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Sobre el silencio y el amor, Diana González Alzate

Sobre el silencio y el amor (1)

Que sepamos, muchas de las que estamos aquí, que la mudez puede ser fecunda.

Que como una primera operación necesaria para las mujeres en un orden patriarcal está la de romper el silencio, que es la invitación que recibimos de Audre Lorde con tanta pasión (2) y con la razón profunda que nace de la necesidad de decir lo que está mal, lo que nos atropella, lo que nos devuelve en tantos espacios compartidos con hombres, pero también con mujeres, al doloroso silencio de no poder decir por miedo a las consecuencias, pero también por falta de palabras. O la que recibimos de Margarita Pisano con su «estar expresadas», para romper con el hábito femenino de la acumulación de cosas no dichas y de resentimientos, para no sentir que hay una zonas de nuestra existencia y nuestro relacionarnos con las otras y con los otros cuyo ocultamiento nos cause sufrimiento. Idea, la de «estar expresadas», que recoge fecundamente Andrea Franulic para hablarnos del «estar expresadas» para decir lo que tenga que ser dicho por nosotras y para movernos en el mundo en la coincidencia de nuestro sentir con las palabras que lo expresan, es decir, verazmente, coincidencia dada por/en la lengua materna –aprendida por cada una de su madre particular–. Usar la lengua en clave patriarcal, por más que hablemos mucho y nos sintamos ‘expresadas’ es una forma de silencio subrepticio, que no reconocemos pero que duele porque no permite la expresión auténtica de una mujer (Carla Lonzi) que implica estar expresada en lengua materna. (3)

El rompimiento del silencio, entonces, pasa inicialmente por decir al modo que cada una pueda para no callar lo que encuentra mal en el mundo y en ella misma y sus relaciones, y por decir en lengua fiel a su sentir, en lengua materna, después.

Pero una segunda operación es la del retorno de la mudez fecunda, del silencio no impuesto sino del silencio que te salvaguarda de que la parte afirmativa de ti no ocupe de nuevo todo el espacio, como supo decir hermosa y magistralmente Lia Cigarini sobre su propia mudez dentro del movimiento feminista en su texto La objeción de la mujer muda. Mudez que contenía su «objeción» dentro de los grupos feministas donde sentía que el hablar afirmativamente ocupaba en ella de nuevo todo el espacio, su espacio. Una traición a las objeciones que no tienen cómo expresarse en grupos que por su naturaleza exigen estar en permanente diálogo, o quizás, tantas veces, simplemente en permanente hablar. Misma sensación tuvo Carla Lonzi (yo lo entiendo así) cuando deja esta aclaración final en su Escupamos sobre Hegel: «(…) Al presente, esa fase está terminada: la verdadera autoconciencia ha llevado a una expresión estrictamente personal». La expresión estrictamente personal da cabida a los silencios que hacen parte de esa expresión y que en general no tienen espacio en los grupos de mujeres en el movimiento feminista. Y esos grupos necesitan de mujeres que reconozcan la fuente inagotable de sí mismas y de verdad propia que puede ser el silencio. Silencio de no sobre-decir, de no llover sobre mojado, o de no rellenar de tierra espacios que no lo necesitan, como cuando en el texto citado Lia dice «lo no-político excava túneles que no debemos rellenar de tierra», y muchas cosas hay en las relaciones con otras mujeres, y en el existir de una mujer individual, que hoy podemos reconocer, con descanso, como no políticas.

Ese tipo de silencio, el plácido, no el que te duele porque te lo imponen sino el silencio del que eres dueña, guardián del misterio de cada mujer –misterio pisoteado en el permanente hablar–, abre el canal para que cada mujer reconozca, re-vea, re-cree su infinito. El infinito de cada mujer. En este momento hablo de cosas con las que seguramente muchas no están familiarizadas. Yo lo estoy desde hace muy poco, así que dejo solo la palabra en el aire: Infinito, tu infinito de mujer, para que brote en todas o en algunas de ustedes como una semilla dejada no desprevenidamente. Por ahora digo que el infinito no se deja ver en el «somos oprimidas por ser mujeres»; tampoco, y mucho menos, en el «no se nace mujer», ni en el género, o el antigenerismo, o el antitransgenerismo como discursos que acortaron las miras del movimiento feminista, y de las propias mujeres para pensarse. Tampoco en el vano martilleo del «alesbiánate», que es hueco de consigna, que no te dice nada sobre lo complejas –y complejizadas– que son las relaciones entre mujeres, que deja por fuera la profundidad y la riqueza de esa complejidad, que no te explica cómo has de amar a las mujeres, que te carga con el «amarte a ti misma es amar a otras mujeres» pero ni siquiera has resuelto cómo llegas a amarte a ti misma, y, como dice Doménica en su hermoso texto (4), tampoco sucede así, sino que el amor se experimenta con y por medio, o mediante otra mujer. Se pone en circulación. Vas a la otra –o a lo otro– con lo que ya tienes.

El amor es una potencia, o mejor, una sustancia que fluye incesantemente en tu cuerpo. No te la da nadie, no llega alguien y deposita amor en ti, sino que es una sustancia nacida de ti, por tu lado, y en la otra, por su lado, que se intercambia, que se pone en movimiento. No tienes que lograr hazañas para ganártelo o merecerlo, como es la idea del amor, o del respeto o de cualquier valor de intercambio en las relaciones humanas para los hombres. Esta idea de «el respeto se gana». No, tu llegas a alguien anticipadamente en respeto; el respeto es tuyo, no es algo que te dan los hombres ni nadie; el «irrespeto» a ti no es tanto asunto tuyo. Llegas, también, con tu amor, con tu sustancia en tu cuerpo. Y lo pones a fluir entre mujeres. Con hombres, ya sabemos, han tomado el amor de las mujeres y lo han instrumentalizado. La grandeza de la entrega del amor de las mujeres los hombres la han empequeñecido. Han caricaturizado nuestra apertura en modelos de feminidad complacientes con los intereses de los hombres. Dice María Milagros Rivera sobre la prostitución que es una caricatura de la apertura femenina. Que han tomado la capacidad de las mujeres de darse, de dar de sí, de poner en movimiento las relaciones entre los sexos para enjaularla y envilecer así la apertura femenina. No soportan la grandeza femenina, y los frutos de amor de ésta necesitan empequeñecerlos, significarlos a su medida egoísta y violenta.

Entre mujeres, el amor lo descubres. Si estás abierta, si tus procesos de pensamiento no se estancan en las fórmulas ideológicas y las consignas, el amor lo descubres, poco a poco. Un día te descubres admirando la potencia creadora de las mujeres, o sus formas de abundancia y su belleza, con una mirada muy distinta de la mirada pervertida y despreciativa de los hombres, o reconoces en cada mujer a tu par, más allá de la disparidad que a veces nos llega a abismar –y a fascinar–. O cualquier día dices: me enamoré de una mujer, y ni te sorprendes siquiera de lo natural que sientes el movimiento de ese amor. Amor que va y regresa de tu par.

No estoy segura de que el amor sensual entre mujeres sea actualmente una experiencia al alcance de todas después de una buena purga psíquica, que es el primer y fundamental lugar –la psique– de colonización masculina en las mujeres. Pero sí sé, como dice Doménica, que la primera experiencia sensual, cuerpo a cuerpo, de toda criatura humana fue con una mujer, su madre, y que tiene todo el sentido, sentido de experiencia alcanzada o alcanzable, el re-despertar esa sensualidad primera de manos, o mejor, de cuerpo de una mujer, que es una experiencia, cuando se la redescubre en edad adulta, casi, o completamente extática, arrobadora, muy alejada del placer localizado, engañoso del orgasmo vaginal.

Por último quería decir: si tú dices «amo a las mujeres», no lo dices como una idea en tu cabeza. Lo dices, si eres honesta, con el cuerpo, que es el que ama, porque las mujeres no amamos con el cuerpo fragmentado, noción y práctica de amor masculinas, sino que amamos con el cuerpo-unidad. El amor mismo lo experimentamos como una unidad que no excluye la sensualidad, que es amor encarnado y en movimiento, ni el placer, que por María Milagros Rivera podemos expresar hoy que en una mujer es del cuerpo y del alma.

