Sobre el uso de la A como género gramatical femenino.

Una vuelve a los mismos temas y, sobre todo, hace eco de una interminable marejada de voces femeninas que ya lo han dicho tantas veces y siempre mejor que una. Pero acá estoy otra vez intentándolo. Lo hago porque vuelvo a ver cómo la A no se usa en algunos ámbitos de la cultura y el conocimiento. O bien, regresa al lugar donde el patriarcado y, luego, su renovada versión moderna la puso, es decir, absorbida en el falso genérico, en el pretendido sujeto universal representativo de la humanidad, cuya quintaesencia es la palabra “hombre”. Ya sabemos. Las feministas, lingüistas o no, lo han estudiado tanto y hace tanto. Ya sabemos que detrás, agazapado y subyacente, está el sujeto masculino con su sesgo de la realidad. Un sesgo no reconocido y, por eso, más peligroso aún.

Acá vamos. En todas las lenguas históricas, existen recursos lingüísticos para manifestar el género gramatical. En la lengua histórica que podemos llamar “español”, el género gramatical se expresa por medio de morfemas que se clasifican en femenino y masculino. Y para el femenino, tenemos la A. Sin embargo, su uso es controvertido. La controversia lleva varias aristas. En esta ocasión, me haré cargo de una de ellas: aquella que tiene que ver con los argumentos academicistas. Estos argumentos tienen como portavoz a los llamados expertos en lenguaje, quienes gozan de prestigio académico, obtenido por títulos y grados que les han permitido luchar por un capital simbólico. Podríamos decir, entonces, que son argumentos que gozan de verosimilitud, pero no de veracidad1.

Estos razonamientos provienen de las mismas teorías que los expertos sustentan y reproducen. Como si las disciplinas o las ciencias no estuviesen traspasadas de posicionamientos políticos e ideológicos, como si no estuviese el conocimiento hecho para sostener un statu quo en la cultura. No digo que todo esté hecho bajo esta medida, pero en general aquel que está bien amparado por la institución y la tradición de pensamiento, sí. Desde este lugar, nos dicen que usar la A atenta contra la economía lingüística, puesto que en español tenemos un “uso genérico” que representa tanto lo femenino como lo masculino. En esta misma línea, nos dicen que escribir usando ambos morfemas contribuye a generar una saturación gráfica en el texto escrito. Otra vez nos conminan a usar el “genérico”. Y de la mano de esto, finalizan la perorata apelando a la poca importancia que tiene esta discusión, pues los morfemas de género aportan a la concordancia gramatical y poco más.

Si tienen tan poca importancia, por qué entonces la insistencia y toda la documentación oficial para avalar el uso de un genérico que además no es tal. ¿Economía lingüística? ¿Saturación gráfica? ¿Es esto más importante que el hecho de que las niñas, las adolescentes y las mujeres no estemos representadas en la lengua? La invisibilidad es un acto de violencia. ¿Tan poco valor tenemos que es posible borrarnos sin más? La lingüista feminista Mercedes Bengoechea considera que el uso del “falso genérico” es una pieza clave en el mecanismo que denomina “aniquilación simbólica femenina”. Ella se toma las cosas en serio. Este mecanismo tiene como fin último la deshumanización de las mujeres, de tal manera que nuestros cuerpos puedan ser usables, violables, descuartizables. Así de serio es. Pero, ¿quién se enfurece en esta sociedad si aparece una mujer descuartizada? ¿Se enfurecen quienes defienden la economía lingüística o la saturación gráfica? Lo que sé es que la “aniquilación simbólica femenina” está naturalizada porque la poesía romántica patriarcal, la música, el cine, el arte, la publicidad, etc., representan cuerpos femeninos fragmentados, y para qué decir la industria de la explotación sexual. Si bien nada de esto es linealmente determinista, sí está todo interrelacionado. Es importante conectar las cosas, pues se nos ha impuesto una desconexión para que no atemos cabos.

