentir doloroso o de la alegría de una epifanía relativa a la libertad femenina.

En resumen, mi experiencia de lectura de los escritos de Andrea va de la mano con mi propia experiencia política y de relación con ella. Quise jugar a escribir esta reseña tanto desde el amor que siento por Andrea, como desde la distancia que una lectura requiere, sin objetividad, pero rehuyendo a la tentación de la fusión.

Espero haber tenido suerte.

Con todo, para mí hoy en día Andrea Franulic Depix es la mayor feminista latinoamericana viva, y representa lo mejor del feminismo a secas, una mujer cuyas palabras invitan a hablar, despejan el camino y abren el campo de lo decible en femenino.

Finalmente, lo único que me queda por hacer es invitarlas a leer a Andrea, porque se trata de un venturoso descubrimiento, o a releerla si ya lo han hecho, porque encontraran siempre un nuevo eco.

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Un primer comentario sobre el libro Incitada creado por mi amiga Andrea, Camila Antonia

¿Sé lo que deseo?

¿Puedo hacer lo que deseo?

¿Puedo decir lo que deseo?

Cuánto tiempo tengo para desear

no sé

MOMENTOS

entre teta y teta

y limpiar el cuerpo y comer

cuidar de una mujer

crear una mujer

criar una mujer

qué alivio cuando vi que tenía una vulva entre

las piernas

qué felicidad saber que la hice mujer

Escribir algo desde mi ser auténtica

incitada por estar leyendo tu libro

MOMENTOS

entre teta y teta

en que te leo porque siento que me entiendes

que me entiendes porque escribes desde tu

cuerpo sexuado

qué felicidad tu madre que te hizo mujer

y me entiendes a veces más y mejor de lo que

me entiendo yo

con más y mejores palabras

Hilar palabras con un sentido

Conjurarlas y no mal usarlas

sobretodo nosotras las mujeres

que nos han estafado bastante ya con esto de

las palabras

a nosotras que las inventamos

que las creamos

que las sacamos de nuestra teta

que convertimos los aguus en aguas

a nosotras que nos tomamos el tiempo

de entenderlas cuando aún no existen

Qué trabajo hermoso el de recuperar para

nosotras las palabras

Qué hermoso TU trabajo de decir

lo que es necesario para nosotras que se diga

He atravesado distintos mundos

porque me puse la mochila y salí a caminar

siempre siendo mujer

me he encontrado con mujeres

y las he amado

y las he odiado también

y estas emociones han sido lo más

significativo que sentí

ahora estoy lejos de mi madre

y la extraño de una manera impresionante

es como si me extrañara a mí misma

y me costara esto de ser auténtica a medida

de que el tiempo pasa entre nosotras

porque teniendo una hija me doy cuenta

de que yo soy mi madre

lo fui en cuerpo por 9 meses

ella me creó

y al no tenerla cerca me alejo de mí también

cuando estaba cerca también a veces me

perdía de ella

Me perdía de su simbólico

y se ensombrecía el camino

en la inexistencia simbólica de la que hablas

y dejaba de comprender

En el vínculo Madre Hija

se comprende la existencia

con una claridad que solo las mujeres

conocemos

gracias por protegernos de la oscuridad

desde esa claridad visionemos

el mundo

juntas

te extraño y leerte me acerca

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El nuevo pacto social: la izquierda progresista y el transpoder[1]

Por Andrea Franulic Depix y Jessica Gamboa Valdés

Referirnos al proceso constituyente en Chile nos retrotrae a la revuelta social que hubo el año 2019. La revuelta habló, como un susurro -como dicen los versos de Tracy Chapman: Don’t you know/Talking about a revolution?/It sounds like a whisper– de una transformación profunda que no pasaba por la política con poder o política partidista y que, de alguna manera o de distintas maneras, las mujeres -desde mucho antes- y, luego, las y los jóvenes, muchas/os de educación secundaria, estábamos -y estamos- encarnando.

¿Qué paso? Pasó que quisieron ahogar estos susurros con la violencia propia del poder patriarcal, mutilando ojos, ejerciendo violencia sexual, asesinando y apresando manifestantes, reprimiendo con fuerza militar y policial, colocando arbitrarios toques de queda y promulgando leyes para legitimar estas atrocidades. Y también usaron otras tácticas, políticamente correctas, precisamente, aquella que consistió en negociar un “Acuerdo por la paz”[2] para proteger la institucionalidad, la gobernabilidad y la democracia, que son estandartes de la política con poder, la misma que se ha venido abajo. 

Así fue como se gestó la actual Convención Constitucional que, más que una victoria, ha resultado ser un mecanismo de renovación del pacto social, pacto siempre masculino, pero simulado con espejismos de cambio. Decimos “espejismos” porque son solo eso. Sin detenernos en la obviedad, esto es, que la convención constituyente también cobija a representantes de la derecha criminal y fascista, quisiéramos referirnos a los espejismos, tales como el discurso de la paridad de género y el de la inclusión de la diversidad sexual[3], pues estos nos afectan peligrosamente a las mujeres.

