El simbólico de la violencia, Anita Quintana

El simbólico de la violencia

Preparando este escrito, me hice muchas preguntas. Una de ellas fue, ¿qué es la violencia? Las invito a que se hagan la misma pregunta. Mis respuestas fueron principalmente dos: la primera, las acciones violentas, físicas o emocionales a otro ser vivo y, mi segunda respuesta, quizás un poco desconcertante para algunas, los hombres. 

En 1935, Virginia Woolf, gran escritora inglesa, escribe el ensayo Tres Guineas, en donde responde a la siguiente pregunta “¿cómo cree usted que se podría detener la guerra?”. Antes de comenzar siquiera a responder, Virginia aclara a su interlocutor, un señor ilustrado, respondiendo “disparar, ha sido un juguete y deporte de los hombres en la caza y en la guerra (…) para ustedes, en la lucha, hay cierta gloria, cierta necesidad, cierta satisfacción que nosotras jamás hemos sentido ni gozado, para ustedes la guerra es una profesión, una fuente de realización y diversión; y también es causa de viriles cualidades sin las cuales los hombres quedarían menoscabados, lo que nos hace imposible comprender los impulsos que inducen a la guerra”. 

La guerra, la expresión extrema de la violencia es “desde siempre la actividad específica del varón y su modelo de comportamiento viril”1. El patriarcado, entonces, se alimenta de todas las instituciones que los hombres han creado a su imagen y semejanza, por lo tanto, la guerra, y otras instituciones como la familia, la heterosexualidad obligatoria, el amor romántico, la maternidad no deseada, entre otras, son parte del desorden simbólico en el que las mujeres nos vemos inmersas. Este desastre trae consigo las formas de manifestación más violentas creadas por los hombres, arrastrandonos consigo a círculos de violencia en la mayoría de los espacios que habitamos, nuestros espacios personales, profesionales, de estudio, de distensión, entre otros. 

La violencia de los hombres contra las mujeres es una situación que se arrastra desde el inicio del patriarcado. La familia, como seno principal de la sociedad, ha sido una de las tantas instituciones que ha perpetuado esta violencia, sin embargo, en muy escasas ocasiones se habla de ella. De acuerdo a Kate Millet, “la fuerza patriarcal también depende de una forma de violencia de carácter particularmente sexual y realizada más completamente en el acto de la violación”. Esto se observa con claridad en la imagen del incesto: la usurpación del cuerpo de la mujer por parte de las figuras masculinas de la familia. “El incesto rompe el cuerpo de la niña y resquebraja el orden simbólico de la madre, que es la lengua que hablamos y la voz que tenemos para decir. El incesto silencia el delito originario del patriarcado quebrando la voz de la niña y rompiendo la sintaxis de su lengua materna” dice la historiadora María Milagros Rivera Garretas.

De esta forma, la violencia contra las mujeres cala en lo profundo de nuestras vidas, de todas las formas y con todas las herramientas que los hombres pueden encontrar a su paso. No obstante, ¿cómo entendemos, las mujeres, esta violencia? ¿qué hacemos ante ella? Maria Milagros Rivera Garretas escribe: “La violencia contra las mujeres se propone destruir y destruye la apertura a la relación, la apertura a lo infinito, la apertura a lo otro de sí, que el cuerpo femenino señala: señala, sin determinar nada, pues una mujer es libre de ignorar ese signo. Por eso, porque sólo el cuerpo femenino se abre a lo otro, la violencia contra las mujeres la ejercen típicamente hombres: hombres que no soportan las relaciones y los vínculos que ella tiende y atiende a su alrededor, incluyéndole también a él en la constelación: una constelación amorosa y abierta que parece sacar de quicio a esos hombres”.

Si los hombres son los realizadores de esta violencia incesante, ¿qué armas tomaremos para resistir? ¿es la resistencia una opción? ¿queremos resistir o queremos expresar nuestros deseos libres en tranquilidad? La violencia es una reacción a la libertad de las mujeres, a nuestra creatividad y a la expresión completa de nuestros cuerpos; es la manera en la que reaccionan a nuestra capacidad única de ser dos, a las revelaciones de nuestra lengua y al encuentro del orden simbólico de la madre; es su respuesta al poder dentro de nosotras de realizar nuestras vidas sin ellos sin problemas, y junto a otras mujeres. Selva Almada, escritora argentina, escribió hace un par de años “ser mujer y estar viva es cuestión de suerte”. Ahora bien, ¿qué haremos ante esta fortuna de vivir? ¿cómo vivimos en un desorden que promueve nuestra destrucción? ¿somos capaces de vivir en el orden simbólico de la madre? ¿podemos abandonar por completo nuestras relaciones con los hombres?  ¿cómo estrechamos nuestra relaciones duales, privadas y públicas con lo que aparenta ser nuestro enemigo? Las invito a reflexionar y replantear la forma en la que nos relacionamos, muchas de estas preguntas no tienen respuesta aún en mi cabeza, y puede que las respuestas que tengo aún sean vagas, no obstante, creo que cada minuto que construyo relaciones con otras mujeres, mis miedos y silencios se desvanecen poco a poco, y el mundo me parece menos agobiante. 

1.Manifiesto Rivolta Femminile, 1970

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