El otro argumento, esta vez argüido desde la lingüística estructuralista, se refiere a la organización interna de la lengua. Esta organización es entendida como una estructura o sistema. Pero esta descripción, que se pretende objetiva, viene de una disciplina moderna como la lingüística y de un enfoque predominante dentro de ella que es el estructuralismo saussuriano. Entonces el equívoco es ofrecer una explicación que proviene de determinada perspectiva como si fuera la realidad. Otra vez resulta verosímil pero no veraz. Decir que la lengua es un sistema implica considerar que las partes conforman un todo estructurado. Para que esto ocurra, los elementos o partes que conforman el sistema lingüístico se relacionan entre sí, en general por medio de relaciones de oposición inclusiva entre un término no marcado o positivo en la lengua y otro marcado o negativo. Así, en el paradigma morfológico del español en cuanto a los géneros gramaticales, los lingüistas explican que el masculino es el término positivo o no marcado y el femenino es la desviación de la norma, por lo tanto, es el término marcado o negativo. En otras palabras, el femenino es equivalente a un “no-masculino” y, por eso, en el uso de la lengua, el masculino es predominante respecto del femenino, lo que se refleja, precisamente, en el uso del “genérico”: “los profesores” aunque las profesoras existamos y seamos incluso más; “los apoderados”, aunque sean las madres las que más asisten a las reuniones escolares; “los padres”, aun cuando es la madre la que hace viable la vida de una criatura en el mundo, etc. Si observamos estos ejemplos que he dado, resulta hasta absurdo este uso lingüístico. Tanto así, que la historiadora feminista María-Milagros Rivera se refiere a este como una falta de cordura2.

Esta historiadora plantea3 que este uso lingüístico se impone a partir de lo que se conoce como modernidad, aproximadamente alrededor de los siglos XVI y XVII en adelante, en Occidente. El surgimiento de la modernidad coincide con la llamada “caza de brujas” y la renovación encubierta del “contrato sexual”, encubierta porque se disfraza de “contrato social”, por medio del cual los hijos les arrebatan el poder a los padres, transformando el patriarcado en fratrías, siempre a costa del acceso al cuerpo femenino fértil y al dominio de sus frutos4. De la mano de este pacto masculino de poder, en las universidades europeas, el “principio platónico de la unidad de los sexos”, que establece que hombres y mujeres somos iguales, saca de escena el “principio aristotélico de la polaridad de los sexos”, que dice que las mujeres somos inferiores a los hombres, y que se instala en las universidades del siglo XIII en reacción a pensadoras del siglo XII que sostenían la diferencia, no la desigualdad, entre mujeres y hombres. Algunas místicas y beguinas del siglo XIV retoman el principio de las pensadoras del siglo XII y la represalia masculina las transforma en las primeras mujeres quemadas como brujas. Este fenómeno de reemplazar el principio aristotélico por el platónico, comienza antes de la modernidad, también en el siglo XIV, a propósito del movimiento cultural que se conoce como “humanismo”.

Lo importante es que, paulatinamente, con el paso de los siglos, el principio platónico, considerado progresista respecto del aristotélico, se confundirá con las luchas modernas por la igualdad entre los sexos, y esta confusión, al día de hoy, es promovida por todo Estado moderno de derecho y por el “feminismo de estado”. En consecuencia, tras el uso del “falso genérico” descansa la idea “progresista”, pero retrógrada para nosotras, que afirma que mujeres y hombres somos iguales, lo que se ha traducido en la homologación de las mujeres respecto de los hombres. También reposan este principio y la homologación en palabras como “persona”. El costo para nosotras es grave, porque este principio, propuesto por Platón en la Grecia clásica del siglo IV antes de la era cristiana, implica claudicar de nuestro origen materno y de nuestras genealogías femeninas, quedando inseridas en la tradición de pensamiento masculina. Esta claudicación nos resta independencia simbólica y autonomía psíquica respecto de los varones, sus instituciones, ideologías, creencias, sistema de valores, etc., en consecuencia, nos deja proclives a sus interpretaciones de la realidad, en especial a sus interpretaciones, proyecciones y fantasías sobre nuestras vidas. Nos deja sin suelo firme donde echar raíces y florecer con colores propios y vivos, más bien quedamos flotando en un desorden simbólico que nunca llega a puerto. Y uniendo esto a lo que plantea Mercedes Bengoechea, contribuye a nuestra reificación.