Tanto el uno como el otro se anclan en las añejas políticas de identidad, propias de la política con poder y sus estrategias, pero hoy reivindicadas por lo que se ha hecho llamar “feminismos”. Las políticas de identidad nos borran a las mujeres, en tanto niegan nuestra diferencia sexual y nos rebajan a la ficción de los estereotipos de género, ahora en sus versiones no binarias, fluidas o híbridas, pero estereotipos al fin y al cabo; los mismos que fueron develados y desmantelados por el feminismo del último tercio del siglo XX y que hoy, en una avanzada del transpoder, se reponen desesperadamente con el apoyo del Feminismo de Estado, que no soporta a las mujeres que no queremos participar del engaño y el absurdo de la igualdad de los sexos, que pretende empequeñecer nuestra grandeza femenina a la medida de los hombres: ¿iguales a quién? Otra cosa es la justicia social.

En este sentido, la nueva Constitución de Chile llevará el sello del transpoder, consensuado en la agenda política del progresismo de izquierda. Y parece ser algo inevitable. Solo es cuestión de ver el programa político de la candidatura presidencial liderada por Gabriel Boric[4], perteneciente a la coalición del denominado Frente Amplio, fundada el año 2017[5]. Lo mismo sucede con la conformación de las y los constituyentes, donde las mujeres “representantes del feminismo” o, mejor dicho, de los feminismos[6 -al igual que Elisa Loncón, académica y representante de los pueblos originarios-, promueven discursos a favor de la inclusión: operación favorita del sujeto masculino pretendidamente genérico, neutro y universal. ¿Inclusión de qué?: de las mujeres, de los pueblos originarios y de la diversidad sexual o identidades de género, usando un lenguaje que, como tal, falsifica y desvirtúa nuestro sentido libre de ser mujeres y mujeres lesbianas: les niñes, personas trans, trans femenino/a, trans masculino/a, personas gestantes, cuerpos menstruantes, trabajo sexual, gestación subrogada, familias diversas, por dar algunos ejemplos, que también son globales. Y ¡cuidado si dices algo distinto! Te acusan de discurso de odio, de ser trans-odiante o usan la manoseada palabra Terf. Por suerte, y por amor a la lengua materna[7], siempre decimos y diremos algo distinto.

El refrito discursivo del presente no es más que la caduca falacia patriarcal de la construcción de género y sus estereotipos codificados por su régimen de significación, de tal manera que el pacto entre hombres, aquel que usurpa el cuerpo de las mujeres y sus frutos, desde los albores de su civilización depredadora, siga vigente con la legitimidad de los lenguajes académicos, los partidos políticos, las leyes y los derechos, la democracia, los medios masivos de comunicación, el sistema educativo, etc., buscando nuevos subterfugios, tales como, por nombrar algo, los nuevos morfemas de género gramatical que se están imponiendo -por decreto, por la fuerza de la ley o por sanción moral y social- en los ambientes institucionales, como el uso de la E en las comunidades hispanohablantes -signo lingüístico de la inclusión y la disidencia-, mientras, apenas, la mayoría de las mujeres supera la O del pretendido genérico (masculino). Es común escuchar a las mujeres hablar de “uno piensa, uno dice, uno hace, uno cree…”, en lugar de “una piensa, una dice, una hace, una cree…”.

No obstante, nuestra política, la política de las mujeres, la política primera, sigue más viva y creadora que nunca, sin desgastarse en inútiles y falaces interlocuciones, sin dar vueltas eternas en una rueda de ardillas, sin caer en el círculo vicioso de la dialéctica de lucha ni de las antinomias del pensamiento. Más allá de estas máscaras, nuestra política encarna transformaciones radicales, tan profundas como las raíces de nuestra genealogía femenina y tan verdaderas como la lengua materna, que es la concordancia entre las palabras y las cosas para comunicar nuestra experiencia propia, como nuestras antecesoras lo hicieron en los grupos de autoconciencia y en la práctica de la política feminista autónoma de los partidos y de los grupos mixtos de izquierda. Nuestra experiencia nace de nuestra diferencia sexuada en femenino y este es un hecho irreductible.


[1] Tomamos el término Transpoder de la pensadora española de la diferencia sexual, María-Milagros Rivera Garretas.

[2] Documento firmado por representantes de partidos políticos, el 15 de noviembre de 2019, es decir, a menos de 1 mes de la revuelta social. https://obtienearchivo.bcn.cl/obtienearchivo?id=documentos/10221.1/76280/1/Acuerdo_por_la_Paz.pdf

[3] Se expresa en los discursos inaugurales de la convención constituyente: Elisa Loncón como presidenta electa https://www.youtube.com/watch?v=48ww14r0zjU y de Jaime Bassa, vicepresidente https://www.youtube.com/watch?v=RwTqHNBfQE0

[4] Diputado y ex – dirigente estudiantil, señalado por la ACES (Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios) y otras organizaciones sociales de base, como “traidor” al participar en el “Acuerdo por la paz”, legitimando el cese de la revuelta social.

[5] Un símil de esta coalición es el partido Podemos en España, conglomerado que impulsó la Ley Trans de autodeterminación de género.

[6] Constituyentes feministas que asumen una representatividad desde los partidos políticos de izquierda, o bien, desde la Coordinadora 8M, que surge el año 2018. Desde este lugar del feminismo se propone instalar una Constitución Feminista desde el proceso constituyente priorizando los derechos sexuales y reproductivos y el uso del lenguaje inclusivo que integre tanto a mujeres como a las disidencias. Además de generar un mecanismo de integración de las personas trans a través de cuotas, aludiendo a que la paridad debe dejar de ser un sistema binario.

https://www.elmostrador.cl/braga/2021/07/05/una-constitucion-feminista-con-medidas-anticorrupcion-y-transparente-propuesta-de-reglamento-colectivo-busca-sentar-las-bases-para-la-discusion-constituyente/

https://www.elmostrador.cl/braga/2021/07/07/maria-jose-oyarzun-constituyente-con-elisa-loncon-como-presidenta-tendremos-muchas-mas-facilidades-de-instalar-en-la-convencion-al-feminismo/

[7] La lengua materna, descrita por la filósofa italiana Luisa Muraro.

