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Escritos de Amigas de Feministas Lúcidas

La relación con la madre (simbólica, concreta y personal): algunas reflexiones íntimas y terapéuticas, Marisol Torres Jiménez

“La lengua salada de Océano que aún lleva huellas de Tiamat, el Chaos originario infinito, apertura sin fin que armoniosamente lo mezcla todo”

Barbara Verzini – La Madre en la Mar. El enigma de Tiamat

¿Por qué se escribe? Fue una pregunta que se hizo y nos pudo compartir hace ya algunas décadas María Zambrano, filósofa nacida en el sigo XX, uno de los siglos donde se ha hecho más patente la miseria femenina, pero que no le fue impedimento para pensar en femenino libre a una de las autoridades de quienes andamos encontrándole sentido a la existencia libre como mujer:

“¿Qué es lo que quiere decir el escritor y para qué quiere decirlo? ¿Para qué y para quién? Quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; las grandes verdades no suelen decirse hablando. La verdad de lo que pasa en el secreto seno del tiempo, es el silencio de las vidas, y que no puede decirse. ‘Hay cosas que no pueden decirse’, y es cierto. Pero esto que no puede decirse, es lo que se tiene que escribir”. [1]

A partir de la invitación de exponer en este encuentro, que tan amorosamente me convidó Doménica, comencé a escribir este texto, volviendo no por casualidad sino por necesidad, y considerando que las casualidades son las necesidades más grandes de la historia como nos ha compartido María Milagros Rivera Garretas en diálogo con otras[2]. Por necesidad regreso a mi pasado, a mi origen, vuelvo a mis primeros balbuceos, al encanto y al olor primigenio de mi madre, vuelvo al momento en que no podía pronunciar la R, pero donde era más patente la sonoridad de la M de mamá como nos ha mostrado la Gran Madre Mummu Tiamat traída por Barbara Verzini[3]. Vuelvo a la memoria de mi pasado, y al encuentro con mi autora, mi primera maestra, mi madre. Quien me hizo mujer, depositaria de su lengua fundada en la relación de amor.

Como una niña que está intentando nombrar su entorno, nombrarse a sí misma, darle significado a lo que siente y a lo que observa, fui dejando atrás los balbuceos, sin saber que esos primeros sonidos son los que hoy me han permitido recordar mi origen. Me están permitiendo, junto a las invenciones simbólicas de muchas mujeres, que me acompañan con su palabra oral o escrita, la visión de mi vocación, la carne ocupando su lugar, el sonido del rugido de la sangre de mi madre cuando aún estaba dentro de ella y gestando gran parte de lo que soy, hoy por hoy.

Una pregunta que intenta explicar y darle sentido al por qué alguien como yo, se siente convocada a estar hoy aquí.

¿Cómo la relación con la madre va marcando el Chaos y la armonía de las relaciones con otras mujeres?

Esta pregunta, como todas las preguntas -o casi todas- han sido las claves que me han guiado hacia el movimiento y la transformación, pero también a la calma y la balsámica tranquilidad. Podría afirmar, a partir de mi experiencia que no todas las preguntas que me he hecho, y que me han heredado otras y otros han germinado algo en mí, pero si han sido ensayos de curiosidad, muchas han intentado ordenarme (sabiendo no hace mucho tiempo, lo patriarcal del orden y sus cortes) y otras han hecho más difícil encontrarme con el sentir porque son preguntas que han estado más centradas en la búsqueda afuera y no dentro. No porque lo que suceda en mi entorno no sea importante o revelador, sino que las preguntas que tienen que ver con mi sentir, están conectadas con el deseo y con la política que hoy cobija mi existencia toda, preguntas que tienen que ver más con las entrañas y con la profundidad, con lo que no se puede ver sólo con los ojos.

