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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

El Brujedario: Un diccionario poético-político de Brujas. Ana Mañeru Méndez.

Vitoria, 19 mayo 2022

La Filósofa feminista radical Mary Daly (1928-2010), durante toda su vida rescató el sentido original y mágico de las palabras, jugó con ellas y las recogió en 1985 en su libro Wickedary, el  Diccionario de Brujas que después nos ha inspirado a muchas. Ella lo subtituló : “Primer Nuevo Brujedario Intergaláctico de la lengua inglesa de las Hilanderas”.

Este libro todavía no está traducido al castellano ni al euskera pero, mientras llega, podéis encontrar un avance del mismo en Ex Órbita. Un Viaje Deslumbrante, otra obra de Mary Daly, que acabamos de publicar en Sabina editorial y que nos ha entusiasmado por su lucidez y su libertad.

Agradezco mucho a nuestra admirada Poeta-Bruja Elisa Rueda, por invitarnos a esta Fiesta de las Palabras  que es Poetas en Mayo, y también a las mujeres de la Casa de las mujeres y a Sorginenea de Vitoria-Gasteiz por invitarnos a este aquelarre de Brujas, junto a Alba Pérez que nos acompañará Invocando a las Antepasadas, las Sabias, las Rebeldes, las Diosas, las Madres, las Comadres y demás mujeres Libres del Ahora, que andamos sueltas, ligeras, pero también de la mano, por nuestro Mundo, el que se escribe con mayúscula.

Pretendo que hoy busquemos la magia escondida en las palabras, según hemos aprendido de Mary Daly, invocando a las Ancestras para que nos guíen en la vida y en la escritura y para que nos protejan a nosotras y a todas las mujeres de la violencia de la sociedad patriarcal, que ella llama sado-sociedad porque se nutre del sadismo y mata el amor. También la llama sociedad necrofílica, porque se nutre de la destrucción de la vida y perpetúa las guerras y la muerte.

Lo haremos lo mejor que sepamos y podamos cada una despertando nuestros sentidos y saberes Elementales de oír, ver y tocar, leer, crear y hablar jugando con treinta cartulinas Elementales que hemos recortado y escrito en casa para esta ocasión con la inspiración de Mary. Muchas de nosotras desconfiamos de las conferencias magistrales o de los discursos con una tesis inicial, un desarrollo más o menos largo e ilustrado y unas conclusiones a modo de síntesis o confirmación de la tesis planteada.

A mí me gusta más invitar y que me inviten a pensar juntas sobre lo que nos ocupa y preocupa, sobre lo que consideramos verdaderos agujeros negros de esta sociedad, sin necesidad de mucho artificio porque lo verdaderamente importante, lo esencial, es sencillo. Es Elemental en el sentido más Profundo de esta palabra. Está conectado con los Elementos que nos permiten vivir, la Tierra, el Agua, el Aire y el Fuego. Yo añadiría también con el Amor, o como queramos llamar cada cual al sentir originario de cada criatura que nace vinculada a la mujer que le da el ser y la palabra y a través de ella al mundo.

En casa he preparado este encuentro como la maestra de primaria que fui durante una etapa en la que, dicho sea de paso, tuve el trabajo en el que más he aprendido durante toda mi vida laboral.

He recortado cartulinas de mi color favorito que es el lila, desde que entendí que era feminista por necesidad vital y por deseo de vivir en un mundo más acogedor, es decir, más femenino. En las cartulinas están escritas palabras inspiradas en el libro Ex -Órbita de Mary Daly, de las que iremos hablando en este encuentro. Os pedimos que participéis cuando oigáis una palabra que tengáis en las cartulinas para leerla en voz alta y leer también lo que dice por detrás o lo que penséis  vosotras, También que escribáis y guardéis lo que os sugiere.

Todo lo que se nos ocurre vale la pena compartirlo, darle la importancia que tiene y no olvidarlo porque nos servirá para entender muchas cosas más. Son rayos de luz y de inspiración que nos han enseñado a acallar haciéndonos creer que no tienen importancia, invitándonos a tirarlos a la papelera, pero no hay que desperdiciar ni uno, porque esos rayos son Revelaciones que  nos salvan de la amnesia, que es el olvido, de la afasia, que nos lleva a la mudez que nos hace callar y de la apraxia, que es la paralización que nos vuelve incapaces de actuar. Todo esto, así de bien dicho, nos lo enseña Mary Daly.

Recordar, hablar y actuar es lo que hacemos cada vez que nos ponemos de pie y decimos algo, cortando así con lo que se entiende por discurso convencional en el que una de nosotras habla, las demás escuchan y luego nos vamos todas a casa con las tres “aes” de amnesia , afasia y apraxia y aquí no ha pasado nada. De esto se nutre el patriarcado, de que una vez que conseguimos hablar no hablemos con voz propia, sino que repitamos sus gestos y reglas. No nos gustaría que fuera así ahora.    

Por eso haremos como ella, que invoca con frecuencia,  para que la ayude, a la Diosa de la justicia redistributiva, de la solidaridad, de la venganza de amantes que no cumplen sus promesas y son infieles. Y lo haremos pronunciando un conjuro que ella llama Hechizo de Némesis y que dice así:

En la Tierra, en el Aire

A través del Fuego, por el Agua

¡Somos VENGANZA, Hijas de Hécate!

O también esta Invocación a la Gran Bruja Original que hay en cada mujer, que Aúlla:

Vuela con mis Vientos

Corre con mis Aguas

Abraza mi Tierra

¡Enciende mi Fuego!

Cuando decimos que somos hijas de Hécate, nos referimos a la diosa de las tierras salvajes, de la fertilidad, la luna y los partos, también de la magia, la hechicería y la brujería. Ella es la que ayuda a Demeter a recuperar a su hija Perséfone raptada por Hades. Es protectora de las encrucijadas (más allá de Hermes y sus hermas), de los caminos de entrada, de los límites, de los umbrales de la casa. Hécate es la triple diosa- gran diosa y  se representa por tres figuras de mujer unidas por la espalda  que llevan una  antorcha, una serpiente y una llave.

“Poetas en Mayo” ha convertido la ciudad de Vitoria en un lugar de encuentro anual para la Asociación feminista de Mujeres Poetas Genialogías, de la que formo parte. Actualmente reúne a más de 80 socias de toda España  que acuden a recitar sus propias poesías y también a mostrar los distintos trabajos que sus antepasadas y sus contemporáneas están haciendo con las palabras. Uno de esos trabajos es el libro que hemos publicado en 2021con el nombre de Diccionaria Una.  Es un libro heredero del Brujedario de Mary Daly,  porque también recrea y resignifica palabras que han sido veladas a las mujeres Des- velándolas con un sentido poético.

Hoy, en Poetas en mayo 2022, yo que soy editora de Sabina editorial, he venido para presentaros Ex – Órbita. Un Viaje Deslumbrante  la primera obra traducida al castellano de la Filósofa  Mary Daly, que dedicó su vida a liberar las palabras de las jaulas en las que las había encerrado el patriarcado.

Ex – Órbita es una original autobiografía en la que ella cuenta sus vivencias, sus búsquedas y sus hallazgos narrando los des-cubrimientos que va haciendo en el proceso de escritura de sus obras más conocidas. Una de ellas precisamente el Brujedario.

Ex -Órbita está escrito en lo que hemos aprendido que se llama prosa, según las clasificaciones de los academentes de la academencia, como ella llama a los académicos de la academia. Pero para mí y para muchas mujeres que hablamos y escribimos con libertad como nos enseñan las Brujas, esa distinción es difícil de aceptar y no me atengo a ella, de modo que para mí la obra completa de Mary Daly es pura poesía. La poesía es un trabajo de creación, de creación de sentido con las palabras que expresan un sentir, una mirada, una experiencia de quienes escriben. Un trabajo de creación que no cesa, siempre vivo, en movimiento como la propia vida de las poetas y por eso inspira y te hace sentir, porque conecta con tu propia vida.

Como nos ha ocurrido a muchas mujeres, unas durante mucho tiempo no se atrevían a decirse escritoras o poetas. Estas son algunas de las muchas palabras enjauladas que hoy vamos a liberar aquí enseguida. ¿Cómo? Simplemente así, si escribes eres escritora,  y si escribes poesía eres poeta, sin tener que esperar ninguna autorización o aplauso o título que lo acredite. Eres escritora o poeta porque lo acredita tu hacer, más allá de gustos, críticas, premios, publicaciones, pertenencias a grupos literarios o cadenas editoriales y multinacionales de la distribución. Una vez que lo entendí pude ser escritora sin más, de la misma manera que soy editora porque edito.

Afortunadamente siempre han existido mujeres libres como existen hoy. Y para no olvidar cómo está montado ese tinglado que se denomina pomposamente literatura universal de todos los tiempos, es muy importante saber que la primera poesía conocida de la historia, el primer texto escrito de la historia que se conserva, lo escribió hace 44 siglos una mujer  Enheduanna (por favor no olvidéis este nombre e interrogad a los academentes si la conocen, a ver si se animan a estudiar un poco y actualizarse). La historia de la literatura patriarcal no habla de ella, la tiene sometida al mecanismo de borrado que tan bien se les da y este hecho inaugural de la literatura universal de todos los tiempos, por más que esté bien  documentado, todavía no se enseñe en las aulas. Callan nada menos que el origen de la palabra, de la escritura y de la poesía es femenino. Aunque este sea un hecho innegable, dada la propia experiencia de cada ser humano, que siempre y solo nace de mujer, callan el hecho y la experiencia de que es cada madre la que nos regala el cuerpo con palabra a cada criatura y la que establece contigo la primera relación que incluye el alimento material y espiritual para nuestro cuerpo almado.Esta genealogía femenina se sigue borrando y se sustituye por una genealogía masculina falsa. Este es el comienzo de las fake news que vienen después.

Después de Enheduanna, ha habido muchas mujeres que han cantado, hablado y escrito, mujeres que han creado y siguen creando. Son, Somos las mujeres que amamos la vida, Biofílicas. Son, Somos las Hilanderas de los hilos de palabras con los que las Tejedoras tejen, Tejemos, las redes de relación y de sentido en el mundo sin las que  no podemos vivir. Son, Somos las Brujas, mujeres sabias que custodiamos el origen y el saber de las mujeres en el pasado y en el Ahora. Son, Somos las Madres, las Co-madres y las Co-madronas las Hermanas, las Hijas, las Amigas que tienen, tenemos el saber de la vida, porque la vida necesita para gestarse y existir de nosotras las  mujeres, de nuestros cuerpos almados, que son cuerpos femeninos.

Todas estas figuras son las que intenta borrar, despreciar, quemar y destruir o asimilar la sociedad de los padres, que es una sociedad necrofílica, una sado-sociedad en la que rige la falo-cracia y cuya actividad preferida es la guerra.

Esta negación de la genealogía y del orden de la naturaleza la han propiciado, y la propician todavía hoy, un gran número de hombres contra las mujeres y sus criaturas, ejerciendo una violencia extrema que incluye violarlas, matarlas y aniquilar el planeta como vemos cada día haciéndonos creer que eso es el mundo, que así es la vida, o mejor la muerte.

Mary Daly dice de sí misma que es una Pirata Salvaje que devuelve a las mujeres lo que les ha sido robado. Es una mujer que se dice a sí misma Impía, una que Peca a lo grande, porque roba honestamente lo que les ha sido arrebatado a  las mujeres con violencia y lo pone en sus manos otra vez.  Así  hace con las palabras, cortando con su Labrys, el hacha sagrada  de doble filo de las Amazonas y de las Diosas, los sentidos superficiales y falsos que están ocultando el sentido Profundo de Ser-siendo, de Ser-Hablando de las mujeres.

Ella es una filósofa que no pierde de vista la poesía, es decir, la creación, la vida. Y que Re-conecta los hilos cortados por el patriarcado Re- estableciendo las conexiones que estaban rotas y no nos dejaban entender, entender-nos.

Yo quiero poder mirar el mundo entero, sin tener que aceptar  la fragmentación a las que nos someten a las mujeres las instituciones académicas, legislativas, políticas, religiosas,  jurídicas, económicas  y demás retahílas con sus saberes “especializados” que destruyen lo que estudian y desorganizan artificialmente lo que estaba organizado de modo natural con un orden cósmico.

Mary Daly me inspiró un poema hace poco y lo voy a leer en público aquí y en otros lugares como homenaje a una que nos ha dejado el rastro de sus viajes Intergalácticos Metapratriarcales, Viajes que no siguen una línea recta ni una órbita predeterminada. Se mueven en Espirales acordes con sus Des-cubrimientos nos dejan su rastro para que sepamos que es posible hacer como ella, vivir con pasión, lo que ella llama Ser-siendo y comunicarnos unas con otras las Revelaciones de lo Profundo que vamos Des-velando, lo que ella llama Ser-Hablando.

                                                           Para Mary Daly, agradecida siempre.

Des-cubrir

registrar

no olvidar.

Revelaciones

de lo Profundo.

Leer

guardar

escribir.

Revelaciones

de lo Profundo.

Re-leer

no cejar

no borrar.

Re-cordar

Re-membrar

Hablar.

Ser-siendo.

Ser-Hablando.

Revelación

Radical

Elemental.

Después ha escrito un conjuro invocando a Enheduanna,  a Emily Dickinson, a Mary Daly y a todas vosotras para que nos inspiremos unas a otras sabiendo que “fracasar es imposible”, como dijo la sufragista Susan B. Anthony en el siglo XIX, y por eso “elegimos mantenernos firmes”, como respondió la propia Mary con palabras que le vinieron cuando no tenía respuesta ante un dilema falso que le plantearon sobre su trabajo en la universidad.