__________

(1) Texto leído como retroalimentación a la exposición «Amor y Relación en femenino libre» de Doménica Francke-Arjel para la 1a. Feminaria Sobre las mujeres y el amor, organizada por las mujeres de Tallercitas Feministas de México, 2021. Empiezo hablando del silencio y sin aparente contexto porque acepté por amor la invitación de Doménica a hacer retroalimentación, pero con la incomodidad que me produce la obligación de hablar de un tema determinado. En ocasiones como esta suele aparecer mi mujer muda con su objeción.

(2) Audre Lorde, La transformación del silencio en lenguaje y acción.

(3) Andrea Franulic Depix, Claridades y aclaraciones sobre Estar Expresada, Incitada, Santiago, Colección Feministas Lúcidas, 2021.

(4) Doménica Francke-Arjel, Amor y Relación en femenino libre. https://feministaslucidas.org/index.php/2021/09/04/amor-y-relacion-en-femenino-libre/

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Amor y Relación en Femenino Libre, Doménica Francke – Arjel

Amor y Relación en Femenino Libre 1

Resumen:

A partir de la consideración de la relación como lo fundante de la existencia humana, y también como lugar donde buscar la respuesta a la pregunta por su sentido, quiero colocar al amor como centro de la experiencia vital femenina, intentando ir un poco más allá de los discursos del individualismo y del colectivismo modernos, también repetidos por mujeres, feministas o no. Para todo esto, considero la relación como originaria e inevitablemente femenina (aún cuando de ella participen criaturas del sexo masculino), y me propongo concentrarme en la relación amorosa entre mujeres, materna y sensual, porque han sido mis propias experiencias vitales las que me han abierto los ojos: reconocer mi diferencia sexual, mi origen femenino, y amar a una mujer.

«Todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay».

Emily Dickinson

En realidad, el título de esta intervención lo es todo, pero lo es con un sentido de apertura, es decir, un todo que no se cierra al ser dicho, sino que se abre, como una espiral, un camino o un campo el cual quiero, acompañada, recorrer, explorar. La apertura se ha transformado en una idea recurrente en mi vida en los últimos años, y es que, hija de mi madre Laura, sé que mi existencia solo es posible gracias a su apertura/abertura creadora.

La relación funda la vida, la humanidad, la existencia entera.

La relación es siempre de a dos, y en su origen hay dos mujeres: madre e hija. La relación tiene variantes, claro, que incluyen también la posibilidad de la existencia masculina, la madre pare hijos, y al hacerlo, humaniza a los hombres.

Sin embargo, el hecho primario de la existencia humana es que las mujeres la fundan, y esa fundación es relacional.

La criatura humana lo es porque ha sido creada y criada por su madre, así como somos traídas al mundo por el empuje de nuestras madres por su canal del parto, y la madre nos entrega el cuerpo -cuerpo tejido en sus entrañas, como dice Gabriela Mistral- nuestra madre nos ofrece el mundo (y al mundo) al dejarnos salir de su cuerpo, expulsándonos a una existencia autónoma. Cuando bebemos de su seno, nos habla y nos entrega su tercer don: la capacidad de nombrar al mundo (se trata de un proceso que puede haber comenzado mucho antes, si la madre nos habla estando nosotras en su vientre, y de todas maneras, con el solo hecho de que la madre hable y nosotras escuchemos su voz, nos ponemos en contacto con el poderoso don que es nombrar el mundo).

La vida, la humanidad misma surge de y en la relación, y, sin embargo, quizás presas de miles de años de olvido patriarcal, hoy hablamos livianamente de cosas como amor propio, auto amor, amarse a sí misma, etc., como fundamentos de nuestra capacidad de amar. Se suele decir: “para saber amar primero hay que saber amarse”.

Pero eso es profundamente problemático, ya que invierte el orden de las cosas que hacen posible incluso nuestras vidas. Por supuesto, invierte el orden, o mejor, la armonía que hace posible al amor mismo.

El amor primero nunca es por sí misma o mismo, este amor es por definición y necesidad lo que sintió otra por una, y lo que se siente por otra (u otro) y se experimenta con y por ella solo es posible después.

También, se afirma que la necesidad de amor, de ser amada, es una debilidad aprendida de las mujeres, cito una frase ampliamente difundida de la escritora Margaret Atwood: “El deseo de ser amada es la última ilusión, renuncia a él y serás libre”. Entonces también la libertad es definida, de paso, como un estado humano en el cual se han deshecho los vínculos y dejado atrás los deseos. El reino de la necesidad ha sido abandonado para entrar en el imperio de la voluntad.

Esto es una mentira, pero se entiende su origen y, sobre todo, su objetivo. Mejor dicho, se trata de un error, y este error surge del error mayor, que es la negación del origen de toda criatura humana en el vínculo materno.

Entiendo que la desconfianza hacia el amor surge de que la mirada esté profundamente heterosexualizada, es decir, que en ese imaginar, sentir y nombrar el amor, se ponga al hombre/los hombres en el centro.

Así, también suele suceder que se nos ponga ante la falsa dicotomía de tener que elegir entre una adhesión sumisa al padre o una orfandad sorora entre hermanas que se aman a sí mismas y entre sí, sin mayor distinción. Esto sucede cuando nos situamos bajo el imperio de las ideologías, también las feministas. Aunque debo recordar que, la ideología en sí misma, como distorsión de la realidad, es masculina (la mayor ideología es el patriarcado).

Retomando la línea de la heterosexualización de nuestro pensamiento-sentir, cuando Kate Millet ha dicho: “el amor es el opio de las mujeres, mientras los hombres gobernaban, las mujeres amaban”, decía una verdad, pero una verdad a medias, quizás porque para Millet, como para tantas otras radicales de su época, la verdad estaba emergiendo. Pero para nosotras, ahora mismo, más de 50 años después, esto ya no es así.

Hoy la verdad está expuesta y solo hace falta abrir los ojos para verla: la verdad de la diferencia sexual, la verdad de la lengua materna que nos permite pronunciarla.

Poner a un hombre en el centro, no es solo distanciarme de la/s otra/s, es instalar un muro entre mí misma y mi origen, entre mí y mí misma. Por eso, pienso que la necesaria crítica a la heterosexualidad tiene que proseguir, pero también cambiar de tono, de color, de palabras. No se trata, pues de “alesbianarse” … Se trata de re-conocer la diferencia sexual.

La fuente de humanidad y de amor es la madre, la madre es siempre una mujer. Ese fue el primer amor que conocimos, nos fue dado junto a la vida, ni más ni menos. Puede incluso que nos haya sido arrebatado o negado, pero la huella de su necesidad y del origen, siguen allí, imborrables.

La primera fuente y objeto de amor de toda criatura es la madre, una mujer. Eso también quiere decir que nuestro origen es el amor, entendido como apertura y abertura, afirmación de la vida y don. Es decir, el amor en femenino.

Como se ha hecho necesario aclarar en tantas ocasiones, esto no significa que tengamos con la madre una relación ideal, o que la maternidad esté siendo objeto de una idealización (la idealización es siempre una maniobra masculina, significa alejarse de la realidad porque se la teme y considera un orden inferior de las cosas, mientras se apuesta por una verdad que estaría más allá del cuerpo, de la vida y de lo perceptible y decible con los sentidos del cuerpo, y que requeriría de complicadas maniobras mentales para ser alcanzada, maniobras cuyo aprendizaje se trasmite entre hombres…).

Como dice Luisa Muraro en su indispensable “El orden simbólico de la madre”, para entender los alcances exactos del origen materno, se trata simplemente de evocar la relación con la madre concreta de cada una. Y es que ésta, más allá de la calidad y dimensiones de la relación que tengamos o hayamos tenido con ella, nos trajo al mundo, nos hizo posibles. Esto vale tanto para una madre que nos crió amorosamente y está presente en nuestras vidas hasta nuestros días, como para una que nos dejó, por diferentes razones, o incluso para la que estuviera presente solo en la distancia, y aún si fuera más un obstáculo que una fuente de nuestra libertad.

