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Feminismo Autónomo Latinoamericano

Julieta Kirkwood

Nació en Santiago de Chile el 5 de abril de 1936 y murió el 8 de abril de 1985, a sus 49 años a causa de un cáncer. Fue una socióloga, cientista política, catedrática y partícipe del movimiento feminista chileno de la década de 1980.

Hija de Johnny Kirkwood y Julieta Bañados, perteneció a la primera generación de mujeres que tuvo amplio acceso a la educación secundaria. Cursó sus estudios superiores en la Universidad de Chile, donde participó de diferentes movimientos sociales y estudiantiles, y, finalmente, alcanzó el grado académico de Licenciada en Sociología y Ciencias Políticas, en 1969.

La lucha por el sufragio femenino provocó la creación de diferentes organizaciones feministas en Chile, sin embargo, durante la mitad del siglo XX, todas estas comenzaron a decaer. Una vez obtenido el voto, los grupos organizados de mujeres se homologaron a los partidos políticos, dejando de lado sus propios intereses. Este hecho en particular motivó a Julieta Kirkwood a refundar el Movimiento Feminista, hito que marca el advenimiento de un segundo feminismo histórico en Chile. De esta forma, Kirkwood comienza a teorizar la experiencia de las mujeres, no tan solo en la política convencional, sino, la vida misma de las mujeres en una época bañada de incertidumbres en nuestro país. “La recuperación del mundo, todavía en gran parte ajeno a la mujer, vendrá por la recuperación de lo vivido cotidianamente”. 

En 1972, Julieta se une a la FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales) como estudiante; así, comienza un incesable trabajo intelectual junto a otros académicos. En la década de los ochenta, Julieta Kirkwood forma parte del Círculo de Estudios de la Mujer -que posteriormente se convirtió en La Morada y en el Centro de Estudios de la Mujer (CEM) – y participó activamente en movimientos sociales feministas como el MEMCh 83 y el Departamento Femenino de la Coordinadora Nacional Sindical. En el año 1983, se gesta el Movimiento Feminista de oposición a la dictadura, el que motivó junto a Margarita Pisano, con quien mantuvo una amistad política. Dicho movimiento es más bien conocido bajo el polémico lema “Democracia en el país, en la casa y en la cama”.Su propuesta teórica feminista se sistematizó en diferentes publicaciones, entre sus libros más relevantes destacamos Ser política en Chile: las feministas y los partidos (1982), Tejiendo rebeldías (1987) y Feminarios (1987).

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Escritos de Feministas Lúcidas

La educación en el fin del patriarcado, Pía Cajas

La educación en el fin del patriarcado

La educación del patriarcado, al igual que este, está llegando a su fin. El sistema educativo actual es una institución masculina, jerárquica, que busca perpetuar roles, adoctrinar y mantener tradiciones androcéntricas. Educa para entrar en una carrera de competitividad y precariedad espiritual, niega la autoridad de la madre como la primera maestra y, por eso, sigue hablando en neutro, en genérico universal, que ocultan detrás el sesgo masculino… Niega la diferencia sexual, es anti libertad.  La educación necesita nuevas búsquedas, otras formas de aprender, otras cosas que aprender y otras formas de enseñar. Para María Milagros Rivera, el aprendizaje es saber comunicarse, es crear, es expresarse. 

En mis años de experiencia como educadora en primera infancia, he observado a los niños y niñas en sus interacciones y juegos. Los niños manifiestan un juego más estereotipado, sensorio motriz, utilizan los golpes y la competencia, juegan a ser héroes a través de las armas, debido a los fuertes referentes masculinos patriarcales de la sociedad. En cambio, en las niñas, observo expresiones de libertad, veo belleza en la forma en que se relacionan, en calma, con respeto por la otra y el otro, en conexión con la naturaleza, con sus emociones, su idea de ser heroína es a través de la ayuda, lo contrario a lo impuesto en la sociedad del patriarcado, donde quien se impone, con el poder y la competencia, está por sobre los demás… Esta forma de relación, que es diferente entre niñas y niños, tiene su origen en el cuerpo, que es sexuado, un cuerpo que existe y es histórico, un cuerpo que habla de una experiencia. La experiencia de un cuerpo sexuado mujer no es reducible ni comparable a la de un hombre, no obstante, el patriarcado moderno puso todos sus esfuerzos seculares en pretender homologarnos a los hombres y, más atrás en la historia y transversal a esta homologación, ha querido siempre reducirnos a sus estereotipos de género femenino, para atraparnos y ponernos al servicio de la virilidad. Sin embargo, la diferencia sexual significa, en palabras de Lía Cigarini, “la asimetría femenina en el orden falocéntrico”. Y la asimetría no debe entenderse, en esta perspectiva, como sinónimo de desigualdad o inferioridad, sino, como un más. Es decir, las mujeres nacemos en una sociedad que no está pensada para nosotras, saber esto nos ayuda a entender esa rebeldía y libertad que se gesta desde la infancia, en cada mujer que se niega a adaptarse al desorden patriarcal y crea mediaciones distintas desde su diferencia sexual en femenino.

Al observar ambos juegos y sus interacciones, me pregunto: ¿qué hay que aprender?, ¿qué enseñar?, ¿cómo? ¿Seguimos repitiendo conocimientos masculinos con pretensiones de universalidad: ¿la historia de guerras, sus triunfos y derrotas? ¿O mejor hablamos del progreso humano desde la autoridad femenina?, Autoridad que viene de augere, que significa ‘hacer crecer’. Enseñar a las niñas no a ser iguales a los niños, sino a aprender y a crear desde su diferencia femenina, que siempre ha estado allí; y enseñar a los niños a distinguir y acoger lo que sigue siendo valioso desde la diferencia libre de ser hombre y a transformar lo patriarcal, viril, para hacer que la convivencia entre los sexos no sea violenta.

Educar como educan las madres, escribió María Milagros Rivera, “dar y enseñar vida, el amor es el signo” … La educación, en su origen, es femenina, sea ejercida por profesores o profesoras, porque ambos hemos aprendido a hablar en relación de confianza con la madre. Esta primera escuela o enseñanza original está en la memoria de todas y todos. 

Educar para alimentar deseos, potenciar intereses, desplazar la fuerza del poder por la libertad relacional. El amor aprendido en la relación con nuestras madres o con quién ocupe ese lugar, nos puede guiar para educar con sentido. Esa primera escuela nos entrega signos de amor. Observando y reconociendo autoridad a la propia experiencia, podemos reconocer estos signos. “El aprendizaje es y debe ser en relación, porque es en relación donde circula y se intercambia el espíritu”, dice también en su libro María Milagros. 

Abrirnos entonces a una nueva forma de educar, salir del androcentrismo, mirar de otra manera, conectarnos con nuestra infancia y recordar esa primera relación con quién nos enseñó la palabra con amor, de forma lúdica, quien fue mediadora entre nosotras y el mundo, que con sus caricias nos mostró los límites de nuestro cuerpo, quien nos enseñó a estar aquí́ en el mundo sin violencia, quien abrazó nuestros dolores y contuvo nuestras rabias, quien a través del juego nos permitió abrirnos al placer de aprender. Volver al principio, acercarnos a la libertad como un movimiento interior que se gesta en esta primera relación de vida y, desde esa libertad, educar, para cuidar que el cuerpo no se separe del pensamiento, de la palabra… Estos aprendizajes primarios se necesitan hoy en este mundo que es diferente, en el fin del patriarcado, armonía entre pensamiento y sentir, disponibilidad y reflexión, goce y calma, fragilidad y fortaleza.

Pía Cajas Maureira

Feministas Lúcidas 

Bibliografía

Cigarini, Lía, (1996), “La Política del deseo, La diferencia femenina se hace historia”. 

Montoya Ramos, María Milagros, (2011), “Alumbrar en el presente: Enseñar teniendo en cuenta a la madre”. Recuperado el 10 de agosto de 2019, de https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=36082

Artículo de Otero Ochaíta, Josefa, Rivera Garretas, María-Milagros, (2012), “Educar como educan las madres, el amor es el sigo”. Recuperado el 15 de agosto de 2019-https://core.ac.uk/download/pdf/39048684.pdf/.Traducción de María-Milagros Rivera Garretas, Sottosopra rosso, enero, (1996), “El final del patriarcado. Ha ocurrido y no por casualidad”. Recuperado el 7 de agosto de 2019-http://www.libreriadelledonne.it/pubblicazioni/el-final-del-patriarcado-ha-ocurrido-y-no-por-casualidad-sottosopra-rosso-enero-1996/.

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Escritos de Feministas Lúcidas

Genealogía de mujeres del Feminismo Radical de la Diferencia, Andrea Franulic

Genealogía de mujeres del Feminismo Radical de la Diferencia

Introducción a la Primera Charla de Feministas Lúcidas, 7 de octubre de 2017

Dedicado a todas mis semejantas de Feministas Lúcidas, por ser cada una quien es, en su diferencia.

Dicen que las casualidades no existen, y me parece que eso le da más libertad al vivir. Cuándo iba yo a pensar que, al dar esa charla sobre feminismo radical en la Facultad de Beauchef de la Universidad de Chile, conoceríamos, con Jessica Gamboa, quien me acompañaba ese día, a las jóvenes de ímpetu rebelde con las que luego formaríamos Feministas Lúcidas. Yo venía de una ruptura política brutal que había removido toda mi existencia de los últimos 16 años. No era ni la primera ni la última mujer que había vivido algo así en un grupo feminista; en efecto, uno de los aprendizajes importantes de toda esta vivencia tiene que ver con las dificultades que experimentamos cuando hacemos política juntas. Pero, al mismo tiempo, conocemos el placer de la relación entre mujeres y la experiencia única de sentirnos parte de la Historia; no hay vuelta atrás para este deseo. Por eso, este encuentro con estas jóvenes y con otras que llegaron después, todas ávidas por saber del feminismo radical, para mí ha significado algo grande y hermoso.

Así, Feministas Lúcidas se formó el año 2014 como grupo de estudio o, como lo hemos denominado, coloquialmente, club de lectura. Cada 15 días nos reunimos, las tardes de sábado, en las casas que rotan según el ofrecimiento que surge en la semana, y las puertas siempre están abiertas para las mujeres que quieran llegar. Acompañadas, muchas veces, de comida vegana, leemos y conversamos lo leído sobre los escritos de las pensadoras del feminismo radical y de la diferencia. No solo dialogamos entre nosotras, sino también, con ellas. De esta manera, han despertado nuestras conciencias las palabras de Adrienne Rich, Virginia Woolf, Kate Millet, Audre Lorde, Sheyla Jeffreys, Carol Hanish, Carla Lonzi, Julieta Kirkwood, Milagros Rivera, Christine de Pizán, las Mujeres de la Librería de Milán, Shulamith Firestone, las autónomas chilenas y latinoamericanas, Andrea Dworkin, entre tantas otras. 

