MI EXPERIENCIA DE LECTURA DE LAS MEMORIAS DE ANDREA DWORKIN1
1Andrea Dworkin, 2025, Sin tregua. Memorias políticas de una militante feminista, Sabina Editorial, Madrid. Traducción de Arantxa Azurmendi Muñoa.
Andrea Dworkin es una mujer que sabe escuchar. Y este don lo pone en práctica desde pequeña. Entre las primeras experiencias que relata, está aquella donde cuenta cómo escucha al mundo adulto que la rodea, en especial el de la escuela. Escucha no lo que dicen, sino lo que callan. La cito: “…escucha lo que las personas adultas se niegan a decir; busca las respuestas que no dan (…) El contenido está en el entorno blanco de lo impreso; la respuesta está enterrada en el silencio, un silencio deliberado y vil, un silencio tramposo y falaz.” (p.64). A edad temprana, Andrea Dworkin escuchará la hipocresía del mundo adulto, su doble estándar, sus dobles mensajes. Su compromiso, adquirido desde entonces, estará del lado de la verdad. Y cuando la verdad es escuchada, tiene que ser dicha para que otras y otros, asimismo, la escuchen. Pese a los obstáculos, la verdad “…una vez dicha no se puede borrar; permanece viva, en algún lugar, en el corazón de alguien.” (p.76). Por eso, es importante decir nuestras verdades, aunque haya solo una mujer dispuesta a acogerlas en su corazón. De igual modo, es importante saber distinguir entre verdad e hipocresía, porque a veces la actuación y el guion son convincentes.
La escucha es “un acto sagrado”, nos dice. Esto lo aprende de su padre y lo re-aprende con el mar de Creta. Su padre escuchaba a la gente en silencio, sin prejuicios, y luego sacaba lecciones pedagógicas de lo escuchado. Era un hombre humilde, paciente y con principios, solo era él mismo, sin pretensiones ni arribismos. El mar puede ser bravo o calmo, solo es lo que es. Para escuchar se necesita ser libre y ser libre es ser una misma, sin nada que temer, sin nada que esperar. Esto permite tener la disposición para escuchar, es decir, tener una total apertura: “no debía cerrarme nunca por dentro”. Estas experiencias serán determinantes para definir su futura práctica feminista, la que se basará en un tipo de pedagogía que será, precisamente, la escucha. La cito: “Si tuviera que elegir un tipo de pedagogía por encima de todas las demás, elegiría la escucha. Desmonta los prejuicios y estereotipos; amplía los límites autoimpuestos; introduce a una en la vida de otra, en sus momentos difíciles y, si los hay, también en los alegres” (p.142). De esta manera, Andrea Dworkin escuchará –hasta su muerte, porque dio su vida a esto– a las mujeres que son víctimas de la violencia sexual masculina, así como son víctimas las niñas y los niños, los bebés y las bebés, en una sociedad controlada por supremacistas masculinos que deja impunes a incestuosos, pedófilos, violadores, prostituidores, pornógrafos. También se escuchará a sí misma, porque ella fue prostituida en Creta, en la misma isla de las diosas-madres donde re-descubrió la trascendencia de la escucha, donde decidió que el sentido de ser escritora sería el de canalizar las voces de la gente que no es escuchada, y donde tomó la determinación de que sus cenizas al morir fuesen esparcidas allí, en Heraclión, lo que efectivamente sucedió tres años después de escribir sus memorias. Fue prostituida, como muchas, por quedarse sin techo ni comida, durmiendo en la calle. Además, sufrió violencia física, que ella califica como monstruosa, dejándole marcados los pechos con llagas producidas por quemaduras de cigarro, por parte de un golpeador con el que durante un tiempo estuvo casada y con quien aprendió qué es el miedo; estas experiencias contribuyeron a debilitar su salud.