La pensadora Luce Irigaray (1992)5, entre otras más, también explica este paso histórico que la autora nombra “De cómo Ella pasó a ser un No-Él”. Viaja más hacia el pasado para referirse al desplazamiento de las diosas de las culturas no patriarcales por los dioses patriarcales y, finalmente, por un dios único, que es considerado Verbo. Asimismo, alude a lo que denomina “matricidio” para explicar el fundamento del patriarcado, lo que otras pensadoras prefieren nombrar como una “usurpación de la obra materna”6, en el sentido de que la madre nunca muere y siempre es posible recuperar su obra en nosotras. Estoy de acuerdo con este última idea, pero a veces prefiero decir “matricidio” por la fuerte carga axiológica que lleva para juzgar lo que ha sido el patriarcado. Este matricidio conlleva el ya mencionado borrado de las genealogías femeninas, y también, de la relación nuclear de la madre y la hija. La cito:

Con un olvido y un desconocimiento increíbles, las tradiciones patriarcales han borrado las huellas de las genealogías madres-hijas (…) Este olvido es un síntoma más de la cultura patriarcal. Sólo así se explican el desamparo y la desorientación del hombre moderno, que desconoce el origen de sus relaciones con el mundo. (p.15)

De acuerdo con estas autoras, puedo decir que la verosímil descripción estructural de la lengua es esencialista, separada de las condiciones históricas y culturales de lo que ha sido el patriarcado. Esto mismo explica que no sería arbitraria ni inmotivada dicha estructura –tal como se plantea en la lingüística que, por cierto, es una disciplina heredera de la modernidad–, pues el paradigma de los géneros gramaticales, y no solo este paradigma, también “los sistemas pronominales, los adjetivos posesivos (…) las clases gramaticales: animado/no animado, concreto/abstracto…” (p.18), el léxico, las connotaciones, etc., responden a cómo en los distintos momentos históricos de las sociedades patriarcales se ha entendido el “sexo” (en general como un estorbo) y cómo se han proyectado las relaciones entre los sexos, y el lugar que nos han asignado a las mujeres según sus intereses de poder y de explotación sexual. Por lo tanto, insistir en el uso del “falso genérico” con argumentos basados en la lingüística estructuralista, o bien, en la “economía lingüística” o la “saturación gráfica”, entre otros, y amparados por la academia de la lengua, las voces expertas y el prestigio social, implica perpetrar un sistema de poder patriarcal y misógino, además de matricida, y que, pese a su caducidad, continúa obstaculizando una profunda transformación cultural. Y como si esto fuera poco, silencian a las autoras que levantan la voz para ofrecer explicaciones contundentes y veraces.

Usar la A hace la diferencia. Qué duda cabe. Pero no soy tan ingenua para pensar que con eso basta. Sé que los discursos de la política con poder muchas veces la utilizan, por dar un ejemplo, no obstante estos discursos siguen siendo de la política con poder que es política masculina. Qué duda cabe. Y es porque, pese a integrar el morfema femenino, sus discursos se sostienen en un sujeto que se pretende universal y este, claramente, no solo se manifiesta en los géneros gramaticales. Sin embargo, este sujeto es insostenible a esta altura. Lleva un peso demasiado pesado. Si bien en esta oportunidad no he traído la “lengua materna” que abre un horizonte muy ancho y fecundo, y explica muchas cosas, es porque ya he escrito bastante de ella en otros textos y, por supuesto, no solo yo. Se la debemos a la filósofa del lenguaje, Luisa Muraro. Tampoco me he referido a las expresiones gráficas que apuestan por una supuesta neutralidad y a otras formas de lenguaje “inclusivo”. Para estos casos, suman otros argumentos, que quedará para otra ocasión comentarlos. Esta vez, me quise centrar en la urgente necesidad de inscribir el morfema A en nuestras enunciaciones, sobre todo cuando nosotras tomamos la palabra, y en los argumentos academicistas que marginan su uso.

1Me ha gustado mucho esta distinción entre verosimilitud y veracidad o verdad. La he leído hace poco nuevamente en el libro El fraude de la igualdad de María-Milagros Rivera Garretas.

2En su libro El fraude de la igualdad.

3Ibid.

4Es la definición de “contrato sexual”, que funda el patriarcado en sus albores, según Carole Pateman.

5En el libro Yo, tú, nosotras. Ediciones Cátedra.

6Esto va de la mano con el contrato sexual, es decir, con el acceso al cuerpo femenino fértil y el dominio de sus frutos.