(que vivamos) Libres como Libros

(que tengamos) Libros como Labrys

(que usemos) Labrys como Labios

(que sean nuestros) Labios como Labrys y Libros Libres

https://www.sabinaeditorial.com/catalogo/ex-orbita-un-viaje-deslumbrante-de-mary-daly/

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La relación con la madre (simbólica, concreta y personal): algunas reflexiones íntimas y terapéuticas, Marisol Torres Jiménez

“La lengua salada de Océano que aún lleva huellas de Tiamat, el Chaos originario infinito, apertura sin fin que armoniosamente lo mezcla todo”

Barbara Verzini – La Madre en la Mar. El enigma de Tiamat

¿Por qué se escribe? Fue una pregunta que se hizo y nos pudo compartir hace ya algunas décadas María Zambrano, filósofa nacida en el sigo XX, uno de los siglos donde se ha hecho más patente la miseria femenina, pero que no le fue impedimento para pensar en femenino libre a una de las autoridades de quienes andamos encontrándole sentido a la existencia libre como mujer:

“¿Qué es lo que quiere decir el escritor y para qué quiere decirlo? ¿Para qué y para quién? Quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; las grandes verdades no suelen decirse hablando. La verdad de lo que pasa en el secreto seno del tiempo, es el silencio de las vidas, y que no puede decirse. ‘Hay cosas que no pueden decirse’, y es cierto. Pero esto que no puede decirse, es lo que se tiene que escribir”. [1]

A partir de la invitación de exponer en este encuentro, que tan amorosamente me convidó Doménica, comencé a escribir este texto, volviendo no por casualidad sino por necesidad, y considerando que las casualidades son las necesidades más grandes de la historia como nos ha compartido María Milagros Rivera Garretas en diálogo con otras[2]. Por necesidad regreso a mi pasado, a mi origen, vuelvo a mis primeros balbuceos, al encanto y al olor primigenio de mi madre, vuelvo al momento en que no podía pronunciar la R, pero donde era más patente la sonoridad de la M de mamá como nos ha mostrado la Gran Madre Mummu Tiamat traída por Barbara Verzini[3]. Vuelvo a la memoria de mi pasado, y al encuentro con mi autora, mi primera maestra, mi madre. Quien me hizo mujer, depositaria de su lengua fundada en la relación de amor.

Como una niña que está intentando nombrar su entorno, nombrarse a sí misma, darle significado a lo que siente y a lo que observa, fui dejando atrás los balbuceos, sin saber que esos primeros sonidos son los que hoy me han permitido recordar mi origen. Me están permitiendo, junto a las invenciones simbólicas de muchas mujeres, que me acompañan con su palabra oral o escrita, la visión de mi vocación, la carne ocupando su lugar, el sonido del rugido de la sangre de mi madre cuando aún estaba dentro de ella y gestando gran parte de lo que soy, hoy por hoy.

Una pregunta que intenta explicar y darle sentido al por qué alguien como yo, se siente convocada a estar hoy aquí.

¿Cómo la relación con la madre va marcando el Chaos y la armonía de las relaciones con otras mujeres?

Esta pregunta, como todas las preguntas -o casi todas- han sido las claves que me han guiado hacia el movimiento y la transformación, pero también a la calma y la balsámica tranquilidad. Podría afirmar, a partir de mi experiencia que no todas las preguntas que me he hecho, y que me han heredado otras y otros han germinado algo en mí, pero si han sido ensayos de curiosidad, muchas han intentado ordenarme (sabiendo no hace mucho tiempo, lo patriarcal del orden y sus cortes) y otras han hecho más difícil encontrarme con el sentir porque son preguntas que han estado más centradas en la búsqueda afuera y no dentro. No porque lo que suceda en mi entorno no sea importante o revelador, sino que las preguntas que tienen que ver con mi sentir, están conectadas con el deseo y con la política que hoy cobija mi existencia toda, preguntas que tienen que ver más con las entrañas y con la profundidad, con lo que no se puede ver sólo con los ojos.

Al oficio de preguntar comencé a darle forma cuando decidí dedicarme a la psicoterapia. Con el paso del tiempo, fui encontrándome con mujeres que me miraron reconociendo algo en mí, que, en los inicios en este oficio, no pude descifrar, hoy lo honro como un tesoro inefable al cual pertenezco como un don y un privilegio. Ahora puedo llamar a esa experiencia de descubrimiento, de reconocimiento, de germinación, como autoridad. Todo esto se hizo posible gracias a la vuelta a mi propio origen, a lo que me hace original. Nacida al oriente de Cáncer vista desde el cosmos, siempre movida por el sentido de encontrarle lugar, que ocupara espacio mi genealogía materna, reconocerme en ella. La trinidad femenina me interpela, me pide que la toque y la sienta, porque la torpeza de mis ojos no me permite verla. Me han herido antes de nacer, como el centauro mitológico de Quirón, parece que han herido quien soy, la forma en cómo me veo a mí misma, pero lo cierto es que, sin la otra es dificilísimo hacer autoconciencia[4] y sabernos humanas.   

He llegado a la conclusión de que, el placer por pensar y reflexionar en torno a diferentes preguntas -que tienen que ver con la experiencia propia e íntima, con los secretos, con mi espiritualidad, con las confesiones, con lo que todavía no está dicho- con otra, en relación dual, es decir, el entredós; es el espacio simbólico al que he decidido dedicar mi tiempo y mi energía. Espacio simbólico que conforma mi vocación, el lugar a donde me siento llamada y convocada. Esta decisión como toda necesidad se volvió inevitable. El que yo haga psicoterapia es inevitable.

Unido al llamado de la psicoterapia, pensar y poner atención en la relación con la madre como horizonte y sendero simbólico ha sido central en mi trabajo como psicóloga acompañando a otras mujeres, y también a algunos hombres. Traer la relación con la madre se hizo imprescindible. Muchas mujeres, que además conforman gran parte del universo que asiste regularmente a terapia, tienen la certeza o están en vías de hacerlo siguiendo las huellas femeninas de la libertad, de que el patriarcado ha finalizado[5], y lo significativo que es volcarse a revisar y atender la relación con su madre concreta y personal.

En este contexto esperanzador, donde se hace patente un descreimiento de los patriarcas y su cultura de la miseria, donde cada vez más mujeres priorizan las relaciones duales con otras, esto ha traído consigo que sean más salientes los sentimientos profundos de amor y desamor entre nosotras. La amistad, el amor sensual, la envidia, los celos, la fusión, son algunas de las experiencias que las mujeres traen a la consulta sin saber muy bien qué hacer con los sentimientos que les provoca la intimidad y el estar en relación con otra, a quien han elegido como prioridad.  

Desde muy pequeña supe lo importante que sería la relación con mi madre, pasaba todo el tiempo con ella, incluso cuando ella trabajaba me tocaba acompañarla porque no tenía quien cuidara de mí mientras ella lo hacía. Sus caminos, sus viajes, sus palabras fueron mi primera escuela. Pasaba por un abanico de emociones, muchas tenían que ver con cómo ella se sentía, más que conmigo. Ella me presentó la empatía y la escucha. Ya más tarde, a medida que fui creciendo, en las relaciones con mis amigas y parejas, se fueron reviviendo y replicando muchas de esas emociones y sentimientos que experimenté por primera vez en la relación con mi madre.

Conectar las vivencias con las mujeres de su vida, e hilarlas a la relación con su madre concreta y personal.  Ha sido lo revelador para mí, y para muchas mujeres (y algunos hombres). Volver al origen y a todo su simbólico trae la armonía tan necesaria para vivir bien, para sanar las heridas que quizá han persistido durante toda su biografía. Ahí es donde es posible la circulación de autoridad materna[6], reconocimiento de la autoría de la madre concreta y personal. El panorama parece sencillo, muchas veces es sorprendente cómo al quitar velos de complejidad, de largas jornadas de autodiagnósticos apegados al ‘paradigma de la salud mental’ y el tan cruel cuadro psicoanálitico, caen en el descrédito de este sistema insostenible. Se vuelven esquivables, porque frente a la sencillez de quien nos enseña el amor no hay paradigma sostenible. Las volteretas pueden ser muchas, la vaginalidad[7] está a la vuelta de la esquina. También puede abundar en la psique de la terapeuta. Puedes sentir que avanzas un paso, y retrocedes diez. Es paradójico, por eso tiene sentido, porque el reconocimiento de la relación, de la autoridad, incluso de la sanación no es lineal. Sobre todo, cuando hablamos de sanación, que es un proceso con figuras multiformes, significados continuos, caminos inexplorados, tropiezos y epifanías, aquí no existe una línea recta por la cual caminar, pero si sabemos que tenemos que caminar, no existen recetas, pero si muchas preguntas, algunas huellas y la nunca bien ponderada relación que nos muestra las pistas para la libertad, que siempre, es relacional[8].

La propuesta: estar en terapia en femenino y el regreso del alma

En la psicología tradicional -digo aquí tradicional a toda aquella psicología que es ejercida y afianzada en el régimen del uno, centrada en la experiencia masculina y en el neutro universal- se hace alusión a la relación, o también llamado vínculo con la madre, pero se habla de ésta tergiversando la importancia de ella en la autoría de su criatura. La figura de una madre cortada en pedazos por el orden de la espada[9] del padre edípico del psicoanálisis o de la corriente psicológica de moda, que no pierde ocasión para imponer la relación padre e hijo como relación originaria (como si el padre o el hijo pudiesen procrear), intentando sistemáticamente orillar a la muerte simbólica la relación madre e hija como relación primigenia y originaria.  Esto no quiere decir, que la mujer no tenga hijos, que, si los tiene, pero la hija con quien comparte su sexo, la diferencia sexual femenina, es la depositaria de la lengua materna y de la capacidad de ser dos, de procrear.

Entonces, ¿Qué hay más allá de la salud mental de las mujeres? ¿Es ética abordar la salud mental de las mujeres? Si, pero no es estética[10]. Estética sería que nuestra salud -el estar en el mundo con gracia- fuese vista como un todo, y no como un pedazo susceptible a ‘análisis’, donde ponemos a la mente en un lugar -generalmente fuera del cuerpo- y al cuerpo en otro.

Esto me recuerda como las organizaciones (estatales o no) se dedican fervientemente a separar la violencia masculina en una tipología (psicológica, sexual, física, económica… y así, un largo abecedario que parece enumerar un largo etcétera sin sentido y desconectado de la realidad). Una psicología centrada en el pensamiento del pensamiento, y no centrada en el pensamiento de la experiencia. La única experiencia que conozco de primera mano es la propia, un camino solitario y acompañado me ha sido dado como un regalo, lo he hecho a mi medida, a partir de la reflexión de mis traumas y mis talentos, muchos de los primeros aún los padezco; y los talentos me los encuentro como huesos, cuando hago cuenta de ellos, haciendo alusión a la figura de la Mujer Salvaje que tan amorosamente nos enseña Clarissa Pinkola[11]. Me agrada saber que mis talentos son primitivos, enseñados por mi primera maestra, mi madre concreta y personal, y que afloran a lo largo de las estaciones como la primavera, o decantan e hibernan como en mi amado otoño que me permite el descanso, y yo lo recibo con amor.

Las emociones o sentimientos no se pueden analizar, es como despedazar algo que no puede ser despedazado, si es así, resulta trágico para que quien lo sufre o padece, lanza a una oscura y frívola fragmentación. La analítica psicológica ha fracasado por lo mismo, separar y dividir sostiene el orden de la espada.

La libertad, en tanto suceso relacional, es sostenido por el amor, por lo tanto, como todo en esta vida, está sexuado. Y la psicología como disciplina que versa sobre lo humano, también está sexuada, aunque se pretenda neutra[12].

A partir de mi experiencia, como mencioné anteriormente, la mayor cantidad de personas que acuden a la consulta psicoterapéutica son mujeres. Son ellas -en relación conmigo- quienes hacen de la terapia una salida y encuentro posible con el placer, con la vida y la espiritualidad. Los motivos de consulta que traen las mujeres a la relación terapéutica tienen que ver con los efectos de la violencia machista ejercida por hombres en sus relaciones íntimas o no tanto, el incesto, el abuso sexual, las dificultades para salir de relaciones abusivas e instrumentales y la falta del deseo o desconexión con el placer (femenino), y pongo el paréntesis en femenino, porque a veces persiste la creencia de que el placer de las mujeres es igual al de los hombres, y no es así. Estos hechos pueden ser llegar a ser altamente perturbadores, pues traen consigo la pérdida de sentido, desorden simbólico y, en muchos casos, periodos de sufrimiento y ausencia de deseo, como sucede en los casos de depresión. Podría seguir enumerando aquí, todas las consecuencias dolorosas y miserables que ha tenido y tiene para las mujeres el haber nacido en el patriarcado del siglo XX, por todo el apogeo y exaltación de la vaginalidad, el liberalismo sexual, la invención del orgasmo vaginal y toda la violencia hermenéutica asociada al conocimiento.  

Sin embargo, una clave política que he aprendido de María Milagros Rivera Garretas es que “el patriarcado nunca ha ocupado toda la vida de una mujer (y tampoco de un hombre)”[13], lo que ha traído un bálsamo no sólo a mi ser y estar en mundo, permitiéndome sentir más allá de la tensión en mi cuello y hombros que me generaba estar en una dialéctica incansable con los hombres y toda su miseria, sino que esa clave política se ha vuelto terapéutica al poder compartirla en un espacio relacional femenino que he ido cultivando con cada mujer que me ha dado el privilegio de acompañarle. Una clave contundente, reveladora, que nos permite una psicología en femenino, atenta y sostenida en la diferencia sexual, más allá de la economía de la miseria femenina y más cerca del sentir originario (María Zambrano). Una psicología no pretendidamente apellidada feminista ni genérica ni militante, sino que, una psicología en femenino centrada en la experiencia de cada mujer, en singular, como señaló Candela Valle Blanco, una psicología que abandone la neutralidad y sea específicamente femenina. Donde cada una puede decirse a partir de si, donde estemos más cerca de lo decible que de lo indecible, no porque no puedan existir cosas que no se puedan decir, sino porque hay que sanar, y la palabra nos lo hace más fácil. Porque nos permite poner en su lugar la miseria, y darle lugar a la grandeza femenina que cada una trae consigo como mujeres nacidas de mujer. Una psicología con, como la libertad femenina que es relacional, y no una psicología sobre las mujeres. Aquí se trata del quienes, no del qué, quienes somos las mujeres no qué somos las mujeres[14], como cuando Andrea Franulic Depix nos saca de la identidad pretendidamente genérica donde nos han puesto convenientemente a las mujeres cuando hablan de la sujeta del feminismo, por ejemplo.

No es de extrañarnos que el ideario de la igualdad también haya permeado la práctica de la psicología, como ha pasado con su teoría, que parece que, entre más alejada de la psique y el sentir originario de las mujeres, pretende imponer procesos psicoterapéuticos que poco tienen de terapéuticos, y tienen más de psicología del género o con perspectiva de género, como gusten llamarle, parece que son lo mismo y nada a la vez.

