Un grito para un despertar. Macarena Rubilar Campos*

La joven sintió que apenas había cerrado los ojos, cuando comenzó a escuchar un canto que se iba acercando: “Tu clítoris, tan celosamente guardado, te lo arrancaré y lo tiraré al suelo, porque hoy soy un hombre. Mi corazón está hecho de piedra; ¿de qué otra manera podría operarte?”

Exaltada recordó lo que habían hablado con su madre, sobre que ya se aproximaba el momento de que dejara su inocencia e inmadurez y diera paso a su iniciación como mujer. Empezó a sudar frío, temblaba de miedo, solo pensaba en cómo le gustaría ser un pajarito e irse volando lejos.

Mientras más cerca se escuchaba el canto, más crecía su miedo, más se acrecentaba su temblor, más aumentaba su sudor. Entre tristeza, rabia e indignación, lloraba y se preguntaba ¿por qué tenía que pasar por ello? ¿Por qué había tenido que nacer mujer? ¿Sería menos mujer si se negaba a la operación? ¿Es que acaso no había nacido mujer?, entonces, ¿por qué este rito de iniciación para serlo? Muchas preguntas la invadían entre sus lágrimas. Ya no solo escuchaba el canto, ya lograba escuchar las pisadas acercándose, en tanto su corazón se aceleraba más y más.

De repente vio una mano encima de su cuerpo, cada vez más cerca para despedirse de una parte de sí. Cuando parecía que la mano ya se iba a apoderar de ella, no pudo evitar dar un grito, un grito que se mezclaba con su llanto, un grito que la hizo despertar; de un salto se sentó en su cama y encendió la lámpara que se encontraba en el velador. Todo había sido un mal sueño, una horrible pesadilla. Poco a poco pudo ir recobrando sus sentidos, recuperando su tranquilidad.

Cuando por fin logró dejar de llorar, miró a su alrededor y se dio cuenta de que se había dormido viendo un documental de las mujeres Manja, una tribu africana, donde se practica la clitoridectomía. Mientras iba recordando lo que vio en el documental, fue recordando la razón de por qué lo comenzó a ver. Y volvió la rabia.

Recordó que todo se inició por una conversación con su amiga al comentarle que no estaba siendo feliz porque no disfrutaba tener sexo con su novio, pero ella le respondió que eso no importaba porque el fin de la mujer era complacer al hombre.

Recordó la decepción que sintió cuando su amiga para un cumpleaños le regaló un libro Kama Sutra, donde leyó la misma idea que ella le había comentado: «la mujer deberá recordar que el placer del marido no será perfecto, y que por esta razón deberá esforzarse para lograr cerrar y apretar la vagina, y esta se moldee al pene. Entonces el marido la apreciará por encima de cualquier otra mujer y no la cambiará”.

Entonces recordó que, desde esa conversación, ella empezó a cuestionarse y a buscar información; gran fue su conmoción cuando encontró que vagina significa la “funda de la espada”. Recordó cómo se sintió en shock con toda la información que estaba descubriendo.

Así, por todo lo que leyó y con aquella pesadilla, que se había sentido tan real, se prometió cuestionar todo lo que se le había inculcado sobre los estándares de un “deber ser” mujer, y no regirse por las normas impuestas por otros. Se prometió dejar de nombrar vagina a la vulva. Se prometió escuchar su cuerpo y comunicar sus deseos. Se prometió recuperar el ser una mujer clitórica.

Y ahí fue cuando comenzó a sentir la libertad, desde la autonomía y la propia verdad, fiel a sí misma, como una mujer clitórica cualquiera.

*Cuento hilado a partir de lo expuesto por Carla Lonzi en “La mujer clitórica y la mujer vaginal” para ser contado desde la técnica de “susurradoras” junto a mis queridísimas amigas y compañeras, Daniela Ruminot Aravena y Darinka Espíndola Pichara, en nuestro magnifico curso de Lingüística Feminista, impartido por nuestra querida y grandiosa profesora, Andrea Franulic Depix.

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