Para el simple y llano hecho de que existamos, su amor y su apertura/abertura al mundo fueron necesarias. «La vida humana de este planeta nace de la mujer. La única experiencia unificadora, innegable, compartida por mujeres y hombres, se centra en aquellos meses que pasamos dentro del cuerpo de una mujer, desarrollándonos.» (A. Rich: Nacemos de mujer).

Las nacidas mujeres, las hijas, que somos todas nosotras, compartimos con nuestras madres ser el sexo que da vida, cuerpo y palabra.

Sin determinismo alguno, dice María- Milagros Rivera Garretas, y luego: «Yo puedo perder el hilo de mi propia libertad, y no por eso dejo de ser una mujer, no es obligatorio que te guste la libertad femenina (…) es una propuesta política». (Conferencia: La verdad ausente de la filosofía).

Esto es así, la capacidad de ser dos, que traemos inscrita en nuestros cuerpos, nos sitúa en el mundo, como han señalado las pensadoras del feminismo de la diferencia, con y como una abertura/apertura al mundo primero, y luego a la otra (e incluso al otro). Cito a Andrea Franulic: “Y cuando las olas de una no llegan a las otras, cuando chocan contra las rocas y nos salpican la cara, ¿no es acaso agua de una misma que humedece la piel?, ¿necesito más? El misterio de la gran diosa Muummu Tiamat* es la abertura al infinito antes de la apertura a otra/o: entre las piernas de una mujer, la vulva y su enigma clitórico, el uno que es dos.”

No hablamos acá de “capacidades presuntas”, de “reproducción” ni opresiones e imposiciones, sino de quienes somos, más allá de las interpretaciones, elecciones y temores que nos crucen. Y todo lo que creamos nace de nosotras, es traído al mundo por nuestra apertura, en el único y sexuado sentido de provenir de la parte principal de la humanidad que la crea. Seamos o no madres de hijas e hijos.

Deseamos la libertad, que es amiga íntima de la verdad, y no la emancipación, que busca la ruptura con la realidad, y la cercanía con los hombres y los errores de los hombres. Y esta libertad, va más de reconocer los vínculos, los deseos, las dependencias y las necesidades, que de cortar amarras/cadenas y lanzarse sola a emular la aventura del héroe masculino, el ser sin madre/matricida, que todo lo puede y lo entiende solo: “Ser libres no significa tanto -o no solo- desligarse del poder masculino como ligarse a la autoridad femenina». (I. Dominijiani: La apuesta de la libertad femenina).

Reconocer el lugar central del amor en nuestras vidas no es más que reconocer su lugar como fuerza indispensable de y en la vida.

También decía que aquí está implicada la política. Lo está, porque la política es lo que surge justo y solamente de estar juntas/os en el mundo desde nuestras diferencias, de las cuales la de ser mujer u hombre es la principal y primera.

En mi política, que he descubierto relacional, de la experiencia de estar en relación con la otra y las otras, hay amor, y hay apertura y no podría ser de otra forma, sin apertura no hay relación, ni mundo, ni vida…

Esto me lleva a pensar, como un apéndice de mis pensamientos, que el temor milenario de los hombres a ser dominados por el amor a una mujer, castrados (psicoanálisis) o embrujados, quizás proviene de la consciencia, distorsionada, pero presente, de su dependencia originaria respecto a las mujeres, al amor, específico, de una mujer: su madre. Lo he pensado leyendo una entrevista hecha a Patricia Rosas Lopátegui, biógrafa de la escritora mexicana Elena Garro, al hacer un comentario respecto a la relación que tuvo con cierto intelectual misógino (relación que, a juzgar por las preguntas hechas en la entrevista, le parecía al entrevistador central para definir a Garro). En esta, la biógrafa señala: «Hay una obra de teatro de Elena Garro titulada “El rastro” (1957) en la que la dramaturga refutó a Paz. En esta pieza en un acto el protagonista llega a su choza embriagado para asesinar a su esposa embarazada de su hijo porque, al haberse enamorado de ella, ha perdido su hombría, su virilidad; sus amigos machos se burlan de Adrián. Su contraparte aparece personificada por Delfina, su esposa, que no es la mujer abierta, sumisa, “chingada” de Octavio Paz, ni es un “revolcadero de hombres”, como la insulta su marido. Delfina es la personificación de la inteligencia, de la sensibilidad; él no quiere dialogar, mientras que ella propone la comunicación. Paz describe a la mujer en El laberinto de la soledad (1950) como un ser enigmático, cerrado al diálogo, como un signo incomprensible. Garro lo refuta y cambia los papeles. La propuesta de la autora de El rastro es en definitiva más cercana a la realidad en la sociedad falocéntrica mexicana; es decir, el hombre es el estoico, cerrado, irracional, salvaje, “la torre de marfil” y la mujer es brillante, creativa, humana.» (Coincido en todo, menos en aquello de que Delfina no es la apertura, pues si lo es, su existencia lo confirma).

El amor, para la mirada masculina, temerosa y desconfiada de su propia situación originaria de dependencia, puede ser una amenaza. Muy probablemente esto se deba a que esa dependencia los hombres la experimentan como del sexo que no son (y jamás podrán ser), y sepan, odiando saberlo, que ellos nunca podrán ocupar ese lugar.

Pues bien, si los hombres han desatado la desgracia sobre sí mismos (y sobre la humanidad, o lo siguen intentando incansablemente), si han mentido sobre quiénes somos y sobre quiénes son ellos: ¿por qué esto debería arrastrarnos a nosotras? Si aún estuviéramos sumergidas en el relato patriarcal, si camináramos por el mundo lamentando ser “el segundo sexo” y anhelando llegar a ser “el primero”, podríamos temer también, negar y desconfiar. Si no hubiésemos descubierto, experimentado, sabido el amor entre mujeres.

Pero no es así. No es así porque tenemos historia y palabras para nombrarla, y como se ha dicho, siempre hay una mujer primero.

Para nosotras, comprender nuestra diferencia sexual lo cambia todo. Una se sabe mujer y sabe que una mujer está primero, no por jerarquía sino, de hecho, porque así es la vida.

Amar a una mujer, como mujer, lo cambia todo, cambia, por supuesto, la concepción de amor, abre los ojos, si puedo expresarlo así. Esto es siempre una posibilidad, más que una garantía o una inmediatez. Digo esto porque es cierto que no hay determinismos. Como dice Andrea Franulic en su artículo “Existencia lesbiana y diferencia sexual”: en el amor entre mujeres puede presentarse, y se presenta, el mal, si no hay consciencia de la diferencia sexual, si no hay un reconocimiento, como mujeres de ese origen materno… No basta con ser lesbiana, dice Andrea textualmente.

Con todo, en la aventura que se abre cuando una mujer que ama a otra mujer, está contenido un amor que la vincula a su propio origen, un amor conocido, que la antecede, que ya venía con ella, en sus entrañas cuando llegó al mundo. Se trata, para mí, del amor primero, por eso, también es el amor que permite mirarse amorosamente a sí misma.

En este sentido, no es cierto aquello de que para saber amar hay que amarse a una misma primero. Es más bien al revés: ser amada, o al menos, consciente de la necesidad de amor, y de haber surgido del amor, es lo que enseña el amor, lo que enseña a saber amar.

El amor a una mujer se siente como volver a la fuente misma del amor, a una, es apertura, sin importar si se recibe o no como una desea que sea recibido. Recuerdo aquí la cita de mi querida Andrea Franulic, la apertura sigue en una, más allá de como sean recibidas las aguas de su entrega.

Esto es porque la vida es la aventura total, el arrojo y la novedad en el mundo, del mundo… Sin garantías.

El amor sensual entre mujeres ha sido una fuente de libertad, felicidad y creatividad femeninas durante toda la historia, y me atengo a la verdad más estricta si digo que el amor de las mujeres ha traído y mantenido la vida humana desde que la humanidad existe.