Otra de las luces que me ha permitido guiar mi trabajo de acompañamiento dual ha sido lo importante que es Saber Amar a la Madre Real[15], concepto dado por la filósofa Luisa Muraro. Saber Amar a la Madre Real es un desafío constante -y le llamo así no porque tengamos que cumplir una meta o ganar algo con esto, le llamo así porque por su origen etimológico, por afiar, que proviene de fiarse, de la confianza, de encontrar seguridad- para quien decide adentrarse en su proceso terapéutico en clave femenina libre es reconocer en la madre concreta y personal o quien haya ocupado su lugar, la autoría de la propia existencia. Aceptar la certeza de que el dos precede al uno.

La era de las mujeres emancipadas, era a la que pertenezco por llevar poco más de treinta años en este mundo y ser la primera generación de mujeres de mi familia que asistió a la universidad, me hizo alejarme con fuerza de estas mujeres, me expulsé de la trinidad femenina aparentemente gustosa jactándome de ideas libertad, claro, la libertad individual y huérfana de la falosofía masculina que tan orgullosa me hacía sentir, mientras estudiaba en la universidad sin madre ¡Cuánta soberbia, desconexión y apego al padre huérfano abundó en algún momento por aquí, y por aquí! Entiendo, en carne viva cuando una mujer -yo misma- está embargada por la frustración y el anhelo de que su madre sea diferente a como es, que cambie sus modos, hasta en la forma en cómo se sienta o toma sus decisiones, como si eso fuese a transformar los términos de la relación que se ha mantenido con ella, o sostener la creencia de que su madre se siente fracasada por los destellos de libertad e independencia simbólica de su hija. Nuestra madre es Real, no es una idea o ideología. No es posible mantener una relación idealizada con alguien que vive o ha vivido, quien nos ha dado la posibilidad de existir en este mundo. Saber amar a la madre real es reconocerle autoridad a nuestra madre concreta y personal -o a quien haya ocupado su lugar- sabiendo que ella nos hizo depositarias de su lengua y de su amor.

El amor, por lo tanto, no es tan propio como se nos ha venido mostrando en los discursos y propagandas feministas o en los libros de autoayuda, que prometen enseñar recetas mágicas de cómo las mujeres nos tenemos que amar a nosotras mismas, no porque esté mal el amor, el cultivo o la germinación del mismo, sino porque como todo en la vida y en el mundo, como mencioné anteriormente, el dos precede al uno, el amor es relacional, hubo una mujer (como en casi todos los casos) que nos enseñó el amor como presencia (o ausencia) continua en la vida de una mujer.  Lo que si me parece interesante, es que nuevamente el amor sea algo que sea susceptible de conversación y de atención entre mujeres, considerando que al menos durante el auge del feminismo radical se comenzó una campaña en contra del amor como si la vivencia del amor fuese un obstáculo y un problema en la vida de una mujer, como expuso detalladamente Doménica Francke-Arjel en su escrito Amor y Relación en Femenino libre[16]. Hoy parece que las referencias feministas y femeninas en torno al amor no cambian, sólo se han transformado, utilizando el concepto de amor propio. Más allá de las discusiones discursivas y políticas que cuestionan al amor, su presencia en la vida de cada mujer es fundamental y lo que no se puede negar es cómo el amor es una de las enseñanzas más importantes de la madre concreta y personal -o quien haya ocupado su lugar- de cada criatura, y cada vez se vuelve un ingrediente principal en la cocina simbólica de la mujer que emprende el camino de nombrar el mundo, su experiencia en el mundo.

La pérdida del hilo que nos vincula a nuestro origen, a la certeza de que hemos nacido de una mujer ha ido propiciando como transitable la senda errática de la huerfanía, que más que libertad ha ido asentando sentimientos de soledad, de desconexión y tristeza. Comparando la libertad con el desapego. Desprenderse del pasado, salir exenta de la genealogía materna, buscar sin mucha claridad la independencia simbólica, “¿Cómo no repetir la historia de mi madre?” Se preguntan muchas con pesar, como si borrar o extirpar la historia y las experiencias de la madre y de las mujeres de su genealogía femenina fuese la solución a las heridas que cada mujer puede cargar en su alma y en su psique “¿Cómo puedo hacer que mi madre sea diferente, que cambie?” “¿Cómo hacer que ella me acepte tal como soy?” “¿Cómo lograr ser yo misma sin que eso le provoque dolor a mi madre?” Las preguntas y los cuestionamientos sobre la otra, la madre concreta y personal, se suman a los motivos de consulta nombrados con antelación de muchas mujeres hoy en día, en la mayoría de los casos este motivo está oculto en el sótano de la conciencia, pero que no se hace esperar para volverse evidente porque la fluctuación odio/amor con la madre, la orfandad, la falta de visión del origen trae consigo dolor y pesar en quien los padece, al menos eso me ha ido indicando mi propia experiencia. Diana Sartori[17] hace la distinción entre vínculo con la madre y su legado, en primera instancia, el vínculo con la madre de cada una es insoslayable, es la relación fundante de la vida, el reconocimiento de la autoría de ella, saber que provenimos de esa relación es el comienzo de un camino revelador sin el que no podemos hurgar en nuestro propia historia y origen, ahí está el ‘más’ de nuestra madre, saber que existe disparidad en la relación con ella.

Por otro lado, el legado materno hace referencia a los contenidos transmitidos por nuestra madre, aquí, es donde aparece un punto complejo y ha generado mucha contradicción en las mujeres, que en calidad de hijas buscan su libertad e independencia simbólica, a sabiendas que quizá mucho de este contenido transmitido por su madre, es miseria patriarcal. Por lo tanto, existen las madres patriarcales o vaginales[18], como leí en el reciente libro La Madre en la Mar. El enigma de Tiamat de Barbara Verzini, cuando Mummu pierde su M “… madres aplastadas por la violencia simbólica falocéntrica, han olvidado que pertenecen a lo infinito y se han dejado seducir por el orden de separación de la espada”. Por eso las preguntas que nos hacemos las mujeres en algún momento de nuestra vida relacionadas con el vínculo materno, en este caso, en una instancia terapéutica, son necesidad y deseo genuino de autenticidad, de libertad relacional y de visión con el origen, son preguntas que nos invitan a la transformación, a revisar las heridas, pero también la grandeza y la autoridad femenina presente en la vida de cada mujer. No hay receta, el proceso de cada una es singular, instigado por el sentir originario, lo que compartimos todas es el regreso del alma, una vuelta al sentir guiada por la capacidad de ser dos. Las hijas o los hijos espirituales no son necesariamente de carne y hueso, a veces traen el sonido de una armonía vuelta canción, la sinuosidad de una escultura, la profundidad de la poesía y el placer de la relación sin fin.

Una de las grandes inquietudes y deseos genuinos de quienes acompañamos en terapia, que si revisamos su étimo proviene del cuidar, atender y curar los padecimientos y dolores del alma. Me hace recordar que en la universidad los debates ontológicos y filosóficos que nos preocupaban establecían una distinción entre la psique o el alma, si eran o lo mismo, o era diferentes, una constante separación entre el alma/psique y el cuerpo, como si entre el alma y cuerpo hubiese un abismo, y acabábamos separando también los fines de la psicología, si ésta era una ciencia, una disciplina o un arte.  Creo que ahora entiendo porque me costaba tanto elegir, no es que fuese géminis, pero sólo me quedaba con la duda asentada en la razón. El sentir estuvo incólume, esperándome como hermosamente nos mostró Andrea Franulic[19], cuando la salida siempre estuvo ahí, abandonar las herramientas del amo porque no sirven, nos vuelven objetivos, desechos, y además les encanta la fragmentación, la escisión, el corte de la espada.

Como cualquier oficio espiritual volver a la dependencia es una condición fundamental, la dependencia como experiencia de la relación primaria con la madre es capaz de provocar una infinidad de cuestionamientos internos, sobre todo, considerando un contexto que cuestiona la dependencia en todas sus formas, porque difumina la vivencia individual y nos hace sentir vulnerables. Las afrentas del feminismo liberal -y no tanto- van en dirección opuesta al reconocimiento de la dependencia como una de las cualidades fundantes de la relación madre e hija, aunque no es de extrañar pues el origen etimológico del concepto de dependencia, nos lleva a palabras como subordinación, como cualidad de estar debajo de una autoridad o “algo mayor”. Afortunadamente gracias al pensamiento de la diferencia sexual y a las mujeres que lo han hecho posible, he podido saber que autoridad es lo opuesto al poder, pues proviene de  augere que significa “hacer crecer”, sabiendo esto es más sencillo aceptar la dependencia como una instancia humana, precisamente algo que nos hace humanas y humanos, porque ese “algo mayor” es nuestra madre -o quien haya ocupado su lugar- quien nos sostiene, nos hace crecer, nos cuida en calidad de criaturas nacidas de su cuerpo y de su amor.

Algunas palabras finales:

Encontrarme con mi voz interior, la voz de mi madre, el recuerdo de los colores y sabores de la fruta y el olor de pescado en sus manos. Esos olores y sabores son como una máquina del tiempo, que me permiten mirar atrás ahora si con sabiduría y templanza. Los olores y las escamas invasoras en sus brazos y manos que me conectan con ella y su incansable deseo de estar cerca de la mar, disfrutar del aire que apacigua su corazón acelerado y la llena de contemplación. La garantía de la coincidencia entre las palabras y las cosas, de su deseo y de su lengua, la inconmensurable obra materna, la hago palpable cuando ella encuentra la calma en la contemplación.

Heredé la Luna en Escorpio, seguramente por la Sol de mi abuela, nacida el día de todas y todos las muertas y muertos. Como siempre, como cierto tiempo, recorro mis lunas: paso por la creciente, siento que nazco y crezco, me lleno o me ilumino y también una parte de mi muere, por fin, esperando la sanación, como es la Luna en Escorpio, por fin, encuentro la salvación.


[1] Esta cita textual la tomé del libro El amor es el signo. Educar como educan las madres de María- Milagros Rivera Garretas.

[2] Esta idea aparece en libro El trabajo de las palabras de Luisa Muraro, Lia Cigarini y María Milagros Rivera Garretas

[3] Barbara Verzini autora del libro La madre en la mar. El enigma de Tiamat (2021)

[4] Esta idea la recojo de Carla Lonzi y otras en el segundo manifiesto de la Rivolta Femminile Yo digo yo (1977)

[5] En 1996, las Mujeres de la Librería de Milán en la revista Sottosopra han anunciado el final del patriarcado, para más detalle y profundización de esta idea recurrir al título (Ha ocurrido y no por casualidad) El final del patriarcado disponible en cualquier buscador en red

[6] La primera vez que leí sobre autoridad materna fue de la mano de Andrea Franulic, ella ha sido la portadora generosa que, en primera instancia me ha ido presentando el pensamiento de la diferencia sexual. Pude profundizar aún más gracias a las palabras de Lia Cigarini y María-Milagros Rivera Garretas

[7] La mujer clitórica y la mujer vaginal de Carla Lonzi

[8] La libertad femenina es relacional: idea de Lia Cigarini

[9] Para profundizar en esta idea recomiendo leer La madre en la mar. El enigma de Tiamat (2021)

[10] Aquí recurro la reflexión compartida por María-Milagros Rivera Garretas en el escrito titulado “Educar en la libertad de la relación” del libro El amor es el signo. Educar como educan las madres, precisamente cuando habla de la gracia en las relaciones sin fin

[11] Las mujeres que corren con los lobos

[12] Candela Valle Blanco entrevistada por M.M Rivera Garretas donde pudo exponer algunas ideas sobre la “Psicología en Femenino”, título del escrito.

[13] El placer femenino es clitórico de María-Milagros Rivera Garretas

[14] Idea abordada por Andrea Franulic en su escrito ¿Qué es la política de la identidad?, cuando cita a Hannah Arendt a través de Diana Sartori. El texto está disponible en la página de Feministas Lúcidas: www.feministaslucidas.org

[15] Puedes conocer más de este concepto dado por Luisa Muraro en su libro El orden simbólico de la madre (1994)

[16] Se puede encontrar este escrito en la página de Feministas Lúcidas: www.feministaslucidas.org

[17] Para profundizar un poco en la diferencia entre el vínculo y el legado materno, se recomienda leer Vínculo sin legado de Diana Sartori

[18] Idea expuesta en el libro La madre en la mar. El enigma de Tiamat de Barbara Verzini (2021)

[19] Incólume, esperándome hermoso texto escrito por Andrea Franulic, lo puedes hallar en la página de Duoda, o en su reciente y maravillosa antología Incitada (2021) que está disponible para descarga en su página: www.andreafranulic.cl

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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

Palabras para Zoila Rosa Amada, Ana Mañeru Méndez

Conocí a Zoila hace un año de calendario y a mucha distancia en los mapas, pero siento que la conozco desde siempre y que nos hemos abrazado en algún momento. Esto sucede porque las mujeres tenemos  medidas vivas que tienen que ver con la experiencia, con nuestro Ser-siendo y con nuestras relaciones. Medidas que no obedecen a la abstracción de las ciencias que matan lo que estudian para controlarlo, objetivándolo para que se ajuste a los moldes y a la pretendida exactitud de sus leyes. Por eso puedo decir que Zoila y yo nos conocemos desde la eternidad y para siempre, que es justo lo que dura cada destello de amor genuino. 

Nunca imaginé que iba a vivir una experiencia como la de ser Coabuela con una mujer tan delicada como Zoila Rosa Amada. Ella y yo, para frecuentarnos y apreciarnos, hemos atravesado, como escribió Emily Dickinson , “Una Montaña – en mi mente –  / Más Montañas – luego un Mar – / Más Mares – …”[1] , después Zoila y yo  hemos cruzado los cielos y ahora también ese tiempo infinito que existe más allá de la limitada razón.

Este ha sido nuestro camino de relación compartiendo la sabiduría y el cariño de Jessica, Jeka, y también otras creaciones propias de las Hilanderas que somos, las que vamos tejiendo redes de palabras, bordados, voces, músicas, imágenes, comidas, oraciones a nuestras diosas y, sobre todo, creaciones de dulzura en nuestro Mundo Grande escrito con mayúscula, el que muchos hombres escriben con minúscula porque lo quieren volver áspero, vil y pequeño.