Su saber escuchar, su sagrada empatía, se profundiza al vivir en carne propia la extrema violencia masculina. Ella es una más. Estas vivencias, en lugar de desmoronarla o hacerla sucumbir al resentimiento y a la amargura (algo que puede suceder y que para nada juzgo), la sostuvieron –comprometida, determinada y valiente– para contribuir con su experiencia a la lucha feminista que, para ella, es la lucha contra el abuso sexual: “…y me di cuenta de que mis propias experiencias podían servir a otras mujeres de manera significativa. Empecé a confiar más en mí misma” (p.132). Andrea Dworkin está del lado de quienes, habiendo sufrido mucho, continúan siendo tremenda y genuinamente amables y sensibles, incluso más. La cito: “tengo un corazón que sufre con facilidad (…) Cada lágrima que lloro tiene el nombre de una mujer” (p.151). Ella nos dice que la amabilidad es contraria a la mediocridad. Un principio ético básico es “no hacer daño”. Cuando te hacen daño, es fácil perder la dulzura; cuando sobrevives a la humillación, cuando arrasan con tu dignidad o cuando no cuidan tu corazón y tu alma, es fácil perder la ternura. La ternura se necesita para amar, no para ser amada. Para amar se requiere de “una fragilidad interior que pocas mujeres pueden permitirse. Las mujeres quieren ser amadas, no amar, porque ser amada no requiere nada” (pp. 151-152). Me pregunto si las mujeres queremos ser amadas, ¿cuánto estamos dispuestas a ceder? Andrea Dworkin, que tenía un gran sentido del humor, el que se expresa en gran parte del libro, se fue inundando de una corriente de melancolía que se instaló en su interior. Esta corriente, junto a la honda comprensión de lo que la violencia produce, de lo que el daño hace, son resultado de sus propias vivencias y de la atenta y delicada escucha de los testimonios no de una, sino de muchas mujeres violadas, torturadas, prisioneras en los prostíbulos y sexualizadas desde niñas por los incestuosos, en familias que durante generaciones sufren abuso sexual. Es capaz de escuchar los sonidos de su dolor, de su sufrimiento, de la rabia, el odio, la tristeza, la aflicción: “Podía escuchar tanto un susurro apenas emitido como un grito estridente” (p.90). Y agrego: el sutil matiz de la voz, la opacidad de la mirada, el apretado nudo de la garganta, el rictus de la boca, la risa incómoda, el cuerpo tenso, el gesto evasivo, el silencio.
La voz de una sola mujer violada, maltratada no tiene credibilidad y no solo esto, además ella tiene la culpa. Tienen que ser muchas mujeres las que se unan en una sola voz. La voz de un solo violador, de un solo maltratador, que niega o justifica sus atrocidades, cuenta con una credibilidad que le viene dada desde el nacimiento, y se gana la simpatía de toda la sociedad, del jurado y de las instituciones que resguardan la complicidad perversa de los hombres, su pacto secreto, su omertá; aun más, celebran hasta sus estúpidas bromas misóginas, su lenguaje sexista y soez. Gracias a los testimonios y a la entereza de las mujeres supervivientes, en 1983, Andrea Dworkin junto a Catharine A. Mackinnon, redactan una ley civil contra los pornógrafos: “La pornografía es la biblia del abuso sexual” (p.148). La ley los condenaba no solo por las mujeres y las niñas obligadas a participar en la creación de contenido pornográfico, en muchos casos siendo ya prostituidas y siendo, en su mayoría, mujeres pobres y negras, sino también por las mujeres y las niñas violadas y agredidas a causa de la pornografía. Asimismo, los castigaba por forzar a las mujeres y a las niñas a mirar pornografía. La cito: “Además, la ley definía la pornografía como una forma de discriminación sexual; todo ello significaba que la pornografía contribuía a crear y perpetuar la condición de ciudadanas de segunda clase de las mujeres en la sociedad. Es decir, que convertir a una mujer en objeto o usar su cuerpo de forma violenta y sexualmente explícita contribuía a la infravaloración de las mujeres en todos los ámbitos de la vida” (p.135). Esta será una de las tantas acciones emprendidas por Andrea Dworkin a favor de nuestra libertad, pero esta en particular, junto a Catharine