Hace poco leí de Fabiola Milán (una contacto de Facebook) señalar que el amor es la medida que nos permite reconocer la verdad y distinguir el mal del bien. Y lo decía frente al equívoco extendido de que el amor “distorsiona” la mirada de las mujeres. Las mujeres que nos reconocemos en nuestra diferencia sexual sabemos medir con la medida del amor. En eso no nos equivocamos. En otras cosas sí. Quizás justamente lo hacemos, equivocarnos, y de la peor forma, cuando perdemos la guía de amor.

Ayer me encontré, por casualidad, con el aviso de la presentación del libro de M.-M. Rivera Garretas: “El placer femenino es clitórico”, y esto es lo que decía respecto al libro: “es una celebración del amor, del amor de las mujeres y del amor entre mujeres que ha nutrido la historia pese a todos los intentos de erradicarlo”.

Así, ¿qué más político en el sentido femenino, abierto, de la política, que cuando hablemos del amor, lo hagamos en lengua materna, dejando atrás la inútil y tramposa carga del relato masculino de la miseria y del dominio?

Levantémonos del suelo, pues, y dejemos de hablar de los hombres y para los hombres, con sus palabras erradas, mentirosas y equívocas.

Palabras finales

He querido decir que el amor de las mujeres es la fuente de nuestro amor, que éste nace de la relación originaria y que, en ese sentido, la relación también lo funda. No se puede amar la nada ni la mismidad. En ese sitio, imposible, sencillamente no hay amor. No hay vida.

Afortunadamente, ese no es nuestro lugar.

Hasta ahora, no he encontrado palabras mejores para expresar todo esto que las que cito a continuación de Luciana Tavernini: “(…) para el ser humano, el origen es siempre dual y dispar; dicho con más precisión, que existe el período de la gestación, en el cual la madre tiene dentro de sí a la criatura, de modo que, en el origen, el dos precede al uno”.

Nuestro amor no es fuente de sufrimiento ni de debilidad, sino una fuerza creadora que nos indica el camino del placer y de la libertad.

Y en el amor, como en todo, entonces, también el dos precederá a la una.


[1] Escribí este texto para la primera Feminaria: Sobre las mujeres y el amor, organizada por las mujeres de Tallercitas Feministas, de México. A ellas agradezco la creación de un espacio para hablar de Amor, tema tan caro para nosotras, y especialmente, a Mag Mantilla, por el acercamiento alegre y abierto que estamos teniendo. Este texto fue hermosamente acompañado por los comentarios de Diana Gé, en la lejos-cerca, para ella mi gratitud y reconocimiento amorosos, en el sentido fuerte de las palabras.

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Las Lunas de Felicia

«Claudia y Javiera hicieron germinar y crecer, en sus estudiantas, algo tan grande y preciado que se transformó en esta obra. Y también las jóvenes supieron ver en sus profesoras un más, una grandeza, que les despertó, en su alma joven, lo fértil que vive en ellas, su propia chispa de la vida, la que pusieron en juego en su escritura femenina con la mediación de sus maestras. Así, desde las entrañas al mundo, hicieron nacer el libro Las lunas de Felicia.«

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La lengua materna con su alcance infinito, Ana Mañeru

La Lengua materna con su alcance infinito, Ana Mañeru Méndez.

Madrid- Santiago (Universidad de Chile), 13 de mayo de 2021

Gracias Andrea por invitarme a hablar. Es un honor y una alegría para mí poder  compartir esta clase con vosotras y vosotros.

Cuando tenía solo cinco años tuve que aprender un pequeño poema para recitarlo en público en el colegio de monjas al que asistí durante trece años. Iba disfrazada de carmelita descalza y representaba a la mística francesa Santa Teresa  de Lisieux. El poema, que no he olvidado nunca, decía así:

“Encontré un fácil atajo

para llegar a esta cumbre

y ardiendo en divina lumbre

¡aquí me tienes Señor!”

Pasé mucha vergüenza porque era tímida y lo sigo siendo. Pero a pesar  de eso lo recité firme, aunque estaba temblando por dentro como una que obedece (de ob-audire) que oye algo que está fuera y también dentro de sí, su destino, su vida. Desde entonces he tratado de responder a lo que oía lo mejor que he sabido, con temor reverencial pero también con ardor, con pasión. Han sido respuestas a las llamadas que me invitaban a alcanzar cada una de las cumbres que iba encontrando en el camino. La invitación de vuestra profesora Andrea Franulic Depix es una de esas llamadas a la que he respondido sin dudar. Así que ¡aquí me tenéis!

La cumbre de hoy es llegar de nuevo a la lengua materna, recuperar la que aprendimos de nuestra madre en los primeros años de una forma relacional y amorosa, no reglada, cuando ella o quien estuvo en su lugar, nos enseñó a hablar con placer haciéndonos viables en el mundo. Digo llegar de nuevo pues se trata de recuperar la lengua que ya teníamos, la que ella nos regaló. Es decir, se trata de  recuperar el cuerpo con su capacidad inseparable de hablar en lengua materna, que es la lengua en la que las palabras se corresponden con las cosas. Esta no es una tarea pesada ni larga ni difícil, como podrían hacernos creer muchos de los tediosos aprendizajes de reglas y normas gramaticales, que hemos recorrido desde la infancia para lograr lenguajes, que se dicen correctos pero no lo son. La nuestra es una tarea que, de hecho, es instantánea y luminosa cuando ocurre. Nunca termina y requiere comprometerte cada vez en la búsqueda del “fácil atajo” que es el del amor a la verdad. El atajo que permite dar un salto de toma de conciencia en libertad. Los atajos de los que hablaré siempre tienen que ver con el amor y con la libertad.

El salto que supone la toma de conciencia en libertad llega cuando te das cuenta de que, con los años, tu lengua materna se ha ido viendo desplazada por distintos lenguajes, los llamados de prestigio social, que se imponen con violencia desde el poder. Son la mayoría de discursos académicos, científicos, económicos, religiosos, políticos y culturales que tapan lo que es, en lugar de desvelarlo y de nombrarlo sin artificios, porque están en juego otros intereses que no tienen nada que ver con el amor, con el amor al mundo y a la palabra que lo nombra con verdad y belleza.

Los lenguajes artificiales que se superponen a la lengua materna construyen realidades paralelas, pseudolenguas falsas como las que hoy circulan a toda velocidad por las redes. Pero no lo ocupan todo, como ocurría con el patriarcado, que finalmente ha terminado aunque todavía sintamos sus coletazos muy violentos. El antídoto es cultivar la lengua materna con esmero como quien tiene un tesoro que debe custodiar. Justo como ya lo hemos hecho y seguimos haciendo muchas mujeres y algunos hombres. Quizá como ya lo estéis practicando en este curso con vuestra profesora. Y el camino está hecho de movimientos que pueden sonar abstractos, pero luego los aterrizaré con ejemplos de la experiencia, de la mía que es de la que puedo hablar.

El primer movimiento es tomar conciencia y no confrontar con los lenguajes artificiales y artificiosos construidos contra la lengua materna. Se trata de usar la propia lengua sin miedo, junto con otras y otros que te ayuden a no perder el principio de realidad y a no perder tu energía, la que necesitas para conseguir lo que deseas.

El segundo movimiento es sustraerse a esos lenguajes todo lo posible, buscando canales nuevos de comunicación o creándolos cuando no los encuentras. Esto no quiere decir montar una cadena de televisión o una multinacional de la tecnología logística-mediática. Con una interlocutora o interlocutor fiable basta y luego vendrán más, con quienes te transformas  haciendo(te) lugar en el mundo, haciendo mundo, desplazando y repeliendo los no lugares, los lugares vacíos de mundo, que es como llamo a los lugares de destrucción de sentido. Lamentablemente hay muchos y proliferan, por eso hay que estar muy alerta y en relación para avisarnos cuando nos deslizamos hacia el vacío.

El tercero movimiento es leer autoras y autores que valen la pena porque le dicen algo nuevo a tu vida que te ayuda a entenderte y a entender a otros y a otras. También frecuentar obras de artistas que te tocan el alma y te ayudan a hablar en primera persona, partiendo de ti y dando valor a la experiencia, no a las tonterías que ocupan tanto sin decir nada.