Jessica, Jeka, nos presentó a Zoila y a mí  de la manera más sencilla y eficaz, hablándonos bien a la una de la otra. Entre las tres iniciamos esta relación que no tenía nombre conocido hasta ahora, al menos que yo sepa, pero que seguro ha existido antes, como tantas relaciones entre mujeres que no están nombradas en los parentescos de los diccionarios patriarcales.  Esos que están redactados con tanta violencia como atrevimiento “cientrífico”, un atrevimiento que no limpia sus dientes ni su boca aunque se la laven cien veces. El atrevimiento patriarcal de los academentes de la academencia, como los llama Mary Daly. Los “caterráticos de lo suyo”, como los llamo yo, orgullosos y soberbios porque en su día obtuvieron un “sobresaliente cum fraude” cuando leyeron sus tesis de “doctorado horroris causa”, gracias a que tenían un “cutriculum vitae” “a-sombrosamente cutre” y que han dedicado muchos años a la “in-docencia”.

Pues bien, diccionarios aparte, Jeka desde entonces es nuestra Conieta, porque así lo hemos decidido y nombrado. Es nieta de Zoila por genealogía de vida y palabra, y lo es mía también gracias a la política de las mujeres que se ocupa de crear, cultivar y nombrar las relaciones, el amor sin porqué, y la libertad femenina.

En las paredes de mi Cuarto propio, ese que recomienda Virginia Woolf que tengamos todas las mujeres, están colgados los primorosos bordados con poemas de Emily Dickinson que hizo Zoila con Jeka y que ellas me regalaron. Yo las saludo cada día y me hacen sonreír, porque “traen al mundo el mundo” como han escrito las filósofas de Diótima. Me confirman que existe lo femenino libre, con su grandeza y su capacidad de cambiar el mundo hostil de la falocracia y la necrofilia, que siendo solo superficial pretende ocuparlo todo. Pero no es así, ellas lo muestran con sus creaciones, acompañándome para que haga cada día lo que esté en mi mano, es decir, para que Sea-siendo, como escribió Mary Daly; para que Hable con voz propia, como deseaba la Casandra de Christa Wolf,  y para que Vea, porque ver es cambiar, como he aprendido de Adrienne Rich.

“Fracasar es imposible”, dijo la sufragista Susan B. Anthony en el siglo XIX y eso lo sabemos las Coabuelas, como Zoila y yo, y todas las Conietas  del mundo, que como Jeka y Andrea saben decir basta y continúan la obra de creación de las Madres las Comadres, las Abuelas y las Coabuelas.

Hace unos días, Violeta, de seis años, hija de una amiga, le contó a su madre que dos chicos de su clase eran muy patriarcales, porque les habían dicho a ella y a su compañera Eli que querían que fueran sus esclavas. Les contestaron que no, porque ellas son feministas y no van a hacer lo que ellos digan, va a hacer lo que ellas quieran. Me alegra mucho saber que Violeta y su amiga, además de querer inventar un modelo nuevo de avión cuando sean mayores, como también le han contado a su madre, ya saben reconocer y poner en palabras el desorden y la violencia masculina en el mundo y saben responder a ese desorden.

Cuando mucha gente dice que “las cosas”, refiriéndose a las vidas de las mujeres, van a peor yo digo que estas dos niñas y muchas otras son el signo de que eso no es cierto y estoy segura de que Zoila estará de acuerdo conmigo.

Claro que “las cosas” no se mueven solas y somos las mujeres quienes las estamos moviendo aprendiendo unas de otras, nombrándonos, contándonos sin miedo la violencia de tantos hombres contra las mujeres para que no quede impune ni en silencio. Estamos viendo y cambiando, recuperando las conexiones y las relaciones rotas que nos impedían entender, decir y hacer.

Este homenaje a Zoila, lo vivo también como homenaje a su hija Cecilia del Rosario, la madre de Jeka, pues gracias a ellas Jeka está en el mundo con inteligencia y gracia y puedo relacionarme con ella. Además me parece también un homenaje a todas nuestras Ancestras, a la Genealogía femenina y materna que ordena el mundo. Un homenaje que, tomando las palabras de la filósofa feminista radical y lesbiana Mary Daly, y deudora de su lucidez, nos ayuda a salir de la amnesia que nos lleva a olvidar, de la afasia que nos vuelve mudas y de la apraxia que nos impide actuar[2].

Les pido a Zoila y todas las Antepasadas que nos han traído hasta aquí, que nos guíen y nos amparen siempre con su sabiduría, su amor y su ejemplo. Ojalá sepamos ser dignas de Ellas siendo fieles a nosotras mismas y a las otras mujeres.


[1] Emily Dickinson, Poemas 601-1200. Soldar un Abismo con Aire –, Madrid, Sabina editorial, 2013.

[2] Mary Daly, ExÓrbita. Un Viaje Deslumbrante, Traducción de Carmen Martín Rojas, Madrid, Sabina editorial, 2022.

30 abril 2022


[1] Emily Dickinson, Poemas 601-1200. Soldar un Abismo con Aire –, Madrid, Sabina editorial, 2013.

[2] Mary Daly, ExÓrbita. Un Viaje Deslumbrante, Traducción de Carmen Martín Rojas, Madrid, Sabina editorial, 2022.

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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

Tejidas de carne, bordadas de rosas y perlas, Adriana Alonso Sámano

El hilo de la vida, hilando las relaciones con la raíz materna

Los tejidos de Doña Zoila Rosa Amada y su amada nieta Jessica, son tejidos vivos de encarnación materna, bordados con las entrañas, las manos, los dedos y los hilos de la abuela y su nieta; manos profundas y generosas de Doña Zoila Rosa Amada, fibra y mística de sus entrañas, encarnadas y bordadas en su nieta Jessica, en su cuerpo, en sus manos y en su Lengua Materna. Tejidas de carne, bordadas de rosas y perlas.

Sus tejidos originales son joyas bordadas en lengua materna, nacidas de su tejido de carne y alma infinitas de abuela y nieta. Tejidas de carne, bordadas de palabras en lengua materna. Carne tejida con los hilos originales y trascendentes de las raíces maternas.

Antes de las palabras y la carne, del hilo y la tela, están Ellas, está Doña Zoila Rosa y su nieta Jessica, hiladas y bordadas juntas sus entrañas y manos, manos que bordan juntas su infinita red de rosas y perlas.

Potencia y dones de las mujeres hilanderas, de encarnar, hilar y bordar el cuerpo y la palabra.

La madre borda y encarna, con los hilos de sus entrañas, el cuerpo, la palabra y el verdadero nombre de sus criaturas.

Jessica Alejandra Cecilia del Rosario Zoila Rosa Amada

Bordadas las entrañas de mujer en las entrañas de mujer.

Bordada en las entrañas de la madre y la abuela, cuerpo y nombre, en un collar encarnado e infinito de rosas y perlas.

Bordada con sus entrañas y manos generosas, sabias manos hilanderas, tejedoras del tejido de carne y lengua, la red infinita de la vida, tejido vivo de carne y estrellas.

Ellas están tejidas y bordadas en carne y lengua, en un tejido infinito de carne y palabras maternas.

La abuela y la nieta nacieron tejidas y bordadas juntas, con los hilos de sus entrañas, bordadas de rosa en rosa, unidas por un hilo infinito de rosas y perlas, hiladas y tejidas juntas de nacimiento, bordada su carne y sus palabras, bordada la abuela en la nieta y la nieta en la abuela. 

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Lengua Materna: Voz y sentir de las entrañas / Lengua de Diosas, Adriana Alonso Sámano

Lengua Materna: Voz y sentir de las entrañas / Lengua de Diosas

A mi querida Maestra y Amiga, Andrea Franulic Depix

Adriana Alonso Sámano

29/04/21

Nacer y hablar son hechos que van unidos de manera indisoluble: respirar y emitir sonidos. El aire es tan indispensable para la fonación como para la vida; comunicarnos y vivir; estar en relación y vivir. Cuerpo y palabra constituyen una unidad, cuya autora es la madre.”




Andrea Franulic Depix1
 

Deseo agradecer infinitamente a mi escritora favorita, después de leerla tantos años ahora tengo la gran fortuna de sentir que es mi amiga favorita, la preciosa Maestra de Lengua Materna, Andrea Franulic Depix, por abrirme las puertas de su hermoso espacio de relaciones fértiles con sus queridas alumnas y alumnos que yo sé que ella ama profundamente.

Tener a la Doctora Andrea como Profesora de Lengua es de verdad una gran fortuna en este mundo, porque Andrea es una mujer y maestra infinita y maravillosa que siempre habla en Lengua Materna. Habla en lengua materna porque habla siempre desde sí misma, desde la experiencia de sus entrañas, y se nombra y enuncia en femenina libre, no habla desde el supuesto “sujeto masculino neutro” de la academia. La autenticidad de su sentir trae al mundo la verdad en su presencia y en sus palabras mágicas que nos encantan y despiertan al deseo original y libre de hablar y nombrar/se en nuestra lengua original, la lengua de la madre. Lo que nos hace amarla es la magia y misterio de la lengua materna de Andrea, lo que nos hace disfrutar tanto de sus lecciones, textos y conversaciones.

Habrán notado que los discursos académicos o de partidos “políticos”, de los medios etc. están en un lenguaje desalmado, desencarnado, sin misterio, aburrido, teórico e ideológico de las ideas, que repite el pensamiento del pensamiento de otros, siempre en masculino, incluso de mujeres que intentan incluirse en un masculino supuestamente “neutro y universal” que repite el canon oficial patriarcalizado; este es el lenguaje del poder, no es lengua materna. La lengua materna no hace copias falsas de la experiencia.

Cito las palabras de la Maestra Andrea:

“Pensemos en la mujer clitórica, la mujer clitórica que tiene independencia simbólica de lo masculino, es aquella que recontrata o contrata más bien con la madre, la mujer clitórica contrata con el origen, es la mujer que busca su autenticidad. Entonces, esa independencia simbólica que andamos anhelando aparece solamente en este caso con la contratación con la madre. La llamada independencia simbólica que sucede en la sociedad del padre es la que nos trae como costo el desorden simbólico, esto es lo que nos cuesta esta independencia en la sociedad del padre, nuestro desorden simbólico y finalmente nuestra mudez.”

Andrea Franulic Depix 2

El costo de la supuesta independencia patriarcal del “sujeto neutro universal”, independencia del origen materno, es la inautenticidad.

La mujer clitórica, visión genial de Carla Lonzi, es la forma auténtica de concebir, dice María-Milagros Rivera Garretas, no sólo criaturas humanas, de concebir al mundo, concebirse y concebir conceptos en Lengua Materna. Son mujeres que conciben libremente. Están unidas con los hilos indestructibles de femenino libre que trascienden tiempo y espacio. Tiempo y espacio encarnado y poético de la creación femenina libre y auténtica.

La mujer clitórica es La que sabe. La que nombra. Porta y trae al mundo la medida de la lengua materna original y originaria desde otro mundo, sus entrañas. Porta y trae al mundo la libertad femenina original e infinita.

En su biografía poética y magnífica de la poeta, escribe la Maestra María-Milagros Rivera Garretas sobre Sor Juana Inés de la Cruz y la Lengua Materna: “Le bastó, y nunca la corrompió, la lengua materna, “recurso natural, innata ciencia”, por tomar de un verso de su Sueño.” 3

Destaca cómo Sor Juana trae al mundo la concepción femenina y mística original con el Misterio clitórico de la Concepción Inmaculada de la Virgen. Concepción Inmaculada de sus criaturas y del verbo: La Lengua Materna. Cómo, Sor Juana, la gran escritora, fuera de este mundo, fue una gran mujer clitórica, artista de las entrañas, mística, científica y política que siempre concibió, habló, escribió y vivió en Lengua Materna.

La Mujer clitórica concibe inmaculada a la Lengua Materna. Concibe a la Diosa Lengua Materna dentro de sí, volviendo a Ella. Las Diosas Madre conciben criaturas sin coito y conceptos sin falo, dice María-Milagros Rivera. Conciben la Lengua Materna, la lengua del sentir de las entrañas que enseñan a sus criaturas. La lengua del sentir original.

La madre y su lengua son usurpadas durante el patriarcado, negando el origen materno y la lengua del sentir las entrañas. Producen el lenguaje del poder reglado que ya no coincide con el sentir sino con el poder masculino y sus instituciones que intentan apropiarse de la lengua y obras de la madre, aunque nunca puedan lograrlo.

Lengua Materna porque cuerpo y palabra son dones y obras de la madre.

Voz y sentir de las entrañas, porque dicen fielmente el sentir original de la experiencia que nace en las entrañas. Lengua con la que se aprende a nombrar lo que nace, lo que siento y lo que soy, y que está unida a mi voz propia y mi esencia original, única y misteriosa en el mundo.

Lengua de Diosas, porque Ella está siempre antes, como lo nombra constantemente María-Milagros Rivera. El origen de la humanidad es femenino. Son las Diosas Madre, alegoría en lengua materna de la excelencia de la experiencia femenina y su potencia creadora infinita, origen de la civilización humana y la Lengua Materna. Ellas conciben la lengua y conciben siempre en lengua materna.

Para no confundirnos con los lenguajes del poder, que son falsos y posteriores, que no son lengua materna, porque no nombran el sentir sino la imposición de la ficción del poder, repiten el mensaje violento que niega la precedencia materna y la experiencia de las entrañas como fuente del saber.

La lengua materna es anterior a la falsificación de los lenguajes del poder. La lengua materna no imita la tendencia destructiva y negadora del origen materno del poder, no hace copias oficiales de su falsedad. Dice la verdad de la experiencia y el sentir. Nombra el sentir original del cuerpo, sus entrañas y experiencia sexuadas. Es la lengua con la que aprendemos a hablar, nombrar, concebirnos y concebir al mundo, la que nos enseña nuestra madre, y quien por ella, la lengua que nombra desde el sentir y la experiencia propias.

En mis experiencias poéticas interesantes, por ejemplo, cuando estoy inspirada, a veces nace o viene una voz interna que habla con la voz del misterio, dice cosas inspiradas y locas, que después son una guía en mi vida y en mi investigación sobre las Diosas. Quizá, cada una y cada uno de ustedes haya sentido algo parecido o desee investigar dentro de sí para sentir y escuchar esas voces o visiones poéticas que viven en el interior. Todas tenemos experiencias profundas e inspiradas que pueden ser una voz, una visión, un sentir profundo, un éxtasis, una gran intuición, amor infinita. 

La lengua materna habla siempre desde la experiencia, experiencia que siempre es de las entrañas. ¿Sabían que sentimos y pensamos con las entrañas? Las entrañas están llenas de redes neuronales, todo nuestro cuerpo viviente, sensible y sintiente es quien siente, piensa e imagina, se siente a sí y al mundo desde sí misma, desde la propia experiencia.

