La expresión “lengua materna” tiene un uso de sentido generalizado que la considera como la lengua del territorio o de la localidad. También de la comunidad o del grupo social donde alguien crece. Es decir, un uso que la comprende dentro de las variedades lingüísticas, sobre todo sociales y dialectales. Así, decimos que la lengua materna es como se habla en el norte de Chile, por ejemplo. Esta manera de entenderla es la que toma forma en los discursos escolares. Escuchamos decir que las niñas, los niños traen su lengua materna y que es necesario desde allí impulsar el uso de una norma culta y formal, pero respetando sus variedades dialectales, sociales, o bien, en el caso de que hablen otras lenguas.
La figura de la lengua materna que el feminismo de la diferencia o pensamiento de la diferencia sexual, la pensadora Luisa Muraro específicamente, nos convida, alude a otros sentidos. Es la lengua que aprendemos «en relación» con la madre o con quien ocupe su lugar. Y la aprendemos desde la vida intrauterina, y aprendemos la lengua completa, no solamente una etapa de la misma. Es, al mismo tiempo, “la lengua”. Es decir, la lengua que se habla en la sociedad (Luisa Muraro). La lengua que se habla en la sociedad nunca es homogénea, y siempre está en movimiento, tanto como está en movimiento nuestro mundo relacional a lo largo y ancho de nuestras existencias. Asimismo, nuestra madre tiene su propio contexto relacional cuando decide traernos al mundo. La idea, por ejemplo, del español así sin más, es una mera abstracción. Por eso, las pensadoras de la diferencia sexual dicen que la lengua materna es «la voz que tenemos para decir» (María Milagros Rivera). La voz es al cuerpo y el cuerpo es a la tierra. Otra cosa es imponer una norma lingüística a través de la enseñanza reglada o de las instituciones que velan por la corrección idiomática legitimada en la cultura. O imponer un discurso proveniente de la academia, la religión o de un partido político, etc. Estas imposiciones tienen implicancias de poder, control e ideología dominantes. Tampoco se puede obviar que la lengua que se habla en la sociedad lleva inscritos los sedimentos de una historia de dominación como ha sido la historia del patriarcado. Pero no quiero ahora entrar allí.
Sin obviar esto y, mejor aún, encontrando una salida de libertad, es que resulta tan importante el significado original de lengua materna, visibilizando como su depositaria a la madre. Como hemos visto, este significado no es excluyente del uso que se le da a la expresión en el sentido generalizado, pero sí este uso general borra el origen femenino de la lengua, lo que hace que dicho sentido sea finalmente patriarcal y, por lo mismo, artificioso y arbitrario.
Si una madre ha emigrado a otro lugar, probablemente por razones de lacerante desigualdad social, y le enseña a su criatura a nombrar el mundo como se nombra allí, es porque le importa hacer viable la vida de esa criatura en este lugar en el que intentarán una nueva vida, con el anhelo de que sea mejor. Puede también que le enseñe a nombrar el mundo como ella aprendió a su vez de su madre. Como sea, lo que está acá en juego es una apuesta más grande, hacer que esa criatura permanezca viva en el mundo; lo que está en juego, entonces, es la autoridad materna (autoridad del étimo augere). La lengua materna se juega en la autoridad femenina y materna, y en la brecha de creatividad que esta abre y mantiene siempre abierta a nuestra disposición, es decir, su infinita productividad, más allá de todo sedimento del poder, incluso cuando está encementado. Sabemos, además, que es la lengua materna, y su apertura a la alteridad, la negada y usurpada por el patriarcado y sus ansias de perpetuación. A duras penas.
El deseo libre de recuperar la lengua materna en nuestra vida, cuando la sentimos perdida o la creemos perdida, pues nunca se pierde, nace porque nosotras somos las que estamos a veces, o muchas veces, perdidas en un desorden simbólico, y buscamos a tientas las palabras u otras maneras de comunicar que unan sentir y sentido. Pero este encuentro con las propias pautas de decibilidad sucede cuando restituimos la autoridad materna como brújula significante. No perdemos la lengua materna, des-autorizamos a nuestra madre. Recuperar la autoridad femenina puede ser un camino sinuoso, en especial para las hijas. Las hijas que también somos madres, en tanto depositarias de la lengua materna. Es un camino sinuoso, pues el patriarcado ha intentado romper el lazo nuclear de la madre y la hija (también con el hijo, pero con otras implicancias) de manera insistente, con saña y crueldad; muchas veces, efectivamente roto (aunque siempre posible de restituir, con la madre o sin ella). Cada una lo recorre y lo significa de acuerdo a sus propias circunstancias, ritmos, necesidades, nudos y deseos, sin fórmulas, modelos ni moldes, cicatrizando una herida que a veces vuelve a abrir y a sangrar.
Chijete, chijetiar, hurguete, la guata como punzón, pa’a onde está da’a güelta parte, picúa, por dio’ la cabra pa’ picúa, niiiñaaa, así mismito niiiñaaa… Estas expresiones llevan olores, sabores, colores, texturas («la voz que tenemos para decir»). En mi experiencia, evocan mis relaciones de origen, tanto las visibles como las invisibles. Son expresiones que me abrazan, que me traen amor y me dibujan una sonrisa en el alma. Son palabras desnudas de toda máscara, de toda pretensión, sencillas y hermosas, auténticas. Son expresiones que solo se dicen para estar en relación como si fuese lo único que importara en la vida, como si este fuese el sentido último de vivir. Son mi voz y, al mismo tiempo, las voces de mi genealogía; un canto que deja su eco como una caricia que alivia el corazón de todo peso, de todo lastre, de toda culpa. Quizás la lengua materna y la autoridad femenina tengan que ver más con esto.
Volviendo a la escuela, dado mi genuino interés como profesora de castellano que enseña y aprende de futuras profesoras y futuros profesores de castellano (2), si afirmamos que es importante valorar la lengua materna de nuestras y nuestros estudiantes, ¿qué es realmente lo que tenemos que procurar y custodiar en el aula y fuera de ella? ¿A qué invitamos a nuestras alumnas y a nuestros alumnos en una clase de Lengua y Literatura, de Lenguaje y Comunicación? ¿Tendrá el mismo sentido para alumnas, alumnos, profesoras, profesores? ¿Es un despropósito hacerse estas preguntas cuando en el final del patriarcado el fascismo vuelve a arremeter?
(1) Este textito me lo ha inspirado la lectura de la novela Panza de Burro de la escritora canaria Andrea Abreu. Un regalo que llega a mis manos proveniente de una hermosa y alada amistad.
(2) Decir «castellano» es cuestionable, pero a mí me recuerda a mis profesoras Cristina y Oriana que me inspiraron a seguir mi propio camino como profesora. También me conecta con mi tejido relacional en mis años universitarios y con la relación educativa con mis estudiantes en el presente.