Al oficio de preguntar comencé a darle forma cuando decidí dedicarme a la psicoterapia. Con el paso del tiempo, fui encontrándome con mujeres que me miraron reconociendo algo en mí, que, en los inicios en este oficio, no pude descifrar, hoy lo honro como un tesoro inefable al cual pertenezco como un don y un privilegio. Ahora puedo llamar a esa experiencia de descubrimiento, de reconocimiento, de germinación, como autoridad. Todo esto se hizo posible gracias a la vuelta a mi propio origen, a lo que me hace original. Nacida al oriente de Cáncer vista desde el cosmos, siempre movida por el sentido de encontrarle lugar, que ocupara espacio mi genealogía materna, reconocerme en ella. La trinidad femenina me interpela, me pide que la toque y la sienta, porque la torpeza de mis ojos no me permite verla. Me han herido antes de nacer, como el centauro mitológico de Quirón, parece que han herido quien soy, la forma en cómo me veo a mí misma, pero lo cierto es que, sin la otra es dificilísimo hacer autoconciencia[4] y sabernos humanas.   

He llegado a la conclusión de que, el placer por pensar y reflexionar en torno a diferentes preguntas -que tienen que ver con la experiencia propia e íntima, con los secretos, con mi espiritualidad, con las confesiones, con lo que todavía no está dicho- con otra, en relación dual, es decir, el entredós; es el espacio simbólico al que he decidido dedicar mi tiempo y mi energía. Espacio simbólico que conforma mi vocación, el lugar a donde me siento llamada y convocada. Esta decisión como toda necesidad se volvió inevitable. El que yo haga psicoterapia es inevitable.

Unido al llamado de la psicoterapia, pensar y poner atención en la relación con la madre como horizonte y sendero simbólico ha sido central en mi trabajo como psicóloga acompañando a otras mujeres, y también a algunos hombres. Traer la relación con la madre se hizo imprescindible. Muchas mujeres, que además conforman gran parte del universo que asiste regularmente a terapia, tienen la certeza o están en vías de hacerlo siguiendo las huellas femeninas de la libertad, de que el patriarcado ha finalizado[5], y lo significativo que es volcarse a revisar y atender la relación con su madre concreta y personal.

En este contexto esperanzador, donde se hace patente un descreimiento de los patriarcas y su cultura de la miseria, donde cada vez más mujeres priorizan las relaciones duales con otras, esto ha traído consigo que sean más salientes los sentimientos profundos de amor y desamor entre nosotras. La amistad, el amor sensual, la envidia, los celos, la fusión, son algunas de las experiencias que las mujeres traen a la consulta sin saber muy bien qué hacer con los sentimientos que les provoca la intimidad y el estar en relación con otra, a quien han elegido como prioridad.  

Desde muy pequeña supe lo importante que sería la relación con mi madre, pasaba todo el tiempo con ella, incluso cuando ella trabajaba me tocaba acompañarla porque no tenía quien cuidara de mí mientras ella lo hacía. Sus caminos, sus viajes, sus palabras fueron mi primera escuela. Pasaba por un abanico de emociones, muchas tenían que ver con cómo ella se sentía, más que conmigo. Ella me presentó la empatía y la escucha. Ya más tarde, a medida que fui creciendo, en las relaciones con mis amigas y parejas, se fueron reviviendo y replicando muchas de esas emociones y sentimientos que experimenté por primera vez en la relación con mi madre.

Conectar las vivencias con las mujeres de su vida, e hilarlas a la relación con su madre concreta y personal.  Ha sido lo revelador para mí, y para muchas mujeres (y algunos hombres). Volver al origen y a todo su simbólico trae la armonía tan necesaria para vivir bien, para sanar las heridas que quizá han persistido durante toda su biografía. Ahí es donde es posible la circulación de autoridad materna[6], reconocimiento de la autoría de la madre concreta y personal. El panorama parece sencillo, muchas veces es sorprendente cómo al quitar velos de complejidad, de largas jornadas de autodiagnósticos apegados al ‘paradigma de la salud mental’ y el tan cruel cuadro psicoanálitico, caen en el descrédito de este sistema insostenible. Se vuelven esquivables, porque frente a la sencillez de quien nos enseña el amor no hay paradigma sostenible. Las volteretas pueden ser muchas, la vaginalidad[7] está a la vuelta de la esquina. También puede abundar en la psique de la terapeuta. Puedes sentir que avanzas un paso, y retrocedes diez. Es paradójico, por eso tiene sentido, porque el reconocimiento de la relación, de la autoridad, incluso de la sanación no es lineal. Sobre todo, cuando hablamos de sanación, que es un proceso con figuras multiformes, significados continuos, caminos inexplorados, tropiezos y epifanías, aquí no existe una línea recta por la cual caminar, pero si sabemos que tenemos que caminar, no existen recetas, pero si muchas preguntas, algunas huellas y la nunca bien ponderada relación que nos muestra las pistas para la libertad, que siempre, es relacional[8].