La Diosa Ariadna de Creta, Señora del Laberinto: dentro de los labios: las entrañas. Con su hilo de oro recorre el tránsito misterioso dentro del laberinto de las entrañas que originalmente fueron las cuevas: vientre y matriz de la madre. Diosa Madre de las cuevas, del misterio de las entrañas, del interior de los labios, del interior de la Tierra. Con sus Labrys concibe la lengua materna en su camino por las entrañas.

La verdadera vocación en lengua materna es esa voz interna, esa “Llamada” desde lo profundo que te invita a hundirte en la mar infinita de tus entrañas y tu experiencia, en la Mar original de las Diosas Madre y su Lengua Materna.

Cuando una pequeñísima niña, en fase embrionaria, se forma en la matriz de su madre, su boca, labios, garganta, laringe, mandíbulas, y su matriz, vulva y pelvis, se conciben al mismo tiempo, se conciben y nacen unidas. Este misterio femenino es la evidencia de que el sentir original y la voz profunda del sentir, que habla en lengua materna, están original e íntimamente ligadas con nuestras entrañas femeninas. Por supuesto que hablar, escribir, cantar, crear, concebir y vivir en lengua materna nos cura de violencia simbólica y enfermedades dolorosas.

La Maestra y filósofa italiana de la diferencia sexual, Barbara Verzini, en su joya reciente de libro: La Madre en la Mar. El Enigma de Tiamat, revela en Lengua Materna el Enigma de la Diosa Madre sumeria Mummu Tiamat, La Gran Madre de la Mar, de las aguas profundas, el chaos armónico y creativo de las entrañas femeninas, la experiencia y la lengua materna. Madre de la palabra prima y primitiva: Mamá.

Ya en el mito patriarcal, el falso dios Marduk, arrancado de su madre desde su nacimiento, asesina a la Diosa Madre Mummu Tiamat, desmembrando su cuerpo y sus obras, el cuerpo y la lengua. Mutilando la M de Mummu y reduciéndola a Ummu, negando la primera M de Mamá, de Mar, de Misterio de la Gran Madre Mummu Tiamat. Deformando y usurpando el origen materno, la lengua y sus potencias.

En México sucede lo mismo con las Diosas Madre. La Diosa Madre Chalchiuhtlicue: La de las faldas de jade, de aguas, Señora de las aguas, las Mares y la Luna, Madre de México, es asesinada y desmembrada por el falso dios usurpador Tláloc, para intentar arrebatarle sus potencias. Todavía hoy, a muchas representaciones de la Diosa Chalchiuhtlicue se les reconoce falsamente como el dios asesino Tláloc.

Cito a la Maestra, Barbara Verzini, en relación a la esencia infinita de las Diosas Madre:

“Una madre no puede ser medida ni ordenada por la anchura finita de una espada.

Madre es una palabra inviolable.

Mummu nombrando la perfección del sexo femenino abierto a la creación, sin necesidad del falo, nombra, por tanto, la inviolabilidad de la potencia generadora, que no puede nunca ser definitivamente medida y, por tanto, despedazada por una espada.

Mamá es la abertura a lo infinito que no implica necesariamente la apertura a lo otro, a otro cuerpo.

Toda mujer es Tiamat porque a cada mujer lo infinito le pertenece.

Mummu, que no es Ummu, nos anuncia que toda mujer nace hija y madre, porque toda mujer es prefálica, porque toda mujer es inviolable, porque toda mujer genera y crea en sus aguas saladas sin ser tocada por la ley del Padre, por el orden de la espada.”

Barbara Verzini: La Madre en la Mar. El Enigma de TIAMAT 4

Infinitas, la Madre y su Lengua Materna, no pueden ser tocadas, desmembradas ni reducidas por la medida finita y falsa de una espada, como lo nombra magistralmente la Maestra Barbara Verzini.

El Sentir de cada criatura nace en el nacer de su madre, sentir y estar en contacto/tacto con ella, en sus entrañas acuosas, sentir el latido de su corazón y su agua cálida nutritiva. Sentir del sentido del tacto y de sentirse a sí misma.

La lengua materna está hecha para aquellas y aquellos que no saben qué decir, dice Luisa Muraro, en su texto: La alegoría de la lengua materna5, para quienes estamos en el silencio original, sintiendo. Si hacemos silencio, paradójicamente oímos, escuchamos, escuchamos nuestro sentir silencioso corriendo y palpitando como nuestra sangre. Sentir mi cuerpo es la experiencia previa a la lengua, lengua que nuestra madre nos da después de darnos la vida, el cuerpo y su sentir, nos regala como un don mágico para traer al mundo nuestra experiencia propia, única, infinita y misteriosa.

“Voy ahora a contarte cómo he entrado en lo inexpresivo que siempre ha sido mi búsqueda ciega y secreta. Cómo he entrado en lo que existe entre el numero uno y el número dos, cómo he visto la línea de misterio y fuego, y que es una línea subrepticia. Entre dos notas musicales existe una nota, entre dos hechos existe un hecho, entre los granos de arena, por más juntos que estén, existe un intervalo de espacio, existe un sentir que está entre el sentir; en los intersticios de materia primordial está la línea de misterio y fuego que es la respiración del mundo, y la respiración continua del mundo es lo que oímos y llamamos silencio.”

Clarice Lispector: La pasión según GH

Experiencia: Pasaje hasta el sentir de las entrañas

Cierro los ojos, relajo mi cuerpo, voy recorriéndome con una sensación cálida, suave y luminosa, voy sintiendo y relajando placenteramente mi cabeza, hombros, espalda, pecho, entrañas, caderas y piernas, vuelvo a mis ojos, siento por dentro lo acuoso de mis ojos, mi lengua, garganta, corazón, pulmones y mis entrañas, siento el mundo vivo y misterioso que soy, que son mis entrañas…

Siento mis entrañas profundamente, siento como corre la vida en mis entrañas, como palpitan y se mueven con mi respiración, siento mis pulmones expandiéndose elásticamente y las arterias principales de mi corazón, siento mi garganta y mi lengua suaves y fuertes, mucosas y elásticas…

Voy recorriendo mis entrañas como dentro de un laberinto precioso recubierto de carne viva y sintiente, un laberinto sagrado que comienza dentro de mis labios y mi lengua y me conduce a mis entrañas profundas, voy recorriendo el misterio dentro de mis entrañas y viajo libremente…

En este estado misterioso del sentir viene a mí la voz de mi lengua materna…

Siento mi voz, el murmullo suave de mi esencia original…

¿Qué me dice?…

Una sensación, una palabra, un color, un olor, un sonido, una visión, una gran intuición dentro de mí que me susurra y acaricia generosamente…

Siento libremente…


1. Andrea Franulic Depix retoma de Luisa Muraro en su Incitada, Feminismo Radical de la Diferencia, Antología, Claridades y aclaraciones sobre el estar expresada (2018), Colección Feministas Lúcidas, Santiago de Chile, 2021,p. 151.

2. Andrea Franulic Depix, Comentarios en «La palabra, don de la madre». Capítulo 3 del libro El Orden Simbólico de la Madre, de Luisa Muraro. Primera lectura del Segundo Ciclo de Lecturas en Línea, titulado «Relación entre mujeres: la solución de la disparidad», 24/08/2020, Disponible: https://go.ivoox.com/rf/55580130

3. María-Milagros Rivera Garretas, Sor Juana Inés de la Cruz: Mujeres que no son de este mundo, Madrid, Sabina Editorial, 2019, p.21.

4. Barbara Verzini, La Madre en al Mar, El Enigma de TIAMAT, Traducción de María-Milagros Rivera Garretas, Verona y Madrid, Edición independiente, Colección A Mano, 2021, p. 52.

5. Luisa Muraro, La alegoría de la lengua materna, Duoda: Revista d´estudis feministes, N 14, 1998, p. 17-36. Disponible: https://www.raco.cat/index.php/DUODA/article/download/62299/90572/

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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

Una mirada a la historia de las mujeres desde el final del patriarcado, Doménica Francke-Arjel

«Consideramos incompleta una historia que se ha constituido sobre huellas no perecederas. Sobre la presencia de la mujer no se nos ha dicho nada, o lo que se ha dicho se ha dicho mal: nosotras debemos redescubrir dicha presencia para saber la verdad».

Carla Lonzi y otras: Primer Manifiesto de Rivolta Femminile, 1970

Hay ciertos descubrimientos que las mujeres hemos hecho, en el feminismo, que nos han tomado por sorpresa.

El más importante de ellos ha sido el de la libertad de las mujeres, libertad como mujeres, esto es, con nuestra diferencia sexual intacta.

Como se trata de descubrimientos, para muchas de nosotras inesperados, de un desplegarse de la realidad cual epifanía, incluso como revelación o buena nueva, a veces nos han descolocado de tal manera que sentimos que nos quitaban el piso, las certezas, las “categorías de análisis”, diríamos hablando en feminista radical clásica.

Y ha resultado que, sin ellas, hemos quedado también sin identidad.

En la opresión, la identidad estaba más o menos asegurada, era clara, se expresaba como hermandad en el sufrimiento, sororidad en la orfandad femenina, asumidas, sufrimiento y orfandad, como certezas de la existencia de las mujeres. La economía de la miseria, ha dicho María-Milagros Rivera Garretas.

Resistir, luchar, denunciar y exigir, armadas de datos, estadísticas, fueron prácticas generalizadas, no del todo estériles, pero insuficientes. Para llevarlas a cabo, la historia fue llamada como informante, como testimonio fiable de las atrocidades (innegables) cometidas por los hombres.

En la academia, en la historia que la academia certifica y hace circular, esto desembocaría en un amplio movimiento de recopilación, estudio y difusión en clave compensatoria, es decir, con el afán de colocar a las mujeres en la historia del hombre, hacerles un lugar en el gran relato: “la primera mujer” o “por primera vez”, se dijo muchas veces, para demostrar que nosotras también teníamos, éramos capaces de tener una historia.

Este afán pronto decantó (no sin maniobras de poder tras ello) en la perspectiva de género, fórmula que, presente hasta nuestros días, enmascara las verdaderas y a los verdaderos responsables de la miseria, que, aún expresada y materializada contra las mujeres, sigue perteneciéndole a ellos: los hombres.

A pesar de esto, hubo un momento muy importante dentro de la historia de las mujeres, y aquí sobre todo hablo influida por mis raíces radicales (valga la redundancia) en el cual, tal como el feminismo radical se propuso, y creo que lo hizo muy bien, fue necesario desenterrar las raíces del sistema de opresión que conocemos (o conocimos) como patriarcado. Pero, ¿cuál sería la fecundidad de esta búsqueda?

El patriarcado, dado que no era un orden natural, surgido como una emanación del cosmos ni como una forma de ser de la especie humana, debía tener una historia, esto quiere decir, un inicio, con sus posteriores transformaciones, y así se podría prefigurar también, la posibilidad de su fin.

De esta manera se estableció, por ejemplo, que el patriarcado era la forma de opresión primigenia, el primero y principal de los sistemas de jerarquías que han existido en la historia humana (Gerda Lerner: “La creación del patriarcado”). También, la teoría radical nos mostró como para las mujeres el amor, “el sexo”, la familia, la educación y los derechos políticos… etc., habían sido moldeados y definidos por el poder masculino, y cómo todo ámbito de nuestra vida lo había sido por el poder que no tuvimos. Este y no otro es el significado de premisas como “lo personal es político”.

Pero en el transcurso de todo el recuento de la opresión, se iluminaron también otras áreas de la historia que se salieron de esa línea del relato.

Este es el significado que tienen para mí, por ejemplo, los aportes de Adrienne Rich, Carla Lonzi o Carole Pateman, viniendo sus voces de lugares tan diferentes, porque, si bien parten de la constatación de qué es el patriarcado, todas apuntan hacia otro lugar, anterior al patriarcado y a sus patriarcas. Aquí, creo que radica la verdadera fecundidad de todo lo descubierto.

La existencia de mujeres castas, vírgenes, frígidas, de las trovadoras, las denominadas solteronas (“spinters” como las rescata Mary Daly) y las brujas, las muradas, así como la de muchas monjas, santas, de las beguinas, nos demuestran que, ni las medidas del castigo y la persecución, ni las de las instituciones de los hombres, pueden medir o dar cuenta de la grandeza y libertad femeninas, ya que justamente los patéticos y lamentables gestos masculinos de violencia contra ellas, solo se pueden explicar porque esa libertad y esa grandeza de las mujeres estaba antes, precedía y excedía, excedió con creces, a los despliegues de los patriarcas.

Al volver la mirada sobre los mitos, o la historia llamada comúnmente “prehistoria”, retomando fuentes conocidas hace décadas (si no cientos de años), pero esta vez con la luz de una mirada femenina libre, una mirada de final de patriarcado, confirmó la intuición de que las mujeres siempre estuvimos antes. Es lo que se aprecia en las obras de Marija Gimbutas, Elizabeth Gould-Davis o Barbara Verzini. Ellas no inventaron las estatuillas que representan a figuras femeninas, ni sus símbolos, ni los cánticos de las campesinas eslavas, tampoco a las pinturas rupestres, ni a Tiamat, lo que hicieron fue menos espectacular y más significativo: leyeron estas huellas en femenino. Ese gesto fue suficiente.

Así comprendimos, por ejemplo, por qué todos los mitos fundacionales del patriarcado nos hablan del triunfo del orden sobre el caos, y no es porque el caos sea malo, estéril u hostil, sino porque caos es otro nombre para la armonía materna en la cual todo convivía sin necesidad de separación ni de antinomias… El orden, por su parte, expresión del patriarcado, siempre se impuso por la fuerza, la violencia, siempre despedazando para empequeñecer, y, reduciendo poder producir su retorcida fantasía de control.

Las preciosas y su movimiento político: el preciosismo, hoy pueden ser interpretados como una práctica política ejemplar en la que, tanto mujeres como hombres aceptaban y se ponían a disposición de la mediación femenina (Benedetta Craveri: “La cultura de la conversación”). Única mediación humana posible, la femenina, ya que tanto mujeres como hombres provenimos de nuestras madres, y probablemente se trate de la gran experiencia universal que aúna a la humanidad. Esta mediación podría prefigurar la respuesta a una incógnita que las mujeres podemos plantearnos hoy, abandonando al separatismo como mandato y asumiendo la unicidad del mundo: ¿cómo podría ser la convivencia de los dos sexos? Una cuestión difícil, sí, pero una que no deberíamos seguir eludiendo o ignorando, me parece.

