La envidia de las mujeres… otra vez. Andrea Franulic Depix

La envidia de las mujeres… otra vez. Andrea Franulic Depix

Las relaciones entre mujeres son el centro gravitacional de nuestra práctica política en el feminismo radical y en el de la diferencia, por eso, requieren de nuestro pensar y nombrar cada vez de manera más fina y profunda. Los daños que ha causado el contrato sexual, que fundó los patriarcados, son inconmensurables y no quisiera creer que son irreversibles. Mi certeza proviene de los años que practico la política primera, que no son pocos, y todas las innumerables veces que me he sentido sacudida por los conflictos que he vivido con otras. Me refiero a conflictos destructivos o a nudos no desatados, nudos ciegos. Sin embargo, estos años no han sido en vano, pues he intentado afinar mi práctica relacional, lo mejor que he podido.

En este sentido, considero un gran acierto que las pensadoras de la diferencia sexual hayan pensado y nombrado la envidia de las mujeres en el final del patriarcado[1]. Como se trata, precisamente, del final del patriarcado, la envidia de las mujeres no se interpreta desde los estereotipos femeninos, codificados por el orden social fálico, sino que a partir de la relación que cada mujer tiene con su madre concreta. Para nosotras, es fundamental mirarnos en el espejo de nuestras madres, parafraseando a Virginia Woolf, más aún si la envidia conlleva efectos destructivos en las relaciones entre mujeres, sobretodo cuando da el paso hacia la acción.

¿Cuál es esta acción? Puede tener muchas formas de expresarse. Diría que la mayoría apunta a rebajar a la otra por la incapacidad de reconocerle su disparidad o grandeza. Con otras palabras, rebajarla para que no brille, para que no se destaque, para que no sea “más que yo”. El “más” en este caso se confunde con competición, se descifra como un “menos” en mí. Se coloca en una medida falsa en tanto que dicotómica. Pues hemos aprendido que cada mujer custodia su propio “más”, que proviene de su propio linaje femenino, y que ni siquiera significa un “menos” en el otro sexo. Al mismo tiempo que se coloca en la medida dicotómica, confunde identidad con diferencia sexual, dado que al no reconocer la disparidad de la otra, pretende que seamos idénticas. En definitiva, se impone el pensamiento falocéntrico, que absorbe.

Por ejemplo, y para hablar en primera persona femenina y singular, cuando he sentido envidia por otra mujer, a veces he callado y no he celebrado su logro, nombrándolo con autenticidad, “nombrando lo que es”[2], sin apologías y sin cinismos. Mi silencio, en esta experiencia, ha sido un arma para rebajar a la otra. Darme cuenta de esto, ha sido un llamado a mi pensamiento, es decir, a pensar lo que siento, a estar conmigo misma, para no seguir reproduciendo estas actitudes. Es una voz de alerta que resuena en mí y que deseo escuchar. Nuestras relaciones entre mujeres se merecen nuestro pensar fino y radical, porque terminar con la violencia o, con palabras de Hannah Arendt, darle fin a la “banalidad del mal”, pasa por ponernos a pensar. Y, como dice María Zambrano, pensar es barrer la casa por dentro. Es mirarnos en el espejo, de raigambre femenina y materna, sin autoengaños ni autocomplacencias. Es un acto de amor hacia nosotras y hacia las otras.

Para seguir con los ejemplos, cuando he sufrido la envidia de otra mujer, esta se ha manifestado produciéndome amargura en un momento de sentir yo una genuina felicidad, genuina en tanto que me hace sentir vulnerable al mismo tiempo. La amargura que he sentido se ha debido a que, en esta experiencia, he recibido palabras de la otra como espinas venenosas que se clavan en mi entendimiento, y a la tristeza de que estas espinas provienen de quien considero mi amiga, lo que es más desconcertante y doloroso. En efecto, las pensadoras de la diferencia sexual han dejado claro que la envidia de las mujeres la encontramos en las relaciones con las más cercanas y queridas. Por eso, el efecto resulta tan destructivo, pues surge de una mujer que nos importa mucho. Las espinas venenosas, además, han sido cuidadosamente barnizadas con el falso brillo del ego, ese que distorsiona nuestra imagen en el propio espejo, y no nos deja ver nuestra grandeza.

En cambio, la autenticidad es contraria del ego. Pienso que es importante saber distinguir la una del otro. Tal vez, los signos de cinismo que puedo percibir en mí o en otras nos advierten que estamos entrando en el territorio del ego. Asimismo, la expresión de la llamada “falsa modestia”, usada de manera recurrente en nuestras conversaciones, puede constituir un aviso de que estamos equivocándonos de camino, pues la “falsa modestia” se ubica en el lugar opuesto de la arrogancia y la prepotencia. Es diferente la auténtica humildad. Un “falso dilema”, como nos susurra Mary Daly, es siempre patriarcal. Por donde se lo mire, el ego es fálico, se dice en masculino y, como tal, no solo intenta aplastar a la otra mujer, sino también, a su creatura, su obra.