La propuesta: estar en terapia en femenino y el regreso del alma

En la psicología tradicional -digo aquí tradicional a toda aquella psicología que es ejercida y afianzada en el régimen del uno, centrada en la experiencia masculina y en el neutro universal- se hace alusión a la relación, o también llamado vínculo con la madre, pero se habla de ésta tergiversando la importancia de ella en la autoría de su criatura. La figura de una madre cortada en pedazos por el orden de la espada[9] del padre edípico del psicoanálisis o de la corriente psicológica de moda, que no pierde ocasión para imponer la relación padre e hijo como relación originaria (como si el padre o el hijo pudiesen procrear), intentando sistemáticamente orillar a la muerte simbólica la relación madre e hija como relación primigenia y originaria.  Esto no quiere decir, que la mujer no tenga hijos, que, si los tiene, pero la hija con quien comparte su sexo, la diferencia sexual femenina, es la depositaria de la lengua materna y de la capacidad de ser dos, de procrear.

Entonces, ¿Qué hay más allá de la salud mental de las mujeres? ¿Es ética abordar la salud mental de las mujeres? Si, pero no es estética[10]. Estética sería que nuestra salud -el estar en el mundo con gracia- fuese vista como un todo, y no como un pedazo susceptible a ‘análisis’, donde ponemos a la mente en un lugar -generalmente fuera del cuerpo- y al cuerpo en otro.

Esto me recuerda como las organizaciones (estatales o no) se dedican fervientemente a separar la violencia masculina en una tipología (psicológica, sexual, física, económica… y así, un largo abecedario que parece enumerar un largo etcétera sin sentido y desconectado de la realidad). Una psicología centrada en el pensamiento del pensamiento, y no centrada en el pensamiento de la experiencia. La única experiencia que conozco de primera mano es la propia, un camino solitario y acompañado me ha sido dado como un regalo, lo he hecho a mi medida, a partir de la reflexión de mis traumas y mis talentos, muchos de los primeros aún los padezco; y los talentos me los encuentro como huesos, cuando hago cuenta de ellos, haciendo alusión a la figura de la Mujer Salvaje que tan amorosamente nos enseña Clarissa Pinkola[11]. Me agrada saber que mis talentos son primitivos, enseñados por mi primera maestra, mi madre concreta y personal, y que afloran a lo largo de las estaciones como la primavera, o decantan e hibernan como en mi amado otoño que me permite el descanso, y yo lo recibo con amor.

Las emociones o sentimientos no se pueden analizar, es como despedazar algo que no puede ser despedazado, si es así, resulta trágico para que quien lo sufre o padece, lanza a una oscura y frívola fragmentación. La analítica psicológica ha fracasado por lo mismo, separar y dividir sostiene el orden de la espada.

La libertad, en tanto suceso relacional, es sostenido por el amor, por lo tanto, como todo en esta vida, está sexuado. Y la psicología como disciplina que versa sobre lo humano, también está sexuada, aunque se pretenda neutra[12].

