¿Por qué la universidad como institución reprime las emociones?

Vamos, decime, contame todo lo que a vos te está pasando ahora
Porque si no cuando está tu alma sola llora
Hay que sacarlo todo afuera, como la primavera
Nadie quiere que adentro algo se muera

Hablar mirándose a los ojos
Sacar lo que se puede afuera
Para que adentro nazcan cosas nuevas (MERCEDES SOSA)

Este cuestionamiento va dirigido a la institucionalidad universitaria1. Hago esta distinción, pues otra cosa son las relaciones que construimos en la universidad. No me refiero a las relaciones instrumentales, las que, en general, reproducen la institucionalidad, sino a aquellas que se dan por el gusto de estar en relación y le otorgan sentido a nuestro paso por la universidad2. Además, si estamos en la universidad es porque, de algún modo, encontramos una particular dicha en el conocimiento.

La universidad es una institución patriarcal en su fundación. Las primeras universidades en el mundo occidental surgen en la Europa medieval, en el siglo XIII. Por supuesto, son lugares tradicionalmente masculinos. E inician su trayectoria académica con las obras de Aristóteles. Este filósofo de la Grecia clásica postulaba que las mujeres éramos, por naturaleza, inferiores a los hombres. Con este principio aristotélico bajo el brazo, surge la institución universitaria hace ocho siglos:

«En 1255, la Universidad de París impuso la lectura obligatoria de las obras de Aristóteles, y a esa universidad la copiaron otras. De Aristóteles se leyó, se comentó y se divulgó sistemáticamente desde entonces la teoría sobre las relaciones entre hombres y mujeres que él había defendido cuando vivió en la Grecia del siglo IV antes de la era cristiana. Esta teoría, llamada de la “polaridad de los sexos”, decía que los hombres y las mujeres somos significativamente diferentes, y que los hombres son superiores a las mujeres».3

Una teoría misógina como la aristotélica siempre es, además, matricida, dado que el odio y desprecio hacia las mujeres se remontan al comienzo del patriarcado como civilización, comienzo que se realizó por medio de un Contrato Sexual que los patriarcas pactaron tácitamente para acceder al cuerpo femenino fértil y dominar sus frutos4, siendo estos frutos las criaturas y la lengua materna. Es decir, los patriarcas se apropiaron de las hijas y los hijos, así como se autoadjudicaron la palabra. Esta palabra, usurpada a la madre, es una palabra que escinde y, por lo mismo, está imposibilitada para crear significados libres que nos permitan decir nuestra experiencia. La experiencia no es lo que “nos pasa”, sino cómo significamos lo que nos pasa. Y sin experiencia, perdemos toda originalidad para pensar el mundo.

Pese a la usurpación de la obra materna, las madres siguen siendo las depositarias de la lengua5, porque esta se configura a partir de la vida intrauterina:

«Sin embargo, no se requiere ninguna especial competencia para saber que lo primero que hace una mujer embarazada, una vez aceptado que lo está, es pensar en su criatura, inaugurando así, desde el primer momento de la vida de relación, el lugar de la ‘terceridad’, como denomina Peirce al modo de ser de los signos».6

Continúa la lengua configurándose en los primeros meses y años de vida de la criatura. Y en caso de que la madre no esté presente, lo hará quien esté en el lugar de ella, pero seguirá siendo su lugar. En los primeros meses de su aprendizaje, es todo el cuerpo, tanto el de la criatura como el de la madre, el que funciona como aparato significante7. Y, por medio de la cualidad relacional de la empatía8, la madre y la criatura le dan significado a lo que comunican los campos sensoriales del cuerpo (los sentidos), primeramente el del tacto. Esta comunicación elemental tiene un fuerte componente emocional y afectivo. Sin esta etapa, no podría haber una lengua simbolizada después, la que, por cierto, sigue siendo resorte de la madre (o de quien haga el “quien por ella”). En definitiva, la lengua materna, que es la lengua, no separa el sentir del sentido ni el cuerpo de la palabra. Aunque no sean lo mismo, constituyen una unidad.

En cambio, el patriarcado, al acceder al cuerpo femenino y dominar sus frutos a través del Contrato Sexual, separó el sentir del sentido, al dejarnos a las mujeres relegadas a una función reproductivista y apropiarse los patriarcas de la lengua. En las sociedades modernas, la usurpación se hace notar cuando las niñas y los niños ingresan a la educación formal y, posteriormente, en su juventud, a la enseñanza universitaria. La universidad como institución patriarcal niega el origen materno de la vida y la palabra, aunque se denomine “alma mater”. Precisamente, esta expresión es una confesión de su robo. Por eso, la universidad reprime las emociones, porque al darle continuidad a la usurpación de la lengua materna, deja fuera el cuerpo y su sentir. De esta manera, el lenguaje académico se caracteriza por ser androcéntrico, es decir, representa un sujeto universal y abstracto –racionalista, despersonalizado y desalmado– que oculta el sesgo masculino. Además, la división de la unidad cuerpo-palabra se extiende hacia otras dicotomías que cruzan el pensamiento dominante: cuerpo y mente, cuerpo y alma, razón y emoción, naturaleza y cultura, amor y trabajo, privado y público, entre otras. Todas estas separaciones, la pensadora Luce Irigaray las ha sintetizado en la idea de “el pensamiento de los contrarios”9, que está presente en las disciplinas y sus materias.