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Sobre el silencio y el amor, Diana González Alzate

Sobre el silencio y el amor (1)

Que sepamos, muchas de las que estamos aquí, que la mudez puede ser fecunda.

Que como una primera operación necesaria para las mujeres en un orden patriarcal está la de romper el silencio, que es la invitación que recibimos de Audre Lorde con tanta pasión (2) y con la razón profunda que nace de la necesidad de decir lo que está mal, lo que nos atropella, lo que nos devuelve en tantos espacios compartidos con hombres, pero también con mujeres, al doloroso silencio de no poder decir por miedo a las consecuencias, pero también por falta de palabras. O la que recibimos de Margarita Pisano con su «estar expresadas», para romper con el hábito femenino de la acumulación de cosas no dichas y de resentimientos, para no sentir que hay una zonas de nuestra existencia y nuestro relacionarnos con las otras y con los otros cuyo ocultamiento nos cause sufrimiento. Idea, la de «estar expresadas», que recoge fecundamente Andrea Franulic para hablarnos del «estar expresadas» para decir lo que tenga que ser dicho por nosotras y para movernos en el mundo en la coincidencia de nuestro sentir con las palabras que lo expresan, es decir, verazmente, coincidencia dada por/en la lengua materna –aprendida por cada una de su madre particular–. Usar la lengua en clave patriarcal, por más que hablemos mucho y nos sintamos ‘expresadas’ es una forma de silencio subrepticio, que no reconocemos pero que duele porque no permite la expresión auténtica de una mujer (Carla Lonzi) que implica estar expresada en lengua materna. (3)

El rompimiento del silencio, entonces, pasa inicialmente por decir al modo que cada una pueda para no callar lo que encuentra mal en el mundo y en ella misma y sus relaciones, y por decir en lengua fiel a su sentir, en lengua materna, después.

Pero una segunda operación es la del retorno de la mudez fecunda, del silencio no impuesto sino del silencio que te salvaguarda de que la parte afirmativa de ti no ocupe de nuevo todo el espacio, como supo decir hermosa y magistralmente Lia Cigarini sobre su propia mudez dentro del movimiento feminista en su texto La objeción de la mujer muda. Mudez que contenía su «objeción» dentro de los grupos feministas donde sentía que el hablar afirmativamente ocupaba en ella de nuevo todo el espacio, su espacio. Una traición a las objeciones que no tienen cómo expresarse en grupos que por su naturaleza exigen estar en permanente diálogo, o quizás, tantas veces, simplemente en permanente hablar. Misma sensación tuvo Carla Lonzi (yo lo entiendo así) cuando deja esta aclaración final en su Escupamos sobre Hegel: «(…) Al presente, esa fase está terminada: la verdadera autoconciencia ha llevado a una expresión estrictamente personal». La expresión estrictamente personal da cabida a los silencios que hacen parte de esa expresión y que en general no tienen espacio en los grupos de mujeres en el movimiento feminista. Y esos grupos necesitan de mujeres que reconozcan la fuente inagotable de sí mismas y de verdad propia que puede ser el silencio. Silencio de no sobre-decir, de no llover sobre mojado, o de no rellenar de tierra espacios que no lo necesitan, como cuando en el texto citado Lia dice «lo no-político excava túneles que no debemos rellenar de tierra», y muchas cosas hay en las relaciones con otras mujeres, y en el existir de una mujer individual, que hoy podemos reconocer, con descanso, como no políticas.

Ese tipo de silencio, el plácido, no el que te duele porque te lo imponen sino el silencio del que eres dueña, guardián del misterio de cada mujer –misterio pisoteado en el permanente hablar–, abre el canal para que cada mujer reconozca, re-vea, re-cree su infinito. El infinito de cada mujer. En este momento hablo de cosas con las que seguramente muchas no están familiarizadas. Yo lo estoy desde hace muy poco, así que dejo solo la palabra en el aire: Infinito, tu infinito de mujer, para que brote en todas o en algunas de ustedes como una semilla dejada no desprevenidamente. Por ahora digo que el infinito no se deja ver en el «somos oprimidas por ser mujeres»; tampoco, y mucho menos, en el «no se nace mujer», ni en el género, o el antigenerismo, o el antitransgenerismo como discursos que acortaron las miras del movimiento feminista, y de las propias mujeres para pensarse. Tampoco en el vano martilleo del «alesbiánate», que es hueco de consigna, que no te dice nada sobre lo complejas –y complejizadas– que son las relaciones entre mujeres, que deja por fuera la profundidad y la riqueza de esa complejidad, que no te explica cómo has de amar a las mujeres, que te carga con el «amarte a ti misma es amar a otras mujeres» pero ni siquiera has resuelto cómo llegas a amarte a ti misma, y, como dice Doménica en su hermoso texto (4), tampoco sucede así, sino que el amor se experimenta con y por medio, o mediante otra mujer. Se pone en circulación. Vas a la otra –o a lo otro– con lo que ya tienes.