Me parece, sobre todo, que es una pregunta frente a la cual no nos encontramos carentes de intuiciones ni conceptos.

Ni siquiera la historia moderna de los movimientos de mujeres, tradicionalmente difundida, es solo sobre derechos, de acuerdo a Sheila Jeffreys (“Sexología y antifeminismo”), varias de las sufragistas británicas, además de exigir derechos políticos en su sentido tradicional, criticaban explícitamente al coito como una práctica molesta, en ningún caso placentera, y hasta peligrosa para las mujeres.

Algo parecido sucede con la historia de la literatura, con el rescate de figuras como Elena Garro, Clarice Lispector, por ejemplo, o al iluminar con una luz verdadera las vidas de mujeres como Sor Juana Inés o Emily Dickinson, como ha hecho María -Milagros Rivera Garretas: aparece la verdad de su amor, la verdad de sus relaciones con otras mujeres.

Un panorama similar nos muestra, por ejemplo, lo descubierto recientemente por Irene Vallejo con su libro “El infinito en un junco”, señalando la vinculación, tan estrecha como femenina, del textil con el texto, en cuanto ambos funcionan como soportes de la memoria, de la cultura humana. También está surgiendo una nueva visión de la llamada literatura infantil, con la difusión de la figura de Catherine D´Aulnoy, quien publicó los primeros cuentos de hadas de la historia, en el siglo XVII, antes que Perrot o los Grimm), y no solo antes, sino que, con la diferencia sexual en juego, al mostrar un mundo más complejo, en el cual los personajes femeninos presentan múltiples facetas y se alejan de la tradición del canon (masculino). Así también, la propuesta de la historia viviente de la mano de Mariri Martinengo que quiso contar la historia de su abuela exiliada y silenciada por su familia (Comunidad de historia viviente de Milán).

¿Cuánta libertad de mujer pone en movimiento en el mundo este libro: “El placer femenino es clitórico”, de María-Milagros Rivera Garretas? Imposible responderlo. Sé que es mucha. Pensemos simplemente en el título. Como decía mi querida Diana, ya ver la palabra “clitórico” en la vitrina de una librería debería ser suficiente para arrancarme una sonrisa.

Y esto porque la libertad femenina da placer, es placer, así como también es amorosa, al reconocer que solo se da en relación.

En el bellísimo libro “No creas tener derechos”, las mujeres de la Librería de Milán, después de señalar que las mujeres no le debemos nada a los hombres, se preguntan: ¿cuál es el precio de la libertad de las mujeres? La respuesta que encuentran es: el reconocimiento y la gratitud que debemos a las mujeres que nos antecedieron. Sus huellas de libertad femenina son las que nos han llevado al lugar que habitamos hoy: la certeza del mal que es el patriarcado y los patriarcas, la autoconsciencia, que “es la otra”, como dijo Carla Lonzi, saber quiénes somos, y a partir de ello, nuestro deseo de libertad o la experiencia de la misma, que tanto se parecen.

Para nuestra historia esto significa que debemos abandonar la idea de la universalidad del hombre, así como la de que las mujeres podríamos prescindir de nuestra diferencia sexual en este campo. Las mujeres tenemos una historia que es, de hecho, la historia, y no un mero acápite de la historia humana.

Esta aventura se trata no solo de renunciar a escribir la historia del hombre, sino también de abandonar el escribirla como los hombres escriben la historia. Sabemos que la objetividad es un proyecto masculino, e implica arrancarse el corazón y convertirse en una mente racional, carente de sentir, de cuerpo y de alma, es decir, lo imposible por in-humano, y por lo tanto, lo falso, la farsa (y por ello, y porque el pensamiento masculino es ha sido incapaz de salir de la lógica de las antinomias, además del racionalismo a ultranza, el otro gran proyecto intelectual de los hombres es el nihilismo, con sus derivas constructivistas extremas, lo cuir y lo posmoderno: verdad sin sentir o sentir sin verdad).

Esto dice Luce Irigaray en “El cuerpo a cuerpo con la madre”, ponencia presentada en un coloquio sobre salud mental, en 1980, el mismo año en que nací: “Pienso que también es necesario para no ser cómplices del asesinato de la madre, que afirmemos la existencia de una genealogía de mujeres. Una genealogía de mujeres dentro de nuestra familia: después de todo, tenemos una madre, una abuela, una bisabuela, hijas. Olvidamos demasiado esta genealogía de mujeres puesto que estamos exiliadas (si se me permite decirlo así) en la familia del padre-marido”,

Dar a luz y amamantar, ayudar a parir, tejer, bordar, sembrar, seleccionar semillas, cuidar animales, lavar el rostro de las niñas y niños, enseñar las palabras, desenredar el pelo de ancianos/as, cocinar, elaborar cerámicas, pintar las paredes de cuevas para entretener a los pequeños, escribir diarios, escribir memorias, cartas, experimentar con ingredientes, sabores y tipos de cocciones, crear y preservar recetas de comidas, limpiar la casa, etc., son actividades que pueden o no dejar huellas, pero que no podemos negar que se han llevado a cabo durante toda la historia. La sola existencia de la humanidad bastará para confirmar que esto es verdadero. Mi propia existencia.

Sobre todo, las tareas compartidas, las cosas femeninas como juntarse a cuidar crías o a lavar ropa, actividades por tanto tiempo despreciadas, incluso por el feminismo, que tantas veces se ha jugado su propia existencia en el juego de entrar a las grandes ligas masculinas, seguramente dieron lugar a largas conversaciones, confesiones, risas y conflictos, amistades, complicidades y amores. Y fue en esos murmullos, en esa labor paciente y cotidiana, que surgieron los vínculos que mantuvieron a la humanidad a salvo de la destrucción, o la reconstruyeron tras ella.

En las últimas décadas, estos hechos han tomado cada vez más fuerza, desde el feminismo de la diferencia y desde el femenino libre, y han surgido verdades y apuestas reveladoras, verdades y apuestas que lo han cambiado todo, porque no podría ser de otra forma.

La verdad es femenina, y para encontrarla y decirla, se necesita estar enteras, ser lo que somos: alma corpórea, no negadas ni divididas, en la razón desde las entrañas, está el camino que nos lleva a ella, porque el deseo de verdad y la necesidad de verdad están profundamente unidos en la mujer que la busca.

“Para nombrar el mundo hay que ponerse en juego en primera persona. Ponerse en juego en primera persona quiere decir arriesgarse a juntar, también cuando se habla o se escribe, la razón y la vida, evitando repetir como la ninfa Eco (…)” (María-Milagros Rivera Garretas, Nombrar el mundo en femenino, p. 12).

Así, el fin del patriarcado anunciado en 1996 por las mujeres de la Librería de Milán no es otra cosa que la expresión cabal del descubrimiento de nuestra libertad, es decir, la constatación del generalizado descrédito que ha caído sobre el patriarcado, que lo declara arruinado al mismo tiempo que ve sus ruinas, la miseria tras la máscara de omnipotencia, tras la farsa del control…

Es que para las que nos interpreta, la afirmación del final del patriarcado no es una cuestión de poder (como quisieron hacernos creer que era también la historia, el mero relato del despliegue del poder), porque no todo, o muy poco, casi nada, en la vida de una mujer, en mi propia vida, es sobre el poder. No olvidemos el nombre completo del artículo que lo pone de manifiesto: “El final del patriarcado ha ocurrido. Y no por casualidad”.

Puede que nos haya tomado por sorpresa, pero por supuesto que no fue “casualidad”, lo sabemos, para ello es que millones de mujeres en toda la historia han expresado, cada una a su manera y en su contexto, la libertad en femenino, la fortuna de pertenecer al sexo que está antes, que va primero en el orden mismo de la vida.

Cada vez que una mujer se transforma, es decir, transforma su forma de estar en el mundo, de nombrarlo, lo transforma entero, porque como criatura es parte del mundo, pero también porque una mujer, todas las mujeres, llevamos en nosotras nuestra diferencia sexual, que implica esa abertura amorosa, creadora, y todo lo que en nosotras encarna se vuelve fecundo, irradia a quienes nos rodean, toca a aquellas y aquellos con quienes estamos en relación. Así también interpreto las palabras de Adrienne Rich cuando habla de las posibilidades de decir la verdad que abre para otras, una mujer que dice la verdad.

Hemos excavado tras las raíces de la opresión, y lo que muchas encontramos allá en el fondo, han sido otras raíces, como ha dicho Andrea Franulic: en la raíz más profunda no está el patriarca, ni su miseria y violencia, nuestra raíz, nuestro origen es otra mujer, y antes otra, y otra, en una genealogía femenina que descubrimos intacta… Con ellas, la libertad, la grandeza, el placer de ser mujeres, y es de ellas de quienes venimos.

Verdad y libertad se encuentran estrecha e inseparablemente unidas, una mujer que dice la verdad de sí, que habla en lengua materna, es libre. Creo que hay una verdad necesaria de ser dicha, o, al menos, una que deseo decir, y es esta: la libertad de las mujeres ha sido una revelación que cada una de nosotras puede hoy elegir para sí.

Por eso, para mí, una historia radical, de la diferencia, es una historia de la libertad femenina: porque antes siempre hay una mujer, una que nos precede, que está en el principio de la vida, de la humanidad y también de la historia.

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“Incitada. Feminismo radical de la diferencia. Antología”, Doménica Francke – Arjel

“Incitada. Feminismo radical de la diferencia. Antología”, 2021, de Andrea Franulic Depix: Un precioso hilo que se suma al tejido de la libertad femenina

Este libro, una antología del pensamiento de la feminista radical de la diferencia chilena Andrea Franulic Depix, viene a satisfacer el deseo y la necesidad sentidas por mucho tiempo por quienes leyendo a Andrea hemos encontrado luces, repercusión y palabras para decir mucha de nuestra verdad que necesitaba ser dicha.

En ese sentido, se trata de acontecimiento alegre, que celebro y agradezco.

En la lectura, podemos apreciar el derrotero de su propia experiencia como feminista y como mujer implicada en la política de las mujeres, así como el de sus ideas, las que se van transformando y, desde mi punto de vista, enriqueciendo sin renegar de las concepciones pasadas. Se trata de una aventura en la que ha desarrollado y desenrollado cada hilo de pensamiento que le permitió la apertura en algún momento, aunque para ella, algunas de esas madejas ya hayan llegado a su fin.

El orden que Andrea eligió, parece una invitación a recorrer este camino por el pensamiento femenino hecha desde el presente, así lo he sentido, no porque plantee un desarrollo inversamente cronológico de forma estricta, sino porque iniciamos la lectura con el encuentro de la propia autora con el final del patriarcado, y, a partir de la revelación de este alegre acontecimiento, seguimos con la mirada hacia la lengua materna y al descubrimiento del feminismo radical de la diferencia, aporte teórico fundamental de la propia Andrea. Luego, presenta reflexiones en torno a las relaciones entre mujeres, pasando tanto por el amor, la amistad y el reconocimiento, como por los conflictos entre mujeres, que ella misma vivió y la afectaron profundamente. Toda experiencia relatada es transformada en política por la autora, es decir, pasada por el cedazo de la reflexión y de la búsqueda de las palabras para nombrar las cosas como son, esto es, hacer teoría en femenino.

Creo que esto último señala también un importante aspecto del pensamiento de Andrea, que se imbrica con aquello que se nos ha dicho que hace el pensamiento sistemático, aunque a estas alturas dudemos de la mayor parte de éste, al menos del consagrado en masculino, que es la búsqueda de la verdad.

En este caso, se trata de un pensamiento que siempre toma como punto de partida la propia voz, el partir de sí, poniéndose en primera persona en la aventura de la experiencia compartida, así aborde conflictos políticos, el amor entre mujeres o la lingüística y sus problemas y posibilidades. Resulta evidente que nos encontramos ante una mujer que piensa con apertura, con deseo de entender y comunicar, teniendo a la relación como horizonte, tal como nos indica el título (y la breve nota que habla de esta elección tan acertada), pues las voces de las otras ya se encuentran dentro de sí, y han pasado a ser algo más que referentes.

Así, esta búsqueda hecha en femenino nos entrega una pepita de verdad original y femenina. Es la verdad que solo puede encontrar y nombrar una mujer auténtica.

De la escritura de Andrea también debo decir que siempre me ha parecido amable (que se deja amar), aún cuando señala las verdades más estremecedoras, y en ese sentido, leerla me parece encontrar su veta de maestra, de profesora que cuida la relación mientras enseña y se abre también a la posibilidad de aprender del intercambio con la otra.

Así, la lectura de estos artículos permite recorrer el camino del pensamiento de Andrea, entre los años 2008 y 2020, mientras en su propia escritura encarna la propuesta política que va descubriendo, y a la que terminará enriqueciendo con su propio descubrimiento y creación, el ya señalado feminismo radical de la diferencia (concepto que subtitula la obra entregándonos sus coordenadas), una propuesta que poco a poco va encontrando acogida y que explora las coincidencias entre el una buena parte del feminismo radical norteamericano y el de la diferencia (sobre todo, italiano), fundamentalmente relativas a que la libertad de las mujeres se encuentra enraizada en la diferencia sexual, y que en realidad, no hay radicalidad alguna en el orden de los patriarcas.

Aunque hay varios momentos de este recorrido que no deberían dejar indiferente a la mujer que hoy piense al feminismo y a la política de las mujeres como parte de su propio camino, quiero detenerme y profundizar solo en un aspecto de este libro, elección mía que es, a la vez, subjetiva y verdadera.

Se trata de lo que me ha pasado a mí con Andrea desde que comencé a leerla y des-cubrir la red de sus ideas. Llegué a ella por mi intenso interés de hace años por el pensamiento y figura de Margarita Pisano. La primera lectura que me hizo sentirme cercana fue su reflexión sobre el rumor (escrita junto a Jessica Gamboa), porque se trataba de un tema doloroso que yo misma había padecido. El dolor me abrió, puedo decir, y desde ese momento mi caminar espiralado en torno a sus escritos no se detuvo más. Este texto me pareció un bálsamo, francamente, y unió mi deseo a mi necesidad. Dado que estos tristes episodios siguen ocurriendo en el feminismo, pienso que su lectura sigue desatando nudos, y si a esto sumamos sus palabras sobre la envidia entre mujeres, pienso que es posible encontrar luces que sobrepasan con creces los devaneos típicos del feminismo militante sobre los conflictos entre mujeres.

