Nos quieren feministas. No clitóricas. Jessica Gamboa Valdés

Nos quieren feministas. No clitóricas.  Jessica Gamboa Valdés

Desde que los feminismos[1] han cobrado mayor visibilidad en la escena social y política posterior al movimiento feminista universitario en Chile, el año 2018, percibo una tensión más de parte de las mujeres que de los hombres. Esto ocurre cuando una, como mujer, se afirma en la diferencia sexual femenina y se rehúsa en abandonarla. En mi experiencia como mujer feminista y profesora en la universidad, de una carrera “históricamente femenina”, me he visto algunas veces expuesta a calificaciones como las de «cis»,  «hembrista» o «mujerista», justamente por decir que me hace sentido pensar en la libertad de las mujeres más que en la igualdad con los hombres y, sin duda, me ganaría el título de «transfóbica» si digo que quiero ser nombrada en femenino porque soy una mujer.

Antes o, mejor dicho, hasta hace muy poco tiempo, no sabía explicarme a mí misma un fenómeno que, por lo general, nos ocurre a muchas – si es que no a la mayoría- de las mujeres que ingresamos en la universidad y que guarda relación con una experiencia de ajenidad e inadecuación, pero que no logramos comprender de dónde proviene. Afortunadamente he leído el libro de la historiadora y maestra de la diferencia sexual María-Milagros Rivera Garretas “El placer femenino es clitórico”, publicado el año 2020, libro que me ha estremecido porque ha dado mayor profundidad a la toma de conciencia que había vivido con el feminismo radical de la diferencia.[2] Comprendí la desautorización de la madre como origen y dadora de la lengua materna en la civilización patriarcal y cómo esta desautorización se materializa en el profundo desarraigo en el que una como hija puede llegar a vivir debido a la violencia hermenéutica o clitoridectomía simbólica [3] que, sobre todo, en tiempos de igualdad y emancipación femenina experimentamos.

El desvelamiento de la gran estafa o fraude que ha significado la igualdad ha sido, precisamente, el  hacernos creer que hombres y mujeres somos iguales, en consecuencia, mucha de la violencia en contra de las mujeres es resultado de la política sexual basada en la teoría o principio de la unidad de los sexos que se puede resumir con lo que Simone Weil llama doble tirón o error de epistemología.[4] No es de extrañar entonces que el feminismo reivindicativo vea como un triunfo alcanzar poder social a través de la paridad o que ingresemos en la universidad en clave universal-neutra, pasando por alto que nacemos sexuadas en femenino y que el cuerpo femenino, dado por la madre, trae consigo un más que consiste en la capacidad de ser dos y una clítoris preciosa, fuente inagotable de placer, propia de la diferencia sexual femenina, la que hoy, a toda costa, quiere sustituirse por la identidad de género, o bien, con la figura de “persona menstruante o gestante”, tal como ocurrió en la reciente ley de aborto en Argentina. 

Los feminismos del siglo XXI, afianzados en la política de la identidad, han levantado una batalla por lo simbólico (Diana Sartori), queriendo reinstalar una y otra vez el orden de la espada[5]que rompe el origen femenino-materno y su lengua materna con la que decimos el sentido libre de ser mujer u hombre[6], porque el mundo es uno y los sexos son dos, cada cual con su infinito propio para significarse,[7] y dos son las aguas que se mezclan sin perder su singularidad.

La política de la identidad que va de la mano del poder ha conseguido posicionarse con un discurso inclusivo, el cual, sostenido por la fuerza de las leyes, termina fortaleciendo el doble tirón y profundizando la ignorancia impuesta sobre nuestras existencias como mujeres. De hecho, los últimos dos años, a propósito del movimiento feminista que paralizó a la institución universitaria, al que las académicas feministas llamaron el “Mayo feminista universitario[8]”,  facilitó el ingreso de los feminismos en las aulas, no así a las mujeres que quieren estar con independencia simbólica y su sentido libre para concebir cuerpos sin coito y conceptos sin falo[9]. Por eso afirmo que NOS QUIEREN FEMINISTAS. NO CLITÓRICAS.

La llamada “revolución feminista” a muchas nos gustó e hizo sentido porque sacó a la luz la violencia sexual oculta en las aulas universitarias, sin embargo,  no cruzó el umbral de la violencia hermenéutica, en efecto, fue progresivamente desplazándose hacia el reconocimiento de la multiplicidad de géneros o disidencias más que de la libertad femenina y, finalmente, el conflicto se condujo a una negociación que derivó en la institucionalización de protocolos de denuncia y cuotas de género absorbiendo a las mujeres en las disidencias. La instauración de normativas inclusionistas ponen mucho énfasis en el uso de un lenguaje -el debatido lenguaje inclusivo- que no es otra cosa que borrar la lengua materna, la única que señala sin jerarquía o dicotomía la diferencia sexual.

Sin embargo, en el final del patriarcado, cada vez más mujeres sabemos que no necesitamos del poder o de la fuerza de las leyes para ser y sentir como una mujer libre, menos del sucedáneo del pensamiento del pensamiento. Nada ni nadie puede imponerse sobre la verdad de las mujeres que es siempre femenina, porque el simbólico materno lo es.

