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Escritos de Feministas Lúcidas

¿Has sufrido alguna vez violencia hermenéutica? Andrea Franulic

¿Has sufrido alguna vez violencia hermenéutica?[1]

Tengo un recuerdo, de esas imágenes de la memoria de la infancia que si nos piden que detallemos, se esfuman. Yo creo que no tenía más de 3 años. Iba de la mano de mi madre, entrando a su lugar de trabajo. Yo, tomada de su mano, le pregunté por la palabra que nombraba a la cosa que estaba viendo ante mí y que era un lugar: un edificio con bancas, caminos, pasillos y desierto alrededor. Ella me dijo “universidad” y yo repetí “universidad”. Me costó la pronunciación porque es una palabra larga, pero finalmente la pronuncié como mi madre me enseñaba: u-ni-ver-si-dad.

El lugar de trabajo de mi madre era la universidad de Antofagasta, ciudad costera del desierto de Atacama. La universidad de mi madre era un laboratorio con tubos de ensayo y sustancias, un bioterio con ratas blancas y una pizarra gigante para escribir con tizas. Mi madre era bellísima y muy joven. Mientras ella trabajaba, yo rayaba la pizarra y, luego un poco más grande, jugaba a ser profesora. También nos llevaba a casa elementos de laboratorio para que jugáramos con mi hermano. Así, teníamos tubos de ensayo, pipetas, matraces y otros elementos con los que imaginábamos ser científica y científico. Pero a mí me gustaban más las letras y me encantaban las pizarras.

Cuento esta experiencia porque creo que, de alguna manera, me salvó, quizás no totalmente, de la violencia hermenéutica que me tocaría vivir en mi vida adulta también como mujer universitaria. Me salvó porque conocí la palabra que nombraba la cosa desde la lengua materna de mi madre, tomada de la mano de su simbólico, y la vi a ella, la vi concebir conceptos con placer. Sin embargo, ahora pienso, cuánto, la violencia hermenéutica, le habrá matado su ruiseñor. Y me duele pensarlo. Me duele pensar que mi madre sentía placer en lo que hacía, pero cuán sucedáneo era dicho placer, pues permanece en la institución universitaria hasta el día de hoy y a veces la noto cansada y triste. ¿Cómo puedo volver su ruiseñor a mi madre?

¿Y qué pasa conmigo y la violencia hermenéutica? Como decía, siento que mi madre me ha rescatado de ella, sin saberlo. Me ha rescatado porque también me permitió contemplarla desde pequeña y verla, hermosa y concentrada, estudiar. Me animaba la forma rápida en que movía el lápiz para tomar los apuntes que leía de sus libros de bioquímica. Yo sentía placer mirándola y admiración por su letra grande, redonda y manuscrita. Así, siendo niña, sentí y viví el placer de concebir conceptos sin falo, inspirada en mi madre.

Por ejemplo, sentía mucho placer haciendo las caligrafías que mi maestra Cristina, que mediaba con Amor su práctica educativa, nos mandaba a realizar a diario. Sentía placer porque lo pedía ella y yo las escribía pensando en que ella las iba a leer, entonces en lugar de copiar los cuentos de los libros escolares (en esto consistía la tarea de la caligrafía), yo inventaba mis propios cuentos y ella se alegraba mucho, felicitándome. Ese placer de concebir conceptos sin falo siendo niña, lo he sentido en mi práctica de la política de las mujeres siendo adulta, en especial, con la escritura femenina. Y reconozco, reconozco en estas experiencias de niña-vieja [2] “el placer de la concepción de conceptos”.

Mi madré me salvó, aunque cuando yo creciera ella consideraría que mi único destino posible era la universidad. Yo he estudiado, luego de mi carrera de pedagogía en castellano, un magíster y un doctorado en lingüística: pesadilla fálica, pensamiento del pensamiento, violencia hermenéutica. Fui ayudanta de un profesor de gramática o morfosintaxis mientras cursaba el pre-grado: pesadilla fálica que niega la lengua materna para transformarla en sistema de signos abstracto, equivalente a un tablero de ajedrez, al que puedes jugar e incluso entretenerte con inteligencia, pero que es solo eso. Finalmente, decidí abandonar esta ayudantía y seguir mi deseo. Como muchas, y como mi madre, sentía placer por el estudio y, como podía, extraía algo del sucedáneo que me daban y llegaba a sonreír.