El amor es una potencia, o mejor, una sustancia que fluye incesantemente en tu cuerpo. No te la da nadie, no llega alguien y deposita amor en ti, sino que es una sustancia nacida de ti, por tu lado, y en la otra, por su lado, que se intercambia, que se pone en movimiento. No tienes que lograr hazañas para ganártelo o merecerlo, como es la idea del amor, o del respeto o de cualquier valor de intercambio en las relaciones humanas para los hombres. Esta idea de «el respeto se gana». No, tu llegas a alguien anticipadamente en respeto; el respeto es tuyo, no es algo que te dan los hombres ni nadie; el «irrespeto» a ti no es tanto asunto tuyo. Llegas, también, con tu amor, con tu sustancia en tu cuerpo. Y lo pones a fluir entre mujeres. Con hombres, ya sabemos, han tomado el amor de las mujeres y lo han instrumentalizado. La grandeza de la entrega del amor de las mujeres los hombres la han empequeñecido. Han caricaturizado nuestra apertura en modelos de feminidad complacientes con los intereses de los hombres. Dice María Milagros Rivera sobre la prostitución que es una caricatura de la apertura femenina. Que han tomado la capacidad de las mujeres de darse, de dar de sí, de poner en movimiento las relaciones entre los sexos para enjaularla y envilecer así la apertura femenina. No soportan la grandeza femenina, y los frutos de amor de ésta necesitan empequeñecerlos, significarlos a su medida egoísta y violenta.

Entre mujeres, el amor lo descubres. Si estás abierta, si tus procesos de pensamiento no se estancan en las fórmulas ideológicas y las consignas, el amor lo descubres, poco a poco. Un día te descubres admirando la potencia creadora de las mujeres, o sus formas de abundancia y su belleza, con una mirada muy distinta de la mirada pervertida y despreciativa de los hombres, o reconoces en cada mujer a tu par, más allá de la disparidad que a veces nos llega a abismar –y a fascinar–. O cualquier día dices: me enamoré de una mujer, y ni te sorprendes siquiera de lo natural que sientes el movimiento de ese amor. Amor que va y regresa de tu par.

No estoy segura de que el amor sensual entre mujeres sea actualmente una experiencia al alcance de todas después de una buena purga psíquica, que es el primer y fundamental lugar –la psique– de colonización masculina en las mujeres. Pero sí sé, como dice Doménica, que la primera experiencia sensual, cuerpo a cuerpo, de toda criatura humana fue con una mujer, su madre, y que tiene todo el sentido, sentido de experiencia alcanzada o alcanzable, el re-despertar esa sensualidad primera de manos, o mejor, de cuerpo de una mujer, que es una experiencia, cuando se la redescubre en edad adulta, casi, o completamente extática, arrobadora, muy alejada del placer localizado, engañoso del orgasmo vaginal.

Por último quería decir: si tú dices «amo a las mujeres», no lo dices como una idea en tu cabeza. Lo dices, si eres honesta, con el cuerpo, que es el que ama, porque las mujeres no amamos con el cuerpo fragmentado, noción y práctica de amor masculinas, sino que amamos con el cuerpo-unidad. El amor mismo lo experimentamos como una unidad que no excluye la sensualidad, que es amor encarnado y en movimiento, ni el placer, que por María Milagros Rivera podemos expresar hoy que en una mujer es del cuerpo y del alma.

__________

(1) Texto leído como retroalimentación a la exposición «Amor y Relación en femenino libre» de Doménica Francke-Arjel para la 1a. Feminaria Sobre las mujeres y el amor, organizada por las mujeres de Tallercitas Feministas de México, 2021. Empiezo hablando del silencio y sin aparente contexto porque acepté por amor la invitación de Doménica a hacer retroalimentación, pero con la incomodidad que me produce la obligación de hablar de un tema determinado. En ocasiones como esta suele aparecer mi mujer muda con su objeción.

(2) Audre Lorde, La transformación del silencio en lenguaje y acción.

(3) Andrea Franulic Depix, Claridades y aclaraciones sobre Estar Expresada, Incitada, Santiago, Colección Feministas Lúcidas, 2021.

(4) Doménica Francke-Arjel, Amor y Relación en femenino libre. https://feministaslucidas.org/index.php/2021/09/04/amor-y-relacion-en-femenino-libre/

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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

Amor y Relación en Femenino Libre, Doménica Francke – Arjel

Amor y Relación en Femenino Libre 1

Resumen:

A partir de la consideración de la relación como lo fundante de la existencia humana, y también como lugar donde buscar la respuesta a la pregunta por su sentido, quiero colocar al amor como centro de la experiencia vital femenina, intentando ir un poco más allá de los discursos del individualismo y del colectivismo modernos, también repetidos por mujeres, feministas o no. Para todo esto, considero la relación como originaria e inevitablemente femenina (aún cuando de ella participen criaturas del sexo masculino), y me propongo concentrarme en la relación amorosa entre mujeres, materna y sensual, porque han sido mis propias experiencias vitales las que me han abierto los ojos: reconocer mi diferencia sexual, mi origen femenino, y amar a una mujer.

«Todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay».

Emily Dickinson

En realidad, el título de esta intervención lo es todo, pero lo es con un sentido de apertura, es decir, un todo que no se cierra al ser dicho, sino que se abre, como una espiral, un camino o un campo el cual quiero, acompañada, recorrer, explorar. La apertura se ha transformado en una idea recurrente en mi vida en los últimos años, y es que, hija de mi madre Laura, sé que mi existencia solo es posible gracias a su apertura/abertura creadora.