La invitación es a sentirlo y decirlo, porque el placer de crear, sentir, hablar, gozar, amar, pensar… va acompañado del tesoro viviente que cada mujer tiene para sí misma: el placer propio del orgasmo clitórico, una pepita de verdad en lengua materna, que ha estado siempre como dice  Andrea Franulic, incólume esperándome/nos[10].


[1] Teorías y discursos provenientes desde los espacios académicos o de la política con poder, hoy parte del repositorio universitario -pensamiento del pensamiento- que abogan por las identidades de géneros, negando la diferencia sexual, principalmente, la diferencia sexual femenina. En Chile, se comienzan a gestar con los incipientes estudios de género post-dictadura y los feminismos queer o post-feministas.

[2] Así lo llama Andrea Franulic. Ver en la biografía política de Margarita Pisano, Una historia fuera de la historia, 2009. Me he reconocido en esta genealogía de pensamiento, pensamiento de la experiencia y práctica política, la de las mujeres, que toma forma en Feministas Lúcidas.

ver en:https://andreafranulic.cl/diferencia-sexual/pensamiento-radical-y-pensamiento-de-la-diferencia-un-contrapeso-necesario/

[3]  María-Milagros Rivera Garretas. El placer femenino es clitórico, 2020. Capítulo 2. Y que Lía Cigarini llama «pesadilla fálica».

[4] Significa verse enfrentada y obligada a creer en dos verdades simultáneas que son contradictorias entre sí.

[5] Barbara Verzini. La madre en la mar, el enigma de Tiamat, 2021

[6] Porque es la lengua que hablamos y aprendemos hablar oyendo a nuestra madre (o quien ocupe su lugar) en la coincidencia de las palabras  con las cosas, de esa forma, “traemos el mundo al mundo”, idea desarrollada por la comunidad filosófica Diótima.

[7] María-Milagros Rivera Garretas, La diferencia sexual en la historia, 2005

[8] Tiene como referencia al mayo estudiantil francés, referente masculino que se impone con el orden de la espada y la clitoridectomía simbólica, promoviendo la vaginalidad progresista. Mismas académicas que, el año 2010, se unieron a la consigna «Por un feminismo sin mujeres»de la disidencia sexual estudiantil CUDS. «por un feminismo sin mujeres» leer crítica de Andrea Franulic.

[9] María-Milagros Rivera Garretas. El placer femenino es clitórico 2020

[10] https://autonomiafeminista.cl/incolume-esperandome/

Para Bárbara, Andrea Franulic

Para Bárbara, Andrea Franulic

Para Bárbara

Las aguas saladas del libro de Bárbara Verzini 1 solo se pueden leer (y uso palabras de ella misma) con la carne abierta sin herida y no con los ojos de la vista; sus olas mecen con su movimiento en espiral y con la anchura de su mar, con la profundidad de los abismos y su oscuridad vetusta. Para leerlo, una necesita hacer tabula rasa, pues su autora lo ha escrito haciendo tabula rasa del Orden de la Espada, sustrayendo su sentido originario2 de la inerte filosofía masculina. Está escrito en y para la Era de la Perla, que no es una Era diacrónica, dice María-Milagros Rivera Garretas. Y como también dice, nos lleva al antes del antes, al origen, que siempre es de andadura femenina y materna, que crea a todos y todas ellas, como recita la cuarta línea del Enuma Elish: Muummu Tiamat crea a todos y todas ellas en la armonía del caos, donde todo se mezcla sin confundirse.

La leo y vuelvo hacia atrás y de nuevo hacia adelante y otra vez hacia atrás en el infinito movimiento de las olas de Tiamat y cada vez se me revela algo. Este libro no puede dejar indiferente a nadie, sales mojada, como la misma autora dice, y siempre distinta, radicalmente distinta.

No hay linealidad entre pasado, presente y futuro; ni entre el antes y el después, ni entre la niña que fui y la mujer que soy: niñas-viejas, dirá Adriana Alonso Sámano… “Es que [dice Bárbara Verzini] el sentir no separa, mantiene unidos adelante y atrás, antes y después, pasado y futuro, en un único movimiento circular…”.

Y así comparezco, y esta palabra resuena de otra manera en mí, como si por primera vez la pronunciara, comparezco ante “el infinito misterio de lo uno que es dos, entre las piernas de una mujer”, la verdad de las mujeres clitóricas en la Era de la Perla, que siempre ha estado aquí, como las aguas de Tiamat, como las aguas de la mar que nunca han dejado de fluir en las entrañas de toda mujer, de cualquier mujer, de una mujer cualquiera como yo…

Hace menos de una semana que Bárbara Verzini me invitó a decir mi experiencia de lectura de su libro, y yo no sabía que era una invitación de más de 4000 años, yo no sabía que al leerla iba a ir y a volver una y otra vez a mi vida toda, a mi infancia, a mi propio origen, que es al mismo tiempo el origen primordial de todo lo vivo. He estado sintiendo, soñando, mirando con la visión de las entrañas, sintiendo a la niña que soy, sintiendo la m de mi madre… La m, que es el sonido m que, con los labios de la boca tocándose, vibra con los de la vulva; no es la p áfona de la ley del Padre, del orden simbólico que puede ser solo patriarcal en tanto Orden…