La autenticidad se dice en femenino, como la libertad y la confianza. Esta triada actúa unida en las relaciones entre mujeres en las que la energía creadora y transformadora de mundo permanece intacta, intocada por las fuerzas androcéntricas. Si sentimos un resquebrajarse en cualquiera de las tres, se resquebrajan todas, y esto quiere decir que ha entrado o pretende entrar la presencia fantasmagórica del falo[3], es decir, ha entrado o pretende entrar el sentimiento de culpa, el miedo a ser sancionada, el discurso ideológico, el control, el cinismo, el engaño, el enmudecimiento, el “caminar sobre cáscaras de huevos”, el ego, entre otras manifestaciones de desorden simbólico que podemos reconocer y nombrar. Creo que muchas veces esto se puede revertir con cariño, conversación, apertura y escucha verdadera. En otras ocasiones, quizás solo quede la opción de esquivar.

La triada va sostenida por la independencia simbólica femenina. La envidia de las mujeres actúa precisamente en dicha independencia. Como he aprendido con las pensadoras de la diferencia sexual, nuestra independencia simbólica consiste en sentirnos libres de las ataduras patriarcales en todos los ámbitos de nuestra vida. Para esto, es importante recuperar y restituir nuestras genealogías maternas y femeninas, que nos permiten sentirnos sostenidas en nuestras verdades y nuestra excelencia, sin que se inmiscuya ni pretenda injerirnos la tradición de pensamiento masculino, que las ha absorbido, inundando  lenguajes, instituciones, ideologías y modos de relacionarnos con la alteridad, que también es la Naturaleza, con la distorsión de sus proyecciones.

De esta manera, los efectos destructivos que nuestras acciones pueden acarrear contra otra mujer son el resultado del contrato sexual que fundó los patriarcados. Pues el contrato sexual usurpó la autoridad de “augere” de la madre y su obra, que es dar la vida y la Lengua Materna, el cuerpo sexuado y la palabra, así como usurpó las genealogías femeninas de las sociedades matrilineales. Dicho de otro modo, son resultado de la violencia simbólica y sexual ejercida por los patriarcas y sus sociedades patriarcales, su (des)orden social y simbólico, contra nosotras las mujeres. Sin embargo, si sentimos la certeza de que el patriarcado ha llegado a su fin en la vida de cada una, entonces, creo que es muy necesario que no sigamos permitiendo que su tiranía se interponga en nuestras relaciones. De lo contrario, si seguimos creyendo en este tipo de sociedad necrófila[4], será difícil afinar nuestra práctica relacional y política. Pienso que, en este caso, le estaremos haciendo un gran favor y nos estaremos transformando en una de sus secuaces, como las llama Mary Daly: secuaces que pueden, incluso, propiciar discursos feministas, más allá del apellido que el feminismo lleve.

¿Qué sería pensar fino según mi consideración? Doy por descontado los discursos ideológicos, pues ha corrido ya bastante tinta para develarlos y para que nos sacudamos de ellos. Esencialmente fálicos, conforman una capa espesa que no nos deja ver la precedencia femenina. Con nuestras escobas de Brujas, podemos barrer esta capa y encontrarnos con la hondura y anchura de la Madre, su obra y trascendencia. Pienso que el hilar fino comienza aquí. La envidia que podemos sentir por otra mujer se enlaza con la relación con nuestra madre concreta, tanto con los nudos de esta relación como con la trascendencia de su obra, esa que nos permite darle sentido y ordenar el mundo, libres de patriarcado. Si la envidia consiste en rebajar a la otra, en desconocer su disparidad, por miedo e inseguridad de yo sentirme “menos”, ¿no se conecta, acaso, con la restitución de autoridad a mi propia madre, al reconocimiento de su disparidad irreductible por haberme traído al mundo y haber hecho posible mi permanencia en este? ¿Cómo puedo hacer de esto una práctica encarnada y no solo un discurso? ¿Cuánto de matricidio y misoginia traen mis palabras cuando, desde la envidia, me refiero a otras mujeres? Si es así, ¿estoy realmente realizando un ejercicio de restitución genealógica que me dé la independencia simbólica femenina que necesito?

Hago estas preguntas que me implican a mí misma. La restitución de autoridad de la madre concreta, o bien, la recuperación de la Lengua Materna para nuestra vida, creaciones, relaciones y palabras, es un paso sustancial en este delicado tejido. Como dice Luisa Muraro, se trata de “saber amar a la madre”, y esta es una puntada que se hace con hilo de oro. Ahora bien, este saber amarla involucra, además, el sabernos una mujer diferente de la mujer que es nuestra madre, quiero decir, involucra nuestra independencia simbólica también de ella, en especial, de su negativo, de su sombra, de su propio mal, que son producto de la violencia del patriarcado. Es su más y no su mal el que necesitamos para crecer, para transformarnos en otra mujer, para transformarnos en Madres[5], ya sea de criaturas o de creaciones.