El cuarto es atreverte a hablar como quien eres. El mundo es uno y los sexos son dos, femenino y masculino. Todas y todos Nacemos de mujer, de sexo femenino, como ya escribió Adrienne Rich en los años ochenta en el libro que lleva este título. Cada tiempo histórico tiene sus retos, sus descubrimientos y también sus trampas que nos toca desvelar. Actualmente, yo soy una mujer que quiero ser nombrada y nombrarme como tal en femenino, con todo el respeto hacia quienes no se sientan hombre ni mujer y quieran nombrarse de un modo nuevo, pero nuevo, sin que yo tenga que cambiar mi nombre, cosa que no deseo porque no me siento ni reconozco incluida en los nuevos nombres colectivos que dicen proponerse para no discriminar y discriminan justo a quienes les quitan el suyo con el que están a gusto. Sé que este es un tema muy controvertido pero no tenemos que tener miedo a hablar de él por corrección política que se vuelve incorrección sin más. Por eso me pregunto:

¿Transfobia como oposición a transfília?  ¿Transexclusión frente a transinclusión? Son palabras para categorizar en abstracto que se usan para hacer bandos y como insultos. Yo no las uso porque siento que no me corresponden ni me dan ninguna luz, solo veo odio cuando alguien más que pronunciarlas las arroja como quien tira piedras.

¿Lenguaje inclusivo que de hecho excluye, porque quiere sustituir las palabras que dicen hombre y mujer por otras que borren esa diferencia? No lo entiendo, no me parece que tenga sentido.

¿Feministas históricas como oposición a feministas modernas? Mientras estás en la tierra la edad es un factor evidente pero no determinante para tu vida y tu pensamiento. Hay mucha gente joven envejecida y viceversa. Hay una parte de la juventud que desprecia su genealogía e ignora a quienes han vivido antes y han conseguido grandes logros y también una parte de gente vieja que se cierra a cualquier cambio del tiempo presente porque se ha estancado en el pasado sin actitud crítica. 

He hablado de movimientos que pueden sonar abstractos pero ahora pondré un ejemplo que muestra cómo son posibles y dan felicidad además de orientarte en la vida. Doy fe de ello con mi propia vida en la que he pasado por muchos trances difíciles, pero siento un profundo agradecimiento a lo que se me ha presentado como destino como oportunidad de sacri-ficio, no en el sentido tradicional de sufrimiento en el que ha derivado esta palabra, sino en su sentido  original de sacro-facere, de hacer sagrado algo, en este caso hacer sagrado el propio destino, la propia vida.

Un grupo muy pequeño de profesoras de primaria, en los años setenta del Madrid del siglo XX, hablando simplemente al salir de trabajar en los colegios donde dábamos clase, nos dimos cuenta de que estábamos enseñando una gran mentira repitiendo en el aula lo que decían los libros: que el uso del masculino como si fuera genérico era válido para nombrar a niñas y niños, hombres y mujeres y además era lo correcto.

Primero tomamos conciencia de que esto no era verdad ni para nosotras ni para las alumnas ni para ninguna mujer. Entonces sin discutir ni pedir permiso a nadie, empezamos a hablar en femenino y en masculino, en clase, en las reuniones del claustro y en los movimientos de renovación pedagógica que frecuentábamos. Este gesto tan sencillo que no necesitaba leyes ni presupuestos fue una revolución, solo contestábamos escuetamente a los ataques que recibíamos por nuestra iniciativa, que fueron muchos y disparatados. Algunos compañeros se unieron tímidamente a este cambio y fue muy de agradecer porque ellos también recibieron críticas. A partir de ese momento ya nunca más aceptamos ni volvimos a enseñar el lenguaje masculino usado como si fuera universal, al que, por cierto, llamaban también inclusivo pero con un significado precisamente opuesto a su uso actual.. 

El segundo paso fue seguir la pista a lo que íbamos descubriendo y tratar de escribirlo: en resumen vimos que ese lenguaje lo impregnaba todo, las relaciones de y entre los sexos, las concepciones violentas de la sexualidad, el desprecio por lo femenino, la falsificación de la genealogía femenina, los usos del tiempo y los espacios de alumnas y alumnos, los juegos, los libros de texto, las actividades extraescolares, las relaciones con las madres y los escasos padres, las jerarquías escolares de todo tipo, donde ellos tenían el poder aunque casi nunca la autoridad. Tengo miles de anécdotas de aquellos años en los que vivimos esta revolución simbólica apasionante, nosotras dimos un salto del orden simbólico, un salto del lenguaje establecido para recuperar la lengua materna. Un salto de vértigo para el patriarcado que empezaba a tambalearse. Ahora sé contarlo, pero entonces toda la energía la empleábamos en vivirlo Y está bien porque cada cosa tiene su momento.

El tercer paso fue dedicarnos a leer autoras y algún autor y comentar, concretamente yo leía a San Juan de la Cruz por su poesía amorosa, que ampliaba también el horizonte de libertad  masculina. Nuestras autoras favoritas fueron Adrienne Rich y Emily Dickinson, estas fueron las primeras para mí.  María Zambrano, Clarice Lispector, Luce Irigaray, Luisa Muraro y Milagros Rivera vinieron después junto con colaboradoras de las revistas Via Dogana, editada en Milán, y Duoda, editada en Barcelona. Tratábamos de captar las palabras que resonaban en nosotras con júbilo por expresar con acierto y precisión lo que sentíamos. Luego las repetíamos como mantras, porque nos servían para responder a lo que  queríamos decir pero aún no sabíamos cómo o no nos atrevíamos a decirlo con palabras propias.

El cuarto paso fue cuidar, revisar y recrear la lengua que hablamos, hablar y escribir venciendo el temor a equivocarnos, a no saber bastante, cultivando las relaciones de reconocimiento de autoridad femenina entre mujeres y también con hombres no patriarcales. A pesar de los fracasos, quisimos seguir confiando para fundar lo que deseábamos que existiera y no estaba en el mundo, viendo con tristeza el fin de algunos proyectos pero ilusionadas por el nacimiento de otros, dejando caer con ligereza lo que nos sirvió en su momento pero ya no nos servía más. Se trataba y se trata de cuidar mucho las palabras cada vez, para que no se filtren el poder y la violencia, para no dejarnos deslumbrar por el conocimiento científico y técnico, casi siempre ciego a la vida y las relaciones, para que no nos arrastren la ciencia positivista con su acumulación de datos abstractos que oscurecen el saber concreto de la experiencia y nos dejan sin suelo, sin aire y sin agua. Sin fuego también, ese fuego que nos hace arder en la divina lumbre, de la que hablaba el poema que recité cuando era muy pequeña sin saber todavía su alcance cósmico, fuego de estrellas, de constelaciones, de galaxias, de infinito. Un fuego que nunca he olvidado.

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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

No Somos Vulnerables, Hemos Sido Vulneradas, Sandra Lidid

No Somos Vulnerables, Hemos Sido Vulneradas.

En los años 60, Kate Millet plantea que la cuestión de la jerarquía pone al los nacidos hombres en un plano de superioridad sobre las nacidas mujeres y que esto va más allá de las clases sociales, las diferencias raciales y políticas. Es entonces cuando el movimiento feminista asoma la cabeza desde el feminismo de la igualdad  y pone en cuestión la base histórica política y económica del patriarcado. Esta nueva mirada cuestionará la relación de la civilización con el planeta.

Desde esos tiempos  la política de los acuerdos  entre machos se inmiscuye en el movimiento feminista para volverlo a poner en la política de la igualdad patriarcal. En los años 80, muchas feministas resistimos, pero la intervención de la Cooperación al Desarrollo, sus programas y dineros, concretaron la división del movimiento feminista. Un enjambre de ofertas logró que dejáramos de ser compañeras o hermanas y aparecieron las “expertas” en mujerío.