A partir de mi experiencia, como mencioné anteriormente, la mayor cantidad de personas que acuden a la consulta psicoterapéutica son mujeres. Son ellas -en relación conmigo- quienes hacen de la terapia una salida y encuentro posible con el placer, con la vida y la espiritualidad. Los motivos de consulta que traen las mujeres a la relación terapéutica tienen que ver con los efectos de la violencia machista ejercida por hombres en sus relaciones íntimas o no tanto, el incesto, el abuso sexual, las dificultades para salir de relaciones abusivas e instrumentales y la falta del deseo o desconexión con el placer (femenino), y pongo el paréntesis en femenino, porque a veces persiste la creencia de que el placer de las mujeres es igual al de los hombres, y no es así. Estos hechos pueden ser llegar a ser altamente perturbadores, pues traen consigo la pérdida de sentido, desorden simbólico y, en muchos casos, periodos de sufrimiento y ausencia de deseo, como sucede en los casos de depresión. Podría seguir enumerando aquí, todas las consecuencias dolorosas y miserables que ha tenido y tiene para las mujeres el haber nacido en el patriarcado del siglo XX, por todo el apogeo y exaltación de la vaginalidad, el liberalismo sexual, la invención del orgasmo vaginal y toda la violencia hermenéutica asociada al conocimiento.  

Sin embargo, una clave política que he aprendido de María Milagros Rivera Garretas es que “el patriarcado nunca ha ocupado toda la vida de una mujer (y tampoco de un hombre)”[13], lo que ha traído un bálsamo no sólo a mi ser y estar en mundo, permitiéndome sentir más allá de la tensión en mi cuello y hombros que me generaba estar en una dialéctica incansable con los hombres y toda su miseria, sino que esa clave política se ha vuelto terapéutica al poder compartirla en un espacio relacional femenino que he ido cultivando con cada mujer que me ha dado el privilegio de acompañarle. Una clave contundente, reveladora, que nos permite una psicología en femenino, atenta y sostenida en la diferencia sexual, más allá de la economía de la miseria femenina y más cerca del sentir originario (María Zambrano). Una psicología no pretendidamente apellidada feminista ni genérica ni militante, sino que, una psicología en femenino centrada en la experiencia de cada mujer, en singular, como señaló Candela Valle Blanco, una psicología que abandone la neutralidad y sea específicamente femenina. Donde cada una puede decirse a partir de si, donde estemos más cerca de lo decible que de lo indecible, no porque no puedan existir cosas que no se puedan decir, sino porque hay que sanar, y la palabra nos lo hace más fácil. Porque nos permite poner en su lugar la miseria, y darle lugar a la grandeza femenina que cada una trae consigo como mujeres nacidas de mujer. Una psicología con, como la libertad femenina que es relacional, y no una psicología sobre las mujeres. Aquí se trata del quienes, no del qué, quienes somos las mujeres no qué somos las mujeres[14], como cuando Andrea Franulic Depix nos saca de la identidad pretendidamente genérica donde nos han puesto convenientemente a las mujeres cuando hablan de la sujeta del feminismo, por ejemplo.

No es de extrañarnos que el ideario de la igualdad también haya permeado la práctica de la psicología, como ha pasado con su teoría, que parece que, entre más alejada de la psique y el sentir originario de las mujeres, pretende imponer procesos psicoterapéuticos que poco tienen de terapéuticos, y tienen más de psicología del género o con perspectiva de género, como gusten llamarle, parece que son lo mismo y nada a la vez.

Otra de las luces que me ha permitido guiar mi trabajo de acompañamiento dual ha sido lo importante que es Saber Amar a la Madre Real[15], concepto dado por la filósofa Luisa Muraro. Saber Amar a la Madre Real es un desafío constante -y le llamo así no porque tengamos que cumplir una meta o ganar algo con esto, le llamo así porque por su origen etimológico, por afiar, que proviene de fiarse, de la confianza, de encontrar seguridad- para quien decide adentrarse en su proceso terapéutico en clave femenina libre es reconocer en la madre concreta y personal o quien haya ocupado su lugar, la autoría de la propia existencia. Aceptar la certeza de que el dos precede al uno.