Nuestras reuniones forman parte de la política de las mujeres. Se trata de un hacer política que no tiene nada que ver con la política con poder (María Milagros Rivera, 2005) ni con el llamado a las grandes masas. A lo largo del tiempo, las mujeres se han reunido en pequeños  grupos para pensar e intervenir en el mundo, descubrir a sus predecesoras, tomar conciencia y hablar a partir de sí mismas (María Milagros Rivera, 1994), generando transformaciones importantes en ellas y en la sociedad. Por ejemplo, las mujeres del llamado Movimiento de las Preciosas abrían sus salones, durante el siglo XVII, para realizar tertulias políticas e intelectuales. De ellas, brotaron las ideas más brillantes que impulsaron, un siglo después, la Revolución Francesa (María Milagros Rivera, 2005). O antes, en la Baja Edad Media, hallamos el Movimiento de las Beguinas, conformado por pequeñas comunidades de mujeres célibes, que revolucionaron la espiritualidad en la Europa del siglo XI (María Milagros Rivera, 2014).

Mirando la historia reciente, vemos a las mujeres de los años setenta reuniéndose en los grupos de toma de conciencia, desde donde surge la genuina teoría feminista, esto es, un conocimiento amplio y profundo sobre nuestra experiencia como mujeres en la civilización patriarcal. Esta práctica política también se llevó a cabo en los países latinoamericanos durante las crudas dictaduras de la década de los ochenta. En Chile, Julieta Kirkwood impartió sus Feminarios en el Círculo de Estudios de la Mujer el año 1978. En 1984, formó, junto a Margarita Pisano y otras mujeres, la Casa de la Mujer La Morada, donde se efectuaron muchos talleres, conversatorios y cursos acerca de las necesidades y los deseos que nos afectan. A principio de los noventa, se organizó, en nuestros países, el feminismo autónomo en respuesta a la arrasadora institucionalización de los movimientos sociales. Las feministas autónomas, con exponentes como Sandra Lidid, Ximena Bedregal y otras, combinaron reflexión en el pequeño grupo y denuncia pública. En 1997, yo llegué a las charlas que Margarita Pisano convocaba, como feminista autónoma, en su casa del Barrio Bellavista, para hablar sobre historia de las mujeres, obligatoriedad del amor, autonomía política, maternidad, sexualidad y lesbianismo. En esta instancia, viví, entre otras venideras, mi primera toma de conciencia, que significó algo tan elemental, tan primario, como darme cuenta de que soy una mujer. 

Este breve recorrido da cuenta de que somos parte de la Historia o, con otras palabras, de una genealogía, que nos aclara que las libertades, las rebeldías y las ideas políticas de las mujeres no son expresiones aisladas de algunas pocas audaces y atrevidas, sino que nos las debemos unas a otras, siempre y cuando nos reconozcamos y nombremos como parte de un hilar histórico que es, a la vez, continuo y discontinuo, subterráneo y visible, frágil y firme, pero siempre presente. Como dicen las autoras del Pensamiento de la Diferencia, la Historia es una sola, como es uno solo el mundo, pero los sexos son dos. Por lo tanto, la Historia es también la Historia de las Mujeres y no una que corre en paralelo ni, menos, otra de tipo compensatoria (María Milagros Rivera, 2005). Sin embargo, la Historia que asienta el conocimiento con poder, por ejemplo, en las escuelas y universidades, nos borra. Nuestra presencia en ella no existe o aparece de manera secundaria y, cuando surge protagónica, se debe a que los hombres han elegido a una u otra ‘mujer excepcional’ (Adrienne Rich, 2010), cuya vida tergiversan. Ocurre así, porque esta Historia está relatada desde la unilateralidad que instala el patriarcado como ideología, o sea, desde el punto de vista de un solo sexo que se ha definido, a sí mismo, como todopoderoso.  

Las mujeres hemos vivido bajo la sombra de esta deshistorización. Más todavía, a partir de la modernidad, esto es, desde el siglo XVII en adelante, cuyo auge se expresa en los totalitarismos del siglo XX. Luego del silenciado ginocidio, conocido como la Caza de Brujas, que arrasa, principalmente, con la población femenina durante cuatro siglos (desde el XIV al XVII, aproximadamente), se impone, en la cultura occidental, el principio de la igualdad de los sexos, que acentúa la absorción del femenino por el masculino. La consecuencia más vívida de todo esto es que nos quedamos, más que nunca, sin orden simbólico femenino, esto quiere decir, sin palabras propias, encarnadas en una genealogía reconocible de mujeres, para darles sentido, significados y realidad a nuestras relaciones y experiencias: por más que miramos y buscamos alrededor, no nos encontramos en ninguna parte; chocamos con la imposibilidad de decir el mundo y decirnos a nosotras mismas, porque solo nos dejan a la mano la lengua androcéntrica, ajena, que nos enajena. (1). 

Esta mudez existencial nos ha mantenido sujetas a las fantasías, los miedos y deseos de los hombres, encontrando, en las perversas proyecciones masculinas, referentes vacíos de memoria y pensamiento, de cuerpo y de lenguaje. Expresado de otra manera, no hallamos más que los estereotipos femeninos, codificados por el orden patriarcal (María Milagros Rivera, 1994). Y en resistencia u oposición a estos, se nos ofrece como única salida la homologación con los hombres: la trampa de la igualdad o la equidad, el gran triunfo de la era moderna, que le suma, insisto, más enajenación a nuestras vidas. Como dice Andrea Dworkin (1981: s/p): “Quiero sugerirles que comprometerse a lograr la equidad (…) con los hombres, es decir, a lograr una uniformidad (…) es comprometerse a volverse el rico en lugar de la pobre, el violador en lugar de la violada, el asesino en vez de la asesinada”. 

¿Queremos seguir vagando, confusas, en medio de la oscuridad, la desesperación y una inseguridad sin nombre? ¿Deseamos continuar siendo incluidas en una civilización depredadora de todo lo vivo, nutriéndola con nuestras energías creativas? ¿Podemos vivir perpetuando la negación y el desprecio hacia nosotras mismas? Para dar fin a todo esto, el descubrimiento y la producción de un orden simbólico femenino, que no se puede separar de la recuperación genealógica, constituyen la política fundamental de las mujeres de este siglo; es la única manera que hemos encontrado, y que creemos posible, para decirles ¡basta! a la crueldad y violencia patriarcales. (1).

Las reflexiones que aquí desarrollo, así como las autoras que he nombrado, pertenecen a determinadas corrientes de pensamiento feminista. Decir que el feminismo no es uno solo constituye, a estas alturas, un lugar común; aunque, para mí, el feminismo debiera tener un único desenlace: crear una nueva cultura. Y este propósito lo encuentro en algunas expresiones del radical y la diferencia. A la intersección de ambos, la he llamado feminismo radical de la diferencia (Margarita Pisano & Andrea Franulic, 2009). Ambos surgen en los grupos de toma de conciencia donde se escucha la voz de las mujeres, hablando con sus cuerpos, en primera persona, a partir de sí mismas, en una lengua propia, la que el feminismo radical llamará ‘lengua común’ de las mujeres (Mercedes Bengoechea, 1993), y el feminismo de la diferencia, ‘lengua materna’ (Luisa Muraro, 1994). Asimismo, el amor hacia las mujeres, junto al yo y al nosotras políticos, el feminismo radical lo sintetizará en el concepto de ‘experiencia común’ de las mujeres, mientras que el feminismo de la diferencia lo hará en la idea del ‘entre mujeres’ (María Milagros Rivera, 2001). Estos términos, tanto los referidos a la lengua como los que aluden a la relación entre mujeres, no guardan el mismo contenido entre ellos, pero comparten la necesidad imperiosa de establecer confianzas entre nosotras, tanto para vivir como para hacer política, en lugar de sanciones y competitividades malsanas, que constituyen la forma en que la ideología patriarcal interviene nuestros vínculos. (2).  

Además, a esta fusión, la radicalidad aporta la agudeza del análisis, cuestionando la institucionalidad patriarcal desde sus fundamentos; y la diferencia, el desprendimiento necesario para no quedarnos enganchadas en la guerra contra el patriarcado y, así, ser libres para significar el sentido de ser mujeres, abandonando como punto de referencia a los hombres y su cultura. Cada feminismo es un contrapeso para el otro con el fin de lograr el equilibrio. De lo contrario, a medida de que cada uno se aleja, gradualmente, de esta intersección –hasta el punto de hallar manifestaciones que tergiversan sus sentidos genuinos–, aterriza, tanto el radical como el de la diferencia, en prácticas políticas que reponen las bases de la supremacía masculina: por el lado de la radicalidad, un excesivo anclaje en el enemigo impide hacer feminismo sin tener, como fuerza centrípeta, al patriarcado, quedándonos en la sola denuncia y resistencia. Por el lado de la diferencia, un desprendimiento excesivo, junto a una visión idealizadora de la política de las mujeres, nos hace perder de vista que existe dominación androcéntrica y que, de esta, son los hombres, los principales responsables: autores y actores.

El sentido primario de la radicalidad de la diferencia descansa en la irreductibilidad de nuestra diferencia sexual, esto quiere decir, en el hecho evidente de que tenemos un cuerpo sexuado: un cuerpo sexuado en femenino, en nuestro caso. Este dato irreductible es radical, porque la palabra ‘radical’ significa etimológicamente ‘raíz’, lo que podemos interpretar como ‘origen’. Además, no se trata de un mero dato biológico, sino, principalmente, semiológico –o sea, que permite crear signos–, lo que implica que cuerpo y palabra son inseparables, como el aire que sirve tanto para respirar como para hablar. Expresado de otra forma, es con nuestro cuerpo sexuado que le damos sentidos a la realidad, porque la especie humana es esencialmente animal simbólico, considerando que las palabras constituyen el símbolo más importante. Desde esta perspectiva, la diferencia sexual es riqueza para el mundo, porque cada sexo crea significados diversos con su propio cuerpo, el cual es obra exclusiva de nosotras las mujeres por nuestra capacidad, ejercida o no, de procrear. (3).