La relación funda la vida, la humanidad, la existencia entera.

La relación es siempre de a dos, y en su origen hay dos mujeres: madre e hija. La relación tiene variantes, claro, que incluyen también la posibilidad de la existencia masculina, la madre pare hijos, y al hacerlo, humaniza a los hombres.

Sin embargo, el hecho primario de la existencia humana es que las mujeres la fundan, y esa fundación es relacional.

La criatura humana lo es porque ha sido creada y criada por su madre, así como somos traídas al mundo por el empuje de nuestras madres por su canal del parto, y la madre nos entrega el cuerpo -cuerpo tejido en sus entrañas, como dice Gabriela Mistral- nuestra madre nos ofrece el mundo (y al mundo) al dejarnos salir de su cuerpo, expulsándonos a una existencia autónoma. Cuando bebemos de su seno, nos habla y nos entrega su tercer don: la capacidad de nombrar al mundo (se trata de un proceso que puede haber comenzado mucho antes, si la madre nos habla estando nosotras en su vientre, y de todas maneras, con el solo hecho de que la madre hable y nosotras escuchemos su voz, nos ponemos en contacto con el poderoso don que es nombrar el mundo).

La vida, la humanidad misma surge de y en la relación, y, sin embargo, quizás presas de miles de años de olvido patriarcal, hoy hablamos livianamente de cosas como amor propio, auto amor, amarse a sí misma, etc., como fundamentos de nuestra capacidad de amar. Se suele decir: “para saber amar primero hay que saber amarse”.

Pero eso es profundamente problemático, ya que invierte el orden de las cosas que hacen posible incluso nuestras vidas. Por supuesto, invierte el orden, o mejor, la armonía que hace posible al amor mismo.

El amor primero nunca es por sí misma o mismo, este amor es por definición y necesidad lo que sintió otra por una, y lo que se siente por otra (u otro) y se experimenta con y por ella solo es posible después.

También, se afirma que la necesidad de amor, de ser amada, es una debilidad aprendida de las mujeres, cito una frase ampliamente difundida de la escritora Margaret Atwood: “El deseo de ser amada es la última ilusión, renuncia a él y serás libre”. Entonces también la libertad es definida, de paso, como un estado humano en el cual se han deshecho los vínculos y dejado atrás los deseos. El reino de la necesidad ha sido abandonado para entrar en el imperio de la voluntad.

Esto es una mentira, pero se entiende su origen y, sobre todo, su objetivo. Mejor dicho, se trata de un error, y este error surge del error mayor, que es la negación del origen de toda criatura humana en el vínculo materno.

Entiendo que la desconfianza hacia el amor surge de que la mirada esté profundamente heterosexualizada, es decir, que en ese imaginar, sentir y nombrar el amor, se ponga al hombre/los hombres en el centro.

Así, también suele suceder que se nos ponga ante la falsa dicotomía de tener que elegir entre una adhesión sumisa al padre o una orfandad sorora entre hermanas que se aman a sí mismas y entre sí, sin mayor distinción. Esto sucede cuando nos situamos bajo el imperio de las ideologías, también las feministas. Aunque debo recordar que, la ideología en sí misma, como distorsión de la realidad, es masculina (la mayor ideología es el patriarcado).

Retomando la línea de la heterosexualización de nuestro pensamiento-sentir, cuando Kate Millet ha dicho: “el amor es el opio de las mujeres, mientras los hombres gobernaban, las mujeres amaban”, decía una verdad, pero una verdad a medias, quizás porque para Millet, como para tantas otras radicales de su época, la verdad estaba emergiendo. Pero para nosotras, ahora mismo, más de 50 años después, esto ya no es así.

Hoy la verdad está expuesta y solo hace falta abrir los ojos para verla: la verdad de la diferencia sexual, la verdad de la lengua materna que nos permite pronunciarla.

Poner a un hombre en el centro, no es solo distanciarme de la/s otra/s, es instalar un muro entre mí misma y mi origen, entre mí y mí misma. Por eso, pienso que la necesaria crítica a la heterosexualidad tiene que proseguir, pero también cambiar de tono, de color, de palabras. No se trata, pues de “alesbianarse” … Se trata de re-conocer la diferencia sexual.

La fuente de humanidad y de amor es la madre, la madre es siempre una mujer. Ese fue el primer amor que conocimos, nos fue dado junto a la vida, ni más ni menos. Puede incluso que nos haya sido arrebatado o negado, pero la huella de su necesidad y del origen, siguen allí, imborrables.

La primera fuente y objeto de amor de toda criatura es la madre, una mujer. Eso también quiere decir que nuestro origen es el amor, entendido como apertura y abertura, afirmación de la vida y don. Es decir, el amor en femenino.

Como se ha hecho necesario aclarar en tantas ocasiones, esto no significa que tengamos con la madre una relación ideal, o que la maternidad esté siendo objeto de una idealización (la idealización es siempre una maniobra masculina, significa alejarse de la realidad porque se la teme y considera un orden inferior de las cosas, mientras se apuesta por una verdad que estaría más allá del cuerpo, de la vida y de lo perceptible y decible con los sentidos del cuerpo, y que requeriría de complicadas maniobras mentales para ser alcanzada, maniobras cuyo aprendizaje se trasmite entre hombres…).