No fui inmune a la violencia hermenéutica universitaria. Es más, podría ahora mismo enumerar algunos ejemplos y ya van siendo varios, pues desde que la sé nombrar, gracias a la visión de María-Milagros Rivera Garretas, también me voy dando cuenta del daño que me ha hecho, considerando todo aquel que no veo o no llegaré a ver porque “la vida del alma queda afectada para siempre”. Por ejemplo, en el doctorado, tuve la experiencia patente de la violencia hermenéutica universitaria en todo su esplendor, la de “presentarse el placer cognitivo masculino como placer cognitivo universal”: el lenguaje árido sin entrañas, el ritmo despiadado de las evaluaciones, la competencia por la nota o el cargo, la obsesión por objetivar, la imposición del método científico, el pensamiento crítico del análisis de discurso, etc.

Sin embargo, al mismo tiempo, siento haberla esquivado bastante y he querido, en este ejercicio, darle algo de luz a este esquivar y redimir el daño sufrido, también por mi madre. He permanecido en la universidad como espacio académico y laboral sin que esto me haya quitado el placer de la escritura femenina libre que, en mi caso, ha ido de la mano de la política de las mujeres. Mis energías creadoras las he puesto y las he descubierto en las relaciones entre mujeres, siendo estas siempre más prioritarias y fundamentales para mi vida que cualquier otra cosa.

Para esto, he equilibrado el tiempo y el dinero, procurando horarios flexibles, sin concursar nunca, hasta ahora, para tener una jornada o un cupo en la universidad que implique permanencia en ella. Me ha guiado Kairós[3]. Esto, en mi país, implica menos dinero y menos estabilidad económica, pero luego de años, donde al principio experimentaba bastante precariedad, he logrado vivir sin que me falte nada, siempre procurando lo necesario materialmente para el placer de la concepción de conceptos.

En los últimos años, en los que el patriarcado ha llegado a su final, he logrado aunar tiempo libre y estabilidad laboral: algo inusitado que no pasa por contrato laboral ni lobbie alguno, sino por el estar en relación y por el reconocimiento de mis aportes y la importancia de mi presencia allí, porque otra vio autoridad en mí. Y me refiero a los últimos años en los que he leído en profundidad a las autoras del pensamiento de la diferencia sexual, abriéndome a integrar los espacios de mi vida y a dejar de existir escindidamente.

Junto a la política de las mujeres y la escritura femenina, he ido haciendo de mi paso por la universidad una experiencia de placer clitórico, porque soy profesora y he aprendido a estar en el aula en femenino [4]. ¿No es acaso esa pizarra grande de fondo negro donde el sonido de la tiza resonaba en mi alma de niña? Mi madre, entonces, así de jovencita, también era profesora en la universidad y lo sigue siendo. Su hermana es profesora de escuela. Mi tía abuela fue profesora normalista. Cuando digo menos escindida, me refiero a que esta genealogía materna y femenina vive dentro mío y, junto con ella, el placer femenino de la concepción de conceptos.


[1] Escritura a partir del ejercicio y tema 6 de la asignatura Sexuar tú la política, impartida por María-Milagros Rivera Garretas
en el máster de Estudios de la diferencia sexual en Duoda, Universidad de Barcelona.

[2] Expresión que me enseñó Adriana Alonso Sámano.

[3] El tiempo de las relaciones. Ver María-Milagros, Rivera Garretas, Mujeres en relación. Feminismo 1970-2000, Barcelona, Icaria, 2001.

[4] María-Milagros, Rivera Garretas, “Estar en el aula en femenino”, El amor es el signo. Educar como educan las madres, Madrid, Sabina, 2012, p. 28.


8 respuestas a «¿Has sufrido alguna vez violencia hermenéutica? Andrea Franulic»

Que hermoso texto hija, me siento orgullosa y a la vez sorprendida de haberte inspirado a ser lo que hoy eres
Gracias, te quiero mucho

Ese es mi anhelo: hallar un balance entre lo laboral y tiempo para estar en relación con las demás, ese espacio entre nosotras.

Gracias. 💜

Me encanta ese remembrar, la inocencia, la inmaculada cuando sabemos muy profundamente lo que somos y el eco nos devuelve nuestro significado aunque hayan querido aturdirnos, gracias and stay clitóricas.

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