La era de las mujeres emancipadas, era a la que pertenezco por llevar poco más de treinta años en este mundo y ser la primera generación de mujeres de mi familia que asistió a la universidad, me hizo alejarme con fuerza de estas mujeres, me expulsé de la trinidad femenina aparentemente gustosa jactándome de ideas libertad, claro, la libertad individual y huérfana de la falosofía masculina que tan orgullosa me hacía sentir, mientras estudiaba en la universidad sin madre ¡Cuánta soberbia, desconexión y apego al padre huérfano abundó en algún momento por aquí, y por aquí! Entiendo, en carne viva cuando una mujer -yo misma- está embargada por la frustración y el anhelo de que su madre sea diferente a como es, que cambie sus modos, hasta en la forma en cómo se sienta o toma sus decisiones, como si eso fuese a transformar los términos de la relación que se ha mantenido con ella, o sostener la creencia de que su madre se siente fracasada por los destellos de libertad e independencia simbólica de su hija. Nuestra madre es Real, no es una idea o ideología. No es posible mantener una relación idealizada con alguien que vive o ha vivido, quien nos ha dado la posibilidad de existir en este mundo. Saber amar a la madre real es reconocerle autoridad a nuestra madre concreta y personal -o a quien haya ocupado su lugar- sabiendo que ella nos hizo depositarias de su lengua y de su amor.

El amor, por lo tanto, no es tan propio como se nos ha venido mostrando en los discursos y propagandas feministas o en los libros de autoayuda, que prometen enseñar recetas mágicas de cómo las mujeres nos tenemos que amar a nosotras mismas, no porque esté mal el amor, el cultivo o la germinación del mismo, sino porque como todo en la vida y en el mundo, como mencioné anteriormente, el dos precede al uno, el amor es relacional, hubo una mujer (como en casi todos los casos) que nos enseñó el amor como presencia (o ausencia) continua en la vida de una mujer.  Lo que si me parece interesante, es que nuevamente el amor sea algo que sea susceptible de conversación y de atención entre mujeres, considerando que al menos durante el auge del feminismo radical se comenzó una campaña en contra del amor como si la vivencia del amor fuese un obstáculo y un problema en la vida de una mujer, como expuso detalladamente Doménica Francke-Arjel en su escrito Amor y Relación en Femenino libre[16]. Hoy parece que las referencias feministas y femeninas en torno al amor no cambian, sólo se han transformado, utilizando el concepto de amor propio. Más allá de las discusiones discursivas y políticas que cuestionan al amor, su presencia en la vida de cada mujer es fundamental y lo que no se puede negar es cómo el amor es una de las enseñanzas más importantes de la madre concreta y personal -o quien haya ocupado su lugar- de cada criatura, y cada vez se vuelve un ingrediente principal en la cocina simbólica de la mujer que emprende el camino de nombrar el mundo, su experiencia en el mundo.

La pérdida del hilo que nos vincula a nuestro origen, a la certeza de que hemos nacido de una mujer ha ido propiciando como transitable la senda errática de la huerfanía, que más que libertad ha ido asentando sentimientos de soledad, de desconexión y tristeza. Comparando la libertad con el desapego. Desprenderse del pasado, salir exenta de la genealogía materna, buscar sin mucha claridad la independencia simbólica, “¿Cómo no repetir la historia de mi madre?” Se preguntan muchas con pesar, como si borrar o extirpar la historia y las experiencias de la madre y de las mujeres de su genealogía femenina fuese la solución a las heridas que cada mujer puede cargar en su alma y en su psique “¿Cómo puedo hacer que mi madre sea diferente, que cambie?” “¿Cómo hacer que ella me acepte tal como soy?” “¿Cómo lograr ser yo misma sin que eso le provoque dolor a mi madre?” Las preguntas y los cuestionamientos sobre la otra, la madre concreta y personal, se suman a los motivos de consulta nombrados con antelación de muchas mujeres hoy en día, en la mayoría de los casos este motivo está oculto en el sótano de la conciencia, pero que no se hace esperar para volverse evidente porque la fluctuación odio/amor con la madre, la orfandad, la falta de visión del origen trae consigo dolor y pesar en quien los padece, al menos eso me ha ido indicando mi propia experiencia. Diana Sartori[17] hace la distinción entre vínculo con la madre y su legado, en primera instancia, el vínculo con la madre de cada una es insoslayable, es la relación fundante de la vida, el reconocimiento de la autoría de ella, saber que provenimos de esa relación es el comienzo de un camino revelador sin el que no podemos hurgar en nuestro propia historia y origen, ahí está el ‘más’ de nuestra madre, saber que existe disparidad en la relación con ella.