Como dice Luisa Muraro en su indispensable “El orden simbólico de la madre”, para entender los alcances exactos del origen materno, se trata simplemente de evocar la relación con la madre concreta de cada una. Y es que ésta, más allá de la calidad y dimensiones de la relación que tengamos o hayamos tenido con ella, nos trajo al mundo, nos hizo posibles. Esto vale tanto para una madre que nos crió amorosamente y está presente en nuestras vidas hasta nuestros días, como para una que nos dejó, por diferentes razones, o incluso para la que estuviera presente solo en la distancia, y aún si fuera más un obstáculo que una fuente de nuestra libertad.

Para el simple y llano hecho de que existamos, su amor y su apertura/abertura al mundo fueron necesarias. «La vida humana de este planeta nace de la mujer. La única experiencia unificadora, innegable, compartida por mujeres y hombres, se centra en aquellos meses que pasamos dentro del cuerpo de una mujer, desarrollándonos.» (A. Rich: Nacemos de mujer).

Las nacidas mujeres, las hijas, que somos todas nosotras, compartimos con nuestras madres ser el sexo que da vida, cuerpo y palabra.

Sin determinismo alguno, dice María- Milagros Rivera Garretas, y luego: «Yo puedo perder el hilo de mi propia libertad, y no por eso dejo de ser una mujer, no es obligatorio que te guste la libertad femenina (…) es una propuesta política». (Conferencia: La verdad ausente de la filosofía).

Esto es así, la capacidad de ser dos, que traemos inscrita en nuestros cuerpos, nos sitúa en el mundo, como han señalado las pensadoras del feminismo de la diferencia, con y como una abertura/apertura al mundo primero, y luego a la otra (e incluso al otro). Cito a Andrea Franulic: “Y cuando las olas de una no llegan a las otras, cuando chocan contra las rocas y nos salpican la cara, ¿no es acaso agua de una misma que humedece la piel?, ¿necesito más? El misterio de la gran diosa Muummu Tiamat* es la abertura al infinito antes de la apertura a otra/o: entre las piernas de una mujer, la vulva y su enigma clitórico, el uno que es dos.”

No hablamos acá de “capacidades presuntas”, de “reproducción” ni opresiones e imposiciones, sino de quienes somos, más allá de las interpretaciones, elecciones y temores que nos crucen. Y todo lo que creamos nace de nosotras, es traído al mundo por nuestra apertura, en el único y sexuado sentido de provenir de la parte principal de la humanidad que la crea. Seamos o no madres de hijas e hijos.

Deseamos la libertad, que es amiga íntima de la verdad, y no la emancipación, que busca la ruptura con la realidad, y la cercanía con los hombres y los errores de los hombres. Y esta libertad, va más de reconocer los vínculos, los deseos, las dependencias y las necesidades, que de cortar amarras/cadenas y lanzarse sola a emular la aventura del héroe masculino, el ser sin madre/matricida, que todo lo puede y lo entiende solo: “Ser libres no significa tanto -o no solo- desligarse del poder masculino como ligarse a la autoridad femenina». (I. Dominijiani: La apuesta de la libertad femenina).

Reconocer el lugar central del amor en nuestras vidas no es más que reconocer su lugar como fuerza indispensable de y en la vida.

También decía que aquí está implicada la política. Lo está, porque la política es lo que surge justo y solamente de estar juntas/os en el mundo desde nuestras diferencias, de las cuales la de ser mujer u hombre es la principal y primera.

En mi política, que he descubierto relacional, de la experiencia de estar en relación con la otra y las otras, hay amor, y hay apertura y no podría ser de otra forma, sin apertura no hay relación, ni mundo, ni vida…

Esto me lleva a pensar, como un apéndice de mis pensamientos, que el temor milenario de los hombres a ser dominados por el amor a una mujer, castrados (psicoanálisis) o embrujados, quizás proviene de la consciencia, distorsionada, pero presente, de su dependencia originaria respecto a las mujeres, al amor, específico, de una mujer: su madre. Lo he pensado leyendo una entrevista hecha a Patricia Rosas Lopátegui, biógrafa de la escritora mexicana Elena Garro, al hacer un comentario respecto a la relación que tuvo con cierto intelectual misógino (relación que, a juzgar por las preguntas hechas en la entrevista, le parecía al entrevistador central para definir a Garro). En esta, la biógrafa señala: «Hay una obra de teatro de Elena Garro titulada “El rastro” (1957) en la que la dramaturga refutó a Paz. En esta pieza en un acto el protagonista llega a su choza embriagado para asesinar a su esposa embarazada de su hijo porque, al haberse enamorado de ella, ha perdido su hombría, su virilidad; sus amigos machos se burlan de Adrián. Su contraparte aparece personificada por Delfina, su esposa, que no es la mujer abierta, sumisa, “chingada” de Octavio Paz, ni es un “revolcadero de hombres”, como la insulta su marido. Delfina es la personificación de la inteligencia, de la sensibilidad; él no quiere dialogar, mientras que ella propone la comunicación. Paz describe a la mujer en El laberinto de la soledad (1950) como un ser enigmático, cerrado al diálogo, como un signo incomprensible. Garro lo refuta y cambia los papeles. La propuesta de la autora de El rastro es en definitiva más cercana a la realidad en la sociedad falocéntrica mexicana; es decir, el hombre es el estoico, cerrado, irracional, salvaje, “la torre de marfil” y la mujer es brillante, creativa, humana.» (Coincido en todo, menos en aquello de que Delfina no es la apertura, pues si lo es, su existencia lo confirma).