No obstante, este cuerpo se configura en una cultura matricida, mortífera, cuyos límites nefastos las feministas conocemos muy bien: la cultura patriarcal, universal y longeva, basada en la supremacía masculina, que proyecta la diferencia sexual, en especial la femenina, como una carencia, como un NO masculino. Es decir, nuestra diferencia es definida por una negación y absorbida como este límite negativo, que se transforma en la condición de existencia de lo masculino, en su complemento en la jerarquía, el que necesita para erigirse como el representante del género humano, el Hombre (Patrizia Violi, 1991). Y la feminidad nos es devuelta de manera tergiversada, o sea, deformada en un estereotipo, muy conveniente a los hombres, porque les sirve para borrar y despreciar nuestros aportes al mundo, al mismo tiempo que nos los usurpan. De esto se desprende el segundo sentido de la radicalidad de la diferencia, el cual consiste en recuperar la potencialidad y la presencia visible y verbalizada de nuestra diferencia sexual para crear una nueva cultura, junto con desechar la vigente, con sus ideologías, instituciones, valores y símbolos, porque la consideramos fracasada (Carla Lonzi, 1978). El fracaso se fundamenta, justamente, en que esconde la diferencia como principio existencial y valida la unilateralidad inclusiva, de la que solo puede resultar desequilibrio y poder.

En este espacio entre los dos conjuntos, el feminismo radical y el feminismo de la diferencia, coloco las ideas-fuerza que configuran esta propuesta o, más bien, esta forma de vida (María Milagros Rivera, 2014). Por eso, una de las ideas-fuerza de este feminismo es rechazar el pedirle derechos y leyes a la política con poder de los hombres, puesto que esto implica legitimarla y reformar su cultura mediante nuestras demandas, dando a entender, junto con esto, que los derechos y las leyes constituyen un lenguaje neutro y no marcado ideológicamente por el sesgo patriarcal. Además, en coherencia con lo radical, la transformación cultural y civilizatoria pasa por cuestionar las raíces de los problemas, por desmontar los cimientos de las estructuras establecidas, las que se relacionan entre sí para dominar, controlar y reprimir nuestras vidas tanto en lo personal como en lo público: la familia, el amor romántico, la heterosexualidad obligatoria, el matrimonio, la pareja, la maternidad, y también el estado, el ejército, la educación, la iglesia, los medios de comunicación, etc., se sirven de nuestra fuerza de trabajo y de nuestras energías sexuales, emocionales y pensantes para el funcionamiento de su orden social.

Asimismo, en coherencia con esta profundidad, la transformación pasa por descolonizarnos a nosotras mismas y nuestros modos de relacionarnos en una continua revisión y autoconciencia, con errores y aciertos, con contradicciones y claridades, en busca más de la libertad que de la liberación, que se distinguen, al decir de María Milagros Rivera (2005: 29), porque la liberación “…trata de erradicar toda constricción histórica sufrida por un ser humano”. En cambio, la libertad consiste en “…la capacidad de transformar la relación con las constricciones históricas que una no puede o no quiere erradicar”. Yo busqué, durante mucho tiempo, la liberación, y no me fue muy bien. Hoy me interesa ser una mujer libre y no, precisamente, una mujer liberada. El movimiento político, entonces, va desde lo interior hacia lo exterior y desde abajo hacia arriba. Por esta razón, también nos hacemos funcionales al desastre civilizatorio si reproducimos, con orgullo, los estereotipos femeninos, diseñados para nosotras con los dispositivos de la literatura, el cine, la publicidad, la filosofía, las religiones, las ciencias, la pornografía, la estética y la moda, etc. La potencialidad de la diferencia sexual como principio de existencia conlleva, como afirma Carla Lonzi en 1970, que ningún individuo o grupo debe ser definido por otro individuo o grupo. De ahí que las feministas radicales de la diferencia –y esta es otra idea-fuerza fundamental– apostemos por un sentido libre de ser mujeres y mujeres lesbianas, abandonando a los hombres, sus ideologías y cultura como nuestro falso reflejo y complemento, y encontrando en las demás mujeres, conscientes de sí mismas, el espejo que necesitamos para que cada una sea quien quiera ser.

Las autoras de nuestra genealogía, que hoy presentamos –Carla Lonzi, Christine de Pizán, Virginia Woolf y Audre Lorde–, nos dan pistas para este sentido libre de ser mujeres, así como para la creación de otra cultura, que va de la mano con la producción de un orden simbólico femenino. A las cuatro pensadoras las situamos en la intersección, puesto que forman parte del feminismo radical de la diferencia: Carla Lonzi (1978) nos invita a aprovecharnos de nuestra diferencia, que se basa, nos dice, en haber estado ausentes del relato de la Historia con poder durante miles de años, por lo tanto, se fundamenta en nuestra exclusión y, en concomitancia con esto, se pregunta cuántos siglos más nos demoraremos en liberarnos del nuevo yugo, conformado por la búsqueda de la igualdad con los hombres, la deseada emancipación. Con otras palabras, la civilización androcéntrica se ha construido a costa de nosotras, pero sin nosotras y, frente a esto, ¿vamos a luchar para ser integradas, incluidas, en su deshumanización? O, como expresa esta lúcida voz, ¿nos aprovecharemos de esta extranjería radical, que tenemos, para crear otro tipo de sociedad más libre y feliz?

Christine de Pizán, en 1405, se libera de las opiniones masculinas para ser ella misma, confiando en lo que su cuerpo sexuado y su experiencia le comunican, fiándose en las demás mujeres, en una genealogía femenina, y no en el pre-juicio ajeno. Así como Lonzi (1978) se da cuenta de que no estamos en la Historia, Pizán (2013) repara en que no existimos en la filosofía, y rechaza toda la tradición de pensamiento, puesto que todos los filósofos, tanto de la antigüedad como de la edad media, hablan mal de nosotras, esto es, sus planteamientos se sostienen en una misoginia recalcitrante. Por su parte, la poeta Audre Lorde (2003: 118) nos hereda la poderosa idea de que “las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo”.  Por lo tanto, si nos quedamos con la igualdad y los derechos, con sus reglas del juego, para hacer política feminista, ni siquiera subvertimos el orden social, al contrario, lo renovamos. Lo mismo sucede si analizamos el sistema desde la perspectiva de género, usada en la academia por el feminismo de la igualdad y también por el posfeminismo y el transfeminismo con sus pretendidas prácticas trasgresoras; o si intentamos generar cambios desde las ideologías de izquierda, que no abandonan la lucha dialéctica amo/esclavo, opresor/oprimido. Asimismo, si usamos las palabras androcéntricas para interpretar lo que vivimos, sobre todo, nuestros miedos y fantasmas, los que necesitamos sacar a la luz, es imposible con una lengua que, para nosotras, constituye el límite de la palabra y una invitación al silencio. En definitiva, todos estos aspectos están muy bien guardados en la caja de herramientas del amo. 

Por último, Virginia Woolf, a principios del siglo XX, tiene muy claro que la sociedad es la sociedad de los hombres y que la experiencia de las mujeres en ella es marginal, y este hecho trasciende las clases sociales, las razas y las edades. Por ejemplo, la guerra es la expresión más horrorosamente fidedigna del tipo de sociedad que los hombres han construido y organizado. Las mujeres no tenemos nada que ver con este afán destructivo y competitivo, ni con sus condecoraciones, medallas y uniformes. Si bien desea que las mujeres accedamos a la educación, a la que ella misma no pudo acceder, siendo hermana e hija de hombres educados –como a ella le gustaba decir–, no le interesa la educación de ellos que, justamente, prepara para la guerra, dada su lógica basada en jerarquías, grados y escalafones. Woolf (2016a) quiere que las mujeres, a partir de su anti-convencionalismo, inventen una nueva educación y, en definitiva, una nueva sociedad. Al meditar Virginia sobre sus antepasadas, expresa acertadamente este desdén por la institucionalidad masculina en la siguiente cita: “Y pensé en el órgano retumbando en la capilla, y en las puertas cerradas de la biblioteca y pensé qué desagradable sería quedarse fuera; y pensé que sería más desagradable quedarse adentro… (Woolf, 2016b: 35). Las feministas radicales de la diferencia, con el mismo y sutil tono de sorna, decimos: no, gracias.

Notas:

  1. Para el desarrollo teórico en torno a la modernidad, la igualdad de los sexos, la pérdida de simbólico femenino y el sentido actual de la política de las mujeres, ver Rivera, M. (1994). Nombrar el mundo en femenino. Barcelona: Icaria; y Rivera, M. (2005). La diferencia sexual en la historia. España: Universidad de Valencia.
  2. Para el análisis de cómo la ideología, instituciones y estratagemas patriarcales intervienen los lazos entre mujeres, ver Rich, A. (2001). Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana. En A. Rich, Sangre, pan y poesía (pp. 41-87). Barcelona: Icaria. 
  3. Para los planteos en torno a la diferencia sexual, su irreductibilidad y potencia, y al cuerpo como obra de la madre, ver los desarrollos teóricos del Pensamiento de la Diferencia en general. En especial, Muraro, L. (1994). El orden simbólico de la madre. Madrid: Horas y Horas. Y Rivera, M. (1994). Nombrar el mundo en femenino. Barcelona: Icaria; también, Rivera, M. (2005). La diferencia sexual en la historia. España: Universidad de Valencia.

Referencias bibliográficas:

Bengoechea, M. (1993). Adrienne Rich: génesis y esbozo de su teoría lingüística. España: Ayuntamiento de Alcalá de Henares.

de Pizán, C. (2013). La ciudad de las damas. Madrid: Siruela.

Dworkin, A. (1981). Nuestra sangre (Our blood). Traducción no oficial del blog Maldita Femrad, 2017.

Lonzi, C. (1978). Escupamos sobre Hegel. Y otros escritos sobre liberación femenina. Buenos Aires: La pléyade.

Lorde, A. (2003). La hermana, la extranjera. Madrid: Horas y Horas.

Muraro, L. (1994). El orden simbólico de la madre. Madrid: Horas y Horas.

Pisano, M. & Franulic, A. (2009). Una historia fuera de la historia. Biografía política de Margarita Pisano. Santiago: Revolucionarias.

Rich, A. (2010). Sobre mentiras, secretos y silencios. Madrid: Horas y Horas.

Rivera, M. (1994). Nombrar el mundo en femenino. Barcelona: Icaria. 

Rivera, M. (2001). Mujeres en relación. Barcelona: Icaria.

Rivera, M. (2005). La diferencia sexual en la historia. España: Universidad de Valencia.