Por eso, cuando Andrea entrega la concepción del feminismo radical de la diferencia a las mujeres, se trata de un gesto de apertura de mundo para nosotras. Nos invita a reconocer nuestras raíces, con su historia y genealogías, incluida la existencia lesbiana, pero solo con y bajo la luz de la diferencia sexual. Nunca olvidaré cuando expuso en Chillán y dijo estas palabras “no basta con ser lesbiana” (yo era una lesbiana militante en esa época, no pude disimular mi expresión de asombro), para pasar a detallar cómo un lesbian-ismo ciego a la diferencia sexual se vuelve ineficaz, insuficiente y hasta contraproducente para la libertad de las mujeres. A partir de este punto, su crítica al identitarismo y a la ideología, presentes en muchos de sus textos posteriores, me permitieron romper con ciertas ataduras autoimpuestas y comenzar a conectar con un sinnúmero de pensadoras, ideas y sentimientos, incluidos entre estos últimos, los míos.

Así, una de las cosas que más me entusiasma de los textos de Andrea cada vez que la leo es la capacidad que tiene para encontrar ella misma y entregar (me) las palabras para decir aquello que más necesita ser dicho, ya se trate de un sentir doloroso o de la alegría de una epifanía relativa a la libertad femenina.

En resumen, mi experiencia de lectura de los escritos de Andrea va de la mano con mi propia experiencia política y de relación con ella. Quise jugar a escribir esta reseña tanto desde el amor que siento por Andrea, como desde la distancia que una lectura requiere, sin objetividad, pero rehuyendo a la tentación de la fusión.

Espero haber tenido suerte.

Con todo, para mí hoy en día Andrea Franulic Depix es la mayor feminista latinoamericana viva, y representa lo mejor del feminismo a secas, una mujer cuyas palabras invitan a hablar, despejan el camino y abren el campo de lo decible en femenino.

Finalmente, lo único que me queda por hacer es invitarlas a leer a Andrea, porque se trata de un venturoso descubrimiento, o a releerla si ya lo han hecho, porque encontraran siempre un nuevo eco.

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Sobre el silencio y el amor, Diana González Alzate

Sobre el silencio y el amor (1)

Que sepamos, muchas de las que estamos aquí, que la mudez puede ser fecunda.

Que como una primera operación necesaria para las mujeres en un orden patriarcal está la de romper el silencio, que es la invitación que recibimos de Audre Lorde con tanta pasión (2) y con la razón profunda que nace de la necesidad de decir lo que está mal, lo que nos atropella, lo que nos devuelve en tantos espacios compartidos con hombres, pero también con mujeres, al doloroso silencio de no poder decir por miedo a las consecuencias, pero también por falta de palabras. O la que recibimos de Margarita Pisano con su «estar expresadas», para romper con el hábito femenino de la acumulación de cosas no dichas y de resentimientos, para no sentir que hay una zonas de nuestra existencia y nuestro relacionarnos con las otras y con los otros cuyo ocultamiento nos cause sufrimiento. Idea, la de «estar expresadas», que recoge fecundamente Andrea Franulic para hablarnos del «estar expresadas» para decir lo que tenga que ser dicho por nosotras y para movernos en el mundo en la coincidencia de nuestro sentir con las palabras que lo expresan, es decir, verazmente, coincidencia dada por/en la lengua materna –aprendida por cada una de su madre particular–. Usar la lengua en clave patriarcal, por más que hablemos mucho y nos sintamos ‘expresadas’ es una forma de silencio subrepticio, que no reconocemos pero que duele porque no permite la expresión auténtica de una mujer (Carla Lonzi) que implica estar expresada en lengua materna. (3)

El rompimiento del silencio, entonces, pasa inicialmente por decir al modo que cada una pueda para no callar lo que encuentra mal en el mundo y en ella misma y sus relaciones, y por decir en lengua fiel a su sentir, en lengua materna, después.

Pero una segunda operación es la del retorno de la mudez fecunda, del silencio no impuesto sino del silencio que te salvaguarda de que la parte afirmativa de ti no ocupe de nuevo todo el espacio, como supo decir hermosa y magistralmente Lia Cigarini sobre su propia mudez dentro del movimiento feminista en su texto La objeción de la mujer muda. Mudez que contenía su «objeción» dentro de los grupos feministas donde sentía que el hablar afirmativamente ocupaba en ella de nuevo todo el espacio, su espacio. Una traición a las objeciones que no tienen cómo expresarse en grupos que por su naturaleza exigen estar en permanente diálogo, o quizás, tantas veces, simplemente en permanente hablar. Misma sensación tuvo Carla Lonzi (yo lo entiendo así) cuando deja esta aclaración final en su Escupamos sobre Hegel: «(…) Al presente, esa fase está terminada: la verdadera autoconciencia ha llevado a una expresión estrictamente personal». La expresión estrictamente personal da cabida a los silencios que hacen parte de esa expresión y que en general no tienen espacio en los grupos de mujeres en el movimiento feminista. Y esos grupos necesitan de mujeres que reconozcan la fuente inagotable de sí mismas y de verdad propia que puede ser el silencio. Silencio de no sobre-decir, de no llover sobre mojado, o de no rellenar de tierra espacios que no lo necesitan, como cuando en el texto citado Lia dice «lo no-político excava túneles que no debemos rellenar de tierra», y muchas cosas hay en las relaciones con otras mujeres, y en el existir de una mujer individual, que hoy podemos reconocer, con descanso, como no políticas.

Ese tipo de silencio, el plácido, no el que te duele porque te lo imponen sino el silencio del que eres dueña, guardián del misterio de cada mujer –misterio pisoteado en el permanente hablar–, abre el canal para que cada mujer reconozca, re-vea, re-cree su infinito. El infinito de cada mujer. En este momento hablo de cosas con las que seguramente muchas no están familiarizadas. Yo lo estoy desde hace muy poco, así que dejo solo la palabra en el aire: Infinito, tu infinito de mujer, para que brote en todas o en algunas de ustedes como una semilla dejada no desprevenidamente. Por ahora digo que el infinito no se deja ver en el «somos oprimidas por ser mujeres»; tampoco, y mucho menos, en el «no se nace mujer», ni en el género, o el antigenerismo, o el antitransgenerismo como discursos que acortaron las miras del movimiento feminista, y de las propias mujeres para pensarse. Tampoco en el vano martilleo del «alesbiánate», que es hueco de consigna, que no te dice nada sobre lo complejas –y complejizadas– que son las relaciones entre mujeres, que deja por fuera la profundidad y la riqueza de esa complejidad, que no te explica cómo has de amar a las mujeres, que te carga con el «amarte a ti misma es amar a otras mujeres» pero ni siquiera has resuelto cómo llegas a amarte a ti misma, y, como dice Doménica en su hermoso texto (4), tampoco sucede así, sino que el amor se experimenta con y por medio, o mediante otra mujer. Se pone en circulación. Vas a la otra –o a lo otro– con lo que ya tienes.

El amor es una potencia, o mejor, una sustancia que fluye incesantemente en tu cuerpo. No te la da nadie, no llega alguien y deposita amor en ti, sino que es una sustancia nacida de ti, por tu lado, y en la otra, por su lado, que se intercambia, que se pone en movimiento. No tienes que lograr hazañas para ganártelo o merecerlo, como es la idea del amor, o del respeto o de cualquier valor de intercambio en las relaciones humanas para los hombres. Esta idea de «el respeto se gana». No, tu llegas a alguien anticipadamente en respeto; el respeto es tuyo, no es algo que te dan los hombres ni nadie; el «irrespeto» a ti no es tanto asunto tuyo. Llegas, también, con tu amor, con tu sustancia en tu cuerpo. Y lo pones a fluir entre mujeres. Con hombres, ya sabemos, han tomado el amor de las mujeres y lo han instrumentalizado. La grandeza de la entrega del amor de las mujeres los hombres la han empequeñecido. Han caricaturizado nuestra apertura en modelos de feminidad complacientes con los intereses de los hombres. Dice María Milagros Rivera sobre la prostitución que es una caricatura de la apertura femenina. Que han tomado la capacidad de las mujeres de darse, de dar de sí, de poner en movimiento las relaciones entre los sexos para enjaularla y envilecer así la apertura femenina. No soportan la grandeza femenina, y los frutos de amor de ésta necesitan empequeñecerlos, significarlos a su medida egoísta y violenta.

Entre mujeres, el amor lo descubres. Si estás abierta, si tus procesos de pensamiento no se estancan en las fórmulas ideológicas y las consignas, el amor lo descubres, poco a poco. Un día te descubres admirando la potencia creadora de las mujeres, o sus formas de abundancia y su belleza, con una mirada muy distinta de la mirada pervertida y despreciativa de los hombres, o reconoces en cada mujer a tu par, más allá de la disparidad que a veces nos llega a abismar –y a fascinar–. O cualquier día dices: me enamoré de una mujer, y ni te sorprendes siquiera de lo natural que sientes el movimiento de ese amor. Amor que va y regresa de tu par.

No estoy segura de que el amor sensual entre mujeres sea actualmente una experiencia al alcance de todas después de una buena purga psíquica, que es el primer y fundamental lugar –la psique– de colonización masculina en las mujeres. Pero sí sé, como dice Doménica, que la primera experiencia sensual, cuerpo a cuerpo, de toda criatura humana fue con una mujer, su madre, y que tiene todo el sentido, sentido de experiencia alcanzada o alcanzable, el re-despertar esa sensualidad primera de manos, o mejor, de cuerpo de una mujer, que es una experiencia, cuando se la redescubre en edad adulta, casi, o completamente extática, arrobadora, muy alejada del placer localizado, engañoso del orgasmo vaginal.

Por último quería decir: si tú dices «amo a las mujeres», no lo dices como una idea en tu cabeza. Lo dices, si eres honesta, con el cuerpo, que es el que ama, porque las mujeres no amamos con el cuerpo fragmentado, noción y práctica de amor masculinas, sino que amamos con el cuerpo-unidad. El amor mismo lo experimentamos como una unidad que no excluye la sensualidad, que es amor encarnado y en movimiento, ni el placer, que por María Milagros Rivera podemos expresar hoy que en una mujer es del cuerpo y del alma.

__________

(1) Texto leído como retroalimentación a la exposición «Amor y Relación en femenino libre» de Doménica Francke-Arjel para la 1a. Feminaria Sobre las mujeres y el amor, organizada por las mujeres de Tallercitas Feministas de México, 2021. Empiezo hablando del silencio y sin aparente contexto porque acepté por amor la invitación de Doménica a hacer retroalimentación, pero con la incomodidad que me produce la obligación de hablar de un tema determinado. En ocasiones como esta suele aparecer mi mujer muda con su objeción.

(2) Audre Lorde, La transformación del silencio en lenguaje y acción.

(3) Andrea Franulic Depix, Claridades y aclaraciones sobre Estar Expresada, Incitada, Santiago, Colección Feministas Lúcidas, 2021.

(4) Doménica Francke-Arjel, Amor y Relación en femenino libre. https://feministaslucidas.org/index.php/2021/09/04/amor-y-relacion-en-femenino-libre/

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Amor y Relación en Femenino Libre, Doménica Francke – Arjel

Amor y Relación en Femenino Libre 1

Resumen:

A partir de la consideración de la relación como lo fundante de la existencia humana, y también como lugar donde buscar la respuesta a la pregunta por su sentido, quiero colocar al amor como centro de la experiencia vital femenina, intentando ir un poco más allá de los discursos del individualismo y del colectivismo modernos, también repetidos por mujeres, feministas o no. Para todo esto, considero la relación como originaria e inevitablemente femenina (aún cuando de ella participen criaturas del sexo masculino), y me propongo concentrarme en la relación amorosa entre mujeres, materna y sensual, porque han sido mis propias experiencias vitales las que me han abierto los ojos: reconocer mi diferencia sexual, mi origen femenino, y amar a una mujer.

«Todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay».

Emily Dickinson

En realidad, el título de esta intervención lo es todo, pero lo es con un sentido de apertura, es decir, un todo que no se cierra al ser dicho, sino que se abre, como una espiral, un camino o un campo el cual quiero, acompañada, recorrer, explorar. La apertura se ha transformado en una idea recurrente en mi vida en los últimos años, y es que, hija de mi madre Laura, sé que mi existencia solo es posible gracias a su apertura/abertura creadora.

La relación funda la vida, la humanidad, la existencia entera.

La relación es siempre de a dos, y en su origen hay dos mujeres: madre e hija. La relación tiene variantes, claro, que incluyen también la posibilidad de la existencia masculina, la madre pare hijos, y al hacerlo, humaniza a los hombres.

Sin embargo, el hecho primario de la existencia humana es que las mujeres la fundan, y esa fundación es relacional.

La criatura humana lo es porque ha sido creada y criada por su madre, así como somos traídas al mundo por el empuje de nuestras madres por su canal del parto, y la madre nos entrega el cuerpo -cuerpo tejido en sus entrañas, como dice Gabriela Mistral- nuestra madre nos ofrece el mundo (y al mundo) al dejarnos salir de su cuerpo, expulsándonos a una existencia autónoma. Cuando bebemos de su seno, nos habla y nos entrega su tercer don: la capacidad de nombrar al mundo (se trata de un proceso que puede haber comenzado mucho antes, si la madre nos habla estando nosotras en su vientre, y de todas maneras, con el solo hecho de que la madre hable y nosotras escuchemos su voz, nos ponemos en contacto con el poderoso don que es nombrar el mundo).

La vida, la humanidad misma surge de y en la relación, y, sin embargo, quizás presas de miles de años de olvido patriarcal, hoy hablamos livianamente de cosas como amor propio, auto amor, amarse a sí misma, etc., como fundamentos de nuestra capacidad de amar. Se suele decir: “para saber amar primero hay que saber amarse”.

Pero eso es profundamente problemático, ya que invierte el orden de las cosas que hacen posible incluso nuestras vidas. Por supuesto, invierte el orden, o mejor, la armonía que hace posible al amor mismo.

El amor primero nunca es por sí misma o mismo, este amor es por definición y necesidad lo que sintió otra por una, y lo que se siente por otra (u otro) y se experimenta con y por ella solo es posible después.

También, se afirma que la necesidad de amor, de ser amada, es una debilidad aprendida de las mujeres, cito una frase ampliamente difundida de la escritora Margaret Atwood: “El deseo de ser amada es la última ilusión, renuncia a él y serás libre”. Entonces también la libertad es definida, de paso, como un estado humano en el cual se han deshecho los vínculos y dejado atrás los deseos. El reino de la necesidad ha sido abandonado para entrar en el imperio de la voluntad.