El amor, para la mirada masculina, temerosa y desconfiada de su propia situación originaria de dependencia, puede ser una amenaza. Muy probablemente esto se deba a que esa dependencia los hombres la experimentan como del sexo que no son (y jamás podrán ser), y sepan, odiando saberlo, que ellos nunca podrán ocupar ese lugar.

Pues bien, si los hombres han desatado la desgracia sobre sí mismos (y sobre la humanidad, o lo siguen intentando incansablemente), si han mentido sobre quiénes somos y sobre quiénes son ellos: ¿por qué esto debería arrastrarnos a nosotras? Si aún estuviéramos sumergidas en el relato patriarcal, si camináramos por el mundo lamentando ser “el segundo sexo” y anhelando llegar a ser “el primero”, podríamos temer también, negar y desconfiar. Si no hubiésemos descubierto, experimentado, sabido el amor entre mujeres.

Pero no es así. No es así porque tenemos historia y palabras para nombrarla, y como se ha dicho, siempre hay una mujer primero.

Para nosotras, comprender nuestra diferencia sexual lo cambia todo. Una se sabe mujer y sabe que una mujer está primero, no por jerarquía sino, de hecho, porque así es la vida.

Amar a una mujer, como mujer, lo cambia todo, cambia, por supuesto, la concepción de amor, abre los ojos, si puedo expresarlo así. Esto es siempre una posibilidad, más que una garantía o una inmediatez. Digo esto porque es cierto que no hay determinismos. Como dice Andrea Franulic en su artículo “Existencia lesbiana y diferencia sexual”: en el amor entre mujeres puede presentarse, y se presenta, el mal, si no hay consciencia de la diferencia sexual, si no hay un reconocimiento, como mujeres de ese origen materno… No basta con ser lesbiana, dice Andrea textualmente.

Con todo, en la aventura que se abre cuando una mujer que ama a otra mujer, está contenido un amor que la vincula a su propio origen, un amor conocido, que la antecede, que ya venía con ella, en sus entrañas cuando llegó al mundo. Se trata, para mí, del amor primero, por eso, también es el amor que permite mirarse amorosamente a sí misma.

En este sentido, no es cierto aquello de que para saber amar hay que amarse a una misma primero. Es más bien al revés: ser amada, o al menos, consciente de la necesidad de amor, y de haber surgido del amor, es lo que enseña el amor, lo que enseña a saber amar.

El amor a una mujer se siente como volver a la fuente misma del amor, a una, es apertura, sin importar si se recibe o no como una desea que sea recibido. Recuerdo aquí la cita de mi querida Andrea Franulic, la apertura sigue en una, más allá de como sean recibidas las aguas de su entrega.

Esto es porque la vida es la aventura total, el arrojo y la novedad en el mundo, del mundo… Sin garantías.

El amor sensual entre mujeres ha sido una fuente de libertad, felicidad y creatividad femeninas durante toda la historia, y me atengo a la verdad más estricta si digo que el amor de las mujeres ha traído y mantenido la vida humana desde que la humanidad existe.

Hace poco leí de Fabiola Milán (una contacto de Facebook) señalar que el amor es la medida que nos permite reconocer la verdad y distinguir el mal del bien. Y lo decía frente al equívoco extendido de que el amor “distorsiona” la mirada de las mujeres. Las mujeres que nos reconocemos en nuestra diferencia sexual sabemos medir con la medida del amor. En eso no nos equivocamos. En otras cosas sí. Quizás justamente lo hacemos, equivocarnos, y de la peor forma, cuando perdemos la guía de amor.

Ayer me encontré, por casualidad, con el aviso de la presentación del libro de M.-M. Rivera Garretas: “El placer femenino es clitórico”, y esto es lo que decía respecto al libro: “es una celebración del amor, del amor de las mujeres y del amor entre mujeres que ha nutrido la historia pese a todos los intentos de erradicarlo”.

Así, ¿qué más político en el sentido femenino, abierto, de la política, que cuando hablemos del amor, lo hagamos en lengua materna, dejando atrás la inútil y tramposa carga del relato masculino de la miseria y del dominio?

Levantémonos del suelo, pues, y dejemos de hablar de los hombres y para los hombres, con sus palabras erradas, mentirosas y equívocas.

Palabras finales

He querido decir que el amor de las mujeres es la fuente de nuestro amor, que éste nace de la relación originaria y que, en ese sentido, la relación también lo funda. No se puede amar la nada ni la mismidad. En ese sitio, imposible, sencillamente no hay amor. No hay vida.

Afortunadamente, ese no es nuestro lugar.

Hasta ahora, no he encontrado palabras mejores para expresar todo esto que las que cito a continuación de Luciana Tavernini: “(…) para el ser humano, el origen es siempre dual y dispar; dicho con más precisión, que existe el período de la gestación, en el cual la madre tiene dentro de sí a la criatura, de modo que, en el origen, el dos precede al uno”.

Nuestro amor no es fuente de sufrimiento ni de debilidad, sino una fuerza creadora que nos indica el camino del placer y de la libertad.

Y en el amor, como en todo, entonces, también el dos precederá a la una.