En Chile, desde el feminismo autónomo denunciamos la intervención de las políticas patriarcales que se apropiaron de la Casa de la Mujer La Morada y de Radio Tierra y Casa Sofía, todas instituciones que fundó Margarita Pisano para que el feminismo creciera como un hecho político autónomo, libertario y digno.   A poco andar, la cooperación al desarrollo recupero esas instituciones para que volvieran al caudal de la ideología de la igualdad patriarcal. En esa misma época, cada partido de la igualdad en el neoliberalismo creó su propia institución de mujeres y desde allí implementaron los programas que la cooperación al desarrollo tenía para las mujeres. Muchas mujeres de esas instituciones se han beneficiado durante 30 años del simulacro de democracia neoliberal.

La autonomía fue invisibilizada, descalificada,  menospreciada y sobre todo, aislada. Frases como “nuevo trato”, o palabras como propositivo, inclusión, conciliación, reconciliación aparecen en el lenguaje cotidiano. El pueblo y básicamente las mujeres son representadas como objeto de beneficencia. Este lenguaje que nos señala como vulnerables, en situación de riesgo, de calle y otros, oculta la responsabilidad de los victimarios.

Fueron más de 30 años difíciles. No encontrábamos a nuestras compañeras… hasta que el estallido social  y la explosión de un feminismo desconcertante por sus masividad, variadas formas y contenidos, irrumpe en las calles. Ese feminismo es heredero de la resistencia al neoliberalismo y al patriarcado. Pero no solo el feminismo autónomo está al origen de la revuelta, son múltiples las personas y organizaciones artístico-culturales y políticas que han resistido desde los más recónditos y acorralados lugares del territorio.

Hoy el patriarcado, amenazado en sus raíces, tiembla y dispara para espantar a la bandada. No tiene con quien conversar, con quien dialogar, con quien sentarse como gente “decente” a planificar la gobernabilidad.

Los monstruos de la gobernabilidad desatan sus feroces demonios contra el estallido social.  Sin embargo este los desafía una y otra vez. Los monstruos saben que a la primera de cambio su sistema puede reventar. Los monstruos de la gobernabilidad están despavoridos, perciben el despeñadero que tienen a sus pies.  Los monstruos buscan en el basurero de la historia y se agarran de lo que encuentran a mano para no caer al despeñadero. Balbucean que son  feministas y a falta de convicción sacan a relucir mujeres dispuestas a dar un pasito más en la ignominia. Estas mujeres llaman a la gobernabilidad, la reconciliación, la concordia, la paz, la igualdad, y desde un supuesto feminismo   y  por un puñado de pesos, negocian directamente con la extrema derecha, con la misma que ayer, hoy y mañana violaron, violan y violarán los derechos fundamentales para la sobrevivencia del planeta.

Sandra Lidid

abril 2021

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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

Presentación Biblioteca Itinerante, Ana Mañeru

¿De qué manera el hacer circular la escritura femenina libre aporta (algo nuevo) a las políticas de las mujeres en el presente, esto es, en el final del patriarcado?

Cuando descubrí palabras, frases, rastros de escritura femenina libre tenía veintitrés años, pero ya había leído muchos autores que, aunque yo no lo sabía entonces, debían su fama a su misoginia.

Quedé deslumbrada y tuve una revelación. Ya no tenía que esforzarme en entender sistemáticamente, como acostumbraba, las secuencias de palabras masculinas abstractas encadenadas con abstracciones anteriores, con significados y enlaces preestablecidos que poco tenían que ver conmigo.

Sentí y supe de un salto que ya estaba junto con otras en un horizonte más grande, más allá de ese lugar pequeño que era el patriarcado en el que vivía creyendo que eso era el mundo. Y no en contra, sino al lado con nuestra propia voz cada una.

Ahora sé que la fuerza de la libertad femenina que circulaba en algunos libros de autoras había despertado mi propia libertad para dejarme llevar por el relato de la experiencia de otras de una manera nueva que no conocía. Allí estaban sus textos, que incluían el ensayo literario, científico, teológico, político, los diarios, las cartas, los poemas, las novelas. En definitiva lo que daba cuenta de la experiencia femenina libre dicha en primera persona con palabras verdaderas, en lengua materna como decimos hoy.

Así fue como pasé los años ochenta acompañada por el libro Sobre mentiras secretos y silencios de Adrienne Rich, que viajó conmigo por muchos lugares, porque me daba seguridad llevarlo en la maleta. Nunca llegaba a leerlo todo seguido y entero, porque me detenía en frases que aprendía como mantras que me salvaban la vida.

En los noventa, una amiga me regaló Textos y espacios de mujeres, de María-Milagros Rivera Garretas que también fue decisivo para mí. Despúes, empecé a leer a otras autoras del pensamiento de la diferencia sexual como Luce Irigaray o Luisa Muraro y los libros y revistas editadas en la Librería de mujeres de Milán, en la Comunidad filosófica femenina Diótima de la universidad de Verona y en la revista Duoda de la universidad de Barcelona.

Pasé mucho tiempo aferrada literalmente a sus palabras y, desde hace algunos años, esas mismas palabras me han ido inspirando para que pudiera soltarlas y decir al lado suyo sin repetir, sin quedarme atada a ellas sin miedo a errar. Esto es lo que me han aportado e intento aportar también yo: poder hablar y escribir en lengua materna desde mi experiencia viva de libertad femenina, poder leer a otras con esa misma libertad y contribuir  a que circulen nuestras palabras.  

Estoy agradecida a mujeres de todos los lugares y tiempos, especialmente a las autoras, traductoras, editoras, libreras y bibliotecarias que siguen favoreciendo que los libros que nos interesan a las feministas radicales de la diferencia – nombre que entiendo como lugar de encuentro con otras y no como pertenencia o etiqueta fija – lleguen a nuestras manos. Por eso felicito y agradezco hoy la iniciativa de las Feministas Lúcidas de crear su Biblioteca Itinerante.  Me gustaría seguir manteniendo con ellas desde Sabina editorial este sutil lazo que nos une. Un lazo del que habla Emily Dickinson a Susan Huntington Dickinson en la Carta 241 del libro que acabamos de editar Cartas de Amor a Susan:

[…]

El lazo entre

nosotras es muy

fino, pero un

Cabello nunca

se disuelve.

Amorosamente

Emily

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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

Carta para Ana Mañeru, Capi Corrales

Madrid, 17 de abril de 2021

Querida Ana,

Desde niña aprendí que todo proyecto, por pequeño que sea, necesita de un buen trípode, tres sólidas patas sobre las que sostenerse. Te escribo esta carta con tres objetivos. El primero agradecerte, el segundo aclarar las ideas y el tercero ayudarme a recordar.

Ana, gracias por darme oportunidad de asistir a la conversación de ayer tarde, organizada por la Editorial Sabina y el colectivo Feministas Lúcidas, sobre la transexualidad. Cuando hace unas semanas mencionaste que iba a tener lugar y me ofreciste participar, mi primera reacción fue de pereza; la manera en que por lo general se viene encarando el tema de la transexualidad no me resulta adecuada ni interesante, y la idea de pasar varias horas escuchando hablar sobre él no me resultaba especialmente atractiva. Saber, sin embargo, que el encuentro giraría en torno a una entrevista en que dos jóvenes mujeres explican su proceso de detransición sexual (el camino de ida y vuelta, por así decirlo, mujer-hombre-mujer al que han sometido su cuerpo), despertó una curiosidad mayor que la pereza, que me llevó a conectarme ayer. La conversación me encantó Ana. Gracias. Se encendieron bombillas que iluminaron rincones y vericuetos de la cuestión que nunca había visto.

También, a través de algunas de las experiencias compartidas pude entender algo —el primero de los puntos que te describo en la segunda página de esta carta— que una vez entendido me resulta tan obvio como imprescindible de tener en cuenta al pensar en el tema; con frecuencia pasamos por alto lo que tenemos más cerca y justo delante de los ojos. Las explicaciones más sencillas son a menudo las más claras y las fuerzas que más nos mueven tienden a ser las menos sofisticadas e intelectuales y a estar directamente relacionadas con el vivir práctico de cada día.

Finalmente, la manera en que algunas mujeres verbalizaron sus experiencias y reflexiones me ayudó a poner en palabras claras, precisas y limpias verdades que yo ya sabía que lo eran pero que no sabía cómo transmitir. Soy activa feminista desde la adolescencia y llevo años reflexionando con amigas y compañeras de camino muchas de las cuestiones que ahora se debaten de una manera más general dentro y fuera del feminismo. Entender algo no siempre conlleva saber explicárselo a otras y ayer yo aprendí a poner en palabras dos o tres ideas tan sencillas y básicas y como importantes para mí.