Rivera, M. (2014). Teresa de Jesús. Madrid: Sabina.

Violi, P. (1991). El infinito singular. Madrid: Cátedra.

Woolf, V. (2016a). Tres Guineas. España: Debols!llo.Woolf, V. (2016b). Un cuarto propio. España: Debols!llo.

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Escritos de Feministas Lúcidas

Huellas de los deseos libres, Andrea Franulic

El concepto de género, dice María-Milagros Rivera Garretas, autora en la que encuentro mucha medida en el último tiempo, es un ejemplo del duplicar la realidad, del duplicar la obra materna, para apropiársela, “con el fin de olvidarla, de dejarla sin existencia simbólica”; operación, por lo demás, fundacional del patriarcado. La obra materna es el cuerpo y la palabra de manera indisoluble, aunque no sean lo mismo. Entonces, el concepto de género es un ejemplo del duplicar el cuerpo, la diferencia sexual. Me quedo pensando en este duplicar la realidad que dice la autora. Y creo que así como el concepto de género es un ejemplo del duplicar el cuerpo, el concepto de lengua (a veces le agregamos, las feministas, el adjetivo de androcéntrica) es un ejemplo del duplicar la lengua materna: los conceptos de género y lengua, en el conocimiento con poder, son ejemplos del duplicar y separar la unidad indisoluble, del cuerpo y la palabra, de la que es autora la madre. Me recuerda, espontáneamente, lo que Mary Daly llama “el primer plano superficial de los padres”, habiendo un “trasfondo”. 

Pienso en la política de las mujeres y pienso, también, en la otra política, en la política con poder: cómo se quedan dando vueltas en este duplicar la realidad, en el primer plano superficial de los padres, con las “herramientas del amo”, las ideologías, los cánones de la vaginalidad cuando las mujeres (feministas o no) no abandonan, por nada, el referente masculino. Cómo restauran la obra duplicada, por suerte ya puesta al descubierto a vista y paciencia, y ya no con el grado de peligrosidad de antaño o de hace unas pocas décadas atrás, porque hoy la experiencia clitórica de las mujeres está mucho más presente, visible y decible (2). En cambio, la política de las mujeres, que es la práctica de la relación, recupera la lengua materna y el orden simbólico de la madre, “enfrenta momento a momento (la duplicación de la realidad) para no quedarse atrapada en ella”, porque no hay sentido libre de ser mujeres allí. No es una política sin obstáculos ni dificultades (“nadie dijo que sería fácil”), pero tampoco queremos “la paz de los cementerios”, porque el conflicto relacional le da vida a la política de las mujeres también. Y será relacional mientras exista política de las mujeres, precisamente, pues, si se transforma en un conflicto destructivo, vivido en el sentir crudo, dándole cabida al “mal sagrado” de la envidia entre mujeres, incapaz de hacer simbólico, o sea, a la medida de los hombres, es porque predominan las acciones de la política con poder, de la política masculina, en el espacio. O bien, varias de las mujeres vaginales (mujeres lesbianas o no), que conforman el espacio, no pueden, o no quieren, independizarse simbólicamente de dichas prácticas (3). 

El libro que presentamos hoy las Feministas Lúcidas es resultado de la política de las mujeres, de la práctica de la relación que nosotras realizamos, porque contiene los textos de lo que llamamos la Primera Temporada del Club de Lectura Feministas Lúcidas, correspondiente al segundo semestre del año 2014, además de nuestras propias creaciones; y esta instancia política ha significado encontrarnos, sistemáticamente, para sentir, pensar, hablar y estar en relación entre nosotras y con las autoras a las que les otorgamos autoridad, de augere, que significa “hacer crecer”, “dar auge”. Son autoras que nos dan auge, estructura simbólica, para el hallazgo, finalmente, de nosotras mismas: resorte fundamental para la libertad femenina (4). El libro da cuenta del encuentro con el feminismo radical de la diferencia, y es el primero de la serie que hemos titulado Huellas de los Deseos Libres. Contiene textos de Adrienne Rich, Audre Lorde y Virginia Woolf. Las tres son autoras de las grandes, es decir, cuyo sentido visionario sobre el mundo y las relaciones atraviesa épocas, clases sociales y lugares geográficos. De esto se trata el sentido libre de ser mujer cuando toma existencia simbólica, un sentido que no se deja atrapar por las dicotomías académicas ni sus antinomias del pensamiento. En los años siguientes al 2014, fuimos al encuentro del feminismo radical y el feminismo autónomo latinoamericano. Actualmente, estamos viviendo el encuentro con el pensamiento de la diferencia sexual. Todos, espero, libros aún pendientes. Nuestro deseo es convidarles estas huellas impresas de sentido libre de ser mujeres, que orientan nuestros pasos en el fin del patriarcado, donde la violencia de tantos hombres contra las mujeres pone en evidencia, cada vez más, la miseria masculina. La figura del fin del patriarcado fue descubierta por las mujeres de la Librería de Milán el año 1994, y a mí me gusta mucho por la eficacia política que tiene. 

El fin del patriarcado va de la mano de la independencia simbólica de algunas mujeres, de su libertad femenina, la que se ha recuperado gracias al movimiento de mujeres del último tercio del siglo XX; y consiste en que algunas les dejamos de dar valor y crédito, en nuestras vidas y en nuestras mentes, a los patriarcas, a sus opiniones, a su lenguaje, a sus ideologías e instituciones, y esto los ha dejado al descubierto, sin protección ante nuestras miradas, pudiendo ser nombrados como el prostituyente, el golpeador, el violador, el abusador… Ellos han reaccionado, con más violencia que antes, con más crueldad y descaro, torturando y matando, porque no soportan, la libertad de las mujeres. Es, en definitiva, el fin de su contrato sexual (5), el acuerdo violento y tácito entre hombres que practican la heterosexualidad, que atraviesa latente la civilización, para disponer del cuerpo de las mujeres y sus frutos: acuerdo que le da origen al patriarcado. ¿Por qué es, en definitiva, el fin del contrato sexual?, porque la pérdida de crédito del patriarcado, en la vida de algunas, bastantes, mujeres se concreta en que somos, cada vez más, las que, a la heterosexualidad obligatoria, a la maternidad obligatoria, al matrimonio y a los papeles consagrados de la familia, les decimos no, desde las entrañas, recuperando nuestros cuerpos y sus frutos para nosotras. Por extensión, tampoco les damos crédito al estado, al derecho, al ejército, a la iglesia y a la academia. Esta revolución simbólica llevada a cabo por las mujeres, que ha llevado a su fin el régimen simbólico patriarcal, es urgente que ahora lleve a término su régimen social. Aprovechémonos de este momento histórico de crisis, de fin de civilización, crucial para la radicalidad femenina, para que todas las crueldades e injusticias, que la miseria masculina ha derramado por lo ancho y largo del planeta, lleguen a ser impensables (6).

Este libro, en este sentido, es apenas una huella, pero una huella que dibuja por dentro –como líneas de las manos– la medida del mundo. Audre Lorde invita a explorar la oscuridad vetusta del interior de nosotras mismas para sacar a la luz del sol nuestro sentir vuelto poesía. Las mujeres le debemos a Adrienne Rich el acierto maravilloso de haber puesto en palabras la existencia lesbiana, así como a su contraparte, el régimen político de la heterosexualidad obligatoria, y cómo este reproduce, con múltiples estratagemas y con la colaboración de todas las otras instituciones patriarcales, el contrato sexual. La genia de Virginia Woolf nos revela la gran visión del cuarto propio, la necesaria independencia económica y, sobre todo, simbólica y genealógica, que toda mujer requiere para crear. ¿No son, acaso, medida del mundo? Y, lo más importante, en la huella, también se dibuja nuestras propias voces, en el instante mismo, en que cada una, desde su singularidad y disparidad, realiza sus descubrimientos, hallazgos de sentido y vida. “Recorran las páginas con placer, porque están hechas con amor y lucidez”.

Santiago, 6 de julio de 2019

NOTAS:

  1. Huellas de los deseos libres: al encuentro del Feminismo radical de la diferencia.
  2. La mujer clitórica y la mujer vaginal es un descubrimiento de Carla Lonzi del año 1970. Tiene que ver con experimentar, o no, la independencia simbólica del patriarcado, partiendo por descolonizarnos, las mujeres, física y psíquicamente del coito heterosexual y el placer masculino, asumido como propio.
  3. Los dos primeros párrafos del presente texto están escritos en diálogo con los textos de María Milagros Rivera Garretas, Carla Lonzi, Mary Daly y Audre Lorde. El orden simbólico de la madre se lo debemos a la filósofa italiana Luisa Muraro.
  4. Figura descubierta por la jurista de la diferencia sexual, Lia Cigarini, para referirse a la libertad relacional, experiencia vivida más por mujeres que por hombres.
  5. Tesis doctoral de Carole Pateman en 1984.
  6. “Ayer el Tribunal Supremo español dictó contra los violadores de La Manada (Sanfermines, 2016) una decisiva sentencia condenatoria que sienta jurisprudencia sobre la violencia de tantos hombres contra las mujeres, y que gran parte de la población hemos sentido que hace justicia dentro de los límites de la justicia legal, ya que solo hará Justicia la desaparición de esos delitos cuando los volvamos, por fin, impensables.” (María Milagros Rivera Garretas, 2019: http://www.ub.edu/duoda/web/es/textos/10/244/). 
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Escritos de Feministas Lúcidas

El feminismo radical y la extranjería de las mujeres, Andrea Franulic

El feminismo radical de la diferencia es una corriente que forma parte del pensamiento y la acción libres de las mujeres a lo largo de los siglos. En muchos momentos de la historia, se ha preservado de forma subterránea para sobrevivir, porque el régimen patriarcal se ha esmerado, con la crueldad que lo caracteriza, en borrarlo, tergiversarlo, fragmentarlo y absorberlo, pues siente amenazados los pilares de su civilización. Y con toda razón tiemblan, porque cuando las mujeres establecemos vínculos políticos, creativos, libres y confiados entre nosotras, vínculos lesbianos, algún pilar de la cultura del Hombre se agrieta, o derechamente se desmorona. 