Por otro lado, el legado materno hace referencia a los contenidos transmitidos por nuestra madre, aquí, es donde aparece un punto complejo y ha generado mucha contradicción en las mujeres, que en calidad de hijas buscan su libertad e independencia simbólica, a sabiendas que quizá mucho de este contenido transmitido por su madre, es miseria patriarcal. Por lo tanto, existen las madres patriarcales o vaginales[18], como leí en el reciente libro La Madre en la Mar. El enigma de Tiamat de Barbara Verzini, cuando Mummu pierde su M “… madres aplastadas por la violencia simbólica falocéntrica, han olvidado que pertenecen a lo infinito y se han dejado seducir por el orden de separación de la espada”. Por eso las preguntas que nos hacemos las mujeres en algún momento de nuestra vida relacionadas con el vínculo materno, en este caso, en una instancia terapéutica, son necesidad y deseo genuino de autenticidad, de libertad relacional y de visión con el origen, son preguntas que nos invitan a la transformación, a revisar las heridas, pero también la grandeza y la autoridad femenina presente en la vida de cada mujer. No hay receta, el proceso de cada una es singular, instigado por el sentir originario, lo que compartimos todas es el regreso del alma, una vuelta al sentir guiada por la capacidad de ser dos. Las hijas o los hijos espirituales no son necesariamente de carne y hueso, a veces traen el sonido de una armonía vuelta canción, la sinuosidad de una escultura, la profundidad de la poesía y el placer de la relación sin fin.

Una de las grandes inquietudes y deseos genuinos de quienes acompañamos en terapia, que si revisamos su étimo proviene del cuidar, atender y curar los padecimientos y dolores del alma. Me hace recordar que en la universidad los debates ontológicos y filosóficos que nos preocupaban establecían una distinción entre la psique o el alma, si eran o lo mismo, o era diferentes, una constante separación entre el alma/psique y el cuerpo, como si entre el alma y cuerpo hubiese un abismo, y acabábamos separando también los fines de la psicología, si ésta era una ciencia, una disciplina o un arte.  Creo que ahora entiendo porque me costaba tanto elegir, no es que fuese géminis, pero sólo me quedaba con la duda asentada en la razón. El sentir estuvo incólume, esperándome como hermosamente nos mostró Andrea Franulic[19], cuando la salida siempre estuvo ahí, abandonar las herramientas del amo porque no sirven, nos vuelven objetivos, desechos, y además les encanta la fragmentación, la escisión, el corte de la espada.

Como cualquier oficio espiritual volver a la dependencia es una condición fundamental, la dependencia como experiencia de la relación primaria con la madre es capaz de provocar una infinidad de cuestionamientos internos, sobre todo, considerando un contexto que cuestiona la dependencia en todas sus formas, porque difumina la vivencia individual y nos hace sentir vulnerables. Las afrentas del feminismo liberal -y no tanto- van en dirección opuesta al reconocimiento de la dependencia como una de las cualidades fundantes de la relación madre e hija, aunque no es de extrañar pues el origen etimológico del concepto de dependencia, nos lleva a palabras como subordinación, como cualidad de estar debajo de una autoridad o “algo mayor”. Afortunadamente gracias al pensamiento de la diferencia sexual y a las mujeres que lo han hecho posible, he podido saber que autoridad es lo opuesto al poder, pues proviene de  augere que significa “hacer crecer”, sabiendo esto es más sencillo aceptar la dependencia como una instancia humana, precisamente algo que nos hace humanas y humanos, porque ese “algo mayor” es nuestra madre -o quien haya ocupado su lugar- quien nos sostiene, nos hace crecer, nos cuida en calidad de criaturas nacidas de su cuerpo y de su amor.