Resumiendo: ví, entendí y verbalicé. Gracias, Ana, por semejante regalo.

Escribir es una poderosísima herramienta para aclarar nuestras ideas. Y si lo que se busca, como es mi caso hoy, es tanto aclarar las ideas como transmitirlas, no basta con escribir, es necesario escribir de una manera que haga llegar nuestra voz a quienes nos leen. Tengo sesenta y cuatro años y llevo más de cuarenta de ellos dedicada a la investigación y docencia de las matemáticas en un marco universitario, y escribiendo textos científicos, pedagógicos y de divulgación. En estas décadas he aprendido que para comunicar, además de pulir mis palabras necesito mantenerlas vivas. Y la manera que he encontrado de mantener mis palabras vivas es dirigírselas a alguien en concreto, a una persona con nombre y apellidos. «Querida fulanita, querido menganito…» Todos mis textos publicados, incluso los más técnicos, han cobrado forma como cartas. No son fruto de una perorata dirigida desde mi mesa de trabajo a una masa desconocida, sino cartas de tú a tú, a las que una vez terminadas he quitado el encabezado y dado la forma de libro o artículo. En este caso, Ana querida, he decidido no quitar el encabezado y mantener el texto como surgió, una carta dirigida a tí, Ana Mañeru Méndez.

Querida Ana, me gustaría resumirte en mis propias palabras algunas entre las ideas, reflexiones y experiencias que recogí ayer que me brindaron valiosos temas de reflexión, food for thought que se dice en inglés. Te las describiré tal y como yo las escuché y recuerdo, que probablemente no siempre coincidirá con cómo se dijeron ni con la intención con que se dijeron.

Una mujer de unos cincuenta años nos explicó que siempre ha sido gorda y que de adolescente este hecho la había hecho sufrir mucho. «Si en aquel entonces alguien me hubiese ofrecido una pastilla para adelgazar de inmediato la hubiese tomado, sin pararme a considerar el precio o efectos secundarios posibles.» Al escuchar ayer a esta mujer un escalofrío me recorrió la espalda. Estudié el doctorado en una universidad estadounidense en el estado de Michigan, a diez minutos en coche de Flint, uno de los lugares en que Michael Moore rodó su documental Bowling for Columbine. Conozco, con nombres y apellidos, un montón de personas que en su adolescencia hubiesen estado dispuestas a someterse a cualquier tratamiento y pagar cualquier precio para cambiar el color de su piel, su sexo o las facciones de su cara. De hecho, todas nosotras (como todos ellos) hemos estado a disgusto con nuestro cuerpo en algún momento y también en algún momento, si se nos hubiese ofrecido la posibilidad de cambiar, al menos temporalmente, ese cuerpo, la hubiesemos aceptado. Nunca lo había pensado. Nunca. Algo tan obvio y tan esencial en esta cuestión y nunca lo había pensado.

Varias mujeres contaron haber sido lesbianas desde niñas y haber deseado desde niñas ser hombres no porque se sintiesen incómodas en sus cuerpos, sino porque no veían otra manera de desear los cuerpos de otras mujeres que desde el disfraz de hombres.

De hecho, si hoy tuviese quince años, añadió otra mujer y varias cabezas asintieron en un gesto que implícitamente reconocía la experiencia compartida, me sería mucho más fácil pensar en mi misma como hombre trans que como mujer lesbiana.

El mundo es sólo uno y hay dos sexos en él; no quiero renunciar a mi hermano, hijo también de mi madre. Al escuchar a aquella mujer pensé en mi padre, en alguno de mis hermanos, en algunos de mis tíos y primos, en mis amigos. No quiero renunciar a ellos yo tampoco.

No soy lesbiana, dijo otra mujer, pero no estoy dispuesta a establecer una relación desequilibrada y desigual con un hombre.

Se nos intenta manipular intentando convencernos de que ser mujer es un derecho de todo hombre, y que es injusto que aquellos varones que quieran ejercer su derecho a ser mujer no puedan hacerlo; para hacer justicia a estos hombres, se nos explica, las mujeres hemos de sacrificar nuestra libertad. Al oir describir de manera tan clara y concisa la manipulación con que nos bombardean, no pude evitar escuchar la voz del cantante Miguel Bosé en aquel programa de radio en que, años atrás, defendía su derecho a ser padre. Ser padre no es un derecho, como no lo es ser mujer. Ser padre es un deseo. Ser mujer es un dado de nacimiento. O nacemos mujer o no nacemos mujer.

Ana, querida, gracias una vez más. Por favor, no dejes de avisarme del próximo encuentro. Un beso grande, Capi

Capi Corrales Rodrigáñez
Departamento de Álgebra, Geometría y Topología Facultad de Matemáticas
Universidad Complutense de Madrid

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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

Presentación del Encuentro-conversación, Ana Mañeru

Presentación del Encuentro-conversación con Jessica Gamboa Valdés sobre Detransición.
Sabina editorial y Feministas Lúcidas.

Sábado 17 abril 2021, a las 13 h. En Chile y a las 19 h en España.

Buenas tardes desde Madrid, España, mi nombre es Ana Mañeru Méndez y con Carmen Oliart Delgado de Torres soy parte de Sabina editorial, una empresa de palabras y libros que nos da felicidad a las dos y a las lectoras y lectores que nos apoyan.

Conocimos a Andrea Franulic Depix, a Jessica Gamboa Valdés y a las Feministas Lúcidas de Chile, primero porque Eva Sánchez Hernández, de la que nos fiamos, nos habló muy bien de ellas y acertó;  después a través de encuentros que hemos tenido desde hace un año a través de Zoom, de correos, de whataspps, de video-llamadas y de intercambios de libros que nos interesan.

¿Por qué estoy aquí hoy? Porque me empuja el deseo de hacer política juntas y el placer de conocernos más y de contarnos lo que pensamos y vivimos. Comparto con las Lúcidas el  feminismo radical de la diferencia, no como una etiqueta fija, sino como la manera que he elegido para irme transformando con otras cada día en el sentido que quiero que se transforme el mundo: más femenino y feminista, y más verdadero, bueno, bello y acogedor.

Todo esto implica reconocer y valorar el origen femenino y materno de todas las criaturas humanas, con sus cuerpos sexuados que deben ser acogidos y cuidados en lo que necesiten y no confundidos y destruidos por motivos económicos. Me orienta en este camino el confiar en la potencia del deseo femenino libre que se encarna en cada mujer, el agradecer cada mañana la vida y la palabra recibidas de mi madre y el reconocer nuestra genealogía femenina común. Las Lúcidas y las Sabinas nos hemos encontrado a gusto intercambiando palabras y afinidades durante este año. Cuando aparezcan discrepancias me gustaría que aprendiéramos también a ponerles palabra. Haciendo que cada conflicto sea político, creativo, no mudo ni de confrontación, es decir, destructivo.

Por el mundo entero rondan muchas pandemias, todas nos conciernen y todas pesan especialmente sobre las mujeres. Siento que a cada una nos toca hacernos cargo de lo poquito que esté en nuestra mano, como ya escribió Santa Teresa de Jesús. No se trata de que yo arregle el mundo, sino de que ponga amor en lo que me sienta capaz de aportar algo, por pequeño que parezca. Ningún gesto de amor al mundo es insignificante. Amar siempre es trascendente. Y de esto trata la vida, algo que por el momento hacemos más y mejor las mujeres, esperando que ellos también aprendan.

No es fácil sin embargo, porque se cuela la violencia de todos los llamados “pecados capitales” que cada mujer, cada hombre, cada ser humano, tenemos en peculiar proporción, pero donde se repite un patrón recurrente: demasiados hombres siguen siendo muy violentos contra las mujeres.