En el contexto de este foro, apenas puedo abarcar una pequeña parte de esta corriente en mi intento por definirla. Cada una después de esto, y si logro provocar el interés suficiente, sentirá la necesidad de profundizar y descubrir a las pensadoras radicales, a nuestras antecesoras y contemporáneas. Y por supuesto que hay mucho que descubrir y profundizar, he dicho que se trata de un pensamiento secular. Por hoy, nos fiaremos de unas predecesoras radicales, relativamente próximas en el tiempo: las pensadoras de los años sesenta / setenta; tergiversadas sus ideas, hasta el día de hoy, por lúcidas y visionarias. A partir de su obra escrita, que comprenderla ha sido parte del trabajo que hemos venido realizando en feministas lúcidas (2), selecciono una de las conceptualizaciones brillantes e imprescindibles para no perder la pista. Me refiero a la experiencia común de las mujeres.

Esta es una idea poderosa por varias razones. Implica identificarse con las mujeres y esto es difícil en una civilización patriarcal donde el mandato consiste en que las mujeres debemos identificarnos con los hombres, quienes se auto-asignaron lo humano por excelencia. Es difícil lograr esta identificación con las mujeres en una civilización misógina que nos define, según Kate Millet, como seres de una “inteligencia inferior, una marcada complacencia instintiva o sensual, una naturaleza emocional primitiva o infantil (…) una insidiosa propensión al engaño y a la ocultación de los sentimientos”. Sin duda, las mujeres querrían diferenciarse del colectivo de las mujeres, no querrían sentirse “igual a todas”. Shulamith Firestone dice que el peor insulto para una mujer es decirle que es “como todas”. Asimismo, “la mujer especial” se enorgullece de no ser igual a las demás, y ese orgullo es legitimado por el reconocimiento de su inteligencia por parte de un varón. Así opera la misoginia entre mujeres: estratagema patriarcal para mantenernos apartadas, aisladas y divididas, ignorantes de nosotras mismas y de nuestra historia.

¿En qué consiste la experiencia común? ¿Qué engloba? Tendríamos, al menos, que re-pensar este concepto. Las mujeres nacemos en una civilización misógina y patriarcal, esta es una realidad para todas. El hecho fundante del dominio consiste en negar la diferencia sexual de las mujeres: diferencia primaria con la que somos arrojadas al mundo concreto. Esto sucede en el régimen del uno, lo llaman así, al régimen patriarcal, las italianas de la diferencia. Esto quiere decir que los hombres nos han definido a su medida (en esto consiste la negación), haciendo desaparecer la diferencia como principio existencial, y el producto es lo que llamamos la feminidad patriarcal. El modelo del eterno femenino está formulado a partir de la experiencia de un cuerpo sexuado que nos es absolutamente ajeno… imaginemos el resultado. Nosotras no nos hemos erigido en la medida de todas las cosas, representantes del género humano, y definido a ellos; al contrario, estamos hartas, asqueadas de cualquier acto de prepotencia, pues sabemos en lo que acaba el mundo.

Cuando no contamos con historia propia, porque silencian nuestras genealogías y al mismo tiempo entorpecen su búsqueda por parte nuestra, cuando nuestra existencia histórica se borra, entonces las mujeres quedamos a la deriva, vagamos confundidas en un desorden simbólico, en una cuerda floja, donde si nos caemos hacia un lado, caemos de bruces en la feminidad patriarcal; y si nos resbalamos hacia el otro, aterrizamos en lo humano. La pérdida de sentido es la misma en los dos casos, pues recordemos que lo humano, en la cultura o civilización hegemónica, es igual a Hombre. E imitar a los hombres ha acarreado experiencias tristes para nuestras vidas. Pero también podemos considerar la feminidad patriarcal como una imitación de los hombres, puesto que se trata de un invento masculino. Nos atrapa el círculo vicioso. Luego todas las otras divisiones socioculturales, fundamentadas en el dominio material y simbólico, y en la lógica y las operaciones del pensamiento androcéntrico, se supeditan a este acto político fundacional, basal. 

Las divisiones de clase social, raza, edad u otras, todas, lo que hacen es reforzar una y mil veces, con un sinfín de experiencias dolorosas, el dominio de una cultura que se cimienta en el desequilibrio fundante de que la mitad de la humanidad ha sido definida por la otra mitad. Las mujeres negras, las mujeres trabajadoras, las mujeres universitarias, las campesinas, las intelectuales, las guerrilleras, todas, a partir de sí, con experiencias unas más dolorosas y terribles que otras, pero también, con libertades y confianzas que unas pueden transmitir a otras, nos podríamos unir en el enriquecimiento de un proyecto de mundo, que eche por tierra los pilares en los que se sustenta el régimen del dominio. 

Virginia Woolf dice: “como mujer no tengo país, mi país es el mundo entero”. Las mujeres estamos al margen de todas las clasificaciones patriarcales. Las clases sociales de los hombres nos han dividido entre nosotras, así como sus luchas políticas para abolirlas. El mito de que la revolución socialista liberará nuestras vidas como mujeres perdió poder simbólico hace mucho tiempo; el feminismo radical desencadenó dicha pérdida. La división del trabajo primigenia que cruza la especie humana es la división sexual. Sabemos que el socialismo, o cualquier ideología libertaria, solo prolonga nuestra posición de inferioridad en la cultura. La obrera y la burguesa tienen las mismas posibilidades de sufrir el destino de ser subordinadas dentro de la familia patriarcal, y también, y esto tiene un fuerte poder, ambas pueden terminar sus vidas sin historia propia conocida. 

La ausencia de referentes para nosotras es abismal. ¿Qué mujeres conocemos que nos puedan guiar en la definición de nuestras vidas?, ¿qué mujeres lúcidas, librepensadoras, valientes? Sin duda, conocemos más de alguna, con cuerpo presente, o a través de la escritura. Cuántas son, y cómo se relacionan unas con otras para hilar un pensamiento, una teoría, una corriente, un movimiento, por dar algunos ejemplos. Lo que hay es una ignorancia impuesta, un manto que cubre todo aquello que es vital para la vida de cada mujer: su cuerpo, su historia, sus relaciones con otras mujeres y con el resto de las especies. En cambio, los arquetipos, los estereotipos y los estigmas de la feminidad patriarcal se refuerzan día a día en la familia, la escuela, la universidad… por nombrar algunas instituciones. ¿Qué sabemos de las feministas que han aportado para que nuestras vidas sean mejores, dónde están, o dónde las encontramos?, ¿las conocemos? En esta misma sala, quién podría nombrármelas y, además, decirme, ¿qué contribuciones a nuestras vidas como mujeres han hecho? Pero estoy segura de que muchas conocemos a Marx o a Foucault. Sin embargo, estos pensadores nos niegan, como muchos de los pensadores del patriarcado, que son misóginos, aunque aparenten, algunos, un paternalismo “progre”. Doy este ejemplo para hacer el contraste entre lo que sabemos y lo que ignoramos.

Las mujeres valientes, que reconocemos en la Historia (y digo “valientes” no en el sentido de lo heroico patriarcal), no han cambiado el rumbo de la humanidad y el planeta en “un estallido de rabia solitario e individual” (Adrienne Rich). Cuando comenzamos a mirar bien, descubrimos que las mujeres siempre han estado vinculadas a sus contemporáneas y a sus antepasadas, y que de estas relaciones han sacado la fuerza para actuar, así como para protegerse y resistir. Muchas veces de a dos, o en pequeños grupos. Tenemos genealogía, un camino trazado con firmeza para encontrar respuestas a nuestras búsquedas, para proyectar otro mundo sin ningún tipo de dominación. Esta genealogía ha sido silenciada. En esta genealogía que, para mí, es el feminismo radical de la diferencia, encontramos las palabras que necesitamos para nombrar aquello que nos cuesta definir, porque si solo tenemos a mano, y muchas veces es así, las palabras del amo, la lengua androcéntrica, quedamos mudas para nombrar las experiencias propias, los sentimientos y pensamientos. Y sin palabras propias, quedamos subsumidas en un desorden simbólico que nos deja vulnerables durante el desarrollo de nuestras vidas. Para que este designio realmente se efectúe y se perpetre, se encarga, esmeradamente, cada una de las instituciones cómplices de la civilización, en especial, la familia, la heterosexualidad obligatoria, la maternidad obligatoria, el modelo sexual genitalista y la estructura del amor/dominio.

¿Seguiremos participando de la gran derrota del Hombre, se pregunta Carla Lonzi? Dejemos que se autodestruya y guardemos algunos vestigios para un museo de lo que fue su cultura anti-todo-lo-vivo, el patriarcado que alguna vez existió. La potencia de nuestra experiencia común es que somos extranjeras de esta cultura androcéntrica, y esto lo afirman casi todas las pensadoras radicales de la diferencia, en el sentido de que no somos las responsables de haber creado una civilización cuya historia es un continuo de crueldades y barbaridades, donde todas las especies corren peligro, la humanidad entera corre peligro. Hemos sido colaboradoras involuntarias, algunas (muchas) han sido y son colaboracionistas, pero el protagonismo en la creación de una sociedad violenta y peligrosa se lo llevan representantes del colectivo masculino, los que durante siglos han estado en los centros de poder, en los centros de producción de cultura, legitimando las matanzas, justificando las exclusiones mediante la ciencia, utilizando a los animales, niños, niñas y mujeres para experimentar con sus cuerpos. La civilización de la tortura ha estado, principalmente, en manos masculinas. Somos extranjeras, y no me siento culpable de la masacre en este mundo, que lo ha llevado al borde de su extinción. De esta extranjería, y esto es lo más importante y hace que lo anterior cobre sentido, surge la potencia de crear otra cultura, un orden simbólico, donde la propuesta, al nacer, sea el placer de la vida, la libertad, la confianza, y no la sobrevivencia, la enajenación y la muerte.

Esta rebelión moral interna en cada mujer, como dice Mary Daly, esta toma de conciencia radical, nos permite experimentar la libertad en el aquí y el ahora, al dejar al descubierto la gran mentira del Hombre, esto es, que existe un ser universal que nos incluye a todos y a todas, y nos iguala. No hay tal universalidad, no hay tal neutralidad, no hay tal objetividad. La inclusión es una mentira peligrosa. Queremos una cultura donde cada quien se auto-defina y defina el sentido de la vida que quiera darse. Las mujeres necesitamos darles libremente sentido a nuestras existencias, nuestra tarea es simbólica, implica la re-significación de todas nuestras experiencias corporales y sociales, y reparar urgentemente el vínculo roto entre nosotras, primariamente con la madre, y luego con las demás, porque este quiebre original lo encarnamos todas. El patriarcado lo necesita para hacer perdurar su civilización de la muerte:

Antes fuimos camaradas Pero ahora os doy órdenes Porque soy un varón Y en mi mano está el cuchillo Y os opero Vuestro clítoris, tan celosamente guardado, Os lo arrancaré y tiraré por tierra Porque hoy soy un varón… (Canto de iniciación de las viejas que practican la escisión del clítoris a las muchachas en África, en Carla Lonzi).