Sumemos a esto, el modelo económico capitalista y su lógica mercantil. El resultado será la ecuación perfecta de una universidad que, dejando fuera el sentir, trabaja competitivamente en la consecución de metas y promueve una acelerada productividad lucrativa, que promete alcanzar el éxito y el prestigio social. De la mano, impone etiquetas, excluyendo y estigmatizando, desde la ignorancia y el prejuicio, a quienes son cuerpos que consideran “no productivos” o a quienes poseen diagnósticos de “salud mental”10. Para practicar la real apertura a la diferencia, a la alteridad, es importante, en parte, sacudirnos de ese vocabulario mentiroso que apela a falsas aperturas, como la palabra tolerancia11 que no es más que un gesto de poder. La real apertura a la alteridad la aprendimos en el origen materno de la vida, porque venimos de una relación que precede al uno, a ese uno individualista que se cree dios. Nada de lo que propone el orden social patriarcal y capitalista tiene que ver con la felicidad. Sin embargo, por el hecho de nacer, la invitación es la de ser felices. Tomemos esta invitación y encarnémosla lo mejor que podamos.

Para esto, en el contexto universitario, aunque necesitemos manejar el lenguaje académico, es importante no olvidar que la lengua materna vive en nosotras y en nosotros. Y es solo con ella que podemos descifrar nuestro sentir12. Hay quienes, en la universidad, esto lo sabemos, e intentamos abrir el horizonte de sentido en lugar de estrecharlo.

Quiero finalizar, trayendo a este texto a la escritora colombiana Piedad Bonnett, por la que me he dejado acompañar bastante el último tiempo, porque lo que tiene para decir es muy apropiado para mis estudiantes de Pedagogía en Castellano, a quienes he dirigido este escrito:

«La palabra es un acto de fe (…) Lo que nos mantiene vivas y vivos es la apuesta por la belleza, la apuesta por la poesía, la apuesta por la palabra que nos permite comprender, entendernos, que nos permite comunicarnos con ese mundo amplísimo de gente cuyas caras no hemos visto (…) Esto es lo que les da sentido a nuestras vidas (…) Una le tiene que poner fe a la vida cotidiana.»13

1Escribo este texto para complementar la charla “Gestión emocional mediante la palabra” a la que me invitó el Centro de Estudiantes de Pedagogía en Castellano de la USACH durante la paralización de junio de 2026. Esta es una “paralización reflexiva por salud mental” suscitada por el hecho trágico de un muchacho que se suicidó dentro del campus universitario. También la paralización se debe situar en el contexto amenazante de un gobierno de ultraderecha como el que actualmente preside en Chile.

2La historiadora María-Milagros Rivera Garretas diferencia las “relaciones instrumentales” de las “relaciones sin fin” o por el gusto de estar en relación.

3María-Milagros Rivera Garretas, 1997, El fraude de la igualdad, Planeta, p.32.

4Carole Pateman, 1995, El contrato sexual, Anthropos.

5Para despejar malos entendidos, el reconocer la obra materna no tiene nada que ver con la institución patriarcal de la maternidad, ni con la decisión de cada mujer de ser o no ser madre, o darle o no darle viabilidad a un embarazo.

6Luisa Muraro, 1994, El orden simbólico de la madre, Horas y Horas, p.43. Dice Peirce: “Un Tercero es algo que pone a un Primero en relación con un Segundo. Un signo es una suerte de Tercero…” (Charles Sanders Peirce, 1980, Semiótica, Einaudi, p.189).

7Patrizia Violi, 2009, How our bodies become us: embodiment, semiosis and intersubjectivity. Journal of cognitive semiotics, IV (1): 57-75.

8Edith Stein, 2004, Sobre el problema de la empatía, Trotta.

9Lo he leído en su libro En el principio era Ella.

10Uso entre comillas la expresión “salud mental” porque proviene de un lenguaje institucionalizado. Aún no sé cómo nombrarla desde la lengua materna.

11María-Milagros Rivera Garretas, op.cit. (nota 3).

12La filósofa María Zambrano dice que “pensar” es “descifrar lo que se siente”.

13Piedad Bonnett, cátedra “Literatura y duelo”, Universidad Diego Portales, 23 de junio de 2017.