Me gusta hablar sobre cosas que me preocupan  en el presente, porque hablar es hacer política. Y ahora me preocupa lo que llamo una “corriente de influencia mundial”, por su poder económico globalizado, que dice defender y proteger la transexualidad para evitar el sufrimiento y la inadecuación de quienes se sienten en un cuerpo que les resulta ajeno.

Espero que juntas vayamos descubriendo el quién, el cómo y el porqué de lo que está detrás de esta “corriente de influencia”

Desde esta corriente se acusa genéricamente a la sociedad por imponer determinados modelos femeninos y masculinos que son construcciones culturales ligadas al sexo biológico de cada ser humano, pero nada se dice de los nuevos modelos, también culturales, que promueven el rechazo o negación del sexo biológico femenino o masculino con el que nace cada cuerpo humano y la construcción de múltiples “identidades de género”, que mezclan de manera muy confusa, sexo, género, expresiones del cuerpo y de la sexualidad, opciones de relación sexual, derechos que se superponen a los hechos para negarlos, etc. Identidades que pretenden desplazar o relativizar, tanto en el orden simbólico – sobre todo en la lengua – como en el social – sobre todo en las leyes – el hecho incuestionable de que todas las criaturas humanas nacemos de mujer y que las hijas nacemos con el mismo sexo que nuestras madres. Para conseguir que esto se vuelva  confuso se apela a la libertad individualista, no relacional y sin límites, por la que cada cual pueda ser lo que decida en cada momento, incluido el ser nada. Y se ofrecen soluciones de consumo capitalista, no cambios del orden simbólico y social que transfomen en lo profundo las relaciones.

He percibido que la hija de una amiga, una adolescente con mucho talento y criada con dos madres feministas muy valiosas, piensa que las feministas como yo y otras amigas de sus madres no somos sensibles al sufrimiento y al sentimiento de inadecuación que prolifera hoy entre las chicas y chicos de su edad. Lo noto por el enfado que muestra cuando nos oye hablar. Me gustaría decirle que sí somos sensibles a casi todo, pero que no estamos de acuerdo con estos coletazos del final del patriarcado. Ni con sus disfraces para no perder el dominio ni con sus distintos rostros, que ahora se muestran caritativos y solidarios… siempre a condición de hacer desaparecer a las mujeres. ¡Qué obsesión histórica! (afortunadamente lo histórico, mal que les pese a muchos, empieza y termina, no es eterno, y el patriarcado ha llegado a su final porque la libertad femenina y la política de las mujeres lo han conseguido. Lo que queda, todavía muy violento, son esos coletazos de los que hablaba antes).

En toda esta operación de querer permanecer del patriarcado hay mucha violencia y por tanto sufrimiento y cómo evitarlo es el punto que me  impulsa a hablar, no para polemizar que siempre me parece inútil, sino para preguntarme, preguntar y entender para transformarme y transformar.

La solución que se ofrece desde esto que llamo “corriente” desprecia la obra materna de la vida, encarnada en los cuerpos sexuados y con palabra, y está aliada con la mercantilización de la salud. Propone acciones para deshacerse de partes del cuerpo y de procesos vitales que produzcan malestar, en resumen propone transitar a otro cuerpo modificando a cualquier precio el propio como respuesta a las demandas que lo desasosiegan. Nada dicen de las nuevas demandas que se generan en los cuerpos así intervenidos, muchas de ellas peligrosas y adictivas, como lo son muchas cirugías pretendidamente estéticas que crean dependencias tristes y dolorosas.

La promesa de libertad y felicidad, que vuela por las redes, y que se asegura previo pago de costosos y arriesgados tratamientos, llega a gente cada vez más joven y desorientada por el difícil mundo de la falsificación en el que han nacido. La promesa es que se sentirán mejor, porque eligiendo el camino de la medicalización y la cirugía encontrarán su libertad. Pero donde hay engaño y una presión social como la que estamos viviendo pienso que no hay elección.

La raíz de esa presión consiste en convencerte de que el malestar de que tu cuerpo no encuentre acomodo en tu vida podrás cambiarlo sin límites hasta conseguirlo, como si esto fuera posible y deseable. Y de que eres tú quien  tiene la llave para buscar soluciones individuales que, paradójicamente, te harán sentirte original renunciando a tu origen. Pero el malestar proviene del desorden postpatriarcal, neoliberal y neocapitalista en que vivimos, que lo ha generado antes desde fuera de ti (y lo mantendrá igual después del tratamiento). Un desorden que no tiene solución en el mercado sino en crear y mantener las condiciones para una convivencia en la que podamos habitarnos con verdadera libertad. Habitarnos en paz y con felicidad en los cuerpos recibidos y cuidados como requiera cada caso, como los cuidan las madres o quienes estén en su lugar para hacernos viables en la infancia.

La elección de rechazar o minusvalorar el cuerpo que tienes y/o mutilarlo, para adaptarte a un nuevo canon que cubra una pluralidad infinita de identidades construidas, a mi modo de ver no es una elección libre sino inducida y en ella te juegas la vida consumiendo tratamientos dañinos y con frecuencia irreversibles. Sé que decir esto no queda moderno, no triunfa en las redes, pero lo veo y lo digo con la libertad de quien no gana fama ni poder ni dinero con ello, ese dinero que aspira a ser la medida de todo en el mundo actual, aunque afortunadamente no lo consiga siempre. Lo digo con la libertad de quien quiere entender y convivir en paz, no dominar.

En medio de la confusión y el comercio salvaje, sí que veo, y me duele, el sufrimiento, desconcierto y confusión causados por intereses económicos incalculables, pero causados sobre todo por las viejas luchas de poder para controlar el cuerpo femenino y sus frutos, para controlar el planeta y el más allá y para controlar todo lo imprescindible para una vida buena. Por esto hablo porque no quiero dar por buena la que se ofrece como tal y me parece nefasta.

Faltan palabras y debates para entender y sobran combates organizados por quienes gustan de hacer siempre dos bandos, en este caso en pro y en contra de la llamada libertad de autodeterminarse y de transitar. Hay prisa en clasificar a una parte de la sociedad como transfóbica y excluyente,  adornada de todos los males sin mezcla de bien alguno, y transfílica e incluyente, adornada de todos los bienes sin mezcla de mal alguno. Así nacen y se hacen las guerras. Las guerras interesan siempre al poder que se ejerce con violencia en muy distintos niveles, como sabemos bien las feministas que no cedemos ante esa primera violencia que muchos hombres ejercen sobre las mujeres en el mundo entero, raíz de todas las demás violencias.

Yo no cedo porque me sostienen el amor a la libertad femenina, la política de las mujeres y la relación, especialmente con las amigas del Grupo de Lectoras “Emilyanas”,  de la Comunidad Femenina Libre “Pocas pero bastantes” y de Sabina editorial. Ahora también, como un regalo inesperado, con “Las Feministas Lúcidas”.

Por todo esto, después de conocer a Jessica Gamboa Valdés y a Andrea Franulic Depix y de seguir publicando con Carmen Oliart Delgado de Torres en Sabina editorial libros necesarios para leer el mundo, lo que se me ocurre hacer es seguir hablando, esta forma preciosa de hacer política. Por eso me ha interesado propiciar este encuentro-conversación, sin otro fin que hablar y seguir hablando todo lo que haga falta, para desvelar, nombrar, compartir, entender. Para amar el mundo una y otra vez sin desesperar.

Presentación de Jeka.

Jessica Gamboa Valdés. Hija de Cecilia y nieta de Zoila, la mayor de dos hermanas y un hermano. Se dedica a la docencia universitaria en la carrera de trabajo social. Actualmente es alumna del máster de estudios de la diferencia sexual de DUODA. 

Se formó en el Feminismo Radical de la Diferencia con Andrea Franulic, y juntas el año 2014 emprendieron la aventura de difundir y estudiar la genealogía del pensamiento libre de las mujeres a través de un club de lecturas, espacio que, junto a otras, llamaron Feministas Lúcidas, al que  reconoce ser su escuela de la política, la política de la relación, la política de las mujeres.

También colabora desde el año 2016 con la página web de Autonomía Feminista, un espacio fundado por Sandra Lidid y Kira Maldonado, feministas autónomas chilenas de los años 90, donde también comparte actuancia con Andrea.