Solo cuando la diferencia primaria se revela, es decir, las mujeres reaccionamos ante la unilateralidad que ha empobrecido nuestras vidas, y recuperamos nuestros cuerpos para nosotras mismas, y nos encontramos cara a cara con nuestras genealogías, entonces en ese momento también abandonamos la imitación burda de los hombres, la que, como dice Shulamith Firestone, solo ha traído pobreza y superficialidad a nuestras vidas, refiriéndose sobre todo a la figura de la mujer moderna y emancipada; por ejemplo, imitarlos en la ciencia, la sexualidad o la política, imitarlos en sus espacios y maneras que ya sabemos derrotadas, en lugar de reírnos, como Virginia Woolf, del culto a sus lealtades irreales, de su sinsentido: la patria, la bandera, los grados, el equipo de fútbol. 

Nos merecemos otra cosa, comencemos por buscar en las palabras de nuestras antepasadas y contemporáneas las pistas, y no nos hagamos cómplices de fomentar la ignorancia patriarcal, que siempre se las arreglará para naturalizar nuestra inferiorización. Nuestras fuerzas creadoras y pensantes debemos retornarlas hacia nosotras, y debemos cuidarlas. No las desperdiciemos en luchas ajenas: dejemos de parchar sus crisis, salvar sus espacios fracasados, demandarles derechos y legitimaciones, empoderándolos en su mirada estrecha sobre la vida. El feminismo radical de la diferencia es una propuesta completa de mundo, que toca en sus análisis lo que las ideologías masculinas han dejado intocado, incluso las más progresistas o libertarias; y toca más allá. Este feminismo no necesita complementos ideológicos intrusos. Tampoco es teoría de género. Para mí y para muchas, es el recorrido del pensamiento y la acción libres de las mujeres a lo largo de los siglos. Las invito. 

(1) Leí este texto en el Foro “Corrientes del feminismo” (26 de septiembre de 2016), organizado por Secretaría de Sexualidades y Género FECH (Federación Estudiantes Universidad de Chile).

(2) Las autoras que inundan estas páginas son las siguientes: Adrienne Rich, Virginia Woolf, Kate Millet, Shulamith Firestone, Audre Lorde, Mary Daly, Carol Hanish, Carla Lonzi, Rivolta Femminile, Sheyla Jeffreys, las Cómplices (autónomas) chilenas y latinoamericanas, Margarita Pisano, María Milagros Rivera, las Mujeres de la Librería de Milán… y nosotras, las feministas lúcidas del siglo XXI.

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Escritos de Feministas Lúcidas

Conjuros de Mujer (Selección de poemas), Camila Antonia

A veces una solo siente dentro tanto caos, tantas contradicciones, tantas inseguridades, que el lenguaje y las interacciones con otras seres humanas no alcanzan para todas las sensaciones que nuestro cuerpo va atravesando.
La intrínseca superficialidad a cada razonamiento tal vez depende de cuanto somos capaces de transmitir.


Las palabras son sonidos, ondas que se propagan en el espacio y repercuten en nosotras de una forma que no alcanzamos a comprender. Cuando salen de nuestras bocas tocan y afectan nuestras emociones, nuestra mente y nuestro cuerpo y el cuerpo de las demás que hay en el espacio. Su significado contiene la selección de una combinación de caracteres dentro de miles de millones de combinaciones, no es una selección azarosa, si lo fuera no tendríamos el tiempo para hacerla.


Las palabras son la materialización de nuestras decisiones y de las decisiones del mundo hacia nosotras. Las palabras son parte de nuestra conciencia humana, las palabras son la parte material de nuestra conciencia humana. ¿Cuánto control tenemos sobre ellas realmente? Cómo saber de dónde vienen las palabras, ¿en qué lugar se transforma qué? tal que aparece una combinación de sonidos en nuestra lengua y se desplaza lentamente hasta que ya no nos pertenece.


¿Cuántas palabras escupe mi boca?
¿Cuándo escupe palabras mi boca?
Usar las palabras como un embrujo
con intención
para compartir
mi mente
no para poseer
bocas que no saben callar
mentes que no les interesa compartir
El silencio
para escuchar
Silencio
Ruido
palabras que no se encuentran
susurros
preguntas afirmaciones
habitarme silenciosa
deseosa de hablar
deseosa de expresar
miradas en silencio
caricias en silencio
beso
Lengua

Tengo una lengua trabajada
trabajada para hablar de forma correcta
para hablar y que ellos me entiendan

Tengo una lengua dictadora
que a veces omite y encierra sonidos
en mi lengua hay pelos
yo si tengo pelos sobre la lengua

Tengo una lengua larga
que me asfixia a veces
cuando quiero gritar
me detiene y me retiene
desde la garganta para adentro

La sociedad
me moldeó la lengua
me trabajó la lengua
pus pelos sobre mi lengua

Tengo una lengua correcta
excepto cuando langüetea
todo eso que me prohibieron
langüetear

Que el patriarcado se vaya

Y me encuentro
caminando hacia la mar
bajando por un cerro
ya un poco depredado
y en la mar
hay verdes
azules blancos
y todos los entremedios
encuentro remedios
para mis ojos
cansados
y mis oídos se repletan
contra mis sienes se aprietan
de los revolcones del agua
Los pájaros se entienden
se elevan
al unísono
se conocen
se saben
no desconfían de sus decisiones
no se ponen de acuerdo
solo se elevan
todas a la vez
todas sobre la mar
me detengo
me sorprendo contemplativa
acá donde no llega el hombre
acá donde no se puede
edificar, institucionalizar, violar
porque hay mucha arena
mucha sal
muchas olas
en este pequeño trozo
en el que no cabe casi nadie

Esto no es una historia
esto es mi mente
transparente
inconmesurable
no hay final
no hay desenlace
hay desnudo
Son solo palabras
son símbolos
significados
escarbados y descubiertos
esto es un momento de calma
y de tormento
Yo quisiera que fuera un escarmiento
y que en algunos cuerpos
arrepentimiento
Que la arena se levante
y lo cubra todo
Que los hombres y su mundo se entierren
Que sean parte de un pasado
de un mito
Que nosotras nazcamos de las olas
Que sea un grito
de placer de querer
Que la sal sazone nuestra piel
Que desnudas nos amemos
nos besemos
Que hagamos lo que no se ha permitido
Pero que si hemos querido
Que el mundo entero se vuelva esta playa
Que el patriarcado se vaya

Yo quería un poema
que a la vez fuera un análisis político
quería un poema crítico
y me siento a veces
demasiado tierna
me falta quizás dureza
y no es que en este sistema no me sienta presa
no es que no tenga rabia
Quiero decir lo que encuentro nefasto
cuan fuerte hablan los hombres
me da asco
cuantos silencios han puesto en mi mente
lo encuentro deprimente
como juegan a tener el poder
Algo TIENE que suceder
alguna estrategia
alguna acción que les haga frente
y destruya este sistema imprudente.

Objeciones Mudas

Inspirada en Wanda Tomasi. “El ser no es neutro”
Filósofos y mujeres de la diferencia sexual

Todas aquellas que quedaron atrapadas
entre mi mente y mi boca
entre lo que soy y lo que están dispuestos a ver

Las mujeres ocupamos ese lugar algo incómodo todo el tiempo, no solo cuando reclamamos, de vez en cuando articulamos algunas palabras que salen desde nuestras vísceras, y en esos momentos osan acallarnos con golpes o a veces con argumentos, con soberbia y prepotencia como queriendo decirnos que ellos entienden, pero que qué se le va a hacer, cuando no saben que no son capaces de entender porque no es solo eso que articulamos lo que nos molesta, es una incomodidad constante de estar donde ellos detentan un poder sobre nosotras, donde fingen entender lo que no entienden, ósea casi en todos lados.

Se enmudecen mis pensamientos
se enmudecen mis sentimientos
y entonces ahí está el patriarcado
y entonces ahí no quiero estar

En el proceso de crear orden simbólico no puedo estar incómoda, en el proceso de crear orden simbólico rescato todas las objeciones mudas, atrapadas entre mi ser y mi boca y desato mi lengua para que tempestiva diga lo que no me dejaban decir y desanudo mis dedos para que furiosos escriban lo que se ha borrado a lo largo de la historia.

Objeciones mudas las de todas las mujeres, las de mi mama y mi abuela, las de mis tías y mi hermana, todas sabemos lo que hemos callado, se siente en la mesa cuando una mujer no dice lo que quiere decir. Nosotras lo sentimos todas juntas, nos recorre la piel ese deseo de decir, entonces no callemos más, creemos las palabras para objetar y objetemos a gritos.

Poema en movimiento número XVIII

La danza
esa gozada
perseguida
anhelada
enjaulada en estos cuerpos
todas deseábamos bailar
la prohibida danza
la danza prohibida
mis movimientos esos
los que persigo
la danza
la que todas querían
la que los aburridos
grises
dineros no compran
la danza
la que me trae lágrimas
de vez en cuando
me siento acorazada y egoísta
a veces
indispuesta a abrir
se me pierde la capacidad de llorar
el misterio de no hablar
queda ahí
mis ojos que te lo digan todo
la danza
la inexplicable
que mi cuerpo te lo diga
que mis movimientos
sean tuyos
de la danza
que se expliquen
y me expliquen
la danza
de que me enamoro
la que me persigue
porque la persigo
nos perseguimos
nos tocamos la piel
nos agitamos
respiro en su suceder
gimo en su aparecer
me sacude y me tienta
con volver a llenarme
desde afuera y hacia dentro
de adentro afuera
la danza
la seducción de la vida
Poemas en movimiento número XI
Hay un pedacito
de mí que se siente
atrapada
dentro de mi cuerpo
y aplastada
que te ama y que te odia
Hay un pedacito
escondido en algún rincón
profundo
que no tiene certeza
de nada
y a veces me relajo y dejo que ese pedacito
dirija mis movimientos