Creo que es fundamental saber cuando estamos atascadas bajo su sombra, incluso sintiéndonos cómodas allí como si fuese un refugio, estando la madre en presencia o en ausencia. Sintiéndome resentida con mi madre, reconozco que no he salido de su sombra. A veces incluso queriendo obsesivamente protegerla o cuidarla del patriarca, podría significar que permanezco enganchada allí. O cuando sigo demandándole amor o atención, puede ser un signo que todavía no doy el salto de su negativo. De todas maneras, si tomo conciencia y hablo de estos sentires, es un avance. El problema es cuando se juega el papel de la eterna malcriada o de la eterna hija resentida, en ninguno de estos casos o de otros que queramos nombrar en esta línea, se podrá crear relaciones con otras que sean verdaderas o consistentes o, al menos, será dificultoso; es probable que nos convirtamos en demandantes de reconocimiento, insaciables y solapadas.    

Si la envidia de las mujeres desconoce el sentido libre que cada mujer le da a su ser mujer, esto va de la mano con un intento de fusión con la otra, una fusión-confusión entre idénticas. Por eso sentir envidia por otra, o padecerla de otra, nos invita a mirar hacia atrás y hacia lo profundo, hacia la precedencia, hacia el origen, hacia las raíces, y darnos cuenta de que es muy necesario restituir la grandeza materna y femenina, sin idealizaciones ni metaforizaciones, para ser mujeres diferentes de nuestras madres con independencia simbólica de su negativo (eso sí, nos parecemos a nuestras madres en muchas cosas que nos gustan, como algunas gesticulaciones, por mencionar algo). Si contingencia y trascendencia no se separan (Diana Sartori), es justamente en la contingencia de la relación con mi madre, en su ausencia o en su presencia, que podré ir “barriendo la casa por dentro”, encontrándome conmigo misma, para recuperar en mí la excelencia de su obra. Asimismo, es la relación con otras mujeres la que me invita a pensar y a nombrar mi experiencia en estas relaciones. De memoria no es. Es en la práctica, en la vida, en el atreverme a estar en relación, reconociendo la radical diferencia de la otra, aunque me equivoque o, a veces, duela, pero no huyo ni me amurallo si no responde a mis expectativas o exigencias; me arriesgo con todo lo que traen nuestras relaciones, me fío, aunque procuro cada vez dar menos pasos en falso. Pienso que de eso se trata vivir.

Así como deseamos que la violencia masculina llegue a ser impensable[6], de la mano va el deseo de que los conflictos destructivos entre mujeres también lleguen a serlo, incluso el hablar del negativo de nosotras o de nuestras madres deje de ser un tema que nos preocupe. Sin embargo, como dice Ana Mañeru Méndez, “no tenemos que desesperar, sino saber, entender y actuar desde ahí”. De igual modo, esto no tiene que ver con ética o moral, es un trabajo de la política de lo simbólico, que no fragmenta cuerpo y palabra, cuerpo y alma, naturaleza y cultura. Es un trabajo de lo simbólico que nace de nuestro deseo libre de recuperar la Lengua Materna en todo su esplendor como medida de nuestras relaciones. Es el simbólico de la madre que da sentido, que ordena el mundo y que también sabe poner límites, como me decía el otro día la poeta Nieves Muriel, quien está ayudando a crecer a su criatura, que trajo al mundo hace pocos años. De esta manera, podremos ir profundizando el valor civilizatorio del “cuidado radical”, como nombra la enfermera Patricia Sánchez Aguilar el cuidado de las relaciones: con las otras y los otros, las criaturas todas, la Naturaleza. Que las madres no sientan nunca más negada su autoridad ante el autoritarismo del patriarca, del incestuoso o del maltratador, y que las hijas, que también somos Madres, no vivamos esa sombra como una maldición que repetimos sin darnos cuenta.


[1]Me inspiro en el monográfico sobre la envidia, publicado por la Revista Duoda, 58, 2020. En este escribieron las autoras Laura Mercader, Wanda Tommasi, Chiara Zamboni y Candela Valle Blanco.

[2]Tomo esta expresión de la filósofa Luisa Muraro.

[3]Tomo esta expresión de un texto de la historiadora María-Milagros Rivera Garretas sobre los manifiestos de Rivolta Femminile.

[4]Como la nombra la filósofa Mary Daly.

[5]La pensadora Luce Irigaray afirma que todas las mujeres somos Madres.

[6]Lo dice María-Milagros Rivera Garretas en algunos de sus textos políticos.