Algunas palabras finales:

Encontrarme con mi voz interior, la voz de mi madre, el recuerdo de los colores y sabores de la fruta y el olor de pescado en sus manos. Esos olores y sabores son como una máquina del tiempo, que me permiten mirar atrás ahora si con sabiduría y templanza. Los olores y las escamas invasoras en sus brazos y manos que me conectan con ella y su incansable deseo de estar cerca de la mar, disfrutar del aire que apacigua su corazón acelerado y la llena de contemplación. La garantía de la coincidencia entre las palabras y las cosas, de su deseo y de su lengua, la inconmensurable obra materna, la hago palpable cuando ella encuentra la calma en la contemplación.

Heredé la Luna en Escorpio, seguramente por la Sol de mi abuela, nacida el día de todas y todos las muertas y muertos. Como siempre, como cierto tiempo, recorro mis lunas: paso por la creciente, siento que nazco y crezco, me lleno o me ilumino y también una parte de mi muere, por fin, esperando la sanación, como es la Luna en Escorpio, por fin, encuentro la salvación.


[1] Esta cita textual la tomé del libro El amor es el signo. Educar como educan las madres de María- Milagros Rivera Garretas.

[2] Esta idea aparece en libro El trabajo de las palabras de Luisa Muraro, Lia Cigarini y María Milagros Rivera Garretas

[3] Barbara Verzini autora del libro La madre en la mar. El enigma de Tiamat (2021)

[4] Esta idea la recojo de Carla Lonzi y otras en el segundo manifiesto de la Rivolta Femminile Yo digo yo (1977)

[5] En 1996, las Mujeres de la Librería de Milán en la revista Sottosopra han anunciado el final del patriarcado, para más detalle y profundización de esta idea recurrir al título (Ha ocurrido y no por casualidad) El final del patriarcado disponible en cualquier buscador en red

[6] La primera vez que leí sobre autoridad materna fue de la mano de Andrea Franulic, ella ha sido la portadora generosa que, en primera instancia me ha ido presentando el pensamiento de la diferencia sexual. Pude profundizar aún más gracias a las palabras de Lia Cigarini y María-Milagros Rivera Garretas

[7] La mujer clitórica y la mujer vaginal de Carla Lonzi

[8] La libertad femenina es relacional: idea de Lia Cigarini

[9] Para profundizar en esta idea recomiendo leer La madre en la mar. El enigma de Tiamat (2021)

[10] Aquí recurro la reflexión compartida por María-Milagros Rivera Garretas en el escrito titulado “Educar en la libertad de la relación” del libro El amor es el signo. Educar como educan las madres, precisamente cuando habla de la gracia en las relaciones sin fin

[11] Las mujeres que corren con los lobos

[12] Candela Valle Blanco entrevistada por M.M Rivera Garretas donde pudo exponer algunas ideas sobre la “Psicología en Femenino”, título del escrito.

[13] El placer femenino es clitórico de María-Milagros Rivera Garretas

[14] Idea abordada por Andrea Franulic en su escrito ¿Qué es la política de la identidad?, cuando cita a Hannah Arendt a través de Diana Sartori. El texto está disponible en la página de Feministas Lúcidas: www.feministaslucidas.org

[15] Puedes conocer más de este concepto dado por Luisa Muraro en su libro El orden simbólico de la madre (1994)

[16] Se puede encontrar este escrito en la página de Feministas Lúcidas: www.feministaslucidas.org

[17] Para profundizar un poco en la diferencia entre el vínculo y el legado materno, se recomienda leer Vínculo sin legado de Diana Sartori

[18] Idea expuesta en el libro La madre en la mar. El enigma de Tiamat de Barbara Verzini (2021)

[19] Incólume, esperándome hermoso texto escrito por Andrea Franulic, lo puedes hallar en la página de Duoda, o en su reciente y maravillosa antología Incitada (2021) que está disponible para descarga en su página: www.andreafranulic.cl

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