Ser Dos

No sangré más
y se hizo la vida
en mi vientre
crear huesos
músculos y piel
crearlo todo
porque nosotras somos
ese cuerpo
el cuerpo de mujer
cuya boca puede decirse
creadora de todo
y ahí parecieran morir
todas sus banales disputas
y nosotras además
tenemos que defender
esta vida que creamos
de los desastres varoniles
y tenemos que parir revueltas
parir libertad
y en libertad parir
y tratarán de negarnos
que somos diferentes
que nuestro sexo es
ese que crea
que nuestros pechos
son los que alimentan
y tendrán que mentir
porque para nosotras
es evidente
cual es la vida y cual es la muerte
y nuestras sensaciones
serán incapturables
y nuestros sueños serán realidades
porque las pariremos
porque podemos

Todas Madres

La tierra tiene cuerpo de mujer
y en nuestro cuerpo vive la tierra
sus ciclos
su luna que crece y decrece
el caos de ser dos cuerpos
la tranquilidad de ser dos cuerpos
hay un momento durante
el embarazo
en que me di cuenta
que amaba a otra ser humana
que crecía dentro de mí
que su vida otra
sus sensaciones otras
encarnaban en mi vientre
y que mi vínculo con su cuerpo
me vinculaba con toda la tierra
no fue un pensamiento
o idea
fue un sentir
que se hizo agua y piel
que me hizo comprender
amar y crear la misma cosa
vivir y morir la misma cosa
es un momento en que nos separamos
nos diferenciamos
para poder amarnos la una a la otra
Toda mujer estuvo en el vientre de otra mujer
Toda mujer fue otra mujer
y detuvo su sangre
y significó para la madre
descubrir en su cuerpo
que amar es en el vientre
el vínculo madrehija
el vínculo mujermujer
es el vínculo del amor
de la creación
Toda mujer porque es hija fue madre

Te estoy Pariendo desde que nací
Sentir el viento
sus palabras
escucharte
darme cuenta claramente de lo que sientes
te vas separando
yo soy tu tierra
y tu germinas desde mi ombligo
te tocan a través de mi piel
y te miran a través de mis ojos
ya nos haces reír y llorar
estás agarrada
a mí
como nos agarramos los cuerpos a la vida

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Declaración 8 de Marzo 2020

RESTITUIR EL VALOR SOCIAL DE LAS MUJERES

Las Feministas Lúcidas reconocemos el fin del patriarcado[1]. Su caída se ha precipitado con total estruendo. No es precisamente un final feliz. En parte, porque aún estamos rodeadas de sus muertos vivientes[2] que nos quitan la vida y nos violan. En este contexto, que es crucial para nuestra política, deseamos pensar y afinar muy bien nuestras prácticas y acciones. Es así como consideramos de vital importancia continuar el legado de las autoras que son nuestras referentes; esto es, restituir, en la sociedad y en la cultura, el valor social y simbólico de las mujeres, de tal manera que nuestros cuerpos sean inviolables y el matarnos sea impensable.

El valor social de las mujeres no se mide con los hombres, en nada. No significa llenar la sociedad de representaciones que refuercen los estereotipos femeninos, pues esto el patriarcado lo ha hecho durante siglos. Las representaciones culturales y el lenguaje deben vehicular un femenino libre o sentido libre de ser mujer[3], es decir, libre de los estereotipos de género codificados por el régimen patriarcal; libre de su falocracia coital y de toda su política sexual, que fomenta una sexualidad reproductivista, anuladora del placer clitórico[4].

El sentido libre de la diferencia femenina debe estar en el cine, en los medios de comunicación si estos dejan de estar en manos del poder, en las escuelas mientras duren, en las lecturas que se realicen en cualquier lugar, en la historia que se relate en la calle, en el aula, en la casa. Las esculturas, cuadros, libros, etc., deben impregnarse de femenino libre, de genealogía de mujeres, de madres, hijas, amigas, hermanas, pensadoras, políticas, activistas, artistas, escritoras. Deseamos seguir representando las relaciones entre mujeres, en especial, la relación entre la madre y la hija, interrumpida por el patriarca incestuoso, porque restituir el valor social de las mujeres pasa, principalmente, por retornarle a la madre su autoridad[5]. Junto a todo esto, es fundamental reparar en la lengua que usamos, las palabras que decimos para nombrar y definir, las connotaciones que elegimos para referirnos a otra mujer, porque rechazamos el régimen de significados patriarcales en todas las dimensiones de nuestra existencia, y le abrimos los brazos al orden simbólico de la madre, es decir, elegimos hablar en lengua materna y no usar las palabras androcéntricas que nos aplastan y tergiversan nuestra experiencia.

La radicalidad, el tomar las cosas desde la raíz[6], va por este camino de política de mujeres, que requiere cada día más consistencia y sistematicidad. Somos quienes, conscientes de nosotras mismas, trabajamos para ser libres del patriarcado y de todo lo que este acarrea. Cada una desea librarse de sus propios cánones de vaginalidad[7], de todo aquello que le resta independencia simbólica de los hombres y refuerza la envidia y competencia entre mujeres. Esto debemos expandirlo tanto en nuestra apuesta simbólica en el mundo como en la práctica concreta de nuestras relaciones, que, más que tomar la forma de la sororidad, toma la figura del affidamento[8].

Si se restituye el valor social de las mujeres, los feminicidios[9], las violaciones y su impunidad SE ACABAN. Nunca se acabarán a través del derecho, las leyes, la paridad o la igualdad. Al contrario, el derecho masculino viene a confirmar nuestra desvalorización social. Por su parte, los discursos conservadores o progresistas de la diversidad de géneros, de la disidencia sexual, de la inclusividad, etc., son funcionales a la pérdida del valor social de las mujeres y, en consecuencia, no contrarrestan los feminicidios, sino que los fomentan, puesto que niegan la potencialidad de la diferencia sexual femenina libre y autónoma, que debe ser significada por cada mujer en primera persona.

Por eso, necesitamos mirar alrededor y encontrar, en el lenguaje y la representación, el valor social del sentido libre de ser mujer por todas partes, necesitamos continuar la práctica política de expandir este valor, de plasmarlo y encarnarlo, tal como lo han venido haciendo las pensadoras de la diferencia sexual y las feministas radicales de la diferencia. Deseamos llenar los cuadernos y libros con las palabras, llenar los muros, las calles, las telas con las imágenes, de las mujeres de nuestra genealogía materna, de las mujeres de nuestra genealogía de pensadoras y políticas, de las mujeres que llevan a cabo, en el anonimato, la gran obra de civilización que es dar la vida y la palabra, nada menos que la capacidad simbólica de la especie humana. Necesitamos nombrar el mundo en femenino libre y no en un pretendido y falso neutro, aunque se disfrace de E. Deseamos que se entienda que nada de esto es compensatorio, porque “las mujeres no somos una cuota, SOMOS LA MEDIDA DEL MUNDO”.

REVUELTA SOCIAL EN CHILE

La revolución en nuestro país deja en evidencia también el fin del patriarcado[10], que se arrastra desde mucho antes, gracias a la política de las mujeres[11]. Nosotras apoyamos la revuelta en su sentido más genuino y, por eso, seguimos en ella. ¿Cuál es este sentido? Para nosotras, es lo que conlleva de orden simbólico de la madre[12], esto es, la transformación profunda de las relaciones humanas para que estas dejen de ser instrumentales, a la usanza patriarcal, y sean relaciones sin fin, a la usanza de las mujeres[13]. Asimismo, es todo lo que esta revuelta demanda de justicia social y de buen vivir, como la autonomía de los pueblos originarios, el respeto a la naturaleza y a todas las especies, la liberación de los recursos naturales (en especial, el agua), las pensiones dignas para la vejez, una educación sexuada, gratuita y de calidad, etc., un largo etc.

Principalmente, conlleva el fin de la política con poder[14], de la política de los partidos, de la política institucional; en otras palabras, del estado moderno de derecho que se configuró dejándonos fuera a las mujeres. Este descreer de la política establecida es un sentimiento genuino y lo han manifestado sobre todo las y los jóvenes. Las mujeres lo sentimos hace siglos; las madres, hace milenios. Las y los recién llegadas/os traen su novedad a este mundo viejo que los recibe[15]. Y su novedad coincide con nuestras búsquedas y hallazgos seculares. No queremos más la política con poder. Sin embargo, el estado criminal, capitalista y patriarcal, lleno de muertos vivientes[16], no recibe esta novedad, sino que la entierra, la asesina, la deja sin visión, para mantener su estato quo, sus intereses económicos y de poder, para sacarle brillo a su derrota y mostrar su miseria a vista y paciencia.

Nos duele y enfurece que queden impunes los patriarcas asesinos, violadores y torturadores de todos los tiempos criminales de este país y del planeta entero, que hoy son los feminicidas, son los hombres prostituyentes y todos los que colaboran a favor de la industria sexual; son también los asesinos de quienes participan activamente de esta revuelta, y de las mujeres, hombres, niñas y niños del pueblo mapuche. La única violencia que reconocemos es la violencia patriarcal y la violencia de estado; no nos sumamos al coro hipócrita contra la delincuencia y su parodia televisiva. Como dijo la beguina Hadewijch de Amberes, a principios del siglo XIII, la fuerza con la fuerza, el amor con el amor… todas las cosas hay que buscarlas en lo que ellas mismas son.[17]

LA NUEVA CONSTITUCIÓN

Cuando a una crisis, sobre todo de profunda magnitud, se le responde con las viejas respuestas aprendidas de siempre, o sea, se la enfrenta con los mismos prejuicios y prácticas reiterativas, ya probadas y fracasadas, vuelve a explotar una y otra vez, y lo hace cada vez peor[18]. Por eso, no les damos crédito a las respuestas que da la política con poder[19]. Para que una constitución sea realmente Nueva y no vuelva a explotar en 10 años más, no basta que se levante desde la soberanía del pueblo de los hombres, necesitamos que lo haga también desde la soberanía del pueblo de las mujeres[20]. Es decir, tiene que inscribir la diferencia sexual femenina libre, porque nadie nos debe incluir. La disidencia sexual no nos incluye, menos como mujeres lesbianas, el sujeto (pseudo)universal del lenguaje del derecho patriarcal, tampoco.

El camino, para nosotras, no es la inclusión ni la identidad de género; no es la paridad ni la igualdad con los hombres. Inscribir el femenino libre tampoco significa estar visibles en el lenguaje como víctimas, sino que se trata de aparecer como protagonistas de nuestras propias vidas. No es hablar de la miseria masculina, sino de y desde la libertad femenina[21]. Esto implica sexuar el lenguaje del derecho. Para nosotras, una constitución digna del momento histórico que estamos viviendo, que es el fin de una civilización desequilibrada y unilateral, tendría que explicitar de forma determinante que el cuerpo femenino es inviolable e impensable el violentarlo, porque el nacer mujer es una fuente de valor insustituible y solo las mujeres podemos sacar a la luz del sol sus contenidos.