[1] Escribí este texto para la primera Feminaria: Sobre las mujeres y el amor, organizada por las mujeres de Tallercitas Feministas, de México. A ellas agradezco la creación de un espacio para hablar de Amor, tema tan caro para nosotras, y especialmente, a Mag Mantilla, por el acercamiento alegre y abierto que estamos teniendo. Este texto fue hermosamente acompañado por los comentarios de Diana Gé, en la lejos-cerca, para ella mi gratitud y reconocimiento amorosos, en el sentido fuerte de las palabras.

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Las Lunas de Felicia

«Claudia y Javiera hicieron germinar y crecer, en sus estudiantas, algo tan grande y preciado que se transformó en esta obra. Y también las jóvenes supieron ver en sus profesoras un más, una grandeza, que les despertó, en su alma joven, lo fértil que vive en ellas, su propia chispa de la vida, la que pusieron en juego en su escritura femenina con la mediación de sus maestras. Así, desde las entrañas al mundo, hicieron nacer el libro Las lunas de Felicia.«

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Escritos de Feministas Lúcidas

Crisálida, Javiera Fernanda González

I

Resolución.

Disolución de nudos

que alivio impregna

sobre los cuerpos envueltos.

La inflexión, el alivio.

Suelta y afloja,

¡no importa si explota!

Quiero encontrar

esa levedad

que aparece

tras alguna

confesión,

tras alguna

trasgresión

a lo que venía ocurriendo

hasta hoy.

Hasta el instante cúlmine

que antecede al orgasmo.

II

Cada quien guarda

un pequeño tesorito,

para compartir

¿con el mundo?

con quien esté dispuesta a recibir.

También hay que saber recibir.

No siempre es fácil coincidir.

Se da cuando una es afín.

Es hermoso,

es radical.

Es la vida misma con su afán.

La energía se complementa,

(¡qué lindo gesto aquel!)

hay espera, hay respuesta.

Es de silencio y apuestas.

Sincronías del ser,

del existir.

Dulce elixir del vivir.

Deseo de compartir.

Amar sin fin,

aunque sea solo

por un instante  fútil.

III

La incertidumbre

se hizo notar

y ya nadie

la pudo ignorar.

Ella nos viene a enseñar

a vivir sin esperar,

sin añorar.

Nos recuerda

que la vida

se encuentra

en los sutiles placeres

del

ahora.

IV

Yo soy

sensual,

sensualidad intensa

pero ligera.

Curvilínea,

me aparezco

entre las líneas

de las sinuosas

formas que me levantan.

Fuerte,

vulnerable,

creativa.

Mujer creadora

de espacios siderales,

de aprendizajes

y novedades.

Estoy en el camino

del aprendizaje sin fin.

Pido de todo corazón,

que los cabos desatados

al fin se encuentren

en la armonía del amor…

para que así me inspiren

a seguir

en el rumbo

del descubrir.

V

Sinergia

de la materia activa.

¿De dónde es

que viene la poesía?

De un lugar

que te pulsa a hablar.

Hay algo que decir,

quizás una risa

y nada más.

Algo por lo que reír,

por lo que soñar

o por lo que morir.

Es que así me sentí

y lo quise escribir.

VI

Una Diosa

recita suavemente en mis oídos

pequeños versos

que me hacen cantar.

Yo los escucho

y muy tiernamente

comienzo a actuar

con pertinencia total.

Me desenvuelvo

bien ligera,

contacto con lo interno externo,

respirar.

VII

Me baja la sangre

y es alivio espiritual,

soltar la carne

desde mi profundo interior.

Cual globo

que se colmó y explotó.

Me erotiza mi cuerpo,

yo misma

y mis posibilidades,

que infinitas son.

Me siento sensual

con mis curvas y mis formas,

mis olores y sabores.

Mi piel ardiente

atraviesa la acuosidad

de la existencia.

Comienzo a sentir

cómo hago el amor

con el aire.

En mis labios

brotan orgasmos

sólo de sentir

las suaves caricias del viento.

Me libero como la gata que soy,

la animala que soy.

Viviendo en el filo punzante

del sigilo salvaje.

Menstrúo placer.

Mi sangre menstrual

es la conexión con el cosmos.

A través de mi sangre

mis ancestras

vuelven a la vida.

VIII

Agradezco

lo que hoy acontece.

Me lleva

más allá de lo inmenso,

más acá de lo singular.

Pies,

sobre la tierra.

Coronilla,

hacia el cielo.

De la vida al deseo,

del deseo a la vida.

Guía.

Guíame,

que a veces me pierdo.

Ayúdame a ver

lo que se encuentre

por fuera de lo evidente.

IX

Adicción al amor esquizofrénico

que hace recorrer por mis venas

el placer y la nostalgia.

Imágenes saltadas de recuerdo idílico

que llenan mi corazón

con dudas respecto del tiempo pasado.

Tú,

desnuda sobre mi cuerpo,

durmiendo un día de verano

con el aplastante calor de la tarde

después del amor maratónico.

El presente es

mi mano sobre tus nalgas

y tu pecho sobre el mío.

Mi nariz

en tu cuello

y el aroma del amor

recorre hasta el fin de mis canales receptivos.

Me lleva a conectarme

de maneras nunca antes vistas.

Haciendo del deseo,

el único deseo.

Nuestra interacción,

tan única,

arraigada en nuestra primitividad,

recala lo más profundo de nuestras almas.

Conecta a nuestras ancestras hasta el momento presente

para estallar en creación infinita,

en el avistamiento del paraíso.

Tú y yo,

mi paraíso terrenal,

mi pozo profundo

que me aleja de la realidad.