Comparezco ante la sustancia de la lengua materna3, en los brazos y en la carne de mi madre como criatura recién nacida; lengua materna que la han pretendido arbitraria, que la han querido empequeñecida a la forma, intentando dejar la sustancia fuera, como fuera han aspirado a dejar la diferencia sexual, el mismo origen. Cómo no, si ha sido el Orden de la Espada de la lingüística, espada que, como todas, separa, cercena e intenta doblegar sin éxito la mezcla armoniosa, en el caos, de sonidos, sabores, olores, tacto; lengua siempre motivada y siempre en relación.

Solo puede haber relación en el origen, dice la autora, y solo puede haber sustancia en la lengua materna, y se me han quedado sus palabras, esas que ella dice que “respiran, sudan, se mueven, se persiguen, saltan y juegan”, pegadas a la carnosidad de mi lengua, sus sonidos vibrantes trabajando dentro de mí: una madre solo puede ser clitórica, toda madre es Muummu, todas somos madres y somos únicas, y esta verdad no deja sitio a la envidia entre mujeres porque aquí el Mal no tiene lugar…

Ese Mal de Apsu al que la Diosa le cierra sus aguas, aunque igualmente toca su corazón porque la quiere separar de sus criaturas. El toque del Mal que también es el toque de la tristeza y que siempre está al acecho, a veces, en la figura de la ficticia mujer patriarcal, que se camufla en lo que Bárbara Verzini, en los encuentros mensuales a los que nos convoca, ha llamado el “teatro de la práctica de la relación”. Por eso hago tabula rasa de mi propia vaginalidad 4 … Como su libro enseña, solo el Bien puede ser radical5

Asimismo, enseña que ninguna madre es Ummu, eso es falsedad misógina de la Espada de Marduk que intenta desmembrar las olas de la m y la u que es la clítoris; falsedad es la vagina y el orgasmo vaginal, falsos son los géneros y las identidades, mentiras misóginas ancladas a la gran mentira matricida del Orden patriarcal, que aspira a crear ex nihilo, pero solo reproduce, repite, idéntico a sí mismo, estancado cual Apsu…

La niña que fui corrió el riesgo de ahogarse en la mar a los 9 años de edad, la niña que soy amaba la inmersión6 en las profundidades de la mar, deseaba entrar en sus abismos, amaba permanecer flotando; ama sentir el agua en los pliegos del cuerpo, en los poros, el pelo empapado, la piel escamosa, reseca por la Sol del desierto de Atacama…

Leerte, Bárbara, me ha traído de vuelta esta historia de mi vida y la he sentido con la carne abierta sin herida. Así como has escrito e interpretado libre de patriarcado el Enuma Elish y, junto a este mito mesopotámico, todos los mitos patriarcales han sido desenmascarados, he recordado cómo los hombres de mi familia -mi padre, mis tíos- salieron a mi socorro y no pudieron, la dragona serpiente Muummu Tiamat no dejaba que se acercaran a mí, los absorbía en sus corrientes, mientras me iba llevando cada vez más adentro… Yo no tenía miedo, solo estaba cansada de nadar, entonces me puse de espaldas y dejé que la monstrua me sostuviera…

Ningún hombre me pudo salvar porque ningún hombre puede salvar a una mujer, porque una mujer está siempre antes7. Como enseña tu libro, los héroes son del Orden fálico, solo hay esfinge y hay enigma clitórico… Mi cuerpo inmaculado de niña no fue rescatado por otro cuerpo; en un flotador con una larga soga que alguien jaló, regresé intacta a mi orilla…

Bárbara Verzini, he dejado que tus olas me mojen, y he emprendido el viaje con una mochila ligera como sugieres, y todavía no acaba porque no es finito, aun así, mira dónde me ha llevado: al antes del antes, que, como dices, es abertura al infinito antes de apertura a otro cuerpo, abertura con b que también vibra (traducción del italiano hecha con el placer de María-Milagros Rivera Garretas). Gracias, Bárbara, ojos oscuros de Babau, monstrua preciosa del Lago Ness, labios carnosos que nos y me invitan a nunca más cerrar mi boca ancha de rana para decir la verdad, mi verdad. 


[1]    Bárbara, Verzini, La madre en la mar. El enigma de Tiamat, Verona-Madrid, Colección a Mano, Edición Independiente, 2021. Traducción del italiano de María-Milagros Rivera Garretas.

[2]    Idea de María Zambrano.

[3]    Ver Luisa Muraro, El orden simbólico de la madre.

[4]    Ver “Mujer clitórica y mujer vaginal” de Carla Lonzi.

[5]    Lo dice también María-Milagros Rivera Garretas en su libro El placer femenino es clitórico.

[6]    Inmersión y emersión, así titula partes de su libro, la autora.

[7]    Dice, incansable, María-Milagros Rivera Garretas.