[1] Descubrimiento del año 1996 de las feministas de la Librería de Mujeres de Milán. El fin del patriarcado implica dos cosas interrelacionadas. La primera es que las instituciones, sobre todo las de su política sexual, han perdido crédito en la mente y en la vida de muchas mujeres. La segunda es que las mujeres somos dueñas de nuestros cuerpos y sus frutos. Cuando esto último no ocurre, lo vivimos como una gran injusticia, pero ya no como una práctica naturalizada, como ocurría mientras duraba su contrato sexual.

[2] Expresión que tomamos de la pensadora de la diferencia sexual, la historiadora española María Milagros Rivera Garretas, en su texto http://www.ub.edu/duoda/web/es/textos/10/222/

[3] Tomamos estas figuras de María Milagros Rivera Garretas.

[4] Carla Lonzi escribe Mujer clitórica y mujer vaginal, planteando que la primera colonización que sufrimos las mujeres en las sociedades patriarcales es psíquica y fisiológica al habernos impuesto el mito de que nuestro placer orgásmico reside en la vagina y no en el clítoris y, por lo tanto, coincide con el del hombre.

[5] Autoridad viene del étimo augere, que significa ‘hacer crecer’, ‘dar auge’. La autoridad de la obra materna, que es dar la vida y la palabra, es usurpada, en los albores de las sociedades patriarcales, para desplazar a la madre por el Padre, su ley y palabra, transformando la autoridad en autoritarismo. Ver la obra de Luisa Muraro, quien descubre la figura del orden simbólico de la madre. Dice M. M. Rivera Garretas que el orden simbólico es la lengua que hablamos.

[6] Significado etimológico de la palabra ‘radical’.

[7] M. M. Rivera Garretas habla de cánones de vaginalidad para referirse a la falta de independencia simbólica de las mujeres respecto de los hombres, el seguir considerándolos medida del mundo. Viene esto de la figura de la mujer clitórica y la mujer vaginal de Carla Lonzi, a la que hicimos ya referencia.

[8] Práctica política y social descubierta por las feministas de la Librería de Mujeres de Milán. Es una práctica de disparidad, porque su importancia reside en reconocerle su más a una mujer y no en pretender que seamos todas iguales, como sucede con la sororidad, la que no ha terminado con la envidia ni la competencia destructiva en los espacios feministas.

[9] También se tendrían que terminar los feminicidios simbólicos, es decir, el silenciamiento, la difamación, el ocultamiento de obras, etc., de las pensadoras, activistas, de todas quienes ejercen un liderazgo en el movimiento de mujeres.

[10] Descubrimiento del año 1996 de las feministas de la Librería de Mujeres de Milán. El fin del patriarcado implica dos cosas interrelacionadas. La primera es que las instituciones, sobre todo las de su política sexual, han perdido crédito en la mente y en la vida de muchas mujeres. La segunda es que las mujeres somos dueñas de nuestros cuerpos y sus frutos. Cuando esto último no ocurre, lo vivimos como una gran injusticia, pero ya no como una práctica naturalizada, como ocurría mientras duraba su contrato sexual.

[11] Política de las mujeres que es milenaria y toma especial fuerza en el último tercio del siglo XX con los grupos de toma de conciencia (Rivera, La diferencia sexual en la historia, 2005).

[12] El orden simbólico es la lengua materna que aprendemos de la madre, o de quien ocupe su lugar, en la primerísima infancia. Lo aprendemos estando en relación y con autoridad materna, que viene de ‘augere’, cuyo significado es ‘hacer crecer’. En las sociedades patriarcales, sobre todo occidentales y modernas, este orden simbólico es usurpado y desplazado por el régimen simbólico patriarcal, que tergiversa, fragmenta y silencia la experiencia femenina. Ver Luisa Muraro, El orden simbólico de la madre.

[13] La relación instrumental es la que usa a alguien para lograr cualquier meta. La relación sin fin es aquella que se basa en el gusto y placer de estar en relación solo por el hecho de estarlo (Cigarini, Muraro, Rivera, El trabajo de las palabras, 2008).

[14] M.M.R.G. opone la política con poder a la política de las mujeres.

[15] Tomamos esta idea de la filósofa política Hannah Arendt, en especial de su texto La crisis de la educación.

[16] Expresión que tomamos de la historiadora de la diferencia sexual, María Milagros Rivera Garretas.

[17] La cita no es textual, aparece completa en Mujeres en relación: feminismo 1970-2000, de María Milagros Rivera Garretas, p.45.

[18] Esta idea la tomamos del texto de Hannah Arendt, La crisis de la educación.

[19] María Milagros Rivera Garretas opone la política con poder, que es partidista y masculina, a la política de las mujeres, que se practica sin ejercer la fuerza ni el poder.

[20] Luce Irigaray se refiere al pueblo de los hombres y al pueblo de las mujeres. En algunos textos de su libro Yo, tú, nosotras.

[21] La economía de la miseria femenina que inunda los medios masivos de comunicación, en especial los días 8 de marzo, es, en realidad, la miseria masculina: mujeres asesinadas, sueldos desiguales, feminización de la pobreza, etc. Esta idea la tomamos de Milagros Rivera en http://www.ub.edu/duoda/web/es/textos/10/211/ Y de Lia Cigarini es la figura de la libertad femenina, para referirse a una libertad relacional, más practicada por mujeres que por hombres, y que no es liberal ni individualista.

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Virginia Woolf

Adeline Virginia Stephen nace el 25 de enero de 1882, en la ciudad de Londres. Se educó en la casa familiar, como toda mujer de su época. No asistió a escuela ni universidad. Sin embargo, aprovechó muy bien la biblioteca de su padre. Se casó a la edad de 30 años con Leonard Woolf.
La relación de Virginia con las mujeres de su genealogía y con aquellas que la rodeaban (hermana, madre, Vitta), impulsó sus originales obras literarias y ensayos. Es una de las maestras en la literatura universal.
Es una de las madres del Feminismo Radical de la Diferencia, porque a partir de sí escribe en femenino libre, es decir, con independencia simbólica de los códigos y valores masculinos. Por la misma razón, desmonta las falsas lealtades y las libertades irreales que las instituciones patriarcales inculcan en las mujeres. La mirada de la diferencia sexual también se expresa en su posición sobre las mujeres y la clase social, aportando un análisis original y encarnado a su propia experiencia como “hija y hermana de hombres educados”.
Decide quitarse la vida a los 59 años, hundiéndose en el río Ouse, con piedras en sus bolsillos. Dejó repartidas varias cartas de despedida para Leonard y Vanessa, su hermana.
Los ensayos que de esta autora nos inspiran y nos dan “auge”, están reunidos en sus libros Un Cuarto Propio (1929) y Tres Guineas (1938).
*Un Cuarto Propio se debe leer en femenino libre, para esto recomendamos la traducción de María Milagros Rivera Garretas, recién publicada el año 2018.

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Declaración de Feministas Lúcidas ante los acontecimientos en Chile. Octubre, 2019.

Las Feministas Lúcidas apoyamos y participamos de esta Revuelta, porque, como mujeres y mujeres lesbianas que hacemos «política de las mujeres», siempre hemos rechazado la fuerza y el poder de los patriarcas. Hemos repudiado la guerra, los uniformes, la patria y la bandera. Nos reconocemos, además, en la historia de las Feministas Autónomas chilenas y latinoamericanas que se negaron a negociar con los poderes militarizados y los partidos vendidos de la Concertación u otros conglomerados políticos, a fines de los años ochenta e inicios de los noventa. ¿Cuánto tiempo se denunció la institucionalización del feminismo y los movimientos sociales? Nunca hemos estado de acuerdo con negociar con el poder, ni lo estaremos. Esta revuelta es respuesta a los abusos de la política con poder de este país, del estado criminal de este país y de la complicidad de todas y todos que decidieron negociar lo innegociable. Tampoco la separamos de lo que está pasando en todo el mundo, que es un cambio de civilización.
Esta revuelta tiene mucho de «orden simbólico de la madre». ¿No lo ven? ¿No lo vieron antes? Sospechamos que ese fue el problema. Pues, ¿qué es, sino, querer que desmilitaricen el territorio, que devuelvan el agua, que dejen de torturar y hacer desaparecer gente, que dejen de matar y violar a mujeres y niñas? ¿Qué es, sino, desear una vida digna, basada en relaciones humanas, «no instrumentales»? ¿Qué es, sino, pretender expandir el sentido de la vida que venimos simbolizando e intentando practicar las mujeres desde el último tercio del siglo XX y, si miramos el pasado, milenariamente? ¿Qué es, sino, cacerolear, sacar las cucharas de palo, el rallador y mostrar la paradoja del poder de los fascistas que hablan de guerra y sacan sus tanques y armas, manchadas históricamente de sangre, también en la memoria? ¿Qué es, sino, protestar en las calles y sacar a la luz del sol la masacre que nos están y han estado haciendo, la manipulación de las consciencias y el montaje que realizan los medios de comunicación oficiales, vendidos, hasta la saciedad, a los capitales de los patriarcas?
Unido a lo anterior, queremos enfatizar que denunciamos la violencia sexual que, una vez más, estamos sufriendo las mujeres durante esta represión militar del gobierno chileno. Denunciamos las torturas, asesinatos y desaparecimientos de mujeres, hombres, jóvenes, niñas, niños, también de animales, en manos de los milicos y las fuerzas especiales. Aplaudimos la fortaleza de las y los estudiantes. Esperamos la desintegración de la clase política y empresarial de este país. Apoyamos la acusación constitucional a Piñera y Chadwick. Y luego escupimos contra la constitución (y «contra Hegel», como siempre). Apoyaremos una nueva, siempre y cuando se realice con «el mínimo de poder y el máximo de augere», y se inscriba el «pensamiento de la diferencia sexual», porque, de no ser así, ¡será más de lo mismo: la lengua muerta del pensamiento androcéntrico! Por último, repudiamos la estigmatización que el gobierno, los medios de comunicación y sus repetidores hacen de quienes resisten en las calles y poblaciones de todo el territorio: ¡la única violencia que rechazamos en este contexto es la del Estado patriarcal asesino! Tampoco nos sumamos al coro hipócrita contra los saqueos y la delincuencia, pues los únicos saqueadores y delincuentes son quienes sostienen las AFP y toda la mafia del modelo de libre mercado.
¿Qué es, sino, desear que caigan todas las máscaras?