A. Mackinnon, marca un antes y un después para la vida de todas nosotras. Pues, si bien la ley no prosperó como hubiesen querido –debido a la resistencia de los violadores y pedófilos que se protegen las espaldas unos a otros, dado que siempre los hay en el poder, en este caso, en el poder judicial– después de esta sólida y acertada iniciativa, la pornografía abandonó el falso terreno de la ficción para entrar en el único posible: el de la realidad de la violencia sexual masculina, el de la omnipresencia de la violación como mecanismo de control. A partir de este momento, la pornografía nunca más será discutida en términos de una pseudo moral ni de una pseudo estética, nunca más podrá ser separada ni de la trata ni del sistema prostituidor. En cuanto a la búsqueda de justicia, Andrea Dworkin dirá: “Años más tarde, después de ver que maltratadores y violadores salían casi siempre en libertad, mi pacifismo colapsó como una torre de cristal, dejándome heridas lacerantes por dentro y por fuera, y a mí misma semienterrada. Empecé a pensar que los agresores merecían ser ejecutados –no por el estado, sino por la víctima, si así lo deseaba, de un tiro en la cabeza” (p.129).
Emergerá otro discurso por parte de los pornógrafos para generar oposición y será el de la propaganda de la libertad de expresión. Este discurso contará con el apoyo de algunos sectores del feminismo liberal. Este feminismo, también en su versión posmoderna, actúa, en variados ejemplos de nuestra historia, como el ala colaboracionista, el portavoz de la supremacía masculina. La traición entre mujeres, en cualquier ámbito, siempre desconcierta. Andrea Dworkin dice: “¿Qué sentido tiene que te llames feminista, tengas la educación necesaria y te comportes como una guardia armada de diseño para mantener la prostitución?” (p.157), y en otro lugar del libro: “el mundo se vuelve más cruel cuando la prostitución y la pornografía se legitiman” (p.142). Es más fácil traicionar a las mujeres que enfrentarse a los hombres. Es lo que hacen las antifeministas de los medios de comunicación: “¿Dejará de ser así alguna vez?” (p.158). Estas resistencias le infundirán desaliento. Solo la anima saber que otras mujeres o nuevas generaciones de mujeres continuarán bregando por nuestra libertad. En las mujeres supervivientes de violencia sexual, encontrará un férreo compromiso y una auténtica radicalidad, encontrará a las mejores. Pese al desaliento, Andrea Dworkin no claudica nunca. No quiere decepcionar a las mujeres que han confiado en ella, que le han abierto su corazón para contarle las atrocidades más espantosas vividas a manos de los hombres. En todas partes, se le acercan mujeres y, en voz baja, susurrando casi, le cuentan lo que han sufrido. Lleva estos susurros todo el tiempo consigo, en sus oídos. La pueden hallar en una banca de un parque recibiendo la luz del sol en la cara. La reconocen, se sientan al lado y comienzan a hablar. No, no las quiere decepcionar: “Estas mujeres están orgullosas de mí” (p.147). Sin embargo, el coste emocional es muy alto. La cito: “Estoy cansada, muy cansada y lloro por mis hermanas” (p.143). En otro lugar dice: “No pueden comprarme ni intimidarme porque ya estoy rota por dentro” (p.151). Y más adelante: “Creo que he hecho prácticamente todo lo que puedo hacer; estoy vacía; no queda casi nada dentro de mí” (p.152). Aun cuando el desgaste emocional es muy grande, Andrea Dworkin no se rinde. No se puede rendir mientras no haya comida, techo, seguridad, atención médica, de tal manera que las mujeres dejen de ser prostituidas, y las hijas de esas mujeres, y las hijas de las hijas. No se puede rendir si las economías mundiales se dedican al tráfico de mujeres, de niñas y de niños. Sin embargo, “La gente se toma la vida como un juego cuando, de hecho, cada paso es un paso real. La conmoción de ser incapaces de controlar lo que sucede, sobre todo las tragedias, abruma. Alguien muere; alguien se va; alguien miente. Hay enfermedad, pobreza, soledad, traición” (p.159). Pero “La mayor inmoralidad está en la apatía…” (p.159). Es decir, a pesar de todo, no podemos sucumbir a “la inconsciencia y estupidez humanas” (p.161).
Andrea Dworkin fue una mujer extraordinaria. Realmente dedicó su vida al intento por erradicar los crímenes contra las mujeres. Ella hizo esa promesa y la cumplió. El último capítulo del libro se titula Memoria. A partir de su hondo conocimiento sobre los daños y secuelas que los depredadores sexuales producen en las víctimas, refiere a cómo el abuso sexual se puede olvidar o se puede recordar. Olvidar es una manera de lidiar con un suceso atroz. En el libro, describe algunas de estas atrocidades. No son fáciles de leer. Sin embargo, es la realidad tal cual es, y reunir estos testimonios, varios, muchos, contrarresta la creencia de que las mujeres mentimos, de que las niñas y los niños mienten. Es, igualmente, una manera de hacer memoria, de azuzar el recuerdo, como sucedió con las y los supervivientes del Holocausto, dice; como ha sucedido con las dictaduras, agrego. Muchas veces, esa niña o ese niño que ha sufrido abuso, recuerda en la adultez, recuerda años, décadas después. Es común. El olvidar la ha protegido y lo ha protegido para llegar hasta aquí. Y todavía el recuerdo es a medias, son imágenes difusas a veces, o la cara del violador no aparece suficientemente nítida en la memoria. Otra manera de protegerse del recuerdo y sobrevivir es adoptar múltiples personalidades, el llamado trastorno de la personalidad múltiple. Al respecto, Andrea Dworkin dice: “…los niños y niñas obligadas a vivir en un infierno encuentran maneras de trocearlo, una criatura se vuelve plural, y cada parte de esa pluralidad tiene que ocuparse de una parte de ese infierno como si fuera el infierno entero (…) El niño o niña se convierte en muchos niños o niñas; cada cual tiene una personalidad y una tarea asignada; cada personalidad le ayuda a resistir” (pp.166-167). Para comprender verdaderamente el daño causado por el abuso sexual, así como la estructura de poder que la supremacía masculina levanta para ocultar los horrores que perpetra y que constituyen el cimiento del tipo de sociedad que todavía tenemos, es necesario leer o conocer las ideas, reflexiones y análisis de feministas radicales como Andrea Dworkin y otras. Ella se dedicó a escuchar y a aprender; a escuchar y a escribir; a escuchar y a dar charlas; a escuchar y a articular acciones. Me pregunto, ¿cómo nosotras, las que nos dedicamos a la política de lo simbólico, estamos contribuyendo a que la violencia masculina llegue a ser impensable? Es una pregunta algo retórica, porque estamos reunidas a propósito de este libro, que es su autobiografía y que recoge su legado, lo que su memoria ha preservado, y por primera vez ha sido traducido a nuestra lengua. ¿No es acaso crucial el leerlo, compartirlo, comentarlo, difundirlo? ¿No es acaso crucial el escucharla y dejar que nos interpele? ¿Dialogar y reflexionar junto a ella en nuestra práctica feminista, que aporta, precisamente, la mirada de lo simbólico?, ¿o en nuestra práctica docente o en nuestras conversaciones cotidianas? Comparto una última cita para finalizar este escrito escuchando su voz: “…con cada oleada de fatiga, es necesario otro grupo de mujeres fuertes y resistentes que se alcen en el horizonte para conquistar más tierra y hacerla segura para las mujeres. Estoy dispuesta a ir midiendo los centímetros. Los proxenetas y los violadores han de ser desposeídos de todo, forzados a un exilio miserable; a las mujeres y los niños y niñas (…) hay que reconocerles autoridad y velar por ellas con respeto y dignidad” (p.143).