Esto es una mentira, pero se entiende su origen y, sobre todo, su objetivo. Mejor dicho, se trata de un error, y este error surge del error mayor, que es la negación del origen de toda criatura humana en el vínculo materno.

Entiendo que la desconfianza hacia el amor surge de que la mirada esté profundamente heterosexualizada, es decir, que en ese imaginar, sentir y nombrar el amor, se ponga al hombre/los hombres en el centro.

Así, también suele suceder que se nos ponga ante la falsa dicotomía de tener que elegir entre una adhesión sumisa al padre o una orfandad sorora entre hermanas que se aman a sí mismas y entre sí, sin mayor distinción. Esto sucede cuando nos situamos bajo el imperio de las ideologías, también las feministas. Aunque debo recordar que, la ideología en sí misma, como distorsión de la realidad, es masculina (la mayor ideología es el patriarcado).

Retomando la línea de la heterosexualización de nuestro pensamiento-sentir, cuando Kate Millet ha dicho: “el amor es el opio de las mujeres, mientras los hombres gobernaban, las mujeres amaban”, decía una verdad, pero una verdad a medias, quizás porque para Millet, como para tantas otras radicales de su época, la verdad estaba emergiendo. Pero para nosotras, ahora mismo, más de 50 años después, esto ya no es así.

Hoy la verdad está expuesta y solo hace falta abrir los ojos para verla: la verdad de la diferencia sexual, la verdad de la lengua materna que nos permite pronunciarla.

Poner a un hombre en el centro, no es solo distanciarme de la/s otra/s, es instalar un muro entre mí misma y mi origen, entre mí y mí misma. Por eso, pienso que la necesaria crítica a la heterosexualidad tiene que proseguir, pero también cambiar de tono, de color, de palabras. No se trata, pues de “alesbianarse” … Se trata de re-conocer la diferencia sexual.

La fuente de humanidad y de amor es la madre, la madre es siempre una mujer. Ese fue el primer amor que conocimos, nos fue dado junto a la vida, ni más ni menos. Puede incluso que nos haya sido arrebatado o negado, pero la huella de su necesidad y del origen, siguen allí, imborrables.

La primera fuente y objeto de amor de toda criatura es la madre, una mujer. Eso también quiere decir que nuestro origen es el amor, entendido como apertura y abertura, afirmación de la vida y don. Es decir, el amor en femenino.

Como se ha hecho necesario aclarar en tantas ocasiones, esto no significa que tengamos con la madre una relación ideal, o que la maternidad esté siendo objeto de una idealización (la idealización es siempre una maniobra masculina, significa alejarse de la realidad porque se la teme y considera un orden inferior de las cosas, mientras se apuesta por una verdad que estaría más allá del cuerpo, de la vida y de lo perceptible y decible con los sentidos del cuerpo, y que requeriría de complicadas maniobras mentales para ser alcanzada, maniobras cuyo aprendizaje se trasmite entre hombres…).

Como dice Luisa Muraro en su indispensable “El orden simbólico de la madre”, para entender los alcances exactos del origen materno, se trata simplemente de evocar la relación con la madre concreta de cada una. Y es que ésta, más allá de la calidad y dimensiones de la relación que tengamos o hayamos tenido con ella, nos trajo al mundo, nos hizo posibles. Esto vale tanto para una madre que nos crió amorosamente y está presente en nuestras vidas hasta nuestros días, como para una que nos dejó, por diferentes razones, o incluso para la que estuviera presente solo en la distancia, y aún si fuera más un obstáculo que una fuente de nuestra libertad.

Para el simple y llano hecho de que existamos, su amor y su apertura/abertura al mundo fueron necesarias. «La vida humana de este planeta nace de la mujer. La única experiencia unificadora, innegable, compartida por mujeres y hombres, se centra en aquellos meses que pasamos dentro del cuerpo de una mujer, desarrollándonos.» (A. Rich: Nacemos de mujer).

Las nacidas mujeres, las hijas, que somos todas nosotras, compartimos con nuestras madres ser el sexo que da vida, cuerpo y palabra.

Sin determinismo alguno, dice María- Milagros Rivera Garretas, y luego: «Yo puedo perder el hilo de mi propia libertad, y no por eso dejo de ser una mujer, no es obligatorio que te guste la libertad femenina (…) es una propuesta política». (Conferencia: La verdad ausente de la filosofía).

Esto es así, la capacidad de ser dos, que traemos inscrita en nuestros cuerpos, nos sitúa en el mundo, como han señalado las pensadoras del feminismo de la diferencia, con y como una abertura/apertura al mundo primero, y luego a la otra (e incluso al otro). Cito a Andrea Franulic: “Y cuando las olas de una no llegan a las otras, cuando chocan contra las rocas y nos salpican la cara, ¿no es acaso agua de una misma que humedece la piel?, ¿necesito más? El misterio de la gran diosa Muummu Tiamat* es la abertura al infinito antes de la apertura a otra/o: entre las piernas de una mujer, la vulva y su enigma clitórico, el uno que es dos.”

No hablamos acá de “capacidades presuntas”, de “reproducción” ni opresiones e imposiciones, sino de quienes somos, más allá de las interpretaciones, elecciones y temores que nos crucen. Y todo lo que creamos nace de nosotras, es traído al mundo por nuestra apertura, en el único y sexuado sentido de provenir de la parte principal de la humanidad que la crea. Seamos o no madres de hijas e hijos.

Deseamos la libertad, que es amiga íntima de la verdad, y no la emancipación, que busca la ruptura con la realidad, y la cercanía con los hombres y los errores de los hombres. Y esta libertad, va más de reconocer los vínculos, los deseos, las dependencias y las necesidades, que de cortar amarras/cadenas y lanzarse sola a emular la aventura del héroe masculino, el ser sin madre/matricida, que todo lo puede y lo entiende solo: “Ser libres no significa tanto -o no solo- desligarse del poder masculino como ligarse a la autoridad femenina». (I. Dominijiani: La apuesta de la libertad femenina).

Reconocer el lugar central del amor en nuestras vidas no es más que reconocer su lugar como fuerza indispensable de y en la vida.

También decía que aquí está implicada la política. Lo está, porque la política es lo que surge justo y solamente de estar juntas/os en el mundo desde nuestras diferencias, de las cuales la de ser mujer u hombre es la principal y primera.

En mi política, que he descubierto relacional, de la experiencia de estar en relación con la otra y las otras, hay amor, y hay apertura y no podría ser de otra forma, sin apertura no hay relación, ni mundo, ni vida…

Esto me lleva a pensar, como un apéndice de mis pensamientos, que el temor milenario de los hombres a ser dominados por el amor a una mujer, castrados (psicoanálisis) o embrujados, quizás proviene de la consciencia, distorsionada, pero presente, de su dependencia originaria respecto a las mujeres, al amor, específico, de una mujer: su madre. Lo he pensado leyendo una entrevista hecha a Patricia Rosas Lopátegui, biógrafa de la escritora mexicana Elena Garro, al hacer un comentario respecto a la relación que tuvo con cierto intelectual misógino (relación que, a juzgar por las preguntas hechas en la entrevista, le parecía al entrevistador central para definir a Garro). En esta, la biógrafa señala: «Hay una obra de teatro de Elena Garro titulada “El rastro” (1957) en la que la dramaturga refutó a Paz. En esta pieza en un acto el protagonista llega a su choza embriagado para asesinar a su esposa embarazada de su hijo porque, al haberse enamorado de ella, ha perdido su hombría, su virilidad; sus amigos machos se burlan de Adrián. Su contraparte aparece personificada por Delfina, su esposa, que no es la mujer abierta, sumisa, “chingada” de Octavio Paz, ni es un “revolcadero de hombres”, como la insulta su marido. Delfina es la personificación de la inteligencia, de la sensibilidad; él no quiere dialogar, mientras que ella propone la comunicación. Paz describe a la mujer en El laberinto de la soledad (1950) como un ser enigmático, cerrado al diálogo, como un signo incomprensible. Garro lo refuta y cambia los papeles. La propuesta de la autora de El rastro es en definitiva más cercana a la realidad en la sociedad falocéntrica mexicana; es decir, el hombre es el estoico, cerrado, irracional, salvaje, “la torre de marfil” y la mujer es brillante, creativa, humana.» (Coincido en todo, menos en aquello de que Delfina no es la apertura, pues si lo es, su existencia lo confirma).

El amor, para la mirada masculina, temerosa y desconfiada de su propia situación originaria de dependencia, puede ser una amenaza. Muy probablemente esto se deba a que esa dependencia los hombres la experimentan como del sexo que no son (y jamás podrán ser), y sepan, odiando saberlo, que ellos nunca podrán ocupar ese lugar.

Pues bien, si los hombres han desatado la desgracia sobre sí mismos (y sobre la humanidad, o lo siguen intentando incansablemente), si han mentido sobre quiénes somos y sobre quiénes son ellos: ¿por qué esto debería arrastrarnos a nosotras? Si aún estuviéramos sumergidas en el relato patriarcal, si camináramos por el mundo lamentando ser “el segundo sexo” y anhelando llegar a ser “el primero”, podríamos temer también, negar y desconfiar. Si no hubiésemos descubierto, experimentado, sabido el amor entre mujeres.

Pero no es así. No es así porque tenemos historia y palabras para nombrarla, y como se ha dicho, siempre hay una mujer primero.

Para nosotras, comprender nuestra diferencia sexual lo cambia todo. Una se sabe mujer y sabe que una mujer está primero, no por jerarquía sino, de hecho, porque así es la vida.

Amar a una mujer, como mujer, lo cambia todo, cambia, por supuesto, la concepción de amor, abre los ojos, si puedo expresarlo así. Esto es siempre una posibilidad, más que una garantía o una inmediatez. Digo esto porque es cierto que no hay determinismos. Como dice Andrea Franulic en su artículo “Existencia lesbiana y diferencia sexual”: en el amor entre mujeres puede presentarse, y se presenta, el mal, si no hay consciencia de la diferencia sexual, si no hay un reconocimiento, como mujeres de ese origen materno… No basta con ser lesbiana, dice Andrea textualmente.

Con todo, en la aventura que se abre cuando una mujer que ama a otra mujer, está contenido un amor que la vincula a su propio origen, un amor conocido, que la antecede, que ya venía con ella, en sus entrañas cuando llegó al mundo. Se trata, para mí, del amor primero, por eso, también es el amor que permite mirarse amorosamente a sí misma.

En este sentido, no es cierto aquello de que para saber amar hay que amarse a una misma primero. Es más bien al revés: ser amada, o al menos, consciente de la necesidad de amor, y de haber surgido del amor, es lo que enseña el amor, lo que enseña a saber amar.

El amor a una mujer se siente como volver a la fuente misma del amor, a una, es apertura, sin importar si se recibe o no como una desea que sea recibido. Recuerdo aquí la cita de mi querida Andrea Franulic, la apertura sigue en una, más allá de como sean recibidas las aguas de su entrega.

Esto es porque la vida es la aventura total, el arrojo y la novedad en el mundo, del mundo… Sin garantías.

El amor sensual entre mujeres ha sido una fuente de libertad, felicidad y creatividad femeninas durante toda la historia, y me atengo a la verdad más estricta si digo que el amor de las mujeres ha traído y mantenido la vida humana desde que la humanidad existe.

Hace poco leí de Fabiola Milán (una contacto de Facebook) señalar que el amor es la medida que nos permite reconocer la verdad y distinguir el mal del bien. Y lo decía frente al equívoco extendido de que el amor “distorsiona” la mirada de las mujeres. Las mujeres que nos reconocemos en nuestra diferencia sexual sabemos medir con la medida del amor. En eso no nos equivocamos. En otras cosas sí. Quizás justamente lo hacemos, equivocarnos, y de la peor forma, cuando perdemos la guía de amor.

Ayer me encontré, por casualidad, con el aviso de la presentación del libro de M.-M. Rivera Garretas: “El placer femenino es clitórico”, y esto es lo que decía respecto al libro: “es una celebración del amor, del amor de las mujeres y del amor entre mujeres que ha nutrido la historia pese a todos los intentos de erradicarlo”.

Así, ¿qué más político en el sentido femenino, abierto, de la política, que cuando hablemos del amor, lo hagamos en lengua materna, dejando atrás la inútil y tramposa carga del relato masculino de la miseria y del dominio?

Levantémonos del suelo, pues, y dejemos de hablar de los hombres y para los hombres, con sus palabras erradas, mentirosas y equívocas.

Palabras finales

He querido decir que el amor de las mujeres es la fuente de nuestro amor, que éste nace de la relación originaria y que, en ese sentido, la relación también lo funda. No se puede amar la nada ni la mismidad. En ese sitio, imposible, sencillamente no hay amor. No hay vida.

Afortunadamente, ese no es nuestro lugar.

Hasta ahora, no he encontrado palabras mejores para expresar todo esto que las que cito a continuación de Luciana Tavernini: “(…) para el ser humano, el origen es siempre dual y dispar; dicho con más precisión, que existe el período de la gestación, en el cual la madre tiene dentro de sí a la criatura, de modo que, en el origen, el dos precede al uno”.

Nuestro amor no es fuente de sufrimiento ni de debilidad, sino una fuerza creadora que nos indica el camino del placer y de la libertad.

Y en el amor, como en todo, entonces, también el dos precederá a la una.


[1] Escribí este texto para la primera Feminaria: Sobre las mujeres y el amor, organizada por las mujeres de Tallercitas Feministas, de México. A ellas agradezco la creación de un espacio para hablar de Amor, tema tan caro para nosotras, y especialmente, a Mag Mantilla, por el acercamiento alegre y abierto que estamos teniendo. Este texto fue hermosamente acompañado por los comentarios de Diana Gé, en la lejos-cerca, para ella mi gratitud y reconocimiento amorosos, en el sentido fuerte de las palabras.

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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

Las Lunas de Felicia

«Claudia y Javiera hicieron germinar y crecer, en sus estudiantas, algo tan grande y preciado que se transformó en esta obra. Y también las jóvenes supieron ver en sus profesoras un más, una grandeza, que les despertó, en su alma joven, lo fértil que vive en ellas, su propia chispa de la vida, la que pusieron en juego en su escritura femenina con la mediación de sus maestras. Así, desde las entrañas al mundo, hicieron nacer el libro Las